Acerca de mobtomas.wordpress.com

Algo de lo que he plasmado en mis libretas: escritos, cuentos, divagaciones, reflexiones, genuflexiones verbales, cuentos, historias, histerias y pensamientos. Esto es como una botella en el mar cibernético.

Palabras por encargo

No me salen ya las palabras por encargo. Aunque me las pidas tú, que siempre fuiste un recuerdo presente, y que hoy eres una realidad que regresó sin perder nada de su esplendor, ganando, en cambio, más fuerza y belleza con el tiempo.

No podría escribirte como lo hacía antaño. Esa cuerda se acabó en algún momento, y tampoco quiero abrir la represa de nuevo. Volverte a ver es como si no hubieran pasado los años, hasta olvidé si alguna vez estuve en un naufragio.

No temo volver a extraviarme, aunque mi brújula nunca ha servido ni he podido interpretar nunca mapa alguno, aprendí a dejar migajitas por mi camino, bien decía mi papá que “hombre prevenido…”.

No escucho cantos de sirenas, porque perdí el don de lenguas, aunque la lengua sea lo único que me sirve ahora. Creo que ya soy resistente a tu encantos, aunque prefiero no ponerme a prueba, por voluntan omitiré la permanencia involuntaria.

No creo en la reencarnación, optaré por dudar que nos conocimos en otra vida y que nos juntaremos de nuevo en el futuro. La paz que tú quieres aquí, la deseo yo en la eternidad también. Dejemos pues las cosas ser, sin presionarlas.

No puedo hacer lo que antes hacía, ya peino canas y debo aparentar que aprendí mis lecciones, que no creo en todo lo que dicen las novelas, los filósofos y las canciones. ¿Ya ves ahora por qué no me salen las palabras por encargo?

 

Anuncios

Urgencia

7:00 AM Paso mi tarjeta checadora, se abre la puerta de la recepción y saludo al vigilante uniformado, que está aburrido ante el escritorio. Entro y sigo adelante, dejo la computadora en mi cubículo, agarro mi botella vacía de agua y voy a la cocina de la oficina a llenarla con el líquido vital del garrafón; en mi camino saludo a la señora uniformada que desde temprano limpia la oficina, y que tres horas más tarde, o al menos jamás después de las 10:00 AM, se sienta a descansar un poco en el cubículo desocupado para cantar a lo bajo elevados himnos religiosos.

7:04 AM Una vez llena mi botella, regreso a mi lugar, bebo un poco de agua y tomo asiento, enciendo mi computadora para comenzar a trabajar. Salvo por esas dos personas madrugadoras, a esta hora la oficina completa es para mí, puro silencio y paz, así durante 120 minutos hasta que llega el resto del personal.

Esta es mi rutina matutina: 7:00 AM, abrir la puerta con mi tarjeta, ver y saludar al guarda en la recepción, dejar mi computadora, agarrar mi botella vacía, saludar a la señora de la limpieza e ir a la cocina para llenar la botella con agua del garrafón, luego a comenzar mi jornada a las 7:04 AM.

Así es esto, de lunes a viernes, semana a semana, mes tras mes: puerta, saludo al guarda, dejo la computadora, agarro la botella, saludo a la señora de la limpieza, voy a la cocina, lleno la botella y regreso a mi lugar para comenzar el día.

Hoy son las 7:00 AM, abro la puerta, no hay nadie en la recepción. Pienso que es extraño, pero como es lunes, quizá el vigilante está en el trono de porcelana, diciendo adiós a todo lo que se empacó el domingo. Todo buen oficinista sabe que el peor día para visitar el baño es el lunes, pues siempre habrá allí una pestilencia nacida de Dios sabe qué porquerias y excesos culinarios que se embute la gente los fines de semana. Si todos fueran vegetarianos el suplicio sería menor, ¡malditas carnes asadas del fin de semana!

Voy a mi lugar, agarro la botella vacía, y en mi camino a la cocina tampoco me encuentro con la señora de la limpieza. Me pregunto si se habrá extinguido la especie humana y como siempre yo soy el último en enterarme.

La puerta de la cocina está abierta a la mitad, no cerrada por completo, ni tampoco abierta en su totalidad como de costumbre. Yo mecánicamente sigo adelante, entro en la cocina y mi mirada periférica detecta una anormalidad, pero yo sigo mi rutina de siempre, sin alterarla ni un poquito.

La señora de la limpieza está sentada sobre el mueble del fregadero, sus pantalones están en el piso y sus calzones enormes bajados hasta los tobillos, con el rostro beatíficamente hacia el techo y la cabeza recargada sobre la pared, pero que despega alarmada al verme entrar. Entre sus piernas peludas, está el vigilante semiuniformado, de pie sobre un cajón de madera para alcanzar la altura que exige su faena, con sus pantalónes y calzones bajados hasta las rodillas, haciendo movimientos de equilibrista en terremoto tsunámico, hundiendo el rostro en el busto de la mujer.

Ella se percata de mi presencia desde el inicio y su beatitud se pierde en el limbo del olvido, él al notar que ha sido sorprendido literalmente en el acto, detiene su pistoneo bamboleante y hunde más el rosto en el busto de la mujer. Ella me mira con infernal odio condenatorio, él jamás voltea hacia donde yo me encuentro. Yo maquinalmente, como si nada anormal sucediera, termino de llenar mi botella y me dispongo a salir de la cocina.

Antes de irme, y cerrar la puerta tras de mí, le digo tranquilamente a la pareja fogosa: “la próxima vez cierren bien la puerta y pónganle el seguro”, dicho lo cual me voy a mi lugar para comenzar mi jornada. Son las 7:04 AM.

 

Nada que contar

Nada que contar,

ni siquiera números

y mucho menos cuentos.

En estas mil y una noches destrelladas,

sin Sherezada,

de insomnios que parecen perpetuos,

no se pueden contar ni corderos.

Nada que contar,

pues son tantas las desgracias cotidianas y las injusticias quita risas en este mundo,

que se han convertido en parte de nuestra normalidad.

¿Qué te voy a contar?

Y de la violencia ni hablo,

no tengo nada que contar de ese exceso nacido de la falta de seso de muchos,

ante el pasarse de listos que realizan unos pocos.

Nada que contar,

ni una cuenta regresiva a la Navidad,

pues dejé de creer en santa clós y en Jesús,

de hecho hasta dudo ahora de que exista dios.

Nada que contar,

pues las palabras se pasan de largo,

lejos de mi alcance cuando quiero retratarlas en el blanco de un pantalla o de un papel.

Ya ni me sale el “ser o no ser”

porque en este todo uno realmente navega en la nada.

¿Ahora ves por que no tengo ya nada que contar?

El hambre y el orgullo

Llego a la esquina. Luz intermitente ámbar. Freno porque ahora la luz es fija y es roja. Alto total y mirada periférica, alerta. La inseguridad epidémica de esta ciudad me obliga a tener siempre cuidado, aún dentro del auto.

Miro por la ventanilla de mi izquierda. Como títere arrumbado en un rincón descuidado, sobre el camellón sentado, bajo la sombra de un mísero árbol, está un esqueleto vivo revestido de pellejos, y sobre estos una playera arrugada color pistache derretido lejos del frío, sus pantalones son azules y roídos, y en la cabeza lleva una desgastada gorra de algodón.

El individuo escuálido tiene a su lado una caja con chicles, chocolates y cajetillas de cigarrillos, todas abiertas para venderlos sueltos. Pero hace tres días que el pobre hombre no vende nada, hace dos días que no se lleva un bocado a la boca. Su cara de calavera al estilo Keith Richards lo hace un sobreviviente, pero no te engañes, es un yonqui de la mala nutrición, y está en el nivel más urgente de la desesperación.

La mirada del humilde varón está perdida, y cavila, piensa en si debe llegar al extremo, o no. Aún tiene orgullo, aún conserva el decoro. “El hambre es canija”, suele decirse hasta la saciedad. Sólo los pobres, marginales totales, comprenden toda la verdad de esta frase.

Su mirada perdida se cruza con la mía, y parece que eso lo decide. “Al diablo con el orgullo”, piensa, “el orgullo no me da de comer”.

Con esfuerzo el flaco debilitado se pone de pie. Y con las pocas energías que le quedan, realiza una pirueta circense de la peor clase. Chueca, incompleta, vacilante, mal ejecutada… descorazonadora.

El hombre se incorpora como puede. La luz de repente es verde y los autos arrancamos, despertamos del mal sueño que tenemos enfrente, a ojos abiertos.

El esqueleto en movimiento, a mitad de la calle, se quita la gorra para pedir la limosna, pero nadie se detiene, todos aceleramos. Los autos esquivan cuidadosamente al mendigo para seguir adelante. Él se queda parado en medio de la avenida, como una señal de mal agüero, como el leproso sin campana, como la profecía maldita, ignorada por todos.

Allí se queda él, con la gorra en mano, suplicante y tan vacía como su estómago, pensando: “ni esto fue suficiente”.

¡Eh tío!

“¡Eh, tío!”, grito el jardinero añoso de blancos bigotes haciendo una necesaria pausa en su trabajo, que pocos minutos antes había comenzado. Eran apenas las 10 de la mañana de lunes. La edad de este viejo jardinero estaba dentro de las 8 décadas, pero aún se mantenía activo trabajando. Era delgado y muy sano, era un jardinero, de la vieja escuela, con podadora manual, no esas de gasolina que hoy se acostumbran, que además de contaminar acústicamente calientan el planeta.

Cuando era muy joven, este jardinero se vino a la ciudad desde su campirano pueblo, uno de esos cuyo nombre termina en “…an”. Vino porque en este país nadie puede vivir del campo, no hay apoyo para los campesinos, así que o te vienes a la ciudad o te mueres de hambre. Al menos así era cuando el jardinero era joven, pues hoy existe una tercera opción que consiste en colaborar con el narco, pero esto no sucedía cuando el jardinero era joven y decidió venirse a la ciudad.

Recién llegado a la ciudad, este hombre empezó a trabajar de ayudante de jardinero con un paisano suyo, que se encargaba de cuidar y arreglar los jardines de una sección de un fraccionamiento por entonces recién inaugurado en el Poniente de la gran ciudad. Poco a poco el lugar se fue llenando de más casas, habitadas casi todas ellas por jóvenes parejas de clase media que buscaban un lugar propio y un patrimonio para sus hijos. Hoy muchas de esas parejas son ancianos o simples difuntos olvidados, pero el jardinero sigue cuidando y arreglando los jardines de los nuevos propietarios.

Este jardinero no era competidor de don Antonio, otro jardinero del mismo fraccionamiento que cuidaba y arreglaba el jardín de la casa de mis padres y los de muchas otras familias. Nosotros vivíamos en la parte más nueva del fraccionamiento, prácticamente en la punta de un cerro, y los dos jardineros llegaron de manera pacífica al acuerdo de que Don Antonio se encargaba de las casas de arriba y el jardinero que hoy es viejo de las casas de abajo.

Don Antonio estaba tuerto, y siempre usaba una gafas oscuras que lo hacían parecerse a Ray Charles mezclado con Cantinflas. Siempre creí que don Antonio tenía sangre africana en sus venas, pero nunca se le pregunté. Algunas personas contaban que el ojo faltante lo había perdido don Antonio en un lío de faldas y, sí, el hombre era famoso por sus conquistas, y en cualquier zona del fraccionamiento casi no había sirvienta (como en ese pasado se les llamaba a las empleadas domésticas o especialistas en técnicas de limpieza para el hogar) que no hubiera sido seducida o de perdida cortejada por don Antonio; además había muchos niños que llamaban “papá” al jardinero tuerto. A todos sus retoños, don Antonio los apoyó dándoles educación primaria, para que al menos pudieran leer y hacer cuentas, ya de ahí en adelante dejaba que cada uno se las arreglara por sí solo.

Lo que más recuerdo de don Antonio es algo que ni siquiera presencié. Dicen que él solía preguntarle siempre a un vecino mío cuyo rostro tiene un rictus como de pena constante: “¿por qué llora joven?”. Lo decía además con una sonrisa, imagino que le divertia molestar a mi amigo cada que se lo topaba. Cada vez que don Antonio le hacía la acostumbrada pregunta, a lo bajo mi amigo siempre respondía: “pinche viejo, ¿por qué siempre me pregunta lo mismo?”.

Don Antonio trabajó muchos años, tenía que hacerlo o se quedaba sin comer, y cuando dejó de trabajar por la artritis o porque comía mucha carne, uno de sus muchos hijos se hizo cargo de él. Entonces el viejo jardinero tuerto recorría el fraccionamiento por donde solía trabajar, ya sin gafas oscuras y sin sus herramientas laborales como para recordar jardines y sirvientas. Un día desapareció y ya no lo vimos más.

“¡Eh, tío!”, gritó esta mañana, alrededor de las 10, el jardinero viejo de blancos bigotes, este mismo que posee una antigua podadora manual cuyas agarraderas metálicas parecen cromadas por tantos años de uso, y quien desde hacía unos minutos arregla y recorta el jardín de esa casa que ha recordado y cuidado por casi 45 años. Ese grito se lo dirigió a un vecino conocido suyo que le responde de la misma manra: “¡Eh, tío!”.

El octagenario jardinero bigotón, al ver que su vecino va en dirección contraria a la del rumbo donde sabe que labora, le pregunta: “¿A poco ya acabaste?, si apenas empieza el día”. El vecino, sin detenerse, responde: “Pues sí tío, ya”, y se pierde de vista al doblar la esquina. El viejo jardinero levanta las cejas y tomando su podadora le grita al vecino que se aleja: “Con razón México nunca avanza”.

ando

Este cuaderno se inició por ella

Este cuaderno se inició por ella, con ella, y no llegó ni a la mitad para cuando ella fue otra ausencia.

Por ella se desbordaron muchos ríos de palabras, aparecieron ideas desconocidas y nuevas, algo muy infrecuente a estas alturas de mi vida.

Por ella creí en la magia de nuevo y la creatividad se alojó otra vez en mí.

Pero ella se convirtió en ausencia, y empecé a ver de nuevo sólo trucos y prestidigitaciones, sistemas educativos y cosas patentadas, registradas y corporativas.

La pirita no es oro, pero los tontos la confunden con algo valioso.

Para mí ella significó mucho, y la verdad simplemente era otra persona. Mi miopía atacó de nuevo.

Inicié este cuaderno por ella, y no llegué ni a la mitad para cuando ella fue otra ausencia.

Clavar cuchillos en la tierra

“No creo en dioses”, me dijo seriamente y continuó: “pero preferiría rogarle a un dios inexistente de la lluvia que clavar cuchillos en la tierra para evitar tormentas”.

No dije nada, le dejé hablar.

“Clavar cuchillos, donde sea, me resulta violento, y en este caso particular me parece un simbolismo para lastimar la Tierra, y ya la hemos lastimado bastante. Ignoro de dónde habrá venido esa costumbre, pero además de violenta me parece ofensiva y tan absurda para el beneficio de los seres humanos como escupir al cielo”.

Continué en silencio.

“¿Has notado lo bien que se siente abrazar un árbol?”, me preguntó, y sin esperar mi respuesta continuó: “Te da energía, paz, es una comunión con la naturaleza. Eso me hace pensar que clavar un cuchillo, sea donde sea, jamás es bueno y dudo que pueda aportar algo positivo. Además, llueve por alguna razón, que no nos convenga es una cosa, que no lo consideremos nosotros necesario es otra. No somos tan importantes como para que la naturaleza se detenga porque nos conviene”.

Yo sólo había comentado incidentalmente la costumbre de clavar cuchillos en la tierra para evitar lluvias, pero no dije nada más. Me despedí y en ese momento comenzó a llover a raudales. Hubo inundaciones provocadas por la basura en las calles más que por la lluvia intensa. Típico caso de obstrucción del drenaje por suciedad negligente de los seres humanos. Aunque intento encontrar explicaciones razonables a todo no pude dejar de pensar: “¿qué tal si toda esta inundación se debe a una venganza de la naturaleza porque alguien respetó tan poco al mundo que clavó cuchillos en la tierra?”.

inundacion