Dos hermanas

Dos hermanas, reliquias del siglo pasado, que insisten en seguir respirando. Para ellas desde hace años la cuenta del tiempo se lleva por achaques y por los decesos de gente que conocieron.

Dos hermanas que hacen lo posible por aparentar vida usando un maquillaje abundante, el cual en vez de acentuar belleza les proporciona rictus grotescos.

Los niños les temen, porque dicen que algo no está bien con ellas.

Cuando llegan a casa, las dos hermanas guardan sus hermosas pelucas en sendas cajas, para después rascar en sus cabezas los pocos cabellos que les quedan.

Mañana, ellas estrenaran pelucas nuevas en el funeral de su casero, un viejo amigo que no las acompañará más en sus caminos.

Los herederos del casero rogaban al Cielo la muerte del viejo, pues desean vender la vetusta propiedad para que allí se construya otro centro comercial. En el funeral les pedirán a las dos hermanas, que han vivido en esa casa por 60 años, que se busquen otro agujero.

Las dos hermanas tendrán que hacer solas todo el proceso para mudarse a otra parte. No tienen a nadie que las ayude y nadie tiene piedad de ellas. ¡Vaya, ni siquiera hay un alma que les tenga respeto! Este mundo ya no es lugar para los viejos.

Monstruosidades

En mi egocentrismo monstruoso pensaba que me voy desvaneciendo con el paso del tiempo y el atropello de la vida; pero ahora sé que es un destino compartido con todos mis semejantes. La rutina no volverá a ser la misma de antes y aún no identificamos cómo serán las nuevas costumbres. La incertidumbre levantó la mano y nos abofeteó feamente: “no se olviden de mí”, nos dijo, “estoy presente incluso en el mar calmado”.

En nuestra soberbia monstruosa pensamos que podíamos componer todo lo que le rompimos al mundo, pero el mundo no nos necesita tanto como nosotros a él. Eso lo descubrimos quienes separamos los ojos de las pantallas luminosas y miramos a través de las ventanas de nuestras casas. Quizás estaremos la próxima semana en este barrio, quizás no, quizás ni siquiera alcancemos a cruzar esa fecha en nuestros calendarios.

En nuestra ignorancia monstruosa disfrazamos la indiferencia con una falsa compasión lejana hacia los pobres, los migrantes, los oprimidos. Pero luego descubrimos que esos otros son espejos de nosotros mismos, y que también somos víctimas de la indiferencia de los demás. La vida es como el juego de serpientes y escaleras, donde los dados no pueden ser comprados como se compra la justicia humana.

En mi despertar veo muchas cosas, cambios y renovaciones que pasarán inadvertidas para la mayoría. Aunque igual y también optaré por la enajenación para dejar de pensar, de escuchar y así no ver lo que hay en realidad. Quizás decida volver a dormir, pedir una dosis del opio de la estupidez que tanto abunda, y creer otra vez que me desvanezco solo, que puedo salvar el mundo comprando coca cola y que yo no soy como los otros. Quizás…

Thames

La recta final

Arrugas, calvicie, vista corta,

movimientos lentos, salud minada, respiración entrecortada,

indolencia, indiferencia, amargura,

fijaciones artificiales en la sensualidad juvenil,

fe ciega en los avances de la medicina,

insomnio, relatos repetitivos y mucho temor a Dios o a la muerte,

terror a la posible nada posterior a la vida,

corazón casado, pulmones que huelen mal,

pulso gelatinoso, falta de voluntad,

fuerza reducida casi a la nulidad…

Hasta que llega el último suspiro,

la recta final de la existencia larga puede ser una tortura.

 

Nada

Pilatos, lava tus manos en lo que Judas tensa bien su cuerda. Nadie conservará en su memoria que un tal Bill colaboró en la extinción de los búfalos.

En la noche quieta, llena de borrachos estrellados que no volverán a ver los astros, brindemos por nuestras efímeras felicidades, en esta vida que es nada, comparada con todo y con el más allá, y que es todo lo que tenemos acá.

Hamlet termina tu omelette, Speedy termina el queso que robaste, el presidente es siempre el que mejor miente, y mi única vocación fue la de quererte.

Por ahí puede estar la bala que me terminará, o quizás sea un cocktail de cianuro on the rocks, por ahí puede estar ya el ente que por robarme tres pesos me dejará tendido en un callejón, y yo ya no volveré a ver los astros.

Stalin era Koba antes de hacerse de acero, pero siempre fue la misma basura; y Nerón sólo quiso ser poeta, mientras que Mao prefirió el poder.

No se culpe a nadie de nada, porque nada somos y en nada nos convertiremos. Somos la nada, aunque respiremos, y seremos la nada, aunque creamos.

En la jarcería

El matrimonio de varias décadas contemplaba la marcha del tiempo, ambos bien acomodados detrás del mostrador de su jarcería. Antes en su tienda vendían artículos para limpieza hechos de fibra vegetal o de elementos naturales, hoy en su establecimiento lo que abunda son los objetos de plástico. Sin embargo el negocio sigue teniendo el aroma único de las jarcerías.

El matrimonio ha vendido, a lo largo de los lustros, cientos de escobas y escobetas, baldes, jergas y cubetas, trapos y estropajos, zacates y esponjas. También ha atestiguado el paso de distintos gobiernos, sin ver nunca ningún avance real en el país: los pobres se hacen más pobres y los ricos son cada vez más escasos, pero los que hay son cada vez más ricos.

El matrimonio dejaba fluir los días sin novedad, ya con muy poca capacidad de sorpresa. Nada parecía condimentar sus vidas, ni sacarlos de la adormecedora monotonía del sístole y diástole de cada día. Hasta que una mañana soleada…

Por el umbral de su jarcería, el matrimonio vio entrar a una dama dinámica y bien parecida, que les dijo “buen día”, y después aspiró para llenar sus sanos pulmones con el aroma del negocio; tras lo cual, sonrió como emitiendo una luz astral y se retiró del local.

El matrimonio nunca había presenciado un acto surrealista natural, se sorprendieron y se miraron mutuamente sin decir nada, sintiéndose bien gracias al grato calor en el corazón que les dejó la sonrisa de la dama misteriosa. El matrimonio concluyó que el asombro puede regresar cuando menos se le espera.

El monje negro

Estaba yo sentado, plantado, a la orilla del camino, anonadado sin esperar nada ni a nadie en especial, ensayando mis imitaciones de bufón popular, que por entonces estaban muy de moda en la descortés corte de cualquier cortado no inglés.

Yo me esforzaba por tratar de dominar los bobos chascarrillos fáciles que tantas carcajadas producían en los cazadores sin carcaj, en los príncipes de hueco cráneo de globo terráqueo y en las princesas de portada de revista del corazón, y de la moda agobiante y gobernante.

Entonces, por el camino, apareció un monje negro con un perro viejo, que tampoco era blanco, ni del tono de los chistes. Los relatos de costumbres acostumbran indicarnos que personajes como este monje obscuro son sabios y serios, que pagan sus peajes con dinero de bolsillos ajenos. En realidad ignoro si eso es verdad, y tampoco pude notar su supuesta sabiduría, pues al verme, el monje negro se detuvo frente a mí, mientras su perro trataba de lamer el cielo.

Mirándome sin miramientos, el monje me dijo: “En Pakistán murieron 22 personas en una boda, todo porque acostumbran hacer disparos al aire para celebrar. Uno de los invitados, con un obús mortero, no supo manejar bien el arma y en vez de tirar al cielo, tiró al novio, a los 14 niños del coro (que ahora entonan cánticos realmente celestiales) y a otros tantos invitados, hiriendo a no menos de 20 y no más de 21, incluyendo a la novia, quien quedó viuda el mismo día de su boda. ¿No crees que la gente es realmente estúpida?”.

Yo, sorprendido por la historia, me quedé boquiabierto porque supe que eso había sucedido temprano en un verano de la Tierra de nuevo calentamiento global crítico artificial. El monje llamó a su perro y se alejaron, empequeñeciéndose en el horizonte rinoceronte de dura piel de hiel.

Yo, como si nada y como dada, retomé mis intentos de ser tan gracioso como buen bufón popular y olvidé el asunto de la boda en Pakistán con la siguiente noticia de intrascendencia que pasó por el camino.

monk