Asunto personal

Dios, Dios Señor…

Si me hiciera una corbata con esta cuerda marinera para no seguir colgado de esta realidad, no sería asunto de nadie más que mío.

Dios, ¿qué saben esos cretinos que se sienten tan seguros de lo que es correcto, de lo que debe ser y de cómo hay que hacerlo?

¿Dónde dejan esos idiotas nuestra libertad, Dios, Señor?

Si decido tirar todo el lastre por la borda y volar hasta reventar, a la velocidad que quiero, sin molestar a nadie, no sería asunto de nadie más que mío.

Que me muestren el documento firmado en el que se exprese lo contrario; que me comprueben la veracidad de lo que predican, las bases por las que juzgan. ¿Quién los invistió para tirar rocas?

¿Por qué tanta cerrazón en este lugar? ¿Es esta acaso tu diversión perpetua? Dímelo, Dios, Señor.

Si no me interesa adquirir más cosas, y decido tomar la carretera hasta donde se pierde el sol, para después jugar a mi propia ruleta con 6 balas de plata, no sería asunto de nadie más que mío.

Y después, por favor no les permitas decir que fui cobarde, que estaba mal de la cabeza o que necesitaba ayuda… O mejor, deja que escupan lo que quieran, para entonces eso me importará menos que ahora.

Que se queden con su paciencia y sus engaños, que sigan pensando que todo es maravilloso, aunque no lo crean del todo. Que sigan cargando sus cruces para ganar lo que nadie ha comprobado. Que sigan creyendo lo que quieran, son libres para ello.

La vida de manera natural carece de juicios de valor, estos son valores agregados por nosotros en alguna convención. Yo tengo derecho a decidir en dónde me apeo, hasta dónde llego, y eso no será asunto de nadie más que mío.

Hoy y siempre

La religión es filosofía con voracidad de poder, espiritualidad con objetivos materialistas, la cuña que asegura las posiciones de las gallinas de arriba que cagan a las de abajo, algo para hacerte sentir bien cuando no puedes sentirte peor.

La política es aprovecharse de los demás con su pleno consentimiento, ocultar el beneficio propio con un burdo disfraz de bien común, corromper hasta el tuétano a los bienintencionados y mentir con sonrisa convincente.

La economía es la farsa matemática para hacer creer que ciertas inutilidades materiales tienen valor real, la prueba artificial de que existen las malas estrellas, la base en la que se asienta el Sermón de la Montaña y la prestidigitación para confundir a la gente con números.

La guerra es un aberración total nacida de la febril ambición de unos pocos, metamorfoseada en orgullo insensato para los muchos.

Así es el mundo hoy, todo confundido y confuso, y no dudo de que ayer todo fue lo mismo.

prestidigitador

Triste

Anoche tenía muchas ganas de escribir, pero no tenía nada que decir.

Tenía muchos deseos de llenar una hoja con palabras, pero en mi cabeza no habitaba ninguna idea, mi testa era una casa embrujada sin fantasmas.

Yo estaba más vació que el interés recibido por el anciano que le muestra a su vecina las películas caseras de sus nietos. Todo un desperdicio de energía.

Me fui a la cama lleno de ganas de escribir, pero carente de ideas.

Fue un insomnio desértico, sin predicador y sin piedras.

Totalmente improductivo. Qué triste, al menos para mí.

El Toreo

Estoy sentado en lo que alguna vez fue un sitio que gozaba de una lejana vista espectacular hacia un ruedo taurino, desde aquí se podía ver al matador en todo su colorido esplendor, arriesgando la vida contra un toro al que mataba con premeditación, alevosía y ventaja.

Hasta acá no se percibía el olor de la arena, pero llegaba claramente el salvaje clamor por sangre de la multitud bípeda, tan civilizada y culta. El torero se llenaba de energía tras cada olé y cada aplauso que la gente profería cada vez que con un capote carmesí hacía tonto al toro.

El respetable monstruo de mil cabezas sediento de violencia callaba repentinamente y guardaba respetuoso silencio en el momento que el matador hacía honor cabal a su nombre y de una estocada dejaba tendida a la res sobre la arena, derramando lo poco que le quedaba de sangre tras la carnicería celebrada.

Desde este lugar se podía contemplar un lejano punto negro, agonizando en el centro de un creciente charco rojo. La plaza era enorme, de retadora arquitectura para enmarcar crueldades periódicas, así como el Coliseo, pero no tan asombrosa ni espectacular.

El Toreo, como se conocía esta plaza de tauromaquia efervescente, sobrevivió décadas, y de la gloria pasó al desuso, para terminar en el olvido. Por años fue la ruina que servía de referencia a los 4 caminos. Así pasó la vida de la plaza hasta que un mal día la derrumbaron, de repente y como si nada, llegó el final de algo que fue un ícono de la ciudad. Todo para construir en su lugar un gran centro comercial.

Ahora, en este cotidiano ambiente de tiendas, compras y curiosidades de aparador, desde donde estoy sentado contemplo muertos vivientes deambulando en un ambiente que pretende ser sofisticado y elegante. Hay más ajetreo en los pasillos que en los locales comerciales, ¿cómo pagarán estos sus rentas si tienen tan pocas ventas?

La diferencia entre la plaza comercial actual y la vieja plaza taurina, radica en que las reses ya llegan aquí muertas, empaquetadas y frías, como si fueran fabricadas donde se hace la ropa o se arman los aparatos electrónicos. Fuera de eso, los humanos, con la sed de violencia momentáneamente controlada, se limitan a ofrecer aquí también ante brillos y luces, como en el ayer taurino, el dinero de sus billeteras al dios cruel del consumo.

Los cambios de la humanidad son siempre de forma, casi nunca de fondo.

toreo

50

No te sientas mal por cumplir 40, pues cuando cumplas 50 desearás con toda tu alma volver a tener apenas 4 décadas de vida.

Los 50 es el inicio de la verdadera decadencia, no importa que haya celebridades cuyos físicos y condición sean envidiados, pues todos, por muy conservados que intentemos mantenernos, todos estamos envejeciendo. No existen los ancianos saludables, sólo viejos someramente funcionales. ¿No has notado que la venta de pañales desechables para adultos va a la alza?

Los 50 son una adolescencia invertida: sientes de nuevo impulsos idiotas por agradar, que te acepten y te valoren.

A los 50 necesitas sentir que has hecho algo importante con tu vida insignificante; demostrar al mundo que toda la saliva que has gastado y el oxígeno que has consumido no han sido en vano.

A los 50 crees que tienes energía, que aún te falta mucho para que te den tu candidatura al asilo.

Si eres hombre, los más probable es que necesites ayuda de la ciencia para hacer algo en la cama, donde comienzas a descubrir que el calor tiene su lado gélido. Presumes que la madurez te ha hecho más diestro… lo cual son patrañas baratas con las que te autoengañas.

Si eres mujer… mejor no digo nada al respecto. Cualquier opinión sería usada en mi contra en estos tiempos de sensibilidad exacerbada.

Alguna vez dije que a los 40 iniciaba la decadencia, pero me equivoqué, son los 50 el inicio de la bajada sin frenos.

Si llego a los 60 es muy probable que añore tener 50, pero no cambiaré de opinión. Ya desde ahora siento que los créditos finales de mi vida comenzaron a aparecer en la pantalla. Y así, hasta que se enciendan las luces de la sala.

Por los siglos de los siglos

Es la misma melodía, los mismos pasos de baile country masificado, “no rompas más mi pobre corazón”, decimos danzando y girando de derecha a izquierda, todos juntos procurando no discordar.

Es el perro bíblico que retorna a su vómito como queriendo más. Es el idiota que cree poseer la única verdad y que fuerza a todos a aceptar lo que él predica, aferrado a un hueco dogma que repite como cantinela de loro.

Es aquél que se tropieza más de una vez con la misma piedra. Son los ecos perpetuos del mismo error, que se repite como las imágenes en espejos enfrentados de paredes opuestas en un vieja peluquería. Por toda la ruta de Buzz y más allá.

Es un nación repitiendo su misma historia, porque la ignora. Es también el otro pueblo que vuelve a vivir lo que hizo en el pasado, a pesar de estar consciente de todos sus ayeres. Son los que veneran un becerro de oro mientras su patriarca subió de nuevo al monte por tablas nuevas.

Es el karma del vinilo rayado, el tiovivo estrecho de las relaciones humanas, el círculo vicioso que recorre el camino del 8 horizontal. El “number nine” del Álbum Blanco o “el sol salió anoche, y me cantó” de los encuentros cercanos.

Siempre pensamos que al final de cada rizo algo aprendimos, pero nos engañamos como cada vez que decimos: “esto no puede ser”. Y siempre caeremos una y otra vez en los mismo, hoy y siempre, por los siglos de los siglos…

escher

Los ignorados

Un hombre sucio, vagabundo que huele a orines y otros productos de excreciones, cuyo cuerpo no ha experimentado un baño en semanas. Estático, de pie como vigilante o botarga en pausa, en el umbral de la farmacia de genéricos. Un hombre que no vigila nada y nada espera, que mantiene la vista puesta en algo que nadie más ve, mientras torrentes de baba escurren por sus hirsutas barbas. Está sin ser. Un pobre vagabundo más en la ciudad, de esos que todos percibimos, pero preferimos ignorar.

Un joven bajito, como de metro y medio de estatura, muy delgado, con ropa desgastada y pelo grasiento y largo. Rostro maquillado de payaso, al estilo del más reciente Joker del cine. Camina con extravagante paso, sonriendo a nadie y a todos a la vez. De repente se acuesta a media acera. Saca de no sé dónde una flor de aluminio, roja y plateada, que mantiene en su mano izquierda sobre su imperceptible panza. Una payasa estatua de la libertad echada. Y ahí se queda, tendido sobre la acera, ¿como artista conceptual esperando una moneda?, ¿como alguien que decide descansar en el lugar donde le vence el agotamiento?, ¿como una protesta muda contra la seriedad? Todos lo percibimos, pero preferimos ignorarlo.

El vagabundo se mueve y en un instante percibe al payaso recostado, deja su quietud para acercarse al Joker del mundo perdido y ambos se saludan chocando suavemente sus puños derechos cerrados. Tras esa leve conexión, el vagabundo vuelve a perder su mirada en aquél lugar inexistente fuera de su cabeza, se reincorpora y se aleja dando tumbos por el mundo. Por un momento ambos se sintieron apreciados. Y aunque los demás fuimos testigos del encuentro, preferimos simular que no vimos nada, y seguimos nuestros propios caminos.

De fondo se escucha la versión desentonada de “Bésame mucho” o quizás sea “Cielito lindo”, interpretada por un violinista anciano vestido con el traje autóctono de alguna de las muchas etnias menospreciadas que “llenan de orgullo al país”. El pobre viejo toca, y sigue tocando, detrás del orangután con banjo a las afueras del museo de la tolerancia. Todos lo percibimos y lo escuchamos, pero también preferimos ignorarlo.