Isla

Pudieras estar dos kilómetros dentro de la frontera de la desesperación por culpa de la convivencia obligada.

La frecuencia del trato impuesto con las mismas personas termina deslavando tarde o temprano la careta de cortesía y amabilidad, por muy sinceras que estas sean, y en como bufón de caja se deja ver el monstruo de egoísmo que todos llevamos dentro.

Si en ese momento deseas estar lejos de todos y de todo, en un isla sin tener que hablar ni negociar con nadie, sin tener que usar la paciencia en aras de la convivencia, debo recordarte que estar en aislamiento y abandono no es nada sano.

El silencio te irá minando, no recibir ideas ni opiniones ajenas, por idiotas que estas sean, te provocará sed de escuchar a quien sea.

En el aislamiento total, si tuvieras una pelota le pintarás una cara y hablarías con ella, pero no te responderá. ¿Verdad Wilson? (y de fondo se escuchó solamente el coro de unos grillos).

Somos sociales, la naturaleza nos hizo así (¿o habrá sido Dios que en su absoluta soledad decidió crearnos para pasar el tiempo?), así que no tenemos de otra más que ejercitar la paciencia y esperar que los demás también la ejerciten con nosotros.

Así está escrito y así será, como decía el faraón hollywoodense.

Nueva normalidad

Nueva normalidad, dicen. ¿Con respecto a qué?, pregunto. ¿Qué es o ha sido normal en este mundo desde que el ser humano fue consciente de sí mismo y con brutalidad se impuso como superior, sin importar latitud, longitud o signo zodiacal?

Lo que es normal para un chino aprisionado en libertad en ese Beijing que conocíamos como Pekín, puede no serlo para un pastor de renos que duerme sobre clavos en el extremo más candente del averno o para un pérfido banquero pedófilo de Holanda.

¿Cómo era tu normalidad? ¿Poder mirar tu dispositivo electrónico en cualquier lugar? Entonces, ¿todos los seres que vivieron siglos antes que tú eran anormales?

Quizás pienses que era normal abrazar, y hasta besar, a la gente a manera de saludo cotidiano, haciéndolo incluso con seres que te son prácticamente desconocidos. Pregúntale a un paria descastado de Bombay si alguna vez fue normal abrazar y besar a cualquiera.

¿Qué crees haber perdido?, lo más probable es que se trate de algo muy efímero que nunca fue realmente tuyo. Quizás te han alejado, vedado, prohibido una ilusión que dabas por hecho, y ahora que ya no queda ni su sombra echas mucho de menos.

Ahora que si lo que tuviste y lamentas haber perdido era real, y tan importante para ti, ¿por qué no luchas por ello? ¿Por qué lloras sobre los escombros de tus recuerdos y obedeces ciegamente a quienes te imponen las prohibiciones? Líderes que te obligan a tener fe en ellos, en esas personas encumbradas que no serían capaces ni siquiera de sacar un conejo de la chistera.

Deja de llorar y rechaza con valor la nueva normalidad o llora como magdalena desmigajada lo que ahora ya no tienes (suponiendo que alguna vez lo tuviste). Nada es verdad, ni siquiera nosotros mismos.

Cambalache

Hay días en que me inspira una pereza infinita

Días en que no sé qué carajos hacer

Hay días en que el caos me sobrepasa

Y la panza se me revuelve con el amanecer

Hay días en que ni siquiera creo en mí

Días en que dudo hasta de Descartes

Hay días en que quisiera arrojar la toalla

si es que hubiera un ring con Don King.

Hay días que ojalá se fuera todo al carajo

si es que no estuviera todo ya en el infierno

Hay días en que me gustaría que existiese Dios

Para creer que todos pagásemos nuestro boleto al averno

“Cambalache, hijo”, me dijo un argentino

Chinga tu madre, respondí yo como buen mexicano

Me cago en el chile y en el futbol

Y acepto, nacionalismo aparte, que Cambalache siempre tuvo razón.

Hay mujeres fatales

Ella no era inteligente, quizás astuta y manipuladora, pero nada inteligente; y sin embargo tenía el don de hacer actuar como bestias viscerales a seres contenidos y por lo general racionales.

Ella decía que no mentía. Y realmente no lo hacía con palabras… bueno las más de las veces no con palabras, pero su mirada podía ser más falsa que el Honrado Juan y Pinocho clonados al cubo.

Una noche, ella estaba cenando chocolate con su hijo, adolescente engendrado años atrás con el esposo que un buen día despertó y se separó de ella. En eso, llamaron a la puerta. Un enamorado reciente estaba afuera con un ramo de flores, frescas y rozagantes. Con maña hábil, él puso el pie en la puerta cuando ella agradecía la visita y las flores, y se autoinvitó a pasar. Ella no pudo decirle nada, pues siempre “temía parecer grosera”. El galán de las flores saludó al hijo y se sentó al lado de él a la mesa. Total, su idea era fingir que podía ser como un papá para él.

La conversación transcurrió insustancial y banal, con lugares comunes, frases sobre el clima y simplezas típicas y muy manidas acerca de las series de moda. Ella estaba resignada y preguntándose hasta dónde llegaría aquello: ¿El galán de las flores se iría de la casa cuando el hijo se fuera a la cama? ¿Se quedaría? ¿Habría que besarlo de nuevo (la vez anterior él le había robado a ella un beso, que ella aceptó y correspondió “para que el pobre no se sienta rechazado”)? ¿Habría que permitirle llegar hasta la cama para que no se frustrara? En eso estaba ocupado el astuto cerebro de la poco inteligente cuando por la calle se escuchó música de mariachis.

Era una serenata de enamorado. Lo curioso es que se escuchaba justo afuera de la casa de ella. La astuta se levantó y se asomó a la ventana. Allí estaba otro pretendiente de esta Penélope desmadejada. Ella, “por educación”, abrió la puerta. El enamorado de la serenata entro rápido, cantando una bella canción de amor y mostrando un anillo dorado en un estuche aterciopelado con la mano derecha, se hincó ante ella y le dijo que la amaba, que era la mujer de su vida y le pidió que se casara con él.

Ella, apenada, no contestó nada. El arrodillado miró a la mesa y vio al hijo y al galán de las flores. El galán cantor se sintió defecado por la Fortuna y más estúpido que una hormiga con lobotomía. Pero fue la mella en su honor lo que más le dolió. A nadie le gusta hacer el ridículo, y mucho menos con un atento público. Los mariachis, el niño, el galán de las flores y… “¡esta maldita zorra!”.

El galán cantor era por lo regular un hombre centrado y educado, que deploraba las malas palabras y los escándalos. Pero eso no lo pensó en ese momento. Blasfemando como hijo de pirata y de diputada de arrabal, condenando como obispo convencido, insultando como lo haría un toro herido en el ruedo de la vergüenza… de “puta hija de puta barata y jodida” hasta cosas peores pintó y repinto a la astuta estupefacta.

El hijo de la no inteligente palideció, pero no dijo nada. Quizás ya estaba acostumbrado a escenas así protagonizadas por mamá, con otros distintos galanes en turno. El galán de las flores pensaba “otro gallo en el gallinero”, pero se sentía mejor al recordar que al menos él sólo había llevado flores y no mariachis y un anillo, que sólo buscaba un momento de arrebatos fisiológicos, aunque no negaba que estaba fascinado por el encanto dulce de esta mujer que nunca decía “no” a nada.

Y a la pobre que de “zorra, súperputa y subputa” no bajaban comenzó a llorar. Al galán cantor se le acabaron los insultos y el aire, y decidió largarse dignamente de allí y de su cuadro indigno (el resto de la noche le mandó a ella cientos de mensajitos que iban del insulto, al perdón, de “te deseo lo mejor” y al “cómo eres tan hijaeputa cabrona malnacida”). Pero por ahora sólo salió de escena.

A los dos minutos exactos de la partida del galán cantor, el de las flores se levantó de la mesa, agradeció la charla y el chocolate y se despidió. Sólo dijo “creo que no tengo nada que hacer aquí” y se perdió en la oscuridad de la noche.

La mujer decía no entender, pero si ella nunca les había dado pie a esto. Se sintió molesta, ultrajada y muy insultada. No se merecía eso. Lloró toda la noche y tanto que hasta le costó trabajo contestar todos los mensajes que le enviaba el galán cantor (¡no iba a cometer la grosería de no contestarle!), pues las lágrimas impedían leer y escribir claramente, para aclararle al pobre herido que ella jamás había hecho nada para que él pensara que podrían ser pareja. “No sé por qué te confundiste”, le decía una y otra vez, “jamás te dije otra cosa que más que te quería sólo como amigo”.

En realidad ella nunca actuaba solamente como amiga… En fin, ya lo dije, era astuta, pero poco inteligente.

El mañana

Él pudiera ser yo en el futuro, yo puedo ser su pasado en este presente. Ahora no nos parecemos en nada, pero eso no significa mucho , pues nadie que viva muchos años se parece al sí mismo del lejano ayer.

Se trata de un viejo, de rostro cartográfico con arrugas que marcan rutas más diversas que las de la seda, o los actuales caminos del comercio de las drogas artificiales. Un rostro lleno de las cicatrices que deja la experiencia. La visión de este hombre debe estar muy desgastada, así lo declaran sus gafas de gruesas lentes en armazón prehistórico. Sus manos tiemblan, parecen las de un músico virtuoso de la maraca. El pelo que sale de su viejo gorro tejido azul es tan blanco como la pureza de la que nadie puede presumir, esa misma que si se tiene, al ser presumida automáticamente se pierde. Sus ropas descuidadas fueron moda juvenil varias décadas atrás, hoy sólo las puedes ver en este hombre o en un museo. Su cabeza niega involuntariamente con frecuencia, debido a un movimiento nervioso, niega incluso cuando el viejo afirma o confirma.

Pero lo que hasta el menos observador nota del viejo es su tos, tos de perro, seca y estridente, síncopa dolorosa de sus pulmones, lastimera tanto para quien la escucha, y sin duda para quien la emite. Tos invernal, tan grave que parece el heraldo de su próximo fin.

Los modales del viejo también hacen constatar que se trata de un bicho de tiempos perdidos, pues trata con sumo respeto a toda la gente, solicita todo diciendo “por favor” y agradece cualquier buena acción de la que es receptor.

Siempre que veo un viejo de edad tan avanzada pienso que él pudiera ser yo en el futuro viajando en el tiempo, para inspirarme escritos como este.

El viejo está solo. Hoy es Día de Reyes y no tiene a nadie a quien regalarle nada. Y nadie se preocupa por obsequiarle algo a él. Colaboró al engendramiento de seres humanos, él cree que quizás estén vivos aún. Sabe que tiene nietos, cuyos nombres son más inmemorables que cierto lugar de la Mancha. Seguramente el viejo ya tenga bisnietos, ¡hasta tataranietos! Muy probablemente.

A veces piensa que está tan solo como castigo por algo que hizo mal, o igual por algo que hizo demasiado bien, al final el resultado siempre suele ser el mismo.

El viejo tose de nuevo, no puede detener el ataque pulmonar, tampoco tiene mucho control de esfínteres, bendice la popularidad de los pañales para adultos hoy en día.

Su mirada vidriosa y lacrimal se pierde de nuevo en un infinito invisible para los demás. ¿Se estará preguntando otra vez si es que vale la pena seguir viviendo?, ¿será que agradece a alguna divinidad otro día más de existencia?

Yo creo que a esa edad llega en cualquier momento el deseo sincero de estar muerto. Todo es malo cuando se presenta en exceso, incluso la vida, pregúntale al viejo o a Errol Flynn si te lo topas en el más allá. Bueno, eso es lo que pienso, yo que soy como 30 años menor que este viejo. A estas altura yo mismo creo a veces que ya he tenido suficientes experiencias, que mis días han cruzado ya el límite de lo suficiente.

Quizás este viejo pensó a mi edad lo mismo que yo, y míralo, aquí sigue tosiendo, solitario, extraviando su mirada en la lejanía. Quizás bendiga algo, quizás maldiga otro tanto, pero aquí está, respirando.

Dudo que el viejo llegue a la primavera. Dudo también que él sea yo.

Tu mirada

Tu mirada…

Rayo que hace día la noche más oscura, relámpago que estremece, historia sin palabras, silencio que habla.
Tu mirada…

Tempestad de montaña, mar en calma, aves en libertad y fiereza adormecida.
El infinito misterio de la vida.
Tu mirada…

Canción de cuna, Cantar de los Cantares, pasión volcánica y dulzura de dama.
Tu mirada… espejo donde es un honor reflejarme.

El colibrí de jade

Ella ni siquiera llamó a la puerta sin duda alguna está acostumbrada a ignorar límites y convencionalismos, la abrió como si estuviera en sus dominios y se introdujo en mi oficina. La súbita entrada de esta bella desconocida no me tomó por sorpresa, pues fui advertido por el acompasado sonido de sus tacones a lo largo del pasillo, tras su salida del elevador.

Yo me encontraba matando sin piedad los minutos en mi oficina, leyendo una tira de Popeye y contemplando la acumulación de polvo sobre mi archivero. Esperaba el mediodía para salir desganado a ver al encargado de la perrera del condado, Joe Salchichas, un fulano de casi media tonelada con más perversiones en su cabeza que grasa en la panza.

De manera indiscutible, Joe Salchichas es más despreciable que la peor descripción que pudiera hacerse de él; por desgracia, es el primer ente al que tengo que recurrir cuando busco un perro perdido, siempre con la esperanza de que todavía no haya materializado sus desviaciones con el can.

Tenía que consultar a Joe para iniciar la búsqueda del cocker spaniel de una familia apellidada Pierce, de Glendale. Papá, mamá de esculturales piernas y dos niñas, quienes durante su paseo de fin de semana en Los Ángeles fueron, contra toda su voluntad, espectadores de un acto perfecto de escapismo, a la Harry Houdini, ejecutado por su perro.

Eran las 11:11 horas de un lunes sin complicaciones cuando la decidida dama de los tacones acompasados entró en mi oficina. “¿Ben Sherman?”, me preguntó con una voz grave y muy seductora, mientras yo me comenzaba a poner de pie detrás de mi escritorio. Ella cortó de súbito mi elevación, pues de inmediato tomó asiento en una de las dos sillas destinadas a mis clientes.

El vidrio opaco de la puerta en mi oficina aún muestra la leyenda: “Ben Sherman & Will Spears. Investigadores privados”. Ben era mi socio… era, pues tenía dos días de fallecido. Era, también, mi tercer socio asesinado en tan solo 18 meses. Una marca que no otorga ni media gota de orgullo.

El cadáver de Ben Sherman fue descubierto la madrugada del sábado en un sórdido callejón, entre pestilentes botes de basura. Una vagabunda que se acompaña de muchos gatos buscaba alimento para ella y sus felinos, y en vez de sardinas encontró el cadáver de Ben.

La vagabunda es una anciana que, sin importar el clima, lleva puesto un gorro de estambre negro en el que incrusta dos grandes agujas de tejer, con las que se defiende en caso de necesidad. Es una vieja generalmente pacífica, pero hay un dicho por sus andurriales: no te metas con la loca de los gatos, o terminarás ensartado.

Pero Ben Sherman no sufrió un ataque de ganchillo, sino que su pase al otro mundo fue cortesía de cinco balas calibre 38. Ben investigaba un caso de apuestas clandestinas en el Lucky 7, un popular garito ilegal regenteado por personajes pesados de Los Ángeles, entre ellos el flamante fiscal de distrito, cuyo porvenir se anuncia tan prolongado como el de un anciano de 111 años.

Ben fue contratado para ese caso por una rubia vulgar que quería recuperar unos dólares —en cantidad expresada con cinco dígitos que juraba le habían birlado en ese antro.

Pero la dama que tenía ahora frente a mí no era rubia, y mucho menos vulgar. Su fino porte me golpeó como derechazo del campeón mundial de pesos pesados. Esta mujer es la imagen que deberíamos evocar al toparnos con la palabra deslumbrante.

Tenía aproximadamente 27 años y 1.67 m de estatura. Vestía un traje blanco, fino, elegante y a la medida, muy apropiado para esa anatomía que es una bendición exagerada de Mamá Naturaleza. Calculé que su traje valdría al menos tres meses de mi trabajo a tiempo completo.

De su sombrero ladeado, a juego con el traje, salía su sedosa cabellera, larga y roja, que enmarcaba sus ojos verdes delirio y unos labios entreabiertos que tenían el tono escarlata de los besos de lava. Su maquillaje discreto acentuaba unas facciones que, honestamente, no requieren de artificios ni colorantes. Al ver su rostro terso supe que jamás podría borrarlo de mi mente.

“Ehhh, no, lo siento, Ben Sherman ya no es parte de este negocio, de hecho ni siquiera respira. Soy Will Spears, ¿qué puedo hacer por usted?”, le contesté, mientras recuperaba mi ritmo cardíaco y hacía esfuerzos por controlar un cosquilleo en mi bajo vientre.

“¡Oh!, Señor Spears, tiene que ayudarme”, me dijo con un desamparo de huérfana dickensiana, tan convincente como para darle el Oscar del año.

“Me encantaría ayudarla, señorita…”, le dije, esforzándome por lucir frío y estoico como un bacalao.

“¿Cuáles son sus honorarios señor Spears?”, me espetó de inmediato con una sonrisa tan seductora como gélidas eran sus pupilas, que apuntaba sin piedad a mis ojos.

“Depende del caso, pero básicamente suelen ser 27 dólares al día, más gastos extra que pudieran generarse, todos ellos comprobables y detallados. Prefiero mantener a mis clientes satisfechos en vez de intentar sacarme la lotería inmediata a sus costillas. Por favor dígame qué podría hacer por usted, señorita…”, le expliqué y me sorprendí utilizando por segunda vez la detestable fórmula de inquirir un nombre a través de puntos suspensivos.

“Se trata de un broche de jade”, dijo ella como si se estuviese refiriendo a una bagatela, “una antigüedad viejísima como los jarrones de las dinastías Ming, Mang, Mong o Fu que se mencionan en las películas, pero mucho más valiosa. El raro broche tiene forma de colibrí y me lo me robaron ayer. Su trabajo es demasiado sencillo señor Spears, pues sé quién me lo robó. Usted únicamente debe encontrar a esa persona y devolverme la joya. Pan comido”.

“El pan comido suele atorarse en la garganta, especialmente cuando lleva en su relleno cosas de valor”, le contesté, alertando mis sentidos. Evité mencionarle que si todo era tan sencillo, por qué no se lo encargaba a su mayordomo, jardinero o admirador predilecto.

“Troy Brady es la persona que robó mi colibrí de jade”, dijo ella, ignorando mi comentario panadero. “Troy era mi prometido hasta que descubrí que además de ser un tipo divertido, es también un mujeriego adicto al juego, cuya afición principal es perder dinero ajeno en garitos marginales. Actualmente, se la vive en un lugar llamado el Lucky 7, está allí desde que se pone el sol hasta el amanecer. Yo me había obsesionado… hmmm… encaprichado creo que sería el término más exacto, con ese hijo de puta… disculpe mi francés, señor Spears. Troy es un bastardo muy carismático, y tan convincente que podría fácilmente vender docenas de abrigos de visón en el Caribe. Gracias al cielo descubrí a tiempo que únicamente estaba detrás de mi dinero. Por cierto soy Laura Turner”.

“¿Turner, como en Robert Turner?”, le pregunté, mencionando el sagrado nombre del magnate de los periódicos, el Robert Turner propietario de la mayoría de diarios y estaciones de radio en el Oeste de los Estados Unidos, y de una buena tajada de California. Un nombre cuya mención hizo que mis alertas internas sonaran como las del Departamento de Bomberos de Los Ángeles si Nerón resucitado le diera una calentada a Hollywood.

“Sí, Robert Turner, es mi padre. ¿Ahora le queda claro qué es lo que realmente buscaba Troy de mí y por qué recurro a usted en vez de ir a la policía?”, dijo la vampiresa con clase, mientras con el pulgar de su mano derecha jugueteaba con las puntas de los demás dedos de esa delicada mano, algo que me hizo pensar en el movimiento de cola de un felino cuando acecha a su presa.

Me vi tentado a mandar de paseo a mi intuición y aceptar el caso sólo por estar cerca de esta mujer. Pero, aunque Laura Turner no había sido quien contrató a Ben Sherman, el hecho de que llegara a mi oficina otro caso relacionado con el Lucky 7 era una coincidencia con sabor demasiado artificial. La sensatez me recordó que combinar una alhaja valiosa, el mundo del juego en California, una mujer cuyo porte es capaz de parar el tránsito de cualquier avenida y un magnate despiadado, garantizaba un platillo más letal que ejecutar el baile cosaco con un vaso de nitroglicerina dentro del sombrero.

Por esta mujer, cualquiera de mis tres exsocios habría aceptado el caso sin pensárselo dos veces, pero los tres terminaron haciendo una fría escala en la morgue y yo estaba aquí, escuchando a Laura Turner y tratando de bajarme la temperatura.

“Lo siento señorita Turner, no puedo aceptar su caso, ya que…”, comencé a decir con solidez de jalea.

“Spears, escúcheme bien, no acepto negativas de ninguna clase”, me interrumpió convirtiendo sus pupilas en lanzallamas, “estoy dispuesta a pagarle 50…, 70…, ¡80 dólares al día!”.

Aquí estaba esta lindura, acostumbrada a comprar cualquier cosa que le viniera en gana. “No lo tome a mal, y mucho menos de manera personal señorita, pero yo me limito a aceptar cierto tipo de casos. Por ejemplo de mascotas perdidas, principalmente caninas, excluyendo animales exóticos y salvajes, y jamás, JAMÁS, reptiles. Con un poco de reticencia, también acepto casos de infidelidad conyugal, pero sólo de clientes dentro de un rango que va de los vendedores ambulantes hasta los contables grises de negocios aburridos, que debido a su autoestima subterránea mueren de celos por sus esposas. ¡Ah!, y suelo aceptar ocasionalmente trabajos de seguridad en hoteles donde por cada huésped hay al menos 967 cucarachas. Cosas así. En otras palabras me centro en casos que no impliquen un riesgo para mi vida”, le explicaba a la señorita Turner en lo que me puse de pie y me acerqué a la ventana, ubicada a espaldas de mi sillón, para mirar hacia la calle y liberarme un poco de la mirada hechicera de esta mujer.

Llegué a la ventana, elevé completamente la guillotina de la persiana y miré hacía la calle. Noté que afuera todo transcurría en aparente normalidad. De la tienda de licores, frente a mi oficina, salía uno de los borrachos habituales con su vicio en una bolsa de papel de estraza, los transeúntes de siempre caminaban por las aceras al ritmo acostumbrado y el tránsito de autos variopintos era el regular de ese horario. Un panorama cotidiano, excepto por dos elementos.

El primero: un lujoso auto que me recordó las grandes embarcaciones turísticas que se niegan a aprender la lección del Titanic. El vehículo se hallaba aparcado precisamente afuera del edificio de mi oficina, con un chófer al volante esperando con la santa paciencia de una ostra. “La carroza de la princesa Turner”, me dije.

El segundo elemento inusual estaba recargado en el poste de luz de la esquina de la tienda de licores. Era un gorila semihumano ¿o humano semigorila? como de dos metros de altura, y cuyo vocabulario seguramente se limitaba a 13 palabras. Una masa musculosa embutida en un traje azul marino con líneas verticales, que le hacía lucir como una salchicha de Joe expuesta al sol del desierto de Mojave. Muy probablemente se trataba del típico pugilista fracasado convertido en matón, a las órdenes de alguien con poder. La habitual forma de ganarse la vida para esta clase de perdedores. ¿Sería compinche de Troy Brady, un empleado del Lucky 7, un rufián a sueldo del fiscal o de Robert Turner?, ¿quizás un enamorado despechado de Laura? En el instante en que miré por la ventana sorprendí al King Kong de traje azul mirando hacia mi dirección. Cuando se dio cuenta de que lo pillé vigilando mi ventana, giró de inmediato su cabezota hueca hacia otro lado y se reajustó el sombrero para ocultar sus ojos de mi vista.

“Señor Spears… Will… algo me dice que eres la persona indicada para ayudarme, y mi intuición jamás me falla. Por favor, estoy dispuesta a pagarte 100 dólares al día, mas gastos. Incluso…”, me decía Laura Turner.

La pausa abrupta tras su incluso… me sacó de mis observaciones callejeras y me volví para mirarla. Una vez con mi atención en su rostro, ella retomó su discurso:

“…incluso estoy dispuesta a aceptar cualquier condición que me impongas. Lo que quieras, Will. Te necesito, en verdad te necesito”.

Su voz era ahora una súplica cadenciosa, revestida de ternura mezclada con desamparo. Sus pupilas olvidaron el frío y las llamas infernales, para ahora ser un tibio refugio de montaña en medio de la peor tormenta de nieve. Su canto de sirena comenzaba a convencerme para ser el caballero galante de esta damisela en apuros.

Mi corazón se aceleró de nuevo y sentí otra vez cosquillas en mi bajo vientre. Tragué saliva y pensé en sacar un cigarrillo para tranquilizarme, pero no lo hice, temiendo que mis nervios hicieran bailar al cigarrillo una conga eufórica entre mis dedos. Tragué saliva, rogué al Dios en el que nunca he creído que le diera temple mi voz y respondí:

“En verdad lo siento señorita Turner, créame, no puedo aceptar su caso. De haber usted venido tan solo tres días antes, mi socio Ben la hubiera ayudado con mucho gusto…”, mi inesperado aplomo al decir esto me hizo sospechar que quizás Dios existe.

“¡Maldita sea Spears! Eres un puñetero mediocre, timorato cobarde de mierda, miserable puta barata…”, me gritaba la señorita Turner, transformándose de refugio invernal en arpía que vomita torturas en francés (para utilizar su cargante eufemismo).

“Le ruego que se calme señorita, posiblemente tenga razón en eso de mediocre y puta barata, pero le aseguro que no soy un cobarde. Simplemente me dedico a aceptar asuntos que no exigen mi inmolación y, créame, aún tengo intenciones de seguir pagando mis impuestos al Tío Sam por un buen tiempo”.

“¡Jodido gallina malparido!”, me gritó. Tanta violencia verbal me curó de inmediato el nerviosismo, y con la seguridad recuperada le dije:

“Lo siento mucho. Son principios de supervivencia, señorita Turner, no me interesan los casos como el suyo. Pero puedo recomendarle un buen detective que no se negará a ayudarla, su oficina se ubica cerca de aquí, en Cahuenga…”.

“Puede meterse su detective por el…”, comenzó a espetarme la bella energúmena.

“…se apellida Marlowe…”, le dije interrumpiendo sus palabras de tendencias cóncavas y regresando a mi escritorio para buscar la tarjeta del tal Marlowe, que guardaba en el cajón para situaciones como esta, “… créame, señorita Turner, Ryan Marlowe, es un excelente tipo con una ética tan enorme como un Ménage à trois de ballenas azules…”

Mi frase en francés verdadero la tomó por sorpresa. Algo desconcertada, Laura Turner detuvo su tormenta.

“Por favor, señorita, no se haga una mala impresión, Ménage à trois y merci es lo único que conozco del idioma de Napoleón, lo aprendí por necesidad en El Paraiso de Madame Cora, un modesto putero jamás visitado por gente importante. Aquí tiene, Marlowe, ¡ah, parece que me equivoqué con el nombre de pila! Pero aquí tiene su tarjeta. Es un sujeto estupendo. Estoy seguro de que la ayudará”.

Laura me arrebató con violencia la tarjeta que le extendí a través del escritorio. Me asombré del magnífico termostato interno de esta dama cuando sus pupilas se tornaron gélidas otra vez y me miró intensamente a los ojos, para suministrarme el mudo insulto final, ese que se arroja cuando se agotaron las palabras hirientes.

Yo recibí la estocada chaplinesca del mismo modo que las habladas, sin inmutarme. Aguantar la peor imprecación siempre será mejor que permitir que uno sea la sede del próximo carnaval de balas en Los Ángeles.

Laura Turner se puso de pie y de inmediato se fue de mi oficina, sin expresar nada más. El contoneo de su cuerpo al alejarse volvió a provocarme un leve cosquilleo que aplaqué con la bravura del domador estrella de Barnum & Bailey.

Escuché sus pasos desapareciendo en el pasillo, eran las voces de una oportunidad perdida que me dejaba tan vacío como el interior de la ballena de Pinocho.

Me puse de pie, y me asomé a la ventana. La vi abordar el crucero con neumáticos, que el chófer encendió tan pronto la vio fuera del edificio y de inmediato se puso en marcha con dirección a Cahuenga.

Tras la desaparición del auto admirable, de la admirable señorita Turner, miré hacia el poste de la esquina de la licorería. El King Kong de traje azul también volteaba hacia donde se había ido el lujoso vehículo, y una vez que este se hubo perdido de vista giro su cabeza hacia mi ventana, bastante confundido, ignorando qué acción tomar. Yo sonriendo y mirando a sus ojos de bruto dubitativo, utilicé el índice de mi mano derecha para indicarle la dirección en la que había desaparecido la nave de Turner, y con la cabeza le hice un gesto que hasta él pudiera interpretar como anda, síguela.

El bruto hizo lo que le sugerí. Y espero no volver a verlo jamás.

Así se cierra mi insignificante participación en el caso del colibrí de jade.

De regreso a mi escritorio, enciendo un cigarrillo y antes de ponerme en camino para mi desagradable visita a Joe Salchichas y dar inicio al caso del cocker spaniel de Glendale, pienso que jamás podré borrar de mi mente el rostro de Laura Turner, ni su frase de miserable puta barata. La memoria suele estar de más en mi profesión.

Private Detective 62 Jack Okey

 

Doña Trini

Doña Trini era feliz, estaba llena de vida a pesar de encontrarse más cerca de los 89 que de los 69… cronológicamente hablando. Ella siempre presumía que era fogosa por ser signo Escorpión, y que no podía estar sin hombre, y que se llamaba Trinidad porque  tenía el ardor de tres mujeres y porque la vida sin amor no es vida.

Doña Trini estaba sana, aún salía a bailar, a divertirse, cantaba y también seguía practicando el salto mortal combinado con el águila extendida con su pareja. Su último galán, como todos los anteriores (exceptuando su difunto marido), no estaba casado con ella, y ella sabía que eran sus ahorros de toda la vida lo que más le interesaba a su hombre, pero a Doña Trini esto no le importaba, pues gracias a él ella era feliz y estaba llena de vida.

Pero los hijos de Doña Trini no veían bien que su venerable madre estuviera tan contenta y llena de vida con un vividor que además era más joven que ella (cinco años pueden no parecer mucho, pero al fin y al cabo él era más joven).

Doña Trini engendró a sus hijos dentro de su único sagrado matrimonio, ella siempre se preguntó cómo pudo haber parido seis vástagos con un hombre tan débil y frío como lo fue su esposo, pero de inmediato lo explicaba diciendo que ella había tenido fuego suficiente por los dos. El único marido de Doña Trini había muerto hacía ya mucho tiempo, dejando entonces una viuda joven, con una buena cantidad de dinero y grandes extensiones de terreno en un lugar que es hoy muy cotizado y comercial.

Los años pasaron y varios amantes desfilaron por el lecho de Doña Trini, a cada uno de ellos lo conoció en las reuniones de solteros, viudos y divorciados a las que ella solía ir con más frecuencia que a la iglesia. Allí también había conocido a su último hombre.

Los hijos criticaron mucho a su madre a lo largo de los años, cuidándose de hacerlo en presencia de su progenitora, pues la querían tanto que no deseaban enemistarse con ella.

Fue cuando ella sufrió un leve infarto, del que se recuperó rápidamente, que sus hijos empezaron a considerar que no era decoroso que una mujer que debía estar preparándose para su próximo encuentro con la cara de Dios se comportara como una joven alocada (en realidad todos ellos pensaban en la palabra “puta”, pero nadie se atrevía a expresarla, porque que eso los convertiría en algo que ya eran por conciencia y que no deseaban ser por etiqueta).

Así fue que los hijos terminaron obligando a Doña Trini a deshacerse de su amante, en aras del decoro y para evitar el “qué dirán”, ese “qué dirán” que a ella siempre le tuvo sin el menor cuidado, pero la anciana terminó cediendo ante las súplicas de sus retoños porque es difícil enfrentarse a media docena de hijos que hacen frente común.

Al mes de despedirse del sexo y la diversión, en total soledad y abandono, Doña Trini era ya otra persona: enfermiza, triste y silenciosa. Difícilmente salía de su recámara y más aún de sus cavilaciones. Todo esto permitió a sus hijos estar más tranquilos, pues su madre era ahora una anciana honorable.

La pobre vieja, que lucía ya de 115, aunque en tres meses apenas cumpliría 89, se sentía peor cada día, al grado de que pidió que le llevaran un sacerdote para que la confesara y la preparara para estar presentable ante el rostro del Señor. Doña Trini falleció el mismo día en que el cura la preparó para dar el paso al más allá.

En el funeral de Doña Trini, los seis hijos rompieron su frente común y comenzaron a destriparse entre sí, peleando rabiosamente por los bienes que quedaron del naufragio lujurioso de su madre. Algún beneficio sacará el sexteto de su pía acción, aunque los que se llevarán la mayor tajada de la rebatiña serán los abogados.

“Nadie sabe para quién trabaja”, solía decir el único esposo de Doña Trini siempre que llegaba a casa.

Aves madrugadoras

En las madrugadas que salí a caminar por mi casa me fijaba con encanto en la lenta llegada de la luz del sol. En estas observaciones tenía como sonido de fondo el canto de diversas aves madrugadoras, y en algunas zonas el de los gallos, saludando al nuevo día.

Pero de todo eso, lo que más me llamaba la atención, era un árbol alto y frondoso que hay en una glorieta, y que debe estar habitado por cientos de pajaritos, todos igual de ruidosos. No había en mi ruta de caminata de esas madrugadas, árbol con más ruido que ese. Y me agradaba, me gustaba ver que el día se abre a la vida de todos los seres, y que los pajarillos tienen su propio caos, ajeno al nuestro.

En mi memoria hay otro árbol grande y frondoso (incluso podría ser un palmera, no lo recuerdo) ubicado en la lujosa calle de Lincold Rr., en Miami, donde están todas las mejores tiendas, y que desemboca en la playa de Miami Beach. Tengo la sensación de que en ese árbol siempre hay ruido, o igual únicamente lo sufre al atardecer. Pero en este caso se trata de un ruido ensordecedor, pues lo producen muchos, muchísimos, pericos y aves de esa calaña.

Debe haber alguien que disfrute de ese griterío con de alto contenido rico en decibeles pero eso no es para mí. No sé si aún siguen los pericos allí, o incluso el árbol, pues on eso de que el hombre tiene declarada la guerra contra todo lo natural tampoco me asombraría que también desaparecieran pronto el frondoso árbol de la glorieta por culpa de eso que llamamos “avance”. Espero que no pase eso, pero mientras tanto ojalá pronto pueda salir de nuevo a caminar de madrugada para disfrutar la llegada del sol y esos cantos.

Del Principito

Me desagrada El Principito. Será un clásico que demasiada gente suele adorar y aplaudir, e incluso dice disfrutar; de toda esa gente ignoro cuánta lo habrá leído realmente, pero aunque no lo hayan hecho, lo celebran igual.

El Principito es ese libro que, se cuenta, el Che Guevara se leyó apasionadamente en una sentada (literal) en el w.c., sin importarle la urgencia de otras personas por usar el inodoro (conclusión: el guerrillero no pensaba totalmente en sus hermanos).

Por algún misterio, llega incluso a molestarme la idea de un niño que en el desierto pide que le pinten un cordero y que luego se pira a planetas para encontrarse con estrambóticos y febriles personajes. Pero no, no es por esto de los personajes raros que me desagrada ese libro, porque me encantan los de Alicia.

Creo que lo que me repele es la inocencia ficticia del Principito, ese pensamiento dizque infantil que me sabe más al de adulto que con nostalgia idealiza la infancia; las conclusiones profundas y desencantadoras que percibimos a través de los ojos de un supuesto niño. Quizás si lo hubiera leído de adulto me habría gustado, pero lo leí de pequeño y me pareció ridículo. Me desagrada el libro, nada más, lo digo con la libertad a disentir. De la misma manera respeto a los que no les gusta Alicia. Es cosa de cada quién.

Todos tenemos derecho a ser diferentes, y se dice que en gustos se rompen géneros, esquemas y hasta dentaduras, de nuevo: cosa de cada quién.

De hecho, El Principito me resulta tan repelente como El Quijote, libro con el que tampoco puedo, y que también es tan celebrado como poco leído. ¿Qué tiene de divertido un viejo del que todo mundo se burla?… bueno, mejor de esta obra no digo más, pues para muchos es como divina y con la religión no me meto, pues los extremistas son tan insufribles como peligrosos.

Espero que nunca llegue el día en que se persiga y ataque a gente porque no le gusta algo, porque piensa diferente o por su color de piel, pues si eso sucede, el mundo sería peor de lo que desencantó al Principito. Si eso sucediera, estaríamos fritos sin remedio.