King Kong vs Godzilla

Un caluroso día de primavera en la playa de Mar del Plata, el gigantesco león marino que todo lo mira cobró vida. Comenzó a moverse porque se hartó de los turistas y paseantes que le sacaban fotos constantemente; ya lo verás, algún día la Mona Lisa perderá también los estribos y dejando de ser tan llana aremeterá con rabia contra los contempladores presurosos, tanto japoneses como de cualquier otro lugar, que la observan desde el otro lado del cristal.

Pero regresemos al león marino. Demente, la gigantesca criatura arremetió a mordidas y coletazos (en los respectivos extremos de su cuerpo, claro está) contra todo y todos, todos para una y una para cada quien. La gente que tomaba el sol y fotos de la bestia huía despavorida, y los pocos pavos que había huyeron engentados.

León Marino de Mar del Plata

De tierra adentro, como de la nada, llegó King Kong rugiendo como lo haría un simio gigante cuando se encuentra arriba de un rascacielos luchando con biplanos. Y del fondo de las aguas surgió Godzilla, moviendo la cola a ritmo de cumbia colombiana, sin acordeón.

El León marino detuvo su destrucción por unos segundos, y no pocos curiosos aprovecharon la pausa para sacar sus aparatos digitales de sus áreas genitales. Cientos de celulares móviles de generación degenerada fueron enencdidos para tomar más videos, fotos, 3D y demás, con sus propietarios resueltos a exponer sus vida por una posteridad estéril y efímera.

Las tres enormes cosas furiosas iniciaron una pelea tripartita, sin paño de tres bandas. Era difícil predecir quién ganaría de ese trío de gigantescos seres que se enfrascaban en la lucha, pero como no hay frascos tan grandes para contenerlas, las descomunales bestias sólo peleaban.

King Kong usó sus brazos peludos de calvo acarreador de agua para abrirle el hocico al león marino, hasta romperlo, quedando el león muerto con rictus de rana René (alias Kermit the Fuck) en macabra carcajada.

Entonces Godzilla y King Kong decidieron que allí no había lugar más que para uno. Así que el gran gorila arremetió contra la gran lagartija, pero salió primatemente repelido por una bocanada de fuego expelida por el hocico de la bestia nipona. El olor a pelo quemado fue nauseabundo, y más de un curioso cayó desmayado.

Mientras Kong se recuperaba del aturdimiento, Godzilla le dio la espalda, como si fuera a alejarse. Pero no era una huída, sino el inicio del tiro de gracia. El reptil, ladeó su cola, y tomando vuelo la lanzó como látigo de Indiana Jones, en dirección a la cabeza de Kong; quien en el acto quedó, como Luis XVI y María Antonieta, descabezado y sin pasteles, tendido en la playa, al lado del león occiso y carcajeante.

Era obvio que Godzilla ganaría y así será hasta que los chinos inventen su propio monstruo.

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Un bufón sin gracia

Un bufón sin gracia. Bufón que no hace reír a nadie más que al dios, quizás porque aquél es obra de un humor de tinta, otro puno final al sinsentido de la vida.

Un bufón cuyas principales preocupaciones son el clima y el éxito, el dinero y los aplausos; para quien el último recurso es el “pégame, pero no me ignores”. Con desesperación ese bufón necesita que alguien acredite su existencia.

Si el bufón fuera como los lobos, que sólo se preocupan por la barriga llena y por su siguiente presa, otro gallo le cantaría; a menos, claro está, que el gallo fuera la cena de la manada lupina.

La luna observa, pero calla. Tú también guardarías silencio si, como ella, hubieses visto las mismas funciones —una y otra vez— en este teatro al aire libre. Las últimas palabras que la luna dejó salir del cerco de sus dientes fueron: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desde entonces únicamente silencio sepulcral de la luna.

El bufón, sin fuerzas y con el agotamiento semanal de lumpen enlatado, ruega cada noche al cielo para que lo releven de su cargo y lo alivien de su carga. Pero aquél que debiera autorizar ese consuelo, expidiendo copias por triplicado, tiene la clemencia de un usurero.

El bufón es demasiados siglos más joven que la luna (diríase con más propiedad que es cientos de milenios más joven que el satélite, pero las matemáticas no son mi fuerte, pues les tengo fobia desde que supe que sólo sirven para engañar y hacernos creer que hay lógica y sentido una vez que hemos nacido, y que estos motivos perduran aún después de que nos echan a la tumba), y a pesar de la diferencia de edades ha decidido tomar la misma determinación: callar discretamente como lo hacía Scheherezada al terminar un cuento.

El bufón ya no dirá nada, seguirá el ejemplo de quietud absoluta que nos da la luna. Ella ha visto muchas veces a demasiados personajes tomar esta misma determinación. La misma historia para la luna quien, como el dios, ya ni siquiera se inmuta.

bufon

Evocaciones

Con su clarinete evocaba mares, cielos, nubes… Era una maestra para convertir notas musicales en paisajes. Podía evocar con facilidad bosques y desiertos, montañas y valles, lagos e islas. Lo que más le aplaudieron fue cuando describió con música las figuras naturales del Cantar de los cantares. Ella tuvo éxito y honores, premios y otros reconocimientos, pero nunca logró plasmar sentimientos con su instrumento. Y eso era lo que ella  más quería: poner lo que dictan los corazones en melodías. No se puede todo en la vida.

clarinete

Amor en la casa oscura

Una casa sin luz. Puertas y ventanas cerradas. Todo bajo llave en este mundo inseguro. Adentro alguien se pregunta qué es el amor. No hay respuesta, sólo suposiciones. Incertidumbre a pesar de las experiencias, ¿o será a causa de ellas?

El amor puede ser un cometa o una vela encendida en la tormenta del desierto. Quizá sea el compromiso de acero que se firma con tinta del alma tras algunas negociaciones.

En la casa se perciben etéreos los objetos blancos. Fantasmas de cosas que son. Timidez en las tinieblas. Silencio.

Quizá el amor es la ilusión más poderosa que nos impulsa a seguir respirando, la razón ficticia que da cuerda a nuestras vidas.

La casa podría ser un laberinto de soledad, el caparazón de esa tortuga que teme a sus semejantes. Insomnio y silencio.

En épocas descaradas el amor se percibe devaluado, al menos ese amor que en otros tiempos fue glorificado, dorado, de cuento infantil antiguo. “Dios ama y odia a la vez”, dijo un loco, el ciego en el reino de los sordos. Puede que el amor sólo sea un cuarteto de letras sin sentido.

En la casa sin luz nada cambia. Oscuridad y silencio, hasta el fin de los tiempos.