En la jarcería

El matrimonio de varias décadas contemplaba la marcha del tiempo, ambos bien acomodados detrás del mostrador de su jarcería. Antes en su tienda vendían artículos para limpieza hechos de fibra vegetal o de elementos naturales, hoy en su establecimiento lo que abunda son los objetos de plástico. Sin embargo el negocio sigue teniendo el aroma único de las jarcerías.

El matrimonio ha vendido, a lo largo de los lustros, cientos de escobas y escobetas, baldes, jergas y cubetas, trapos y estropajos, zacates y esponjas. También ha atestiguado el paso de distintos gobiernos, sin ver nunca ningún avance real en el país: los pobres se hacen más pobres y los ricos son cada vez más escasos, pero los que hay son cada vez más ricos.

El matrimonio dejaba fluir los días sin novedad, ya con muy poca capacidad de sorpresa. Nada parecía condimentar sus vidas, ni sacarlos de la adormecedora monotonía del sístole y diástole de cada día. Hasta que una mañana soleada…

Por el umbral de su jarcería, el matrimonio vio entrar a una dama dinámica y bien parecida, que les dijo “buen día”, y después aspiró para llenar sus sanos pulmones con el aroma del negocio; tras lo cual, sonrió como emitiendo una luz astral y se retiró del local.

El matrimonio nunca había presenciado un acto surrealista natural, se sorprendieron y se miraron mutuamente sin decir nada, sintiéndose bien gracias al grato calor en el corazón que les dejó la sonrisa de la dama misteriosa. El matrimonio concluyó que el asombro puede regresar cuando menos se le espera.

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