Blandura

La decadencia de los seres humanos suele ser blanda. Puedes constatarlo en el abdomen y la cintura de los más decadentes. Es blanda como el colchón del éxito y de la estabilidad aparentes, cuando ya no hay gusto por correr, sino por atesorar.

El miedo al frío y a la soledad hace que la gente se conforme con casi cualquier cosa, genera votos en un sistema amañado, en el que no hay opciones, lleno de promesas de continuidad, mentiras y más mentiras disfrazadas de libertad.

Con la blandura nos decantamos por la indiferencia, sobre la que creemos edificar nuestra paz privada, y muy personal. Así es como los antiguos revolucionarios se hacen burócratas, los poetas terminan trabajando en publicaciones comerciales de tercera y los soñadores se rinden para poder untar mantequilla en sus panes.

Con la decadencia el tiempo empieza a regirse de acuerdo a las fechas en que se pagan los salarios y en que se sale de vacaciones. Las voces se alzan sólo para hacerse notar en el mercado o para acusar a alguien de una competencia desleal.

Tener, más que ser, y evitar darle cara a cualquier otro dilema existencial que no se relacione con la productividad.

Consumir cultura prefabricada, escuchar música como se gastan pañuelos desechables. Ni cuenta te das cuando esta blandura te llega hasta el cuello y eres la sombra esférica y caricaturesca de lo que fuiste. Igual y terminas siendo de los que hacen ejercicio, simplemente para canalizar tu consumo, y hacerte creer que haces por ti algo para competir con los demás.

Lo que parecería la solución sencilla a esta blandura es botar todo y recuperar la libertad, pero es muy fácil decirlo y casi imposible realizarlo. La blandura conquista, la pereza seduce, la tranquilidad adormece y la estabilidad aturde. Todos queremos un camino fácil. El tiempo tampoco ayuda mucho y poco a poco tus huesos se niegan a alejarse del calor del hogar. Al final descubrirás que todo fue una ilusión dentro de un círculo vicioso.

Y aquellos que permanecen fieles a sus sueños y se empeñan en no venderse, son glorificados por los blandos, pero siempre después de que son crucificados. Esos héroes suelen morir ‘jóvenes’. Aunque ese es realmente otro tema.

Edward_Bright

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Con la mejor disposición

Armado de paciencia y fe, estoy aquí, esperando lo mejor contigo; a pesar de que las experiencias siembran dudas en el campo fértil de mis ideas.

No puedo evitar preguntarme: ¿y qué tal si lo nuestro tiene el mismo final trágico de mis anteriores experiencias?

Todas mal, siempre mal.

Nada indica realmente que ahora vaya ser de otra manera. Lo más probable es que se trate de la misma historia con escenarios distintos. El mismo papel femenino, interpretado por una nueva protagonista.

En lo que se refiere a las relaciones sentimentales, parece que tengo el toque inverso de Midas. Aquellas que eran malas, conmigo terminaron siendo peores, y las mejores, en mí descubrieron cómo ser villanas.

Las dudas son las vitaminas de la fe, y quizás por ellas sigo esperando algo bueno contigo.

Presiento que eres la correcta.

Aunque, honestamente, siempre sentí lo mismo con cada mujer de quien me enamoré. Percibo, a pesar de todo, que eres distinta, además de ser auténtica y sincera.

Esta vez, nada puede salir mal.

Aunque, ahora que lo menciono, siempre todas fueron auténticas y sinceras. Mentiría yo si dijese lo contrario.

Pero contigo siento algo diferente: la confianza mutua es enorme, podemos hablar de todo sin problemas, aun cuando no coincidimos por completo. Diría que las diferencias nos alimentan.

Claro que, ahora que lo recuerdo, eso mismo sentí al principio con mis parejas anteriores. Las confesiones y las charlas inocentes se transformaron en arenas movedizas de crítica y recriminación, donde se fue ahogando la confianza.

Esto del amor me resulta como un juego de dados recargados… en mi contra, claro está.

Ya estoy lo suficientemente viejo, y no comprendo para qué siquiera lo intento otra vez.

Pero por alguna razón aquí estoy, armado de paciencia y fe, con la mejor disposición para intentarlo de nuevo.

Creyendo en ti.

Ojalá esta vez no se trate de abordar la nave que va directo al hundimiento o subirme al dirigible que volará, pero en pedazos. No, creo que no. Creo que esta vez vamos en el camino correcto, aunque…

ciego

La falsa reina pequeña

La falsa reina pequeña era aún más mentirosa que toda su joyería de plástico.

No niego que yo le hice la corte, y que ella terminó cortándome.

Lo que me sorprende es que ella siga creyendo todavía en sus trucos de magia verde, que nada tienen que ver con la ecología.

Es una pena el desperdicio de su carisma. Es una pena escuchar sus falsos ideales, como esa humildad que presume y que siempre termina arrastrándote.

Lo siento reina, tengo que salir de tu castillo, pagas muy mal el puesto de bufón.

Cómprate un cocodrilo sin caries para que sigas admirando sonrisas y un barril de orgullos tragados para que guardes en él tus amarguras.

Tú que lees, te diré que no entres en ese castillo, pues el tiempo castiga cruelmente a la reina y en un momento de distracción podrías terminar siendo el inestimado candado de su alcoba apolillada.

Reina, no niego que alguna vez adoré la imagen que representabas tan bien.

Septiembre de 1995

reina

Chidiando calacas

‘ira wey esa calaca, ‘ta chiiiiiida, dijo la mamá a su hijo, que viajaba junto a ella en el autobús, mientras apuntaba su índice a una calavera enorme en la acera, la cual estaba decorada con muchos colores, al igual que otras tantas calaveras exhibidas a lo largo de la avenida con motivo de la inminente celebración de Día de Muertos en la Ciudad de México.

‘má, ‘ta chiiiiiida, respondió a su madre el niño, como de 9 años y medio, aprobando la apreciación estética de su progenitora y agregando: “‘ira ‘ma es’otra calaca, ‘ta chiiiiiida“, señalando la siguiente calavera que se vislumbraba en la acera.

Sí’ijo, tá chiiiiiida“, asintió la madre, “‘ira es’otra, también ‘ta chiiiiiida…”.

‘má, ‘ta chiiiiiida. Pero ‘ira es’otra, también ‘ta chiiiiiida, dijo el niño.

Ese diálogo no tuvo variación durante las siguientes 32 calaveras en la avenida, hasta que en su turno del responsorio pagano el niño, algo cansado del monótono juego, dijo: “no ‘má, esa no’stá chida, ¡hasta parece que la hicistes tú!”.

Ese insulto hirió hondo el orgullo de la feliz madre, fue como un trago del vino marca Gólgota, cosecha año 0. La dolida mamá respondió: “¡No seas grosero!”, y queriendo cambiar de inmediato la conversación, al ver la Fuente de la Diana Cazadora dijo: “‘ira, una vez te traje a esta fuente, ¿te acuerdas?”.

Claro que el niño lo recordaba bien, en su memoria estaba bien grabada la impresión de ver una ‘ñora encuerada hasta arriba de la fuente, pero con ánimo de seguir jodiendo a su progenitora negó como cualquier Pedro embriagado de poder: “no ‘ma, nunca venimos ahí, tú me confundes con otro niño”.

La ofensa de la madre se hizo más profunda, porque su supuesto arreglo resultó agravar las cosas. Ahora no sólo estaba ofendida, sino también humillada y encabronada, y le respondió al hijo ingrato con enfado: “¡cómo que te confundo wey!, si eres mi único pinche hijo. Qué pinche grosero eres, ‘ora nos regresamos a la casa y no te llevo a las lanchas”.

El niño no era borracho que traga fuego (eso lo será en unos 10 años más) y, tras percatarse que se había pasado un poco de la raya, dijo zalamero: “‘ira má, esa calaca ‘ta chiiiiiida“.

La madre de inmediato se conmovió por la dulzura de su pequeño y le respondió: “sí, ‘tá bien chiiiiiida ‘ira es’otra también ‘ta chiiiiiida…”.

Y así siguieron los dos, como si nada feo hubiese pasado entre ellos, chiiiidiando calacas el resto del camino, hasta que llegaron a las lanchas del lago de Chapultepec, donde se divirtieron mucho esa tarde de domingo.

 

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.

Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos mentirosa.

No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, que nos cuente lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?).

Supongo que en el momento previo al de estirar la pata de colgar los tenis, de entregar el equipo debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror, de duda absoluta. ¿Y qué tal que recuperar la fe no represente ningún alivio?

El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan en el instante cuando la muerte se les acerca.

El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.

De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.

Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.

Así es la vida, puede que así sea el paso hacia la muerte.

Extracto del Genesis apócrifo (versión animal)

En el principio absoluto, Dios creó el cielo y la tierra. Después, Dios se dijo (diciéndolo al todo): “Que en el agua nazca toda clase de animales, y que los cielos se pueblen de aves que vuelen sobre la tierra y entre las nubes”. Y así fue, pues no podía ser de otra manera.

Dios creó los grandes monstruos del mar, los invisibles seres del océano y todos los animales que en el agua nacen y que habitan y mueren en ella, y todas las aves, pequeñas y enormes, con diversos picos y plumajes. Al ver Dios las cosas estaban bien, con verdadero orgullo, de una autenticidad que sólo puede ocurrir en el Señor, bendijo con estas palabras a los animales que había creado: “Que tengan muchas crías, se multipliquen superando a las matemáticas que vendrán y llenen los mares, y que haya muchas aves en el cielo enriqueciendo mi creación”.

Luego Dios proporcionó a todos los animales lugares y alimento para nacer, crecer y reproducirse; pero el corazón de sus creaciones era duro y empezaron a atacarse entre ellas. Por eso el Señor confundió el idioma de todos los animales en la tierra, y del sitio de su disgusto los dispersó por todo el mundo. Por eso ese lugar se llamó pre-Babel.

Al ver que los animales seguían en discordia permanente entre ellos, el Señor volvió a llamarles la atención, advirtiéndoles que de continuar con sus malas acciones les enviaría un castigo que lamentarían hasta el día del Juicio Final.

Pero Dios endureció el corazón de los animales y estos no modificaron su comportamiento discordante. Entonces dijo: “Ahora hagamos al hombre. Él tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales de cualquier lugar, antro o pradera, montaña o selva, y sobre los que se arrastran por el suelo”.

Cuando Dios creó al hombre, los creó varón y mujer, y les ordenó: ‘Tengan muchos, muchos hijos; atiborren el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que deambulan por el suelo. Siéntanse amos y señores, pero sin suplantarme, pues de lo contrario los castigaré sin miramientos”.

Desde entonces los animales jamás tuvieron paz, viviendo bajo el yugo del hombre, sirviéndole no sólo de alimento, sino también como penoso divertimiento. También aquellos animales que mansamente renunciaron a su libertad y dignidad sufrieron abusos por parte del hombre. Los que eran amos terminaron siendo esclavos, y los nuevos amos…

Y Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien.

mundo

Recuerdos de ruinas en perfecta rima

Para mí eran palacios con jardines hermosos, pero en realidad siempre fueron colecciones de grietas y fracturas, pintura descascarándose en pequeños pergaminos que no tenían nada escrito, y que caían al suelo paulatinamente como lluvia de olvido. Todo rodeado de la maleza salvaje que recupera su imperio robado.

Mis recuerdos, como los de todo mundo, son percepciones evocadas que concuerdan muy poco con la realidad.

Yo veía cuasimodos hermosos, Esmeraldas eclipsadas que no necesitaban sol, cuentos de hadas que eran tragedias como la de Macbeth, princesas que eran fantasmas crueles y heroínas que repartían manzanas o agujas somníferas. A veces aparecía una que otra calabaza con ruedas que yo percibía como un papamóvil para narcos.

Recuerdos de ruinas en perfecta rima. Yo me sentía como la vieja sala de espera en la estación a la que no le importaba el atraso del verdadero tren. Ahora por primera vez me limito a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, y que el Dios en el que no creo me ayude.

En realidad soy como el violinista del Titanic que, al terminar el vals, se aferró con fuerza al ancla.

Mi necesidad de creer me hizo tener fe en los trucos de magia barata, todo me lo tragaba, hasta el refresco de cola que decían era capaz de curar el cáncer. Pero ya desperté y la broma dejó de tener gracia.

Gracias, pero ya estoy en otra historia histérica. Sólo me queda el cúmulo de recuerdos de ruinas en perfecta rima (al menos en mi cabeza).