Barro antes de polvo

Me convertí en barro antes de ser polvo, en fango sucio, extendido, pegajoso y a la vez resbaladizo. Muchos adjetivos para tan poca forma.

Me convertí en barro y manché tu vestido de lino blanco, tan puro e inmaculado.

Aspiraba, ajeno a mi nariz, a grandes alturas y vuelos sin regreso. Libertad de lugar, de querer y de no molestar. Al final sólo conseguí cadenas y ensueños enlatados, una realidad donde las ilusiones te arrastran hasta convertirte en lodo.

Sólo quise comprender y ser comprendido, ser como los demás. ¿Sino por qué crees que bebí alcohol?, ¿por el sabor?

Entre Jeckyl y Hyde no hay a cuál irle. Intenté ser ambos, traté de ser parte, encajar, obedecer, creer… pero sólo terminé siendo barro antes que polvo.

La broma dejó de hacerme gracia, mira que creer en todo después de no haber creído en nada debiera ser chistoso.

Fui lo más transparente posible ante las exigencias de honestidad en una sociedad de narigudos que hacen parecer chato a Pinocho. ¿Qué obtuve? Me perdí igual que los demás, manos vacías, alma hueca, corazón estrujado y acabado. Y mi grillo perdido. Todo es vano, vanidad de vanidades y nada más allá del infinito.

Pero aún no termino, sin embargo no hay manera de volver a empezar. Por eso digo que me convertí en barro antes de ser polvo.

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Cuando eres viejo

Cuando eres viejo descubres y constatas muchas cosas, pero ya nada te asombra, pues esta capacidad la perdiste cuando comenzó a faltarle firmeza a todos tus miembros y a tu pellejo, no importa lo que hayas perdido primero.

Cuando eres viejo ya nada sabe a lo mismo, todo gusto se ha perdido, no sólo el de la boca. Con frecuencia repites una y otra y otra vez que antes todo era mejor y que con un dólar comprabas más cosas que ahora.

Te empeñas en permanecer, te aferras a la vida y a lo bello, a pesar de que eres feo, más que nunca antes. Te perfumas demasiado porque apestas a rancio, pues hay demasiadas cosas muertas dentro de ti.

No tienes nadie que te comprenda, por eso callas con frecuencia, y cuando hablas es para repetir lo mismo una y otra y otra vez. A nadie le interesa lo que dices, y a ti te vale un pepino lo que cualquiera quiera decirte.

No entiendes las modas, te parecen grotescas y extravagantes, deleznables y vomitivas; tampoco comprendes las actitudes y actuaciones de la gente en vigencia. Pero te niegas a aceptar que ya es la hora de abandonar la escena.

Cuando eres viejo te entran más por la boca medicamentos que alimentos, y lo que sale de ella suelen ser ecos (ya lo dije antes, una y otra y otra vez). Hasta los esfínteres abusan de ti y descubres que hay una enorme variedad de pañales para adultos.

Sabes que amar no es coger, y que querer es otra cosa que se fue cuando se te acabó el poder. Eres vasallo obligado de la impotencia. Hasta un alfeñique con menos de 20 haría contigo lo que le plugiera, con lujo de violencia si quisiera, mientras tú lloras enconchado, humillado y ofendido.

Te acercas a Dios por terror al más allá o te alejas de Él tras despertar y ver que es una mórbida invención para paliar nuestros miedos. Sabes que realmente todos los caminos conducen al mismo sitio y que todo comienza de la misma forma, para también terminar siempre igual.

Cuando eres viejo… lo seguirás siendo hasta que dejes de insistir en quedarte y te convenzas que ni a ti te importa seguir aquí

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Malena

Malena es una belleza, es tersa, es la promesa que nunca se cumple; te puede hacer dar vueltas en un desierto por 40 años sin otorgarte por ello ninguna recompensa, salvo el extravío y mucho tiempo perdido.

Un anzuelo irresistible es Malena, poderosa maestra vudú del sentimiento, manipulación con disfraz de afecto; siempre ofreciendo una manzana roja y prohibida, haciéndote creer que tomarla es lo correcto.

Felina en su vestido largo, Malena te hace perder la cabeza; con su minifalda ella nunca llega tarde, aunque siempre está retrasada.

Sus ojos tan verdes resaltan en su piel morena, te hipnotizan y no te das cuenta de que entre más atenciones le tengas, ella te hará menos caso.

A Malena, como empresa de importancia, no la debes llamar, ella se comunica contigo.

Escultura candente, con voz que anuncia paraísos, susurros que enloquecen y desplantes que arponean.

Malena no miente, te advierte, siempre dice la verdad cuando susurra con ternura que de ella no debes enamorarte.

A Malena cuando dices que la quieres, te responde simplemente “lo sé”, como un mercenario de Star Wars.

Te acostumbras con Malena a tener las manos vacías y los labios fríos, de vez en cuando te acaricia para conservarte en su órbita y te revive con un beso ocasional.

Malena es sirena, de cuyo canto no hay cera que te proteja; es presente, pasado y futuro. Mientras te va desgastando la espera, Malena no tiene edad.

Reina y señora, emperadora de tus pensamientos y tus horas, Malena siempre está en lo cierto, no importa que tan obvio sea su error; le encanta que le digan que es la Atila del corazón.

Con Malena tu mente terminará creyendo que el dolor es parte del amor.

Definiciones

Fe – Creencia en aquello que por naturaleza no puedes creer.

Belleza – Cualidad relativa que tiene aspiraciones a ser absoluta.

Tiempo – Un verdugo artificial que trabaja lento, pero seguro.

Amor – Algo que dicen que es una cosa esplendorosa.

Destino – Un camino en formación y una apuesta contra dados cargados.

Dios – Aquello que usamos como explicación y asidero cuano nos arrincona el absurdo.

Sueño – La fuga ocasional que nos ayuda a permanecer aquí.

Vida – Lo que sucede entre el primer grito y el último suspiro.

Humanidad – El bufón de la naturaleza.

Estupidez – Función cerebral de la humanidad en grupos numerosos.

Belleza – Eso ya lo dije.

Fe – Esto también lo dije, aunque no lo pueda creeer.

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Mientras tanto

De nuevo desesperado en la espera de tu llamada para avisarme que ya vienes en camino.

Otra vez yo, como el can que vuelve a su vómito, aquel que encontró el modo de colarse en la Biblia.

Una vez más estoy asesinando al tiempo, crimen del que casi todos salimos sin castigo, igual porque el tiempo a nadie le importa, o porque el tiempo ni siquiera existe en realidad.

Me encuentro esperando y perdido, como Minotauro en la recta de LeMans, ansiando el momento en que termines tus pendientes, recuerdes a tu pretendiente y uses el teléfono para decirme que ya vienes en camino.

Como siempre te espero con mi libreta barata, llenando sus hojas con retratos hechos con letras y pensamientos volcados en tinta, también con estupideces que salen como conejos abundantes, expelidos volcánicamente de la chistera del mago pobre del barrio sin magia.

Letras y letras que no me producen ganancias económicas, pero sí muchas satisfacciones personales.

Espero en el lugar de siempre, haciendo lo mismo que todas las veces anteriores. No han sido muchos años de estas repeticiones, pero las he sentido como siglos plurales, estridentes aludes de meses que me sepultan y que terminarán tiñendo de espantosa pureza mis cabellos, si es que no los arrojan uno a uno al suelo. Aquí espero.

Mientras escribo, imagino invariablemente que las cosas por fin saldrán como las proyecta mi mente. Que mi paciencia rendirá frutos o hará agujeros en la roca. Que por primera vez, en estas escenas que son todas similares entre sí como los ecos exactos del Big Ben, no me digas al verme: “Estoy cansada, por favor llévame a casa” o “estoy tan agotada que hoy es mejor que no hagamos nada”… ¡como si alguna vez hubiésemos hecho algo!

Aquí me veo de nuevo, reflejado en el espejo retrovisor del auto, esperando. Con la ilusión de que al abordar me digas algo distinto de lo acostumbrado. Le ruego al destino que hoy me presente algo distinto. Que se cumpla por fin lo que tanto has prometido. Yo mientras tanto escribo…

Aferrarse

A veces siento que trato de predecir al viento, que estoy predicando en el desierto, hablando desesperadamente en vano. Y tú, me das cuerda como aquellos juguetes mecánicos de un pasado que ya se siente tan lejano como las 1001 noches.

A veces siento que mis palabras son un monólogo perpetuo, que soy un boxeador de sombras que se pone en forma para nunca llegar al final que quiere. Me siento como  fábula sin moraleja, como el Romeo del celibato que carece de Julieta.

A veces siento que eres una entidad únicamente real para mí, un sueño que tengo en mis días y el insomnio constante de mis noches; que eres una hipnosis perfecta que me hace vivir en una fantasía.

Sigo escribiendo y sigo pensando en ti, aunque no te quiero convencer de nada. Te quiero como eres, si es que eres, y yo, pues, yo soy así.