Ciego por voluntad

Extraviado en la vía rápida de la leche derramada, sintiéndome como el octavo onano sin blanca.

Perdido sin las guías de la luna o del sol, mucho menos de las estrellas, preguntándome por qué no estamos ya juntos.

Llevo en mi mirada la espera desesperanzada de la oportunidad que nunca llega, ni llegará… ni calva ni con gran melena.

El futuro me sabe a una indeseada extensión monótona del pasado, nada mejora si no estás a mi lado.

Hoy despertaste con otro ente, de entre los que hacen del seguirte una religión barata y postmoderna. Ya adivinarás qué me corroe a mí, un desencantado obispo de la adoración de tu áurea crueldad.

Ojalá yo buscara de ti sólo tu cuerpo, pero después de lo ocurrido sabes ya que no es cierto. Pasé la prueba del tiempo y del tinte por decoloración.

Si mentí fue sólo por diversión y hoy soy el condenado que pide perdón a la reina de la penitenciaría, y mis verdades son consideradas mentiras.

Exiliado de tu cama y de tus pensamientos, voy en contra de mi código que exige alejarme del lugar en el cual no me quieren.

Ya tengo callo en mis nudillos desnudos de tanto tocar variadas tonadas en tu puerta cerrada, que cala y no canta.

Soy como el lépero leproso cuya única compañía es su campana desafinada.

Doce campanadas y pido tu regreso, pero debo aceptar que me dijiste adiós de punto final sin tirarme un beso (y ni siquiera un hueso).

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El libro robado

Caminando haciendo eses, hediondo como las heces, el vagabundo inmundo recorría el templete callejero donde se remataban libros. Como Moisés huyendo de egipcios, el vagabundo abría el mar de curiosos domingueros que abarrotaba el lugar. Ese poder de desplazar masas del vagabundo mucho tenía que ver con su pestilencia, mezcla de orines y cagadas, con suciedad añeja y del sobaco que olvidó hace mucho el contacto del jabón.

El padre limpio jaló del brazo a su inmaculado hijo para apartarlo de la trayectoria del cometa de mal olor cuando vio que se aproximaba el vagabundo. Éste, al pasar por una mesa donde se remataban libros a 10 pesos (principalmente de autoayuda y de autores desconocidos de novelas ignoradas) tomó un volumen y se lo guardó en el saco rasgado y manchado que cargaba, riéndose con su cómplice imaginario del magistral robo que todo mundo atestiguó, pero del que nadie dijo nada.

Con carcajadas asmáticas el vagabundo abandonó el templete para buscar una banca en el parque de la Alameda dónde pasar la noche. Al encontrarla entabló amenas charlas incoherentes consigo mismo hasta que la luna reclamó el gobierno del cielo.

Y del libro robado, el vagabundo no se acordó jamás. ¿Habré visto mi futuro en esta visión dominical?