Lo bueno y lo pésimo

Estamos en una situación mundial algo similar a lo quesería un hijo de la gran peste (negra, no afroamericana, sino negra) de la Edad Media y el crack de la bolsa en 1929 que se llevó entre las patas a la economía del mundo.

Me veo tentado, como cualquier Adán sin manzana del siglo XXI que medio haya seguido la situación (desde el brote de Wuhan, hasta la predicción de que el coronavirus puede llevarse al cementerio entre 2 y 3 millones de personas, dependiendo de las medidas tomadas), me veo tentado a teorizar o lanzar hipótesis sobre el origen del virus y los intereses detrás del mismo, pero no, mejor me enfoco al nivel de cada uno de nosotros.

Esta desagradable situación, ha expuesto lo más desagradable de nosotros, como seres sociales: la indiferencia. En estos casos, el no haber pensado en los demás tanto como en nosotros mismos no puede salir muy caro. Sí, estamos aterrados del contagio, pero siento que mucha gente, con mucha razón, está aterrada por lo que vendrá después (que curiosamente vendría aún sin que existiera el coronavirus, ¿recuerdas las predicciones económicas que se hicieron a finales de 2019, para el nuevo 2020? Si no las recuerdas, revisa archivos de noticias y verás que todas eran tan festivas como el funeral de un ser verdaderamente querido.

El punto es que el coronavirus detonó o nos enfrentó a esa realidad económica tan asoladora y también a nosotros mismos. Supongo que la contingencia, el aislamiento al que nos vemos obligados en estos días ha sido aprovechada por mucha gente para seguir haciendo lo que hace siempre en todos lados, nomás que ahora sin salir de casa: evadirse. Mucha gente se enajena con series o películas o videojuegos o música o comida, pero en algún momento, espero y deseo, se tendrán que enfrentar consigo mismos. Ahí vendrá lo bueno, o lo pésimo (yo opto por lo segundo, porque mi especie bípeda y dizque pensante la verdad no da muchas bases para el optimismo).

Lo bueno pudiera ser que, como en otras tragedias o catástrofes naturales, pudiera presentarse una colaboración y solidaridad magníficas. No lo creo porque en esta ocasión todos, salvo élites económicas que viven en olimpos privados, somos damnificados o afectados, y el perjudicado difícilmente presta ayuda. Pero por otro lado, si ese punto de que todos somos afectados nos hace pensar en que la única manera de salir de este agujero es estar juntos, entonces podríamos tener de nuevo algo positivo. Quizás, en un remotísimo quizás, ser conscientes de que esa utopía llamada “bien común” es realizable (no comunismo, bien común, significaría estar todos bien, a diferencia del “si yo estoy bien, al carajo los demás” al que estamos tan acostumbrados) podríamos volver a hacer comunidad, lazos sociales verdaderos, basados en el respeto y la razón. No se necesita leer muchos libros ni tener un doctorado para hacer uso de la razón, simplemente es cosa de creer que no ganamos bonos en el más allá si morimos con el cerebro sin estrenar.

La unión no requiere de líderes populistas que nos venden esa fórmula de que con ellos alcanzaremos el “bien común” y la “edad dorada” siempre anhelada. La unión empieza con uno, con saber que todos tenemos algo en común, al tiempo de que somos diferentes, y que estas diferencias deben ser tratadas con respeto, con saber que los demás son como uno y uno es como ellos, con saber enriquecernos de las diferencias entre nosotros, en vez de usarlas como pretextos para escupir nuestros prejuicios y odios insensatos.

Ojalá esta contingencia nos lleve a enfrentarnos a nuestro yo real, y cuestionarnos quiénes somos. Los hijosdeputa seguirán siéndolo, pero ojalá muchos indiferentes comencemos a cobrar conciencia, ahora ante la perspectiva de que los pobres más pobres y los inmigrantes, podemos ser nosotros mismo en un futuro. Hay un aparente egoísmo en esta aseveración, pero vamos, para hablarle a los egoístas hay que usar términos que estos entiendan, o entendamos.

No es necesario que seamos todos unos seres sacrosantísimos y abnegados, simplemente debemos cobrar conciencia de que no somos islas humanas, de que lo que les afecta a otros nos afecta a nosotros tarde o temprano, y asimismo, lo que beneficia a la mayoría termina siendo también un beneficio de nosotros.

Ojalá esta situación nos haga mandar al carajo la otredad, mandar al carajo los prejuicios que tan enraizados tenemos y encender el cerebrito que la naturaleza nos dio, para provecho de todos y de nosotros mismos.

Lo pésimo, es que sigamos embrutecidos como hasta ahora, tragando las noticias que nos dictan y dejando que los demás piensen por nosotros, que decidan qué debemos hacer y que nos dicten quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos. Que dejemos de creer que consumir es el sentido de nuestras vidas. Lo pésimo, lamentablemente, es lo más probable por acontecer. Pero los milagros existen y quizás en el fondo me aferro a ellos como pasajero del Hesperous (ese del poema de Lonfellow), o si gustas del Titanic.

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