El cigarrillo de la noche

La noche es tranquila, el cielo nublado, sin estrellas; éstas son suplidas por las luces de las antenas, rojas y blancas parpadeantes para que tengan precaución todos aquellos que vuelan bajo: aviones o ángeles, poetas o déspotas.

Yo me encuentro fumando el cigarrillo nocturno en mi balcón.

Frente a mí está el gran edificio que se me figura un fornido militar titánico, cuadrándose para intimidar, para amenazarnos y hacernos saber que está al sevicio de alguien aún más poderoso, y hacernos sentir una forzada sumisión ante ese poder invisible que sólo se presiente, creo que el gran titiritero es aquél que tiene el dinero.

Ese edificio también inspira respeto a los seres inferiores, los que tienen las monedas suficientes para subsistir al día. Carecer de dinero es la mayor preocupación de las vidas por este lugar. La parte superior del edificio, que parece la cabeza del gran soldado, es una gran cúpula, con columnas griegas, que esta noche han dejado iluminada.

No es muy tarde, y sin embargo reina el silencio en la calle.

En silencio pasa por la acera uno que otro fulano de los que sacan a cagar a sus perrillos falderos. Los apartamentos modernos y lujosos de la zona no permiten albergar a un verdadero can. Los amos recogen las mierdas plastificadas de sus pequeñas mascotas con bolsas de plástico, preservando así la pulcritud de las aceras.

Ocasionalmente pasa un auto. Pero en la calle sigue imperando el silencio. La mayoría de la gente ya está en sus casas dopándose puntualmente con una serie de televisión, actualizando pendejadas en sus redes sociales o viviendo lo que no son en un videojuego. Claro que también hay muchas personas aún en sus oficinas, siendo infieles a sus parejas con una fidelidad obsesiva al trabajo. Estas adictas a la productividad tratan de matar el estrés que el trabajo les causa, con más trabajo. La droga que atrapa y de la que nunca es suficiente hasta que ya no regresan del viaje. Estos nuevos obreros, para recuperar el sueño buscan un aumento, ignorando que el aumento les causará más insomnio, entre más te dan menos duermes, tómalo en el sentido que quieras.

En el último piso del edificio que luce como un gran soldado, casi llegando a la cúpula, veo en una ventana una sombra que se mueve, y luego se asoma. No distingo ningún detalle, puede ser un hombre, una mujer o un orangután. Para mí es sólo una pequeña sombra que se mueve en la lejanía.

Parece que de repente sale de la ventana y se pone de pie en la cornisa.

Casi se ha consumido todo el tabaco de mi cigarro y empiezo a sentir calor en los dedos que lo sostienen. Lo apago. Pasan dos autos por la calle y de nuevo la quietud.

La sombra se desliza por la cornisa y se detiene a la mayor distancia posible de la ventana. Allí permanece estática por un buen rato, imagino que reflexiona, pero como cortando bruscamente su cadena de pensamientos con un brusco movimiento se arroja al vacío, oigo el motor de un coche pasando por la calle. No escucho nada más cuando el auto se aleja.

Silencio, el cielo nublado y sin estrellas. Yo estoy demasiado lejos como para escuchar golpes tras caídas.

Probablemente algo se dirá en los periódicos mañana, pero yo ni me enteraré, no compro diarios ni tengo TV.

Fin del cigarrillo de esta noche.

merryl lynch

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4 pensamientos en “El cigarrillo de la noche

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