Lamentarse como forma de vida

El genio de Aladino se da topes contra el muro principal del palacio de Schariar ante la gente idiota que desaprovecha el poder de la lámpara maravillosa o que va a las oficinas de Hacienda para declarar el tesoro de Alí Baba.

Esas personas que por temor, prejucio, cobardía vil o estupidez barata dejan pasar la oportunidad melenuda que se les sirvió en bandeja argenta, sin haber disfrutado siquiera del velado baile de Salomé.

Tanto que pidieron a los dioses por una oportunidad, por un abrazo o un beso; tanto que rogaron a la providencia del monoteísmo tripartita para que les sonriera la Fortuna o los acariciara la Suerte buena.

Tanto para nada. Nada en absoluto.

Se quedan con las manos vacías contemplando en el cielo 101 aves volando sincronizadamente, mientras escuchan los ronquidos del camarón que viaja con la corriente y se identifican patéticamente con el perro de las dos tortas.

Jamás entenderé a las personas que muestran su mayor indecisión en los momentos críticos, esos seres que se quedan apachurrados por la puerta del elevador porque no saben si entran o salen, o los que como un Indiana Jones dubitativo mejor desandan la ruta sin llevarse el ídolo que buscaban, aunque ya lo tenían a su alcance.

Supongo que aquellos que dejan ir el tren de las ilusiones materializadas no querían realmente lo que presumían ansiar.

O quizá su mayor goce existencial consista en quejarse de que la vida conspira en su contra, en soportar sobre sus lomos la cruz para presumir al mundo su carga, en lamentarse de que nacieron bajo una estrella de signo negativo y en gritar por todas las rutas de Eolo que lo suyo es el martirio. Son siempre personas tan piadosas que piden a Dios por todos nosotros, pero en especial por ellas.

No las entiendo… de hecho no sé por qué quisiera yo entender a semejantes criaturas.

Sólo espero que no vengan de nuevo a contarme sus penas voluntarias, deseando que les sirva de compasivo pañuelo para sus lágrima de cocodrilo y que me quede conmovido con su “resignación” artificial. Ya no más. Nunca, como dijo el cuervo.

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