De vuelta

De vuelta al silencio, al agujero blanco, al vacío.

De vuelta a la banda de los niños perdidos, a la culpa injusta, al olvido y al cero sin matemáticas, a la desesperanza, a ser un quijote sin cruzada, un simple dolorido, a ser el mártir hueco sin causa ni cruz; a leer sin parar y sin volverme lo suficientemente loco como para olvidar lo que pasó.

De vuelta a imaginar lo que nunca será, pero ahora lo imaginaré sin ti.

De vuelta a escribir palabras como fantasmas, a tener recuerdos ficticios, a caminar sin sentido, a observar sin involucrarme, a ser el testigo indiferente que colgó de nuevo su protagonismo en una pared y a ser habitante del pueblo llamado “Si hubiera…”.

De vuelta al descuido y a la respiración mecánica, a mendigar minutos entre los amigos. Como Sansón saliendo sin ojos de la peluquería tratando de recordar qué tan brillante es el sol.

De vuelta a frecuentar a las hermanas de la caridad, a acariciar el aire, a pagar facturass existenciales y a dormir de más.

De espaldas a todo, de vuelta a la nada.

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Jamais vu

El déjà vu es identificable y sorprendente, pero su opuesto absoluto, el jamais vu, por definición pasa siempre inadvertido.

Jamais vu es aquello que José Alfredo Jiménez dice muy bien en una ranchera:

Nada me han enseñado los años
Siempre caigo en los mismos errores
Otra vez a brindar con extraños
Y a llorar por los mismos dolores

Jamais vu es actuar como el canino del libro de los Proverbios:

Como perro, que vuelve a su vómito, tal es el imprudente , que repite su necedad

Es el tipo al que Ruby se refiere en la Brownsville Girl de Dylan:

Ruby just smiled and said, “Ah, you know some babies never learn” [Ruby se limitó sonreír y dijo: “Ah, ¿sabes?, algunos nenes nunca aprenden”]

Es el coyote hambriento del desierto creyendo que ahora sí atrapará al maldito correcaminos.

Es el estudiante de medicina con vocación, pero sin capacidad, que celebra la vigésima vez que vuelve a recursar el primer semestre de la facultad.

Es el pueblo que realmente cree que nomás con votar una vez cada determinado número de años está viviendo una democracia real.

Es el optimista que insiste en que este mundo de veras va a cambiar.

Jamais vu, Jamais vu, Jamais vu, dijo el cuervo en francés, y siguió diciendo lo mismo una y otra y otra y otra…

Me gustan mucho las mañanas

Me gustan mucho las mañanas.

No porque que sea un pajarraco madrugador, ni para que Dios me ayude por haber madrugado.

La verdad me cuesta trabajo levantarme temprano, pero algo muy fuerte me motiva: Me encantan las mañanas porque casi no hay gente en las calles de las ciudades.

Y yo no soy rata de campo, pero no me agradan las aglomeraciones.

Gusto de salir de casa lo más temprano del día, cuando realmente la mayoría duerme.

Deambular por las calles cuando los trasnochados recién han llegado a sus camas, los insomnes por fin pegan los párpados durante unos minutos, aquellos que no tienen algo que les impele a levantarse y los perezosos aún estarán acostados unas horas más.

Prefiero hacer todo antes que el ambiente se engente y que el ruido impere.

Me gusta andar por las calles vacías, aunque frías, en un escenario posapocalíptico, como si fuera el único sobreviviente de la dimensión desconocida, sin ser leyenda.

Me agrada ir por la acera y oler el café recién preparado, y el aroma del pan que sale del horno.

Llegar a los museos antes que el ejército de selfis huecos, ir a los cines en la primera función sin vecinos con diarrea verbal que viven para revisar sus redes suciales.

También me agrada estar en la oficina antes que todos lleguen e irme antes que todos salgan.

Pero volviendo a las mañanas, cuando vagas temprano rara vez hay caos o histerias, dramas escandalosos u odios gratuitos.

Y si te topas con personas, éstas suelen hablar bajito, a veces en susurros, pues a esa hora todavía no se comunican a gritos.

Una ciudad, una calle, cambian mucho dependiendo de la hora, y a mí me encanta la de la primera claridad de la jornada.

Me gusta la paz, por eso supongo que me gustan las mañanas.

Matando el tiempo en California

California. La primera vez que estuve aquí el clima fue nublado y frío, me hizo recordar que cuando estuve en Londres el clima fue soleado y clauroso, entonces sospeché que algo estaba cambiando realmente en el clima, que los estereotipos son menos sólidos que los monolitos o que tengo mal tino para conocer los atractivos turísticos como Dios manda en el 17° Mandamiento de la tabla perdida.

Hoy estoy de nuevo en California, creo que cerca de San Francisco, y hace un frío digno de un verano en la Antártida. Siempre he sido muy sensible e incompatible al frío, ahora creo que tras mi temporada en Miami lo soy más. Son las ocho de la mañana y estoy en la recepción del hotel esperando a que pasen por mí. Es una repetición momentánea de mi rutina matutina de ayer.

En la puerta principal del hotel hay un hombre, con un porte elegante, como de 90 años, aunque bien podrían ser nomás 50, pero demasiado bien vividos, uno nunca sabe, que está aquí para darle a uno los buenos días.

En el escritorio de la recepción hay tres empleados jóvenes, el señor de avanzda edad a veces entra y se pasea por el escritorio, atento de que aparezca algún huésped, para abrirle la puerta, darle los buenos días, preguntar cómo se encuentra esta mañana y ofrecerle un vaso de café.

Por un lado me alegra que a la gente de edad avanzada se le den oportunidades de trabajo, aunque creo que este señor bien puede ser capaz de más actividades laborales. No sé, por un lado creo que son trabajos ‘por lástima’ o por ‘pena’ y no es que a las personas que realizan estos trabajos les deba dar pena, la pena me da a mí, porque seguro esta gente tiene mucha más experiencia y capacidad para hacer muchas más cosas que dar buenos días a las aves de paso que aparecen por aquí.

Creo que me voy a enfermar, siento mis vías respiratorias en el borde de ‘ya me va a dar tos’, pues ni modo, ni tos. Espero poder escapar de la enfermedad. Quisiera quedarme un tiempo más por estos lugares, lares para presumir lo sofisticado que no soy en realidad, pero ya extraño el buen clima de mi base temporal en la Florida.

Sigo leyendo las “Opiniones de un payaso”, de un autor cuyo nombre no recuerdo, sólo sé que ganó el Nobel de literatura en 1972. Me quedan como 20 páginas, casi lo leí entero en el vuelo que me trajo a California. Es un libro que no me ha gustdo mucho, ni despertado mi emoción, pero por otro lado de alguna manera ha mantenido mi interés. Creo que lo recordaré como el libro donde encontré bien retratado un sentimiento que he tenido yo desde que tengo uso de memoria, y aún cuando me desmemorizo: el horror de los objetos que dejan atras las personas que se van (que se van en el amplio sentido de la frase).

Son los objetos los que nos hacen más patente una ausencia. La ropa de la abuela que se murió, la habitación del hermano que se ha ido de casa, los cosméticos olvidados de la chica que te dijo que ya no y se fue sin decir siquiera adiós. Sí, lo curioso es que los objetos dejados atrás siempre te recordarán algo; pero imagina que por una vez la persona que se va se llevara todo, sin dejar nad atrás. Entonces no tendrías objetos que te recuerden las cosas, sino un vacío que te gritará la ausencia. Entonces al final, da exactamente lo mismo. Si la gente que se va te deja cosas personales, te acordarás doblemente de la ausencia por los objetos que te dejó; pero si se lleva todo y deja huecos, entonces esos malditos espacios vacíos te servirán de recordatorio no-deseado. Uno siempre pierde en esos asuntos.

12 de marzo de 2008

California

Como la primera vez

Recuerdo tu primer día en este lugar.

Fui tu primer cliente.

La persona que te entrenaba te acercó a mí,

y tras darte indicaciones breves te dejó sola conmigo.

Sonreíste y dominaste tus nervios con una gran fuerza de voluntad.

Sin duda era también tu primer trabajo.

Comprendí tu situación y fui muy considerado, más de lo que suelo ser normalmente.

No es que sea bueno por naturaleza, tampoco soy malo, soy como cualquiera, supongo.

Antes de irme te agradecí y tú me dijste “gracias” con una linda sonrisa.

Regresé al mismo lugar varias veces, con moderada frecuencia.

Siempre que notabas mi presencia fingías no reconocerme.

Cada vez que me atendías era como la primera vez, como si yo fuera tu primer cliente y como si jamás se hubiésen cruzado nuestras miradas anteriormente.

Así se sucedieron muchos reencuentros contigo, en tu trabajo.

Después me fui a vivir lejos, muy lejos, más allá del océano.

Pasaron los años y regresé a vivir a este mismo agujero pestilente y podrido.

Hace poco volví a tu lugar de trabajo y me atendíste.

“Hace mucho tiempo que no lo veía”, me saludaste con una sonrisa sólida y de experiencia.

“Estuve lejos”, te respondí algo sorpendido por el reconocimiento, “es posible que ahora me veas con más frecuencia”.

Tu sonrisa se amplió con educación y me atendiste con el esmero acostumbrado.

Al final te agradecí y tú me dijiste “gracias” exhibiendo tu sonrisa jovial.

Hoy estoy aquí de nuevo.

Hoy vuelves a fingir que no me reconoces, que nunca me has visto.

Tu acción me sabe al eco de un juego viejo, de cuerdas desgastadas a punto de romperse.

La nueva representación de una vieja obra de teatro que el público se sabe de memoria.

Quizás antes me hubiera intrigado tu reacción, pero en el presente no me importa, sinceramente me da lo mismo.

Quizá la próxima semana regresaré y tú me atenderás.

Quizás decidas reconocerme o fingir que nunca me has visto.

No lo sé.

Pero invariablemente, como en cada ocasión que me has atendido, yo te lo agradeceré.

Y tú me dirás “gracias” sonriendo como la primera vez.

Siempre como esa primera vez que podría ser la última.