Lemmings

Las únicas aspiraciones que tenemos hoy son las que hacemos con la nariz.

Después de habernos comido el rebaño prohibido del sol, nuestra suerte estuvo echada, cual vaca de Heidi (la niña de las montañas de silicón), y la Rueda de la Fortuna nos aplastó como la aplanadora del coyote, y ya no se mueve ni para atrás ni para delante.

Podemos poner nuestra mejor sonrisa y posar con ella en un lindo atardecer, y luego colgarla en nuestra red antisocial, pero en el fondo no convenceremos a nadie. Todos sabemos que todo es mentira. Además, con carisma y simpatía no podemos deshacer lo que hicimos.

La rabia y la desesperación tampoco nos servirán de nada.

Lo único que parece efectivo, sin serlo en realidad, es el abrochar nuestros cinturones y dejarnos caer libremente, como lemmings de Disney, sin traje de baño y sin esperanzas, dejarnos ser arrojados al precipicio por el utilero del destino.

Hace mucho tiempo que el punto de retorno quedó muy atrás, jamás lo notamos porque nos empecinamos en segur adelante con nuestra indiferencia y destrucción. Lo feo es que en nuestra locura arrastramos a todos los inocentes, que no eran tantos, pero sí los había. En fin…

Ya sólo nos queda pedir perdón y rezar.

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Las 3

Todo fue gradual como una buena novela, como un aprecio bien cimentado, como el cambio de los colores del cielo al amanecer o al ocaso. El asunto inició en el momento preciso en que se abrió la puerta de mi habitación a las 3 de una madrugada, ahora algo lejana, que resultó ser la primera de muchas.

Las tres de la madrugada, esa hora fresca o fría en la que mucha gente tiende a morir y a veces gusta aparecer después de muerta, para desaparecer cuando canta el gallo.

Yo vivo solo. Desde hace décadas nadie tiene llaves, ni acceso, al interior de mi vivienda, por lo que nada ni nadie pudo abrir esa puerta, es decir, ni el viento, ni una persona cercana, ni un animal. Vivo literalmente solo. La puerta simplemente se abrió. Yo desperté de inmediato, pues mi sueño siempre ha sido frágil como un cristal.

Me levanté a revisar la cerradura de la puerta, esta funcionaba sin ningún problema; revisé las ventanas y comprobé que no había nada ni nadie que pudiera haber abierto esa puerta. La cerré de nuevo, cuidadosamente, asegurándome de que quedara bien cerrada. Regresé a la cama y reanudé mi sueño, verificando que nunca es posible retomar un sueño en el punto que se interrumpió.

La siguiente noche, a la misma hora maldita, de muerte y ánimas, me desperté al percibir un aroma extraño. Era un  perfume floral, suave y dulce, que no me pareció familiar en absoluto, y no rememoré a ninguna persona que oliera así. Desperté un poco alarmado porque ese aroma  significaba que había alguien más en mi habitación. Me levanté para encender la luz. Y no había nada extraño, ninguna presencia visible, nada fuera de lugar. La puerta estaba bien cerrada. El perfume fue desapareciendo conforme yo fui despertando más. Regresé a la cama y comprobé de nuevo que es imposible retomar un sueño en el punto que lo dejamos al despertar.

Cosas similares me sucedieron desde entonces, noche tras noche a lo largo de muchas lunas y cielos nublados, siempre en mi habitación, siempre a la misma hora, siempre un acontecimiento diferente que me despertaba y que hacía que yo me levantara. En esas muchas noches jamás vi nada, jamás un cartero en bicicleta a los pies de mi cama, tampoco aves raras, aunque sí escuché en una ocasión un grito que sonaba a graznido; en otra ocasión fui despertado por un fuerte aleteo sobre mi cama.

Esta mañana, encontré en un cajón una libreta vieja que por años me sirvió de directorio y agenda. En ella están anotados nombres, direcciones y números telefónicos de todas las personas conocidas mías con las que tuve algún tipo de relación cotidiana. De súbito descubrí que esa libreta es realmente un Libro de los Muertos, pues toda la gente allí anotada ha fallecido. Comprendí que yo he vivido demasiado. A la noche me fui a la cama con esa idea, que me acompañó toda la jornada.

Caí en un sueño profundo sin trabajo alguno, hasta que me despertó la sensación de un frío intenso, como el aliento de una caverna tan oscura como el interior de un cañón. Miré el reloj, eran las 3 de la madrugada (si hubiera sido otra hora me hubiese sorprendido, pero ya me lo esperaba). Y como si fuera cualquier cosa, supe que esta sería mi última despertada.

Me levanté, encendí la luz, tomé mi bolígrafo y libreta de escritos, y escribí todo esto. Las 3 de la madrugada es la hora en que muere mucha gente, ahora lo sé de primera mano.

 

Martha

“Martha no está aquí”, te dijo el elegante recepcionista que olía a fragancia cara de Francia, en la elegante sala de espera de una empresa importante. Y contraviniendo las reglas de la compañía, quizás porque se sentía solo, porque le simpatizaste o porque nada le importara, el chico te dejó pasar a las oficinas para que comprobaras la ausencia de Martha.

Así que buscaste a Martha en cada cubículo ovalado o rectangular, cada rincón, alfombrado y sin alfombrar, en el comedor comunal y en los sanitarios a medio limpiar, en las salas de juntas y en los sitios más apartados. Buscaste a conciencia, no porque dudaras del fragante recepcionista, sino porque tu santo patrón es Tomás.

Efectivamente, Martha no estaba ahí.

Te preguntaste si Martha había llegado a la oficina ese día, pero se hubiera tenido que ir antes de que tú llegaras. Quizás ese día de la semana Martha solía arribar más tarde; quizás estuviera, escaleras abajo, subiendo como ángel de Jacob. ¿Sería que algún contratiempo la estuviera retrasando? ¿Estaría haciendo algo oculto, al margen de los horarios de oficina y de los estatutos morales? Cada uno de tus cuestionamientos quedó sin respuesta, todo era un abismo negro de posibilidades inciertas.

Entonces decidiste relajarte pues, de hecho, no conoces a ninguna Martha.

Extravío

El Paraíso se perdió como la cabaña de un Tío Mango o el Teatro Roxy. La inocencia se pierde como se extravían la virginidad y algunas calcetas: con o sin explicación aparente.

Hay padres y madres de quienes ya no se sabe más, progenitores que salen por cigarrillos y no regresan a casa ni siquiera para fumar su compra.

Las buenas intenciones son de las cosas que se pierden con mayor rapidez, igual que las palabras zalameras de quien ruega, tan pronto obtiene lo que solicita.

Se pierden memorias e imágenes. Todo aquello que grabaste para la posteridad, con dispositivos que la tecnología supera, se borra en el olvido total.

Hay jóvenes, niños y niñas, cuyas existencias se desvanecen sin explicación en sistemas totalitarios, regímenes criminales o democracias de lobos con piel de oveja. Jamás los volvemos a ver.

La vida nunca pierde su sentido, simplemente porque jamás lo ha tenido; pero tu nombre y el mío sí que se perderán en el infinito.

Se pierden apuestas, leyes y reglas. No importa que algo te importe mucho, al parecer todo regresa a un inicio, que a su vez es final de algo.

Somos parte de una serpiente universal, o multiversal, que se alimenta de su propia cola, representación casi perfecta del extravío total.

Como ya te dije, todo vuelve a iniciar, quizás de una manera distinta, quizás igual. Todo es confusión, y el orden es sólo un ideal.

Nos perdemos, con constancia pasmosa, de nuevo en un “para siempre”, que a su vez se extravía eternamente.

Fuimos polvo, y seremos polvo, partículas de algo que fue, pero como si no hubiese existido. Por eso carpe diem y que siga el olvido.

Ouroboros

Una mañana de otoño

Es una bella mañana de otoño, engalanada con atractivos colores desde el amanecer. Presencia de la naturaleza que reta y vence a las construcciones humanas. Mira al cielo, al que no hemos llegado realmente, y verás por qué sospechamos que existe un dios.

Es una bella mañana de otoño que transcurre con cielo azul y despejado, con una claridad a la que deberían aspirar nuestras ideas y una frescura que alienta a seguir adelante.

Es una bella mañana a la que sólo le falta tu presencia. Tu porte y tu mente, hermosura y personalidad, que enriquecen y aportan, tu modo de ser natural y el tesoro de tu conversación que ayuda a crecer a quien tiene la suerte de escucharte.

Es una bella mañana de otoño, que te evoca, porque eres parte importante de la vida, la haces más completa; tú que también puedes ser prueba de una generosidad divina.

Una bella mañana de otoño…

mañana de otoño