Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo y cerró la puerta tras de sí. Jamás volvió.

Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es considerado ‘clásico’. Un clásico idiota.

Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas.

Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada.

Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Lo dieron por muerto.

“Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo.

Perdió su vida y su curiosidad el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y lloraba en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con fines ilusorios y lucrativos. Había que ser excelente.

Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que se dice que debe ser. El final empezó cuando el sexo fue maquinal y automático, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejarlo salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco.

Todo le dio asco y terror, hasta el momento en que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.

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Reconocimiento e inseguridad

El tiempo no perdona, eso lo sabemos todos, pero lo que pocos quieren saber o reconocer es que el tiempo también se ensaña y castiga severamente. Por eso es que vemos a gente de 35 años que aparenta 55 o seres de 37 que lucen de 69.

El otro día asistí a un concierto callejero. Casi no recuerdo la calidad musical de tal suceso (así de malo habrá sido, o igual no fue un género de mi agrado). De ese día sólo quedaron en mi memoria dos cosas, y quizás tres, pero la tercera es una experiencia que olvidaré selectivamente si no resulta como yo espero o la atesoraré privadamente si acontece lo que deseo.

Primero recuerdo el lento principio de una conversación de dos adolescentes, desconocidos entre sí, la iniciaron a tres metros de distancia una del otro. Ambos recubiertos de la poderosa soledad urbana. Ella fue la que dio el primer paso, preguntándole a él la hora. Sesenta minutos después sólo estaban separados por 50 centímetros de aire y ya habían intercambiado impresiones acerca de sus respectivos problemas.

En su segunda parte, el concierto fue interpretado por instrumentos de viento, que sonaban a flatulencias infernales. Yo estaba sentado en una de las sillas de la última fila (hasta atrás, siempre hasta atrás) con mi atención puesta más en los adolescentes que en la música. Cinco filas adelante descubrí a un individuo que volteaba en dirección a mí, como buscando ver más allá a otra persona. De entrada sólo me sorprendió su fealdad (por ser superior a la mía), pero nada más. Entonces yo saqué mi cuaderno y empecé a tratar de escribir algo que no tuviera que ver con la última ruptura de mi corazón.

Pero de nuevo me distrajo ese cuasimodo sin joroba que me miraba. De repente percibí algo familiar en el fulano. “A este tipo lo conozco”, me dije usando la palabra que por entonces tenía yo de moda para referirme a la gente que de alguna manera me molestaba. Podría tratarse del hermano de un amigo, del vendedor de alguna tienda en la que acostumbraba comprar cigarros, de alguien con quien me topaba a diario en mis rutas rutinarias, como me topo cada día con los árboles familiares y fachadas vecinas.

Trataba yo de recordar al tipo, pero sin éxito. Así dio inicio una lucha dentro de mí: el ego contra la curiosidad. Mi ego es tan grande que no me permite saludar a alguien (exceptuando a mis seres queridos) que no me salude primero (lo admito, esto no es más que un estúpido acto de inseguridad). ¿Quién carajos era este tipo?, él a la vez parecía reconocerme, pero procurando no dar señales de ello. Seguramente otro inseguro de mi calaña.

El anárquico archivo patas arriba que se guarda en mi mente desquiciada seguía tratando de encontrar la identidad del fulano, sin resultado. Paulatinamente empecé a sentir más incomodidad por causa de él. ¿Habrá sido alguien que en alguna ocasión ocupó mi lugar en el afecto de alguna mujer? No, quizás lo recordaría por eso. ¿Qué me molestaba tanto del tipo? Así mi búsqueda tuvo un elemento más preciso: el fulano me resultaba molesto.

Hmmm, él me molestaba tanto como una cadena gringa de supermercados. ¡Eso era! El tipo era alguien con quien yo había trabajado antes hacía tres años en una cadena gringa de supermercados. Cumplía con todas las características, sólo que nadie puede envejecer 18 años en tan sólo 36 meses. Bueno, quizás sí.

Me distraje un poco con el concierto, con los adolescentes y con el verdadero motivo que me tenía allí enraizado. Pero de nuevo el tipo me volteaba a ver. Estaba casi seguro que era el antiguo compañero del supermercado, aunque luciera como su propio padre.

Los adolescentes ya no me interesaban y mi timidez, tras diez años de haberme dejado en paz, regresaba a mí con nuevos bríos. No me atrevía acercarme a la bella morena menuda que me tenía atado a este lugar. ¡Qué cuerpo, qué sonrisa y qué mirada! De repente me armé de valor y me dirigí a la hermosa mujer, pero a pocos pasos de ella las mariposas de mi estómago revolotearon salvajemente y empecé a temblar. Cambié de rumbo y me dirigí hacia el tipo que me incomodaba.

Como a bocajarro, y con algo de coraje por no haber tenido el valor de dirigirme a la morenita, le disparé: “oye, ¿no trabajabas tu en un supermercado?” Él, un poco sobresaltado, me respondió: “no”, con una voz que reconocí inmediatamente. Sin duda era él, mi antiguo compañero de trabajo. Mi bien conocida mirada de desprecio se encendió automáticamente mientras pensaba “si negaron a Jesús, ¿qué le podía esperar a un tipo como yo?”, recordé que esta era la segunda vez que me habían negado en esa semana. ¿A la tercera cantaría un gallo, o de perdida un guajolote o un pavo irreal?

Tras la negativa del tipo sólo le respondí con un desairado “¡ah!”. Antes de alejarme alcancé a mirar una de sus manos, los dedos encogiéndose para formar un semi puño tal y como recuerdo que se encogían cada que le hablaba yo a la mujer que tanto le gustaba a él en el supermercado. Sin duda era el mismo tipo, pero ¿cómo puede alguien envejecer tanto en tan poco tiempo? Siempre me quedaré con la duda, a menos que me pase lo mismo a mí.

Quisiera terminar aquí pero hay un Cabo suelto (su Capitán le dio cátsup echada a perder en el desayuno y el estómago del cabo se aflojó sin piedad). Por puro orgullo fui y le hablé a la morenita guapa. No puedo decir qué pasó después, porque eso me lo guardo para mí. Pero cuando nos fuimos del concierto la morena y yo, los dos adolescentes seguían enfrascados en una charla que no parecía tener un final próximo.

Ciudad de México, Junio 2002

El fin (que no justifica nada)

Perezoso como quien diseñó la bandera de Japón, sin ansias de querer nada, hastiado más que saciado. Con el cansancio atado como ancla que me arrastra al fondo del barril existencial, escribo con desgana de granada sin granos, escribo como si respirara bajo el agua, vomitando absurdos en el blanco de una pantalla que no me asombra.

El sol no me calienta y mucho menos lo hace tu recuerdo, frío como el extremo norte o como el sur azul del mundo, indiferente como la gente extraña y uraña, mudo a mi modo, dejado como el vestido usado de la novia abandonada.

Soy el autobús incendiado a la mitad del desierto, desisto hasta de lo que no he iniciado, renunciando a cualquier religión, vaciado de los antiguos vicios, esto ya me sabe a las últimas páginas de un libro, cuando quedan pocas hojas para llegar a la tercera de forros.

Desde el palo mayor el vigía tuerto tiene a la vista el punto final.

Hora de dejarse llevar por la corriente que no tiene nada de especial.

Un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre y también sucio.

Si vieras su pelo tieso y revuelto lleno de polvo, su panza redonda y abultada por parásitos, y los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior podrías comprobar su grado de suciedad. La mugre en sus agujeradas ropas, en sus brazos raspados y en su cara era como una fiel compañera del pequeño.

Tenía que ser también un niño desgraciado, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento y golpeador que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?

“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no le estuviera obstruyendo el paso, simplemente como innecesario pretexto para propinarle un puntapié.

“¡Dos jodidas monedas!, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.

Quizá te preguntes cómo es que el niño tenía padrastro y madrastra. La respuesta es simple: nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera del templo de Santa María de la Piedad. El párroco del templo fingió no ver la caja y se limitó caritativamente a dejarla donde estaba para que algún alma buena pudiese practicar la piedad.

La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad sobrepoblada. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la hija de la anciana decidió convertirse en madrastra al ver una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.

El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar de su historia y del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.

Esa ilusión no tenía raíces religiosas, porque el niño de religión no sabía nada. Tampoco era algo que le hubieran inculcado sus padrastros, quienes de la noche a la mañana, y del amanecer al anochecer, solo transpiraban amargura y maldiciones, los pensamientos de este par de odiosos odiadores jamás iban más lejos que el color de una botella o la redondez de las monedas.

La ilusión del niño no era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó de su maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno opresor, y ninguna idea de cualquier otra clase.

El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.

Una tarde, después de haber recibido tres monedas afuera de una de las múltiples plazas comerciales de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.

Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.

Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz. Y sin embargo, todo allí era sombra.

El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa y cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.

“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.

“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.

“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.

El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.

“Que ya no haya nada de maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.

El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue de nuevo una cegadora luz y quietud. Desapareció también el bullicio citadino.

Tras recobrar la vista, el niño se encontró de repente en un bosque. Nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales.

Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún ser humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.

De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso.

Al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

gnomo

Úsese y tírese

Ella salió de la ducha y diestramente se vistió, con el corazón latiéndole a la velocidad de un conejo blanco perseguido por el galgo hambriento. En la parte superior se puso un holgado suéter que resaltaba la redondez de sus abundantes senos y en la inferior esos mallones que alguna vez la hicieron lucir muy bien, pero que ahora sólo le ajustaban correctamente en un recuerdo de marco dorado dentro de su mente. Quizá valoraba esos mallones porque cuando se los ponía aún seguía detonando piropos guarros al andar por la calle o quizás porque era la prenda que a él siempre le había gustado tanto que ella se pusiera.

Tras la ropa no podía faltar el maquillaje, que a últimas fechas aumentaba en cantidad. 20 años no habían pasado en balde, pero ella se vestía igual, se sentía igual que cuando tenía 21. Ella ignoraba que nadie luce bien cuando trata de aparentar dos décadas menos de las que han pasado.

De prisa llegó a la esquina del café de las reconciliaciones, y con nerviosismo gelatinoso hurgó en su bolso hippie, buscando su teléfono celular.

Ella parecía haber olvidado el categórico: “vete al carajo para siempre, infeliz, ya no quiero saber nada de ti”, que hacía apenas dos días antecedió a un portazo ‘definitivo’, cuando ella se fue del departamento clandestino que ocasionalmente había compartido con él, a lo largo de 20 años de rutinaria decadencia conflictiva. Tras ese portazo, ella agregó gritos de “cabrón, tú destrozaste mi vida” y un, hasta entonces inédito, “te di los mejores años de mi juventud”.

En el fondo del pintoresco bolso encontró el teléfono, en el fondo de su alma encontró la esperanza, y llamó, marcando ese número que tan marcado estaba en su mente por el rojo vivo de una añeja pasión sadomasoquista. Mientras sus ojos bailaban, mirando a todo ese entorno de asfalto, concreto y vidrio, sin fijarse realmente en nada, esperó con impaciencia que su amante contestara.

Él, en su cómoda y elegante oficina de triunfador, oyó su teléfono sonar. Sabía que era
ella, para pedirle perdón de nuevo. Decidió no contestar, total, le volvería a llamar después, más desesperada.

Ella colgó violentamente el teléfono, maldiciendo al destino y al amor que le tenía a ese
‘desgraciado hijoputa’. Maldijo necesitarlo tanto, amarlo tanto. Su ilusión y esperanza dejaron de palpitar un segundo, pero fue un infarto momentáneo, pues volvió a marcar. “Igual y marqué mal o se cruzaron las líneas”, se dijo sabiendo en el fondo que nada de eso era cierto.

Él volvió a sonreír tras escuchar el segundo intento de comunicación y, decidido, contestó con un gélido “Hola”. Al escuchar la voz de él, la mujer sintió que el corazón se le quería fugar por la boca y sus ojos comenzaban a ser víctimas de una inundación salada. Una mezcla de furia, alegría y desesperación la hizo disparar como metralla sus primeras palabras: “que poca madre tienes cabrón infeliz”, seguido del “si yo no te hablo a ti, tú ni me hablas, ¿verdad culero de mierda?”, y de allí sin escalas al “te dije que me largaba y tú nada hiciste por detenerme”.

Él pensó que era momento de hacer su segunda intervención de la comunicación y sólo dijo: “¿Hola?, ¿quién habla?”.

Furias reales y mitológicas cabalgaron veloces desde el recóndito triperío ella para que, alzando el tono de su voz, dijera sin elegancia alguna: “¿cómo que quién, hijo de la chingada?, ¿cómo que quién?”, y sin poder evitarlo regresaron las recriminaciones acumuladas durante 20 años de burlas, de ‘estira y afloja’. “¿Es que nunca te he importado cabroncísimo? Tengo 20 años esperando tu jodido divorcio. Primero, tus hijos eran muy pequeños, después tu mujer estaba enferma, luego no fue tiempo, ahora la maldita imbécil está enferma de nuevo. ¿Y yo qué? Estoy enferma de ti”.

Él sonreía y sonreía, mientras ella le decía:“Nunca te he importado, cabrón”, tras lo cual él respondió tranquilo: “Si eso fuera cierto, ¿por qué seguiste conmigo?”.

Ella, desarmada, no pudo evitar un visceral “porque te amo, infeliz”, y siguieron sus
recriminaciones con menos molestia, pero con más dramatismo.

Él recordó lo bien que ella hacía el amor, lástima que su cuerpo no fuera ya ni la sombra de lo que había sido, làstima que ella en general tampoco lo era. Cuando ella le dijo: “sabes bien que desprecié a muchos por ti”, el sonrió con más intensidad y pensó “¡pobre pendeja!”.

Tras 10 minutos de un discurso monólogo, ella empezó a repetir sus recriminaciones, mezclándolas con sinceros “te amo”. Fue cuando él decidió poner el punto final al
asunto diciendo: “Yo jamás te engañé, siempre te dije que no podía divorciarme, discúlpame si alguna vez te dije que lo haría; pero te di el departamento y todo el dinero que quisiste para tus gastos. Si no aceptaste el departamento para ti sola, y no supiste administrarte, no es mi problema. Búscate a otro, total aún eres atractiva, a mí ya no me importas nada, ya estoy harto y cansado de tus pendejadas y reproches, y mira que te
he aguantado muchas idioteces. Tienes una semana para recoger tus cosas, y después cambiaré las cerraduras y prohibiré tu entrada al edificio. Si no tienes más que decir, que te vaya bien, te deseo suerte. ¡Ah!, y por favor ni se te ocurra buscarme de nuevo, ya déjame en paz, no me obligues a tomar medidas legales para ponerte en tu lugar. Sabes bien de lo que soy capaz”.

Dicho lo cual, él colgó el teléfono, y con esa mirada de sátiro que tanto le encantaba a ella, verificó que su peinado estuviese correcto, rodeó su escritorio y fue a ver que en el minibar oculto de su oficina todo estuviera en orden.

Ella, sola en la esquina del café de las reconciliaciones, se quedó inmóvil ante la inesperada conclusión. Un frío interno le recorrió todo el cuerpo y unas ganas de vomitar se apoderaron de ella mientras guardaba el teléfono en su bolso hippie. Temblaba ahora por un motivo muy distinto al del inicio de la llamada, se alejó de la esquina sin ilusiones ni esperanzas.

En el mismo momento en que ella se detuvo a vaciar el estómago en plena calle, algo lejos del que era el café de las reconciliaciones, él terminaba de llenar un par de vasos del minibar de su lujosa oficina y le prometía a su joven secretaria todo su amor, procediendo de inmediato a levantarle la falda con destreza.

Dic 2002 – Marzo 2005 – Marzo 2018

usese y tirese

La mujer de la gran maleta negra

Era una mujer pequeña que vestía mallones (leggings) de estampados florales, zapatos deportivos y una sudadera verde. Si la veías desde su parte posterior pasaba por una mujer de 30 años bien conservada, pero al mirar su rostro, excesivamente maquillado, le podías calcular una edad de entre 97 y 175 años.

Usaba una peluca anaranjada, sus labios eran de un rojo encendido y sus párpados estaban pintados de un verde intenso. Ignoro el color de sus ojos, pues el verde intenso rodeaba sólamente dos ranuras enmarcadas por profundas arrugas.

Supongo que estaba en muy buena condición física, pues iba subiendo a pie la larga calle, cuya inclinación es de aproximadamente 45°, y llevaba arrastrando una gran maleta negra con una franja roja,  sin ruedas, que le llegaba un poco arriba de la cintura.

Se detuvo un momento para tomarse un respiro. La mañana era soleada y calurosa, imagno que sus sesos se cocían bajo esa tupida peluca color zanahoria. La mujer se tocó el pecho, miró calle arriba, hasta el final, hacia la aún lejana iglesia de la cruz de neón violeta, que a esas horas estaba apagada, y se dispuso a continuar la subida.

Dudo que haya sido la mujer del vestido rojo que se cortaba los brazos y que vi en esta misma calle, en este mismo punto, cuando yo era niño. Igual era la Gagool de “Las minas del rey Salomón”, quien al final no murió y ahora pena por el muno arrastrando su maleta como Sísifo en versión femenina.

No lo sé, pero tampoco la soñé.

Anciano porno costumbrista

A la hora acostumbrada, el tembloroso anciano llega al café de siempre. Luce su moco de pavo, es decir su impresionante tarjeta caduca de identificación que cuelga de su arrugado cuello, inutilidad de cartón que recuerda sus días de gran poder cuando laboraba en la Secretaría de Gobernación que se encarga de censurar, como sea, lo que no está bien visto por los gobernantes del país. El viejo lleva mucho tiempo retirado y su pensión es jugosa, pues les hizo muchos favores a muchos políticos importantes a lo largo de sus muchos años en la Secretaría.

El anciano ingresa al área de fumar, donde nadie lo fuma, y busca en su entorno alguna chica linda que desnudar con su mirada, para después tomar asiento cerca de ella. Las meseras llaman al vejete “señor” con aparente respeto, aunque a sus espaldas todas le llaman raboverde, se quejan de invitaciones a intimaciones asquerosas y de tocamientos no solicitados, pero lo respetan quizá por su edad, quizá por las conexiones que pudiera aún tener o igual por las jugosas propinas que les deja.

El anciano siempre llega al café con un periódico deportivo en la mano y siempre ordena, en un tono de serpiente que invita al pecado, un café “muuuy caliente”. Oculto dentro de su diario de mediocridades futbolísticas, el viejo suele llevar escondida una revista de porno duro.

Entonces mientras bebe su café, el viejo pone rígidas sus ideas simulando que lee su diario deportivo, pero en realidad atento a lo que está impreso en el cuché de porno intenso que oculta dentro del diario. Si por casualidad otro comensal, o comensala, sorprende al anciano realizando su picardía editorial, él sonríe beatíficamente, cierra la porno edición y se pone a leer los resultados del Campeonato FIFA-de-lo-que-sea que se esté jugando ese día.

Pero si la comensala es la joven bonita cerca de la cual decidió tomar asiento, el vejete abre más su revista porno de manera que la chica pueda verla mejor, y después se pasa la punta de la descolorida lengua por sus agrietados labios mientras las niñas perversas de sus ojos brillan con cansada lujuria hacia la mirada sorprendida de la chica.

Esta es su máxima satisfacción, el orgasmo seco de una vejez no aceptada.

Una vez alcanzado el erotismo entre sus telarañas mentales, el septuagenario termina su café, paga la cuenta y se va del restorán, para mañana volver a empezar el ritual.

Noviembre 2011