Bajo el reloj del andén

En la estación del metro Tacuba, justo debajo el reloj del andén, el clásico punto de encuentro en cualquiera de las estaciones de la línea, llega puntual esta mañana la banda de cinco músicos ciegos, que no incluye a tres ratones de cuento. Los invidentes rítmicos afinan de inmediato sus instrumentos y cuatro estudiantes de secundaria, fugados de su institución académica, llegan al mismo lugar para planificar la pinta del día.

Cerca de los estudiantes planificadores está un desempleado, peinado con agua y limón, tal como su mamá le enseñó cuando cursaba la primara, que muy atento ojea la sección de avisos de empleo del diario deportivo que sin falta adquiere al salir de su casa. Una vez que ha leído con sumo cuidado los análisis y resultados de todos los partidos de la jornada pasada, las estadísticas y pronósticos para los encuentros cancheriles del día, el desempleado comienza a encerrar en óvalos de tinta verde las dos vacantes laborales que prometen oportunidades para él. Sin embargo piensa que a la que vaya invariablemente le dirán: “gracias, nosotros le llamamos”.

El quinteto de ciegos, satisfechos de haber sacado de sus instrumentos las notas apropiadas, aborda el vagón que recién llega, dando inicio a su estudiada rutina de cantar para subsistir. Del mismo vagón descendieron un par de individuos con rostros de comadreja, ilusionados por lo que puedan encontrar en la billetera que acaban de robar.

El vagón se va y la ilusión de los rateros se esfuma una vez que, bajo el reloj del andén, descubren en la cartera solamente seis tarjetas de presentación en papel barato, un condón más económico que las tarjetas y un pedazo de servilleta descartable con algunos teléfonos anotados de prisa. El par de malandros arrojan con enojo la billetera al suelo y se disponen a esperar el próximo vagón para repetir su acto.

El lugar que dejan libre los ladrones bajo el reloj, es de inmediato ocupado por una mujer, maquillada y peinada con ese esmero que busca agradar, ella mira su reloj de pulso chino para comprobar que la hora del reloj del andén no miente. Los estudiantes de secundaria deciden por fin irse a remar al lago de Chapultepec, donde las aguas son más verdes que la espada de la luz de Yoda. ¡Tanta deliberación de los adolescentes, para terminar eligiendo la opción más común y corriente en su situación!

El espacio que los cuatro estudiantes dejan, es prontamente ocupado por un hombre moreno que lleva consigo un pesada caja metálica de herramientas, cuyo transporte le hace sudar las gotas gordas de Adán en busca del pan. Deja la caja en el piso y se dispone a esperar a un compañero de labor para irse juntos a trabajar.

Tap, tap tap… Haciendo resonar contra el piso las delgadas tiras de metal adheridas a las suelas de sus zapatos  (para que no se desgasten por tanto caminar), llega un galán presuroso y ligero, sudando por el esfuerzo de su lucha contra el tiempo; viste su mejor suéter, perfumado con una loción barata y pirata que en vano intenta emular el aroma de una fragancia de marca. El recién llegado dibuja una sonrisa de cocodrilo alegre en su rostro y abraza a la mujer de esmerado aspecto que espera con su reloj chino y un gesto de impaciencia. Discuten brevemente tras las reclamaciones de ella, pero terminan en un público beso que muestra a los testigos que todo está bien entre ambos, luego se van de aquí unidos en un romántico abrazo que dificulta su andar.

El sitio que dejaron vacante los enamorados reconciliados es de inmediato ocupado por un campesino de rasgos indígenas, su rostro es el como de los héroe prehispánico de las estampas y los monumentos oficiales, cara como de esos personajes del ayer remoto cuya rancia cultura y actos admirables hacen sentir a los mexicanos un gran orgullo por tener un gran pasado (remoto y lejado, pero muy suyo). El campesino, ignorado por toda la gente, e incluso despreciado, trae a cuestas un bulto más voluminoso y pesado que la caja de herramientas metálica del moreno. El humilde heredero de los nativos deja en el piso su bestial carga y descansa un poco bajo el reloj del andén. En eso llega el compañero del moreno de la caja metálica y ambos parten, algo retrasados para su cita, en el siguiente tren.

El campesino mira sus huaraches desgastados a punto de romperse, piensa en su mujer y en sus siete hijos, piensa en el octavo que viene en camino, pero no piensa en el futuro, sino en cómo sacar adelante el presente. Quizá hoy sea mejor día que ayer, quizá hoy la policía lo deje en paz vender sus artesanía y los turistas le compren al menos dos de sus sarapes coloridos.

Al lado del campesino que ruega el amparo de la Virgen Morena, se coloca un ser que parece escapado de la corte de los milagros, con sucia vestimenta roída que despide un intenso olor a orines rancios. El mendigo se detiene a contar las monedas que recolectó inpirando pena en algunos desconocidos. En eso, un Romeo nuevo hace acto de presencia con una rosa en la mano, cuyo tallo está envuelto en papel de celofán. El nuevo galán mira su reloj, verifica la hora también con un vistazo al reloj del andén y se dispone a esperar. Un anciano, como de 8 décadas, camina por allí a paso de tortuga, a su edad ya no hay ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

El campesino recoge su enorme bulto, se lo coloca sobre su encorvada espalda y camina rumbo a la salida de la estación. El desempleado, aburrido, mira la hora y piensa que ya es muy tarde para acudir a alguno de los lugares donde solicitan gente, mañana irá más temprano. Al reloj del andén en el metro no parece importarle nada y sigue exhibiendo y atestiguando la marcha del tiempo.

Julio 1996

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