Vanidad de vaninades y pura vacuidad

Las ansias de anciano son como canas en el caño, salvo en caso de que el viejo tenga poder y dinero suficientes como para comprar la admiración artificial; lo cual termina siendo de todos modos una patética farsa que muchos aplaudirán disimulando sus nauseas.

La sed de vivir puede llevarte a aprender a sonreír cada vez que quieres romper en llanto; pero aunque domines ese arte no cambiarás el mundo, ya que en realidad nomás somos actores y la vida es un teatro.

¿Y todo para qué, todo para qué? Gargajito de filosofía densa en una canción popular.

Nadie nos garantizó nada cuando nacimos, y los listillos podrán prometerte lo que quieran sobre la postmortandad: glorias o infiernos, alitas o cuernos, pero la verdad nadie sabe a dónde vamos. La fe no es garantía de nada, salvo de ciertas ilusiones personales o colectivas.

Si lo piensas, al final Nerón terminó valiendo lo mismo que la madre Teresa que Calcula, Gandhi o el Arcángel Salomé, quienes, como tú o como yo, fueron sólo muescas en la rueda dentada del azar, balas vomitadas por el revólver del pistolero principal en un Western de Pekinpah o piedras en los escenarios de Pedro y Pablo Yabba-Dabba-Doo.

Pero eso sí, en la Meca jamás venderán Coca-Cola como en Texas, a menos que la fuerza bruta del dinero malhabido se imponga a otro tipo de sin razón; pero eso tampoco importa, pues serán los chinos los siguientes con el control, si es que les alcanza el tiempo.

El día en que no tengamos necesidad de políticos, policías y militares seremos realmente libres y felices. Pero eso únicamente sucederá cuando el carnicero gordo que se fríe dentro del caldero de cerdos carnívoros deje de beber. ¿Y Saben cuándo dejará de beber?: ¡NUNCA!

Y al final nada importa, pues tanto los Rockefella, Gates, Rothschild y demás que conforman la larga lista del Fortune de cada día, serán gusanos o cenizas a pesar de sus riquezas, con un destino igualito al de los hombres sin centavos que duermen en el vado, y al de todos aquellos que nos encontramos en cualquier punto entre esos dos extremos.

¿Captas el absurdo?

Vanidad

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La opción

Siempre hay, al menos, un momento en la vida en el que debes tomar una decisión crítica, como esa encrucijada entre ser una persona o convertirte en una bolsa de grasa ambulante.

Un filósofo muy feo, tan horrible como si nos pegaran a nosotros dos, dijo que la vida es una angustia perpetua porque es una perpetua toma de decisiones, razon por la cual la libertad duele.

Una persona de facultades comunes que es idiota, no lo es por naturaleza, ya que en algún momento de su vida optó por la imbecilidad. Quizá influyeron la falta de oportunidades y la falta de amor de sus padres, pero en última instancia la decisión fue suya.

Yo tuve que decidir entre continuar contigo, y pensé que lo mejor era tomar otro camino distinto al tuyo. No fue venganza porque me hicieron lo mismo en el pasado, ni ansias de perpetuar un equilibrio, simplemente no te veo en mi futuro, de hecho siempre he sentido que carezco de uno, desde mi más remoto ayer.

Nada nos obliga en esta vida a nada, salvo la exclavitud y los regímenes tiranos; de todos modos creo que siempre hay una salida, que decidimos no tomar ya sea por curiosidad, por miedo o por falsa noción religiosa. “¿Qué dirán los dioses?, y lo que es peor, ¿qué dirán los hombres?”, quizás el filosofo feo tenía razón.

Sapo

Así

Podría recitar, prometer y jurar,

podría hilar palabras convincentes.

Podría ser el poeta que embriaga,

aunque no trascienda.

Podría soñarte y no tenerte mañana.

Podría ser el amasijo de palabras

o la mirada enmudecida que convence.

Podría ser muchas cosas pero, es tarde

el amazonas arde.

Podría ser lo que siempre buscaste,

podrías ser lo que siempre quise tener.

Pero ya es demasiado tarde, la política correcta no es

lo que me enseñaron debiera ser.

Mis parámetros son el respeto y la libertad,

no la ignorancia, ni la corriente del río insensato.

La letra escarlata y la santa inquisición

son nada para mí, y menos para tus hijos.

Quizás sueño y divago, ansío y me urge,

pero como los gatos

mañana estaré de pie de nuevo.

Quizás te ruegue, quizás te sueñe,

jamás te faltaré al respeto.

Ya me voy, de hecho ya me fui,

el expreso sólo escupe vapor

y no espera a nadie.

Confesé muchas cosas,

menos mi religión.

Y sin embargo no hay quien me crea.

Peor para alguien, no para mí,

mucho menos para ti.

Pero las cosas

son así.

Enamoramientos de un solo lado

En esa angustia que nace de la inseguridad, muchos se encuentran bailando un tap con pasos inestables sobre el lodo de aquel enamoramiento que no es claro, y mucho menos correspondido. Unilateral, como el juez que te condena al infierno.

Esos enamoramientos desequilibrados provocan que millones de margaritas se deshojen al año, que miles de runas y cartas sean cosultadas a diario.

Obligan a las adivinas a repetir el mismo guion que vienen recitando desde hace siglos, las que tienen buen corazón optan por preparar un poquito a sus clientes para que el descenlace tan obvio como poco esperado duela menos; mientras que las adivinas crueles se limitan a proporcionar más falsas esperanzas

Desvelos, sudores, inapetencias, temblores, y no se consigue nada, excepto más dudas, más preguntas que no obtienen respuestas sólidas, cuestionamientos que de hecho jamás son respondidos. Más ilusiones con basamento de paja, y muchas pajas cuando no hay satisfacción de Rolling Stones.

Dicen que es lindo enamorarse, y dicen bien, pero siempre suele ignorarse la angustia de quien se enamora sin esperanza alguna.

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Vida #52

Mula o camello, las malas intenciones juegan con tu pelo, alguien de rodillas desgastadas realiza el trabajo sucio, mientras los listillos viven en el paraíso liviano de su ignoracia. Comes o te comen, la cadena alimenticia de los desperdicios eslabonados.

Nerones de baja estofa salen a comprar réplicas doradas de estatuas grecorromanas para adornar las fuentes de sus jardines que expelen aguas a ritmo de música popular de la región sur del norte. Ellos también están perdidos, aunque tengan el trono y el cetro, que arrancaron con violencia a sus antecesores. Ellos no saben más que tú o que yo, y se enuentran tan extraviados como cualquiera.

No creo en la naturaleza superior de la humanidad, no me interesan las luchas de sexos ni de géneros, de razas o rezos, de especies o especias; me vale un pito también lo que se inventa por la mañana para ser descartado en la noche.

No creo en el dios antropomorfo de barba larga que así como ama a sus hijos con la mayor ternura, los odia y castiga con cólera rabiosa. Ese era Zeus, supongo, y tampoco creo en él.

Locura y enfermedad, ambición e ignorancia. El que más presume saber siempre es el más idiota. Sé que hay caminos rectos y corazones puros, los he visto; pero también sé que cada vez son menos los que se libran de torcerse y ensuciarse. Muy pocos son los que mantienen el equilibrio en esa cuerda a 100 metros de altura, por donde sólo las águilas se atreven.

También sé que de todos modos todos caeremos. Fosa u horno, cenizas o gusanos, flamas o bestias marinas, algo de eso nos espera cuando desaparece nuestro cuerpo y liberamos nuestra anónima energía. Todos tenemos contados los días, y en el último nada de lo que hayamos hecho o dejado de hacer contará. Lo que hacemos sólo sirve de algo mientras vivimos, nomás para darle una especie de sentido a nuestra existencia, en sí misma absurda.

Tras el último suspiro, sólo frío y tinieblas, pera después ser parte del infinito hueco llamado nada.

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Reír no es tan sano

Aún ahora ignoro qué ocasionó mi risa. Yo era el único que reía.

Todo era, como de costumbre en esas ocasiones, demasiado solemne y monótono.

La gente me miraba extrañada e incluso asustada, pues nada gracioso ocurría allí.

De todas las imágenes respetables y dolientes, no había ninguna que debiera causarme gracia; sin embargo esas mismas imágenes me hacían reír. Quizá tanta pena dramatizada. ¡¿Qué se yo?!

Y no podía dejar de reír, al contrario, con cada intento de autocontrolarme, más me reía. Más sonoras eran mis carcajadas a mayores esfuerzos míos por contenerme.

Pocos asistentes comenzaron a contagiarse de mi risa, sonriendo tímidamente, pero se reprimieron de inmediato. Ojalá hubese sabido cómo lo lograban. La mayoría simplemente incrementó su enojo e irritación hacia mí.

De repente hice lo que debí hacer desde un principio y me fui de ahí lo más aprisa que pude, antes del último santiamén.

Las miradas severas que me arrojaba la gente durante mi salida no hicieron más que provocarme más risa.

A la mañana siguiente fui citado en la sede del Santo Oficio. Confesé todas las culpas que me colgaron durante el primer interrogatorio, no hubo necesidad de un segundo ni de tortura. ¿Para qué?, ¿de qué manera podía rebatir las faltas que me imputaban?, ¿cómo explicar que simplemente no podía dejar de reír durante la misa?

Ahora me conducen a la hoguera para ser quemado por posesión diabólica. Ya no me río, sólo estoy algo sorprendido.

Soñé

Soñé cuchillos, pero no fue un sueño peligroso o malo, como dicen los expertos en  interpretar sueños. Eran cuchillos nuevos, bien empaquetados, eran muchos y muy bien afilados, pero con sus partes cortantes perfectamente resguardadas. Nadie salió herido ni se lastimó a ningún animal en dicho sueño.

Me soñé dentro de una cabina telefónica en el desierto, me urgía llamarte, pero por más que me supiera tu número me era imposible marcarlo. Cada intento era un nuevo error de marcación. Elegía correctamente los números del principio, pero siempre los últimos se me confundían. Jamás me pude comunicar contigo.

Soñé que de nuevo confundía el 52 con el 25, aquí no tenía que marcar ningún teléfono, sólo perdía constantemente la noción y el paso del tiempo. Y mientras pensaba esto, afuera de un cine viejo con miles de focos encendidos en su marquesina, una bala perdida me daba en el pecho: el blanco incorrecto de un negro final. Cuando sentí que la bala me atravesaba y me estaba muriendo, desperté sobresaltado.

Soñé una vieja hacienda en el campo, donde se iba a celebrar una boda. Cuando estoy despierto nunca voy a ninguna de esas celebraciones, no me gusta ser partícipe de falsas uniones. La novia era alguien a quien estimo, pero que hace ya demasiado tiempo que no veo. Desde un balcón yo la vi llegar, y sin saber cómo, ella se encerró en la habitación de ese balcón mientras yo la observaba desde la entrada del viejo edificio. Creo que jamás la veré de nuevo.

Soñé que en una calle mojada por la lluvia había un taxi destartalado esperando a alguien. El taxista, viejo y calvo, escribía sus memorias en un grueso cuaderno, usaba un bolígrafo amarillo de punta extrafina, justamente como los que jamás utilizo yo para escribir, porque no se deslizan bien sobre el papel.

Soñé que veía a mi padre, quien ya lleva muerto algunos años. Yo le preguntaba qué hacía aquí, pues él ya había fallecido. Me dio gusto verlo, pero yo sabía bien que él no debía estar allí. Fue como cuando soñé el regreso de Michael Jackson, en el mismo desierto donde estaba la cabina de teléfono. Al parecer, sueño con muertos que no se convencen de estarlo.

Soñé que volaba. Como de costumbre, comenzaba dando saltos cada vez más altos, hasta que me alejé mucho del suelo y alcancé las nubes. Y también como de costumbre, una vez en el cielo yo ignoraba cómo bajar; y comencé a caer. Cuando estuve a punto de impactar el piso y morir… desperté.

Soñé que se había hecho realidad uno de esos sueños de vigilia que llamamos ilusión. Todo era tan real que en verdad estaba convencido de que eso estaba sucediendo. Así son todos mis sueños: reales hasta que despierto.

otto-e-mezzo