Hice lo correcto, pero estaba equivocado

Pensé poco,

hablé demasiado.

Sentí mucho,

pensé poco.

Abrí la jaula de mis ilusiones,

tan escasas hoy en día,

y volaron,

ahora nomás tengo una jaula vacía.

Soñé futuros,

castillos sin cimientos,

creí llegar por fin al hogar,

pero nada…

cuánto lo siento,

aunque me digas que lo sientes más.

Hice lo correcto,

pero estaba equivocado.

jaula vacía

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No me esperes a cenar (violencia intrafamilar)

“Jodido e inútil animal, no servirías ni en un maldito circo del carajo…”, me gritaste con tu chirriante voz de patito castrato de hule y tu cara pintarrajeada como infernal payaso triste, ayer me hiciste lo mismo, pero tenías mascarilla de aguacate en tu faz. Y luego me lanzaste a la cabeza el costoso tarro de esa crema humectante que no te funciona en absoluto. Así comenzaste a discutir otra vez.

Nada te agrada, nada te convence, de nada me ha servido que te haya dejado por completo el control de la caja idiota, que tengas en tu poder las únicas copias de todas las llaves de nuestro hogar, que administres todo el dinero que yo produzco sin que me proporciones ni una mísera mesada mensual, en nada ayuda que siempre seas tú la que conduce el coche (de todos modos eliges los destinos de todas nuestras salidas) y que te permita determinar todos los alimentos que me tengo que tragar.

De nada sirve que lo único que escuchamos sean las aberraciones musicales que te gustan, que sólo veamos las películas para subnormales que tanto te agradan, que me vista con las ropas que detalladamente seleccionas para mí, ni que haya condescendido ayer a que apretaras con un agujero más el collar de la correa con la que me sacas a pasear.

Todo esto lo he permitido para vivir contigo en paz, pero nunca te es suficiente; cuando creo que ya deberías estar satisfecha vas y exiges algo más, y todo te exaspera.

Cada uno de nuestros intercambios de palabras se convierte en una vociferación de tu gaznate, tu boca escupiendo tonos elevados e insultos bajos, ya no lo soporto. No creo que esto sea sano, aunque nos sea cotidiano.

Empiezo a sospechar que lo nuestro no es amor, que mienten los que dicen que el amor es dolor y sacrificio, y que todo debe ser soportado en aras de seguir juntos hasta que la muerte nos separe.

Por eso me desvanezco, saldré a comprar unos cigarros, a pesar de que no fumo. No me esperes a cenar, no esta noche, ni nunca jamás.

correa

Cinismo sincero

Tenía puerto seguro, pero perdí el rumbo. Lo sé.

Las disculpas salen sobrando, mi falta no tiene excusa.

El pecado de dar todo por hecho, de cambiar lo valioso por lo novedoso.

No hay justificación. Pero se cuenta que hubo una vez un Marqués que sólo sirvió faisán exquisito a un Cardenal (su platillo favorito según su paladar) durante una semana para ejemplificar que hasta lo mejor aburre.

¿Será el Cielo el mismo caso?

Luzbel tuvo que caer para valorar lo perdido, y sin embargo después de su gracia ya no le resultó gracioso a nadie.

Alcanzar, habituarse, aburrirse, explorar, arrepentirse y resignarse, los actos de una tragedia que parece repetirse hasta la saciedad, entre tú y yo, entre los demás, y en una de esas se repite en el más allá.

En el aquí y ahora, con sinceridad te pido perdón, no una oportunidad sino otro intento, pero con la misma sinceridad, que te parecerá cinismo, no puedo jurar que lo que pasó no vuelva a pasar.

Quizá aprendí la lección, quizá haga todo lo posible por enmendarme, pero uno nunca sabe lo que el mañana traerá en su canasta, ni quien espera al doblar la próxima esquina.

¿Por que mejor no vivir el momento en vez de jurar por esa eternidad que nos queda tan grande?

Me pongo en tu lugar, y la verdad es que yo hubiera reaccionado peor que tú. No falla, cuando el culpable es también ofendido siempre resulta ser un juez más severo.

Dejo pues el veredicto en tus manos, con mi mayor honestidad, por vivir el aquí y ahora, que sea lo que tenga que ser.

látigo

El (auténtico) nido abandonado

Costó trabajo construirlo, pero lo logramos.

El amor no dio las fuerzas necesarias, y hasta nos sobraron.

Todo eran entonces  ilusiones y fantasías.

Cuando estas comenzaron a escasear, llegaron los hijos.

Los pequeños nos mantuvieron juntos un poco más.

Pero el tiempo pasa y ellos emprendieron su vuelo.

¿Y luego?

Intentamos crear nuevas ilusiones y fantasías, pero todo fue en vano.

La magia estaba agotada.

Ya nos conocíamos demasiado.

Tiempo de emigrar, cada quien por su lado

y de dejar el nido, completamente abandonado.

Nido abandonado

¿Por qué?

Quisiera saber por qué se nos obliga a asesinar a nuestro niño interno en nombre de la madurez y la productividad.

Por qué se admira a la gente que dice ser como niños, y en realidad actúan como inconscientes idiotas.

Quisiera que alguien me dijera por qué la tecnología avanza tan rápido mientras seguimos siendo las mismas bestias de siempre, sin importar que a lo largo de la historia se hayan expuesto muchas buenas ideas.

Explíqueme alguien por favor por qué hay amores que fueron brillantes como soles y que terminan siendo tan oscuros como la maldad.

Díganme por qué la gente exige verdades diciendo mentiras, y se ofenden cuando se les dice la verdad.

Por qué la sabiduría está tan anudada con el dolor.

Por qué nos dicen que Dios es amor y a golpes nos intentan convencer de ello. Dime por qué mucha gente termina enganchada a lo que le hace daño.

Por qué es tan difícil rechazar el papel en la gran farsa.

Tengo más preguntas, pero éstas son personales y mejor se las hago a la gente involucrada.

Escatología (el escribidor chino)

Totalmente en contra de su voluntad, el equilibrista chino fue la comprobación viviente de esa ley de Newton inspirada por una manzana. Tras su caída, en desgracia, el chino fue relegado, renqueando, a limpiar los servicios sanitarios del Mesón de los Mimos. No más alturas para el equilibrista.

A partir de que le encargaron la limpieza de inmundicias mundanas, el chino se convirtió en escribidor. La inspiración le llegó, en dosis modestas y morbosas, con las pintas obscenas y de moralidad obscura que había en las paredes de cada cubículo de inodoros y mingitorios, en las que los mimos se expresan escribiendo las palabras que su profesión no les permite proferir.

El escribidor chino, ex-equilibrista, notó que también los mimos eran seres soeces y procaces en los sanitarios, en especial cuando el signo de sagitario estaba a la alza condescendiente de occidente. “Cada quien su paja”, escribió en silencio frente al mingitorio un progenitor mimo para educar a su vástago mudo, mientras ambos tenían en la mano sendos pájaros figurados, de esos que no pueden volar ni en cientos.

Amalgamando sus observaciones letrínicas y añadiendo observaciones existenciales, el escribidor chino creó un inmenso volumen capaz de dejar chica la búsqueda del tiempo perdido de Marcel (Proust, no Marceau), donde revelaba los universales significados de la pícara indecencia con connotaciones sexuales y la falsa censura del buen gusto.

En su obra enriquecida, el chino incluyó anexos sobre los flatos escapistas de ancianos que los domingos comen hamburguesas del rey en áreas de comida rápida de los centros comerciales favorecidos por la burguesía arribista, otros sobre los diversos tipos de sustos capaces de sublevar los esfínteres y desrrellenar las tripas en los momentos más inapropiados, culminando con la sublime descripción girondina de orgasmos sádico-escatológicos usando palabras tan blandas como el queso untado a los nachos inspirados en los relojes de Dalí.

En un paréntesis que más parecía un oasis entre un gran desierto de mierdas y demás secreciones y desviaciones, el escribidor chino hablaba de los abrazos que unen a los pechos, tanto los de afecto sincero del corazón, como los falsos y utilitarios que son dados a cambio de judosas recompensas en monedas de plata.

Pero ¡ay!, la humanidad jamás tendrá tiempo suficiente para lamentarse apropiadamente así viva otros improbables mil años de la pérdida de esa voluminosa y valiosa obra maestra del escribidor chino, quien una funesta mañana la dejó sobre un excusado sin perdón, para mientras tanto dedicarse a limpiar con ambas manos el espejo opaco de los lavabos. La obra (literaria, no intestinal) cayó accidentalmente en el remolino acuoso que se alimenta de excreciones humanas. Dejemos correr una furtiva lágrima en señal de duelo.

El culpable de esta pérdida fue un mimo miope, que presuroso por deshacerse de su carga de Dairy Queen® marrón, cubrió accidentalmente el volumen con sus heces y demás desechos, desequilibrándolo por completo del borde del trono y de inmediato oprimió el botón que hizo que todo el trabajo de años del ex-equilibrista se fuera por el caño hacia el canal democrático que no distingue razas, religiones ni ideologías, el canal donde la justicia es la misma para todos los productos finales, entrañables, de la humanidad. La equidad más completa solo se consigue entre la mierda.

Claro que en realidad al valioso volumen únicamente se le adelantó su destino, pues todo y todos, sin excepción, tenemos ese final, real y metafísicamente hablando.

equilibrista edificios

Silencio

Silencio, el deseo ahogado en la fosa profunda, donde todos los días se sienten como día de muertos.

Muerte en vida, existencia sin frutos, Onán regando la tierra baldía.

Silencio, esperanzas en puntas de lanzas, que no ven guerras, ni tienen paz. Búsqueda de respuestas en tiros de dados, en frases de libros, en placas de autos.

Silencio, no se reciben la llamada ansiada, la señal apropiada ni el mensaje esperado; se siente el olvido total, el frío intenso de la indiferencia.

Ojalá no importara, ¡pero importa tanto!… a pesar de las resoluciones y de los juramentos. ¡Importa demasiado a pesar de todo! Maldita mitad platónica, fantasía imposible de los desfasados.

Ojalá no doliera cuando se pierden la apuesta, el orgullo y la apostura. Ojalá no importara y se pudiera retomar el rumbo original.

Pero importa, pero nada. Todo lo que queda es la nada y el más puro silencio.

silencio

Día de muertos en el panteón de Xoco

En un día de muertos, un vagabundo entró por curiosidad al panteón de Xoco, que se ubica al sur de la Ciudad de México. El hombre se asombró al ver tantas flores amarillas por doquier, al ver tantos vivos activos en un lugar dedicado al descanso de los muertos, asombrado al mirar tanta comida y bebida sobre las tumbas (en tradicionales “ofrendas” que se hacen a los difuntos durante ese día tan especial). La perplejidad del vagabundo llegó al límite cuando notó que unos visitantes llevaban mariachis ‘a sus muertitos’, que otros más se quedaban a ‘platicar con sus difuntos’ y que no pocos elevaban brindis de alcohol barato en honor de aquellos que ‘se les habían adelantado’, hasta alcanzar sobrehumanos niveles de borrachera.

Xoco es un cementerio en donde se respira humildad. No hay ni un sepulcro lujoso, nada de mármol, ni una bella escultura de ángeles llorones. Lo que hay son lápidas de cemento y cruces sencillas del mismo material o de madera, y alguna que otra cripta, pero de modestas paredes y con una simple puertita.

En el cementerio de Xoco hay una tumba que llamó mucho la atención del vagabundo, pues ésta no era más que un montón de tierra que no contaba ni con una cruz hecha con dos palos, ni con una placa que dijera quién estaba allí sepultado. Era únicamente un vil montón de tierra.

La tumba vecina a la del anónimo montón de tierra, era otro humilde montón de tierra, pero al menos éste se hallaba delimitado con ladrillos semienterrados, que en su conjunto formaban un rectángulo del que en un extremo sobresalía una cruz elaborada con un par de varillas de construcción. La cruz de varillas estaba ese día adornada con flores amarillas, de las que colgaba el nombre de la difunta y los años que había respirado con los demás vivos.

El vagabundo sintió pena por el anónimo montón de tierra, que ni varilla ni ladrillo tenía y en un impulso piadoso robó una flor amarilla de la tumba vecina, para dejarla donde yacía el ser sin-nombre, al hacer esto susurró: “para que veas que te recuerda algien que ni siquiera te conoció”.

El vagabundo se fue de Xoco pensando que el día en que se muriera ojalá a él lo echaran a la fosa común.

¿Qué caso tiene?

Te cuadraste ante el despertador todas las mañanas, a la misma hora y con el mismo disgusto, excepto en los festivos y fines de semana.
Desde pequeño memorizaste la versión de los vencedores y ridiculizaste la de los vencidos. Lanzaste piedras a las personas que los demás apedreaban, sin enterarte de los motivos, y también fuiste una voz más en ese gran coro que suena tan feo.
Después de la escuela conseguiste un trabajo haciendo “horas nalga”, checando entradas y salidas en tu tarjeta, con el fin de asegurarte el pan de cada jornada. Al agotar tu etapa “productiva” recibiste un reloj de latón dorado y una buena patada en el trasero.
Como debe ser cada día, año tras año, hasta llegar al último y jamás ser el primero.
¿Qué caso tiene todo eso?, ¿por qué importó tanto?
Mis respuestas te sonarían a un delirio de fiebre, por ello sólo pregúntate: ¿qué caso tiene?

Hiciste muchas amistades para hablar de deportes, del clima y las noticias.
Tuviste romances para burlar la “horrorosa soledad”.
Ensayaste en vano el arte de las separaciones y ni siquiera aprendiste a sobrellevar las resignaciones, pero sí dominaste el mal truco de estar solo en compañía.
Odiaste siempre la muerte estando en realidad muerto antes de tiempo, te acostumbraste a creer que tu farsa se podía llamar vida.
Añoraste a toda persona ausente y a ti nadie te echaba en falta.
Ahorraste frenéticamente para tener algo en el invierno de tu descontento.
Contrataste seguros de las prestigiadas compañías de ladrones, fingiendo ignorar que el desastre aparece cuando menos te lo esperas.
Ejerciste religiosamente tus vacaciones viajando con enjambres de turistas.
Fotografiaste 85 de los 100 lugares que “debes visitar antes de morir”, según las encuestas y libros de muchas ventas, sin conocer jamás otros pensamientos. Todo fue una inútil acumulación de fotos y millas.

Hoy tus restos se encuentran en el lote de un cementerio, que con mucha anticipación y esfuerzo pagaste. Creíste que así adquirías un pedazo de paz para la eternidad, pero en menos de tres años sobre ti habrá un centro comercial.
Antes de poder ser algo fuiste nada, y nada seguiste siendo cada momento en que respiraste. Hoy has vuelto a la nada absoluta y silenciosa que nada ve y que nada siente
Y yo me sigo preguntando ¿qué caso tiene?

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Nadie se muere de eso

Nadie se muere de soledad.

Nadie deja de respirar porque se siente sin compañía.

Además, el abandono se experimenta sobre todo cuando estás en medio de la multitud.

Pero la soledad no termina con tu vida.

Nadie se muere por desamor.

No ser amado o sentirse engañado quizá te haga más frío.

Pero créeme, tu corazón conservará sus latidos.

El amor no es como el aire que respiras, es un accesorio de lujo para sobrellevar la rutina.

Nadie se muere de añoranza.

Porque quien solamente añora, y en el pasado centra su esperanza, es un realidad un muerto viviente.

Sufre dolores de cuello quien sólo mira hacia atrás.

Pero no por eso será sepultado.

Nadie se muere por faltas al honor.

A menos que se involucre en un duelo y le toque estar en el lado equivocado de la espada o de la bala.

Fuera de eso, el deshonor no mata.

Lo único que nos mata es la vida misma, ayudada por su cómplice llamado tiempo.

Y muchas veces también matan el hambre, la peste, la victoria, la guerra y los impuestos.

Pero nadie se muere realmente por desamor, soledad o deshonor.