¿Qué es el amor?

Se dice que el amor es la entrega total y sublime, dejar atrás las fronteras del egoísmo y nuestro interés; aunque también se dice que el amor consiste en ser la propiedad absoluta de otra persona, sin la cual no seríamos nada (de nada).

Hay quien jura que el amor es un ansia más allá de los besos y caricias, pero también se dice que es el ardiente dominio de la lujuria y la efímera pasión.

Para algunas personas, el amor es fortaleza y cordura, para otras es aullarle cada noche a la luna. “Si no duele no es amor”, dijo el verdugo Sansón. “Te lastimo porque te amo”, le dijo Sade a Masoch.

Un poeta dijo que el amor es el motor de la existencia, aunque muchas personas pensaron que era un buen motivo para matarse.

El amor puede ser lo que te mantiene a flote en el océano de tus días o ser el iceberg con el que choca tu Titanic personal.

El amor puede ser instantáneo y surgir con una simple mirada, o ser un proyecto  bien pensado que te toma años y te desgasta. Puede ser aquello por lo que hacemos preguntas mientras deshojamos margaritas o lo que obliga a los intensos a arrancarse los ojos mientras derrumban templos.

El amor es el capítulo censurado del Libro Rojo de Mao, y el mejor truco en los manuscritos de Merlín. Probablemente existe un tipo de amor para cada día, y quizás su definición se base generalmente en cómo nos trata la vida.

Yo creo que el amor es un sentimiento personal, que no puede describirse ni expresarse totalmente, y si lo mencionan los diccionarios es nomás porque siempre estamos hablando de él.

Puede que el amor sea el mayor misterio del universo, al que asociamos todo lo que nos asombra de manera positiva; quizás el amor sea Dios, o una cosa esplendorosa, o simplemente sea “lo que es”. Igual el amor no es nada más que “Roma” escrita al revés.

moon

Lucha desigual

Alguna vez mi papá intentó explicarme el papel de los fulanos en la fiesta brava que salen a dar un pinchazo doloroso y poco honroso con un objeto punzo cortante infamante en la cerviz del infeliz toro de lidia, para que este baje la cabeza y sumerja así un tanto el peligro que representa para el torero.

Igual no me lo dijo así mi papá, no suena a él. Igual todo esto lo imagino, pues tiendo a imaginar conversaciones ahora que hace mucho que mi padre sólo vive en el recuerdo.

Esa injusticia para mí me parecía un desventaja fatal para el toro contra el hombre, una lucha tan desigual como el torturado amarrado que amenazaba a su verdugo en un calabozo del palacio de la Inquisición, y creo que hasta peor. Nunca estuve a favor de la celebración de sangre y arena… quizás la admiraría un poco si todos los matadores fueran como Manolete, pero no, creo que ni así.

Hoy recordé todo esto porque andando por la calle dos hombres de avanzada edad y retrasado entendimiento me llamaron la atención. No iban juntos, a uno lo vi por la mañana y otro ya cuando el sol venía de bajada; pero ambos andaban con la cerviz curveada hacia el centro de la Tierra, iban como toros mirando hacia abajo, como buscando escupitajos en la acera.

Debe ser muy incómodo tener el cuello permanentemente en esa posición. Supongo que les debe ser muy difícil tragar y respirar, aunque ya estén acostumbrados a mirar siempre el suelo. ¡Qué feo tener que echar el tronco hacia atrás para poder darle un vistazo al cielo!

Estos dos hombres me recordaron a los toros picados: como llevando todas las de perder en esta corrida sin ley ante ese matador estelar que se llama vida.

¡Y olé!

goya

Las lamentaciones de Herodes (de leyenda)

Herodes de leyenda desayunando en un moderno café restaurante, tan real como los impuestos, el sábado por la mañana. Se lamenta este rey cruel, ahora sin corona, de que ya no exista la realeza verdadera; echa de menos el tiránico poder que las historias le achacan. Le entristece que ya no haya esclavos, ni siquiera sirvientes a los que se pueda azotar, que ya no haya verdugos que ejecuten órdenes sin chistar, ni súbditos que sepan su lugar, ahora todo es una ficticia igualdad. Siguen habiendo muchas diferencias, pero todos presumen los mismos derechos, repudiando todo lo que suene a obligaciones. Esta realidad de hoy es más ilusoria que la mayor fantasía.

Herodes hace acopio de toda su paciencia y se resigna a seguir escuchando al ruidoso niño de la mesa contigua a la suya. El nene llora, berrea a todo pulmón, le dice vieja puta a su madre y a su padre le dice cabrón. Los progenitores sólo le dicen calla, pequeño, una y otra vez, con suavidad de almohada. Nada puede calmar a este crío que no sabe lo que quiere, e ignora lo que no quiere.

La madre se siente avergonzada, pero no encuentra qué más hacer para calmar a su  engendro; el padre, filosóficamente, toma las cosas como son: los niños tienen mucha energía y hay que ser pacientes con ellos.

Ebria de poder, la criatura grita y manotea como ánima satánica en piscina de agua bendita. Todo parece alimentar su rabieta. Los demás comensales están incomodados desde el inicio del drama, pero nadie dice ni pío… es asunto de sus padres, piensan, y hacen lo posible por actuar como si nada.

La mesera que atiende a la familia del berrinche levanta las cejas y mira al niño con una tierna sonrisa, mientras imagina decirle: ¡Ya cállate, hijo de puta! Pero no dice nada, y sigue sonriendo profesionalmente.

No se vislumbra un fin cercano para este escándalo.

Herodes da un sorbo a su café y maldice los tiempos modernos. La hipocresía, la doble moral, la falta de Dios y la falta de respeto a los demás. Ahora no sólo se condena el asesinato de un niño, sino también un par de nalgadas en situaciones extremas. Malditos tiempos hipócritas que transformaron el Derecho Divino en Derecho del Dinero; las diferencias por mérito y valor fueron transformadas en una aparente igualdad de mediocridad. El mundo es definitivamente más estúpido que antes.

Harto, el viejo rey pide su cuenta para salir del recinto como un Teseo sin laberinto.

Desde la calle se escuchan los berridos de ese niño cuyo futuro debieran ser los escenarios de la Ópera mundial.

“Si aún tuviera mi viejo poder”, piensa Herodes al alejarse, “a esta hora Dios tendría en su corte un nuevo querubín que lo deleitara con su canto”.

Y Herodes se va a otro lugar en el que pueda continuar su desayuno en paz.

Herodes

Escribir en un centro comercial

Me siento ante una mesa del área de comida rápida del moderno centro comercial, abro mi cuaderno y me pongo a escribir.

Sobre la mesa no tengo comida, ni estoy consumiendo nada en absoluto, solo escribo.

En el área, la mayoría de las mesas están vacías, así que no estoy ocupando el lugar que otra persona pudiera necesitar.

Sin embargo, hay un elemento de seguridad del centro comercial que me vigila constantemente, y me mira con una expresión como si fuera yo su progenitor natural que abandonó a su mamá, como si yo tuviera tres cabezas y además seis dedos en vez de dos orejas.

El vigilante me mira como si fuese yo un sospechoso común o un delincuente potencial.

¿Es tan extraño sentarse a escribir en un moderno centro comercial?

Estrella de Año Nuevo

Una luz en la vida
que guía y ayuda a explorar, por igual
que de alguna manera me acompaña todos los días
en mi alba y mi noche, en cualquier tiempo
estrella de Año Nuevo

Siempre presente
en mi corazón y en mi mente
si hubiera un mar de por medio, habría también un puente
gran maravilla que no imaginé descubrir mientras espero
estrella de Año Nuevo

Belleza del cielo
gran estrella roja del universo
que brindas calor a mis ideas y al centro del cuerpo
no podría listar todos los motivos por los que te quiero
estrella de Año Nuevo