Culpas

Y de repente sentimos que la vida fue una ilusión, una mentira en la que intentamos alcanzar lo que estuvo siempre a kilómetros de nuestras uñas.

Utopías, virtudes, paraísos, felicidades, perfecciones morales y todas las supuestas realidades que jamás pudimos palpar.

Al final nos percibimos como sacos llenos de frustraciones. Sacos estafados.

Entonces…

Culpamos a la ciencia que, a pesar de su buena fe, no hizo sentir imparables.

Culpamos a los creadores de religiones y a los padres fundadores por hacernos creer poderosos y especiales.

Culpamos a los filósofos que nos inflaron el pensamiento con el aire caliente de las preguntas sin respuesta.

Culpamos a los escritores que construyeron tantas historias ajenas a la realidad.

Culpamos a Hollywood, la fábrica de sueños con doble moral y Edén de las perversiones, por hacernos sentir sublimes.

Culpamos a los políticos que nos vendieron el cuento de un mundo mejor.

Cuando en realidad deberíamos culparnos a nosotros mismos por tragarnos tanto engaño sin cuestionarnos, por adorar falsos ídolos hechos del mismo polvo de nuestros cuerpos, por sentirnos únicos y especiales, a la vez que insignificantes, y por haber preferido dejarnos llevar.

Asumamos pues la responsabilidad por haber buscado siempre algo o alguien que nos definiera el camino.

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Comida familiar en un restorán

La  familia está reunida religiosamente, para la comida dominical en un restorán. No sale ni una palabra de sus bocas, ocupadas en morder, medio masticar y tragar, tragar y tragar. Sin embargo, de su mesa salen diversos ruidos, estrépito mal parido, pues cada miembro tiene muy alto el volumen de su dispositivo digital personal.

Papá puerquito, hombre miope por culpa de esa tecnología digital que no puede dejar ni cuando defeca, se encuentra ante la mesa comiendo cerdo; no se percata del canibalismo aparente, ni de esa úlcera creciente que reside en algún lugar dentro de los 120 centímetros diametrales de su cintura. Papá no despega sus ojos de su dispositivo celular, atrapado por las insulsas idioteces de su red social.

Mamá puerquita, de gelatinoso escote carente de atractivo sexual, come saludablemente una ensalada con muchos crutones aceitosos navegando en empalagoso aderezo digno de un coma diabético. Ella pareciera embarazada de nuevo, pero es simplemente su cotidiana adiposidad abdominal. Mamá está hipnotizada por los chismes de la realeza que mira en su propio dispositivo digital.

Puerquito junior, un adolescente rebelde con causa (ésta es la de haber nacido) de glúteos desparramados, acné salvaje y senos exuberantes como de modelo de publicación capitalista dirigida al lumpemproletariado​, deglute una grasienta hamburguesa doble con tocino lubricante y ligero sabor a sangre, que se pasa por la tráquea dando ocasionales sorbos a su refresco de cola clásica, mientras con autoengaño aspiracional mira videos de deportes en su dispositivo digital.

Puerquita pequeña es caprichosa y gusta de comer panqueques, crepas y hotcakes pasado el meridiano, todo acompañado siempre de mermelada, miel de maple artificial y mucho tocino. La jamonesca benjamina lleva un vestido rosa y tiene la silueta de un globo terráqueo con patas, pero sin división política. Toma feliz su malteada de fresa con sabor a extramantequilla, mientras observa caricaturas de unicornios en su dispositivo celular.

Yo, como ellos, mastico rápidamente mi comida y dejo de ver mis redes sociales por un momento, para descubrir que la familia que observo de reojo es un espejo.

pig

Inédito

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, acortando el tiempo de muchas noches (y días) gracias a Cortázar, sacrificó demasiados viernes sociales por Verne, leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta el momento en que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y anónimos manteles individuales y desechables, que siempre guardó; después en hojas sueltas sin diarrea que conservó en carpetas; luego todo lo anotó en libretas y cuadernos que se fueron paulatinamente llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Conservándolo todo con la idea de que algún día lo publicaría.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta no haber acabdo. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no le resultaba tractivo por no ser fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente y coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de cumplir los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. Tampoco fueron vendidos, ni siquiera leídos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos para este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras usando una computadora o un dispositivo electrónico, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y en espacios virtuales viajando en 3G, 4G, 5G,.. o la sigla en turno. Obras mezcladas en enferma promiscuidad con las frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves, inmediatos y pestilentes como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Entonces, al final y de todos modos, sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits, el ciberespacio, las redes y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano alimentan al olvido.

Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

La ciencia médica avanza

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, regalándonos un “tiempo extra” que nos alegra cual perros que lamen ranas alucinógenas.

Ahora tenemos más expectativas de vida, longevidad estirada como liga de la injusticia. Hoy en día la venta de pañales para adultos incontinentes es un gran negocio en todos los continentes, excepto en el norte de África. Ya no es extraño vivir más de 70 años, con lentitud y jodidos, pero muy contentos de “estar vivos”. Los viejos esperan ilusionados un nuevo cumpleaños, aunque se aburran, pues ya no les importan las constantes novedades —a las que cada vez encuentran más difícil seguirles el ritmo—, ni tienen con quién platicar de las cosas añejas que les interesan o que recuerdan.

Se nos pide aplaudir a quienes aceptan la quimioterapia (llamada “quimio” con sádico cariño) para combatir la horrorosa palabra que empieza con “C” y termina en “áncer”. Se nos dice que a esos enfermos les llamemos “guerreros”, aunque en el fondo sabemos que la suya es una batalla perdida desde el momento en que les declaran la enfermedad y que pase lo que pase nada volverá a la normalidad. Si esos guerreros logran exprimirle más años al destino, de todos modos, como tú o como yo, también morirán. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Alabamos y dedicamos una luminosa, pero falsa, admiración a los enfermos de “C”, y tan ocupados estamos en aplaudirles que ni nos enteramos de lo costosas y dolorosas que son sus terapias, ni sabemos de los onerosos accesorios que deben adquirir  para llevar una vida “normal”. Si no me crees, mira cuánto cuesta un bra de prótesis para “guerreras” con “C” de mama y te convencerás.

Presumimos honrar a los ancianos, pero terminamos confinándolos en esos basureros humanos, sin reciclaje, que denominamos “casas de retiro” (antes les decíamos “asilos”, pero hoy están de moda los eufemismos). Allí se les visita, al principio, una vez al año, después cada año bisiesto y luego nomás en su sepelio, si es que nos enteramos de que fallecieron.

Prolongamos hasta lo insufrible las agonías ineludibles que el tiempo patrocina en nuestros cuerpos y nos convertimos en esclavos de los laboratorios médicos para que sus pastillas y demás chingaderas nos permitan ver un nuevo amanecer. Todo lo aceptamos como parte de la alegría de seguir en esta “vida”. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Respirar no es exactamente vivir.

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, y nosotros, aunque nos engañemos, tarde o tempranos nos quedamos en el vado del camino.

Ella lloraba

Así, de la nada, ella comenzaba a llorar y me decía: “no es nada, no me hagas caso”.

¡Como si eso fuera posible!, estar impasible ante las lágrimas de alguien que te importa.

A veces ella sollozaba porque algo era demasiado bello, otras porque algo era demasiado triste.

En ocasiones, ella derramaba lágrimas porque recordaba algo incalificable, pero las más de las veces sólo lloraba porque sí.

Lloraba a mi lado en los museos o cuando en el cine mirábamos una película que ni siquiera era drama.

Lloraba cuando estábamos comiendo o cuando metíamos humo en nuestros pulmones.

Claro que lo peor era cuando lloraba en la cama… y era incapaz de explicarme la razón.

Igual ese fue el origen de mi inseguridad.

Lloraba y lloraba, y si yo insistía en preguntarle el motivo de su llanto, entonces lloraba más, pero de rabia.

Entre lágrimas siempre me decía lo mismo: que no era nada, que la ignorara.

Jamás aprendí a navegar en el mar de sus lágrimas y por eso, aunque la quise mucho, me tuve que alejar.

Lo peor del caso es que ahora, cada que la recuerdo, me pongo a llorar.

lagrimas

El hartazgo de la Luna

Acabo de ver a alguien que me recordó a ti… y también iba sin mí.

Al verla me pregunté si seremos fabricados en serie y si en algún lugar hay alguien parecido a mí, sin ti.

Imagino que debe haberlo, quizá para mantener un equilibrio que no percibimos, quizá para balancear los polos de energía de alguna batería interestelar.

Me asusta un poco pensar que los personajes y las historias se repiten, que existe una infinita separación para la gente que se presiente y corresponde, pero que jamás se encontrará.

Que son muchos los extraviados que terminan siendo la carne que alimenta a esos piratas sin corazón que navegan en la bahía de la razón.

Suponque que así como los personajes somos fabricados en serie, las situaciones son creadas sin mucha variedad.

Todo está limitado, como para provocarle hartazgo a la Luna, que todo lo mira desde arriba y que es más discreta que el sol.

Imagino también que la Luna está peor que los personajes incompletos y extraviados, ya que ella, además de ver siempre lo mismo, no se puede ir y su vida se prolonga mucho más que la de cada uno de nosotros.

Es un asunto triste el de la Luna, un hartazgo que no envidio, pero que tampoco me hace sentir mejor.

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