El cigarrillo de la noche

La noche es tranquila, el cielo nublado, sin estrellas; éstas son suplidas por las luces de las antenas, rojas y blancas parpadeantes para que tengan precaución todos aquellos que vuelan bajo: aviones o ángeles, poetas o déspotas.

Yo me encuentro fumando el cigarrillo nocturno en mi balcón.

Frente a mí está el gran edificio que se me figura un fornido militar titánico, cuadrándose para intimidar, para amenazarnos y hacernos saber que está al sevicio de alguien aún más poderoso, y hacernos sentir una forzada sumisión ante ese poder invisible que sólo se presiente, creo que el gran titiritero es aquél que tiene el dinero.

Ese edificio también inspira respeto a los seres inferiores, los que tienen las monedas suficientes para subsistir al día. Carecer de dinero es la mayor preocupación de las vidas por este lugar. La parte superior del edificio, que parece la cabeza del gran soldado, es una gran cúpula, con columnas griegas, que esta noche han dejado iluminada.

No es muy tarde, y sin embargo reina el silencio en la calle.

En silencio pasa por la acera uno que otro fulano de los que sacan a cagar a sus perrillos falderos. Los apartamentos modernos y lujosos de la zona no permiten albergar a un verdadero can. Los amos recogen las mierdas plastificadas de sus pequeñas mascotas con bolsas de plástico, preservando así la pulcritud de las aceras.

Ocasionalmente pasa un auto. Pero en la calle sigue imperando el silencio. La mayoría de la gente ya está en sus casas dopándose puntualmente con una serie de televisión, actualizando pendejadas en sus redes sociales o viviendo lo que no son en un videojuego. Claro que también hay muchas personas aún en sus oficinas, siendo infieles a sus parejas con una fidelidad obsesiva al trabajo. Estas adictas a la productividad tratan de matar el estrés que el trabajo les causa, con más trabajo. La droga que atrapa y de la que nunca es suficiente hasta que ya no regresan del viaje. Estos nuevos obreros, para recuperar el sueño buscan un aumento, ignorando que el aumento les causará más insomnio, entre más te dan menos duermes, tómalo en el sentido que quieras.

En el último piso del edificio que luce como un gran soldado, casi llegando a la cúpula, veo en una ventana una sombra que se mueve, y luego se asoma. No distingo ningún detalle, puede ser un hombre, una mujer o un orangután. Para mí es sólo una pequeña sombra que se mueve en la lejanía.

Parece que de repente sale de la ventana y se pone de pie en la cornisa.

Casi se ha consumido todo el tabaco de mi cigarro y empiezo a sentir calor en los dedos que lo sostienen. Lo apago. Pasan dos autos por la calle y de nuevo la quietud.

La sombra se desliza por la cornisa y se detiene a la mayor distancia posible de la ventana. Allí permanece estática por un buen rato, imagino que reflexiona, pero como cortando bruscamente su cadena de pensamientos con un brusco movimiento se arroja al vacío, oigo el motor de un coche pasando por la calle. No escucho nada más cuando el auto se aleja.

Silencio, el cielo nublado y sin estrellas. Yo estoy demasiado lejos como para escuchar golpes tras caídas.

Probablemente algo se dirá en los periódicos mañana, pero yo ni me enteraré, no compro diarios ni tengo TV.

Fin del cigarrillo de esta noche.

merryl lynch

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Bajo el reloj del andén

En la estación del metro Tacuba, justo debajo el reloj del andén, el clásico punto de encuentro en cualquiera de las estaciones de la línea, llega puntual esta mañana la banda de cinco músicos ciegos, que no incluye a tres ratones de cuento. Los invidentes rítmicos afinan de inmediato sus instrumentos y cuatro estudiantes de secundaria, fugados de su institución académica, llegan al mismo lugar para planificar la pinta del día.

Cerca de los estudiantes planificadores está un desempleado, peinado con agua y limón, tal como su mamá le enseñó cuando cursaba la primara, que muy atento ojea la sección de avisos de empleo del diario deportivo que sin falta adquiere al salir de su casa. Una vez que ha leído con sumo cuidado los análisis y resultados de todos los partidos de la jornada pasada, las estadísticas y pronósticos para los encuentros cancheriles del día, el desempleado comienza a encerrar en óvalos de tinta verde las dos vacantes laborales que prometen oportunidades para él. Sin embargo piensa que a la que vaya invariablemente le dirán: “gracias, nosotros le llamamos”.

El quinteto de ciegos, satisfechos de haber sacado de sus instrumentos las notas apropiadas, aborda el vagón que recién llega, dando inicio a su estudiada rutina de cantar para subsistir. Del mismo vagón descendieron un par de individuos con rostros de comadreja, ilusionados por lo que puedan encontrar en la billetera que acaban de robar.

El vagón se va y la ilusión de los rateros se esfuma una vez que, bajo el reloj del andén, descubren en la cartera solamente seis tarjetas de presentación en papel barato, un condón más económico que las tarjetas y un pedazo de servilleta descartable con algunos teléfonos anotados de prisa. El par de malandros arrojan con enojo la billetera al suelo y se disponen a esperar el próximo vagón para repetir su acto.

El lugar que dejan libre los ladrones bajo el reloj, es de inmediato ocupado por una mujer, maquillada y peinada con ese esmero que busca agradar, ella mira su reloj de pulso chino para comprobar que la hora del reloj del andén no miente. Los estudiantes de secundaria deciden por fin irse a remar al lago de Chapultepec, donde las aguas son más verdes que la espada de la luz de Yoda. ¡Tanta deliberación de los adolescentes, para terminar eligiendo la opción más común y corriente en su situación!

El espacio que los cuatro estudiantes dejan, es prontamente ocupado por un hombre moreno que lleva consigo un pesada caja metálica de herramientas, cuyo transporte le hace sudar las gotas gordas de Adán en busca del pan. Deja la caja en el piso y se dispone a esperar a un compañero de labor para irse juntos a trabajar.

Tap, tap tap… Haciendo resonar contra el piso las delgadas tiras de metal adheridas a las suelas de sus zapatos  (para que no se desgasten por tanto caminar), llega un galán presuroso y ligero, sudando por el esfuerzo de su lucha contra el tiempo; viste su mejor suéter, perfumado con una loción barata y pirata que en vano intenta emular el aroma de una fragancia de marca. El recién llegado dibuja una sonrisa de cocodrilo alegre en su rostro y abraza a la mujer de esmerado aspecto que espera con su reloj chino y un gesto de impaciencia. Discuten brevemente tras las reclamaciones de ella, pero terminan en un público beso que muestra a los testigos que todo está bien entre ambos, luego se van de aquí unidos en un romántico abrazo que dificulta su andar.

El sitio que dejaron vacante los enamorados reconciliados es de inmediato ocupado por un campesino de rasgos indígenas, su rostro es el como de los héroe prehispánico de las estampas y los monumentos oficiales, cara como de esos personajes del ayer remoto cuya rancia cultura y actos admirables hacen sentir a los mexicanos un gran orgullo por tener un gran pasado (remoto y lejado, pero muy suyo). El campesino, ignorado por toda la gente, e incluso despreciado, trae a cuestas un bulto más voluminoso y pesado que la caja de herramientas metálica del moreno. El humilde heredero de los nativos deja en el piso su bestial carga y descansa un poco bajo el reloj del andén. En eso llega el compañero del moreno de la caja metálica y ambos parten, algo retrasados para su cita, en el siguiente tren.

El campesino mira sus huaraches desgastados a punto de romperse, piensa en su mujer y en sus siete hijos, piensa en el octavo que viene en camino, pero no piensa en el futuro, sino en cómo sacar adelante el presente. Quizá hoy sea mejor día que ayer, quizá hoy la policía lo deje en paz vender sus artesanía y los turistas le compren al menos dos de sus sarapes coloridos.

Al lado del campesino que ruega el amparo de la Virgen Morena, se coloca un ser que parece escapado de la corte de los milagros, con sucia vestimenta roída que despide un intenso olor a orines rancios. El mendigo se detiene a contar las monedas que recolectó inpirando pena en algunos desconocidos. En eso, un Romeo nuevo hace acto de presencia con una rosa en la mano, cuyo tallo está envuelto en papel de celofán. El nuevo galán mira su reloj, verifica la hora también con un vistazo al reloj del andén y se dispone a esperar. Un anciano, como de 8 décadas, camina por allí a paso de tortuga, a su edad ya no hay ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

El campesino recoge su enorme bulto, se lo coloca sobre su encorvada espalda y camina rumbo a la salida de la estación. El desempleado, aburrido, mira la hora y piensa que ya es muy tarde para acudir a alguno de los lugares donde solicitan gente, mañana irá más temprano. Al reloj del andén en el metro no parece importarle nada y sigue exhibiendo y atestiguando la marcha del tiempo.

Julio 1996

Acto de Fe

Fe…

Fe absoluta, de esa capaz de mover montañas y semillas de mostaza. Con fe todo es posible: levantar muertos de sus tumbas, no importa qué tan profundamente estén enterrados ni qué tan podridos sean sus estados. Con fe los hijos desobedientes terminan obedeciendo, arrepentidos, y ganando la herencia paterna. Con fe puedes pasar agujas y camellos a través de los ojos de los ricos, y hacer de este Mundo un Paraíso.

Con la fe todo es posible. Ya lo demostró un profeta, no recuerdo su nombre, ¿Joel, Daniel, Azrael, Ezequiel, Babel, Gabriel?… el nombre es lo de menos, pues lo que importa es el acto de fe. Ese profeta se metió en una jaula llena de leones hambrientos, o creo que los romanos paganos lo metieron allí, y los leones no le hicieron nada a este profeta!!!!! Dios les ordenó a los leones que no se lo comieran, porque él tuvo fe. Dios se manifestó allí porque el profeta tuvo fe.

Los profetas no son escuchados por los hombres de su tiempo. Y los hombres de este tiempo no creen ya en Dios, no creen en nada. Han perdido la fe que los antiguos atesoraban como lo más valioso. Es necesario demostrar el poder de Dios ahora, en estos tiempos nuestros. Es necesario que los hombres vuelvan a creer en su Creador. Por eso entraré en la jaula de los leones en el zoo. Las bestias atacarían a cualquier intruso, pero no a mí, porque tengo fe. Por eso les invito a que estén atentos, que esta semana tengan preparados a sus reporteros cerca de la jaula de los leones, que vaya también toda la gente con sus dispositivos, todos, todos los que quieran registrar una manifestación divina para gloria del Padre. Aleluya!!! Que nadie trate de impedírmelo, pues perderían una gran oportunidad, la de ser quienes muestren al mundo el gran poder de Dios. Si intentan impedirlo, lo sabré y entonces haré otro intento, en otro lugar. Nadie me detendrá, nadie puede detener la Verdad. No pierdan esta oportunidad.

Zorobabel

El texto había sido publicado el lunes antepasado en diversas cuentas de redes sociales, todas con el nombre de usuario Zorobabel. Profeta actual del Señor Nuestro Dios. El mensaje había sido republicado diariamente desde entonces.

El domingo a medio día, casi una semana en que cadenas de tv y cientos de curiosos con dispositivos electrónicos personales montaban guardia ante la jaula de los leónes del zoo. Las autoridades de la ciudad intentaron desalojarlos a todos en un principio, pero fueron convencidas violentamente de no hacer nada y dejar allí a esa turba hambrienta de novedad y escándalo. Los adminitradores del zoológico eran los más felices, pues las visitas y las ventas de golosinas habían alcanzado cifras que ni en un año, o incluso ni en tres.

La curiosidad era tanta como la masa, había momentos en que algunas persons impacientes se retiraban pensado que todo era una estúpida broma, pero llegaban a la vez otras que querían ser testigos del milagro o de la imbecilidad. Los representantes de las televisoras no podían irse, su asignación era terminante, aunque sospecharan que no sucedería nada.

La emoción se encendió, la chispa que detonó el tonel lleno de esperanza fue un tipo de unos 30 años de edad, flaco como el quijote, quien con dispositivo electrónico en mano se acercó a la protección del foso de los leones y comenzó a gritar “Sean testigos de la Gloria del Señor… ¡¡Aleluya!!”. Dicho lo cual arrojó su dispositivo al suelo y se arrojó él al fondo del foso de los felinos.

Los camarógrafos profesionales registraron todo, también los aficionados diletantes, con temblorosas imágenes y autorretratos sélficos. Se captó la única Verdad que el tal Zorobabel demostró: algunos de los seres creados por Dios, fueron dotados de una fuerza asombrosa.

Los grandes felinos, molestos desde hacía días por tanta visita, por tan poco descanso y por haber sido interrumpido de nuevo su sueño del mediodía, no sólo atacaron al moderno profeta, sino que lo descurtizaron por completo con inaudita saña y gran facilidad.

El suceso fue todo un éxito para la cadena televisiva, cuyo rating se disparó a los cielos, donde dicen que habita Dios. La viralización de los videos rompió marcas, pues se captó a detealle cada ángulo del sangriento suceso  El mundo vio una y otra vez a los leones haciendo pedacitos a un tipo, hasta convertirlo en una pulpa roja. El mundo fue testigo y el mundo emitió su opinión en 200 caracteres o menos.

Hubo quienes dijeron que Zorobabel fue simplemente un loco. Los verdaderos creyentes se dividieron en dos opiniones: quienes decían que el tipo no tuvo la fe suficiente, motivo por el cual fue despedazado, y los que juzgaron que Zorobabel se lo buscó por tentar a Dios. La gente, como de costumbre, no logró ponerse de acuerdo.

Hoy han pasado 10 días desde aquel suceso, y todos han olvidado al loco Zorobabel. Sin embargo, los leones siguen siendo el centro de una controversia que el fallido profeta desató: “La sociedad considera que los animales del zoo no están siendo bien atendidos, tanta furia no es normal en los animales en cautiverio. ¿Será que el director del zoo está malversand los fondos asignados al cuidado de los animales?” Si la tragedia expone otro caso de corrupción administrativa, el sacrificio del profeta no habrá sido en vano.

Junio 2006

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Urgencia

7:00 AM Paso mi tarjeta checadora, se abre la puerta de la recepción y saludo al vigilante uniformado, que está aburrido ante el escritorio. Entro y sigo adelante, dejo la computadora en mi cubículo, agarro mi botella vacía de agua y voy a la cocina de la oficina a llenarla con el líquido vital del garrafón; en mi camino saludo a la señora uniformada que desde temprano limpia la oficina, y que tres horas más tarde, o al menos jamás después de las 10:00 AM, se sienta a descansar un poco en el cubículo desocupado para cantar a lo bajo elevados himnos religiosos.

7:04 AM Una vez llena mi botella, regreso a mi lugar, bebo un poco de agua y tomo asiento, enciendo mi computadora para comenzar a trabajar. Salvo por esas dos personas madrugadoras, a esta hora la oficina completa es para mí, puro silencio y paz, así durante 120 minutos hasta que llega el resto del personal.

Esta es mi rutina matutina: 7:00 AM, abrir la puerta con mi tarjeta, ver y saludar al guarda en la recepción, dejar mi computadora, agarrar mi botella vacía, saludar a la señora de la limpieza e ir a la cocina para llenar la botella con agua del garrafón, luego a comenzar mi jornada a las 7:04 AM.

Así es esto, de lunes a viernes, semana a semana, mes tras mes: puerta, saludo al guarda, dejo la computadora, agarro la botella, saludo a la señora de la limpieza, voy a la cocina, lleno la botella y regreso a mi lugar para comenzar el día.

Hoy son las 7:00 AM, abro la puerta, no hay nadie en la recepción. Pienso que es extraño, pero como es lunes, quizá el vigilante está en el trono de porcelana, diciendo adiós a todo lo que se empacó el domingo. Todo buen oficinista sabe que el peor día para visitar el baño es el lunes, pues siempre habrá allí una pestilencia nacida de Dios sabe qué porquerias y excesos culinarios que se embute la gente los fines de semana. Si todos fueran vegetarianos el suplicio sería menor, ¡malditas carnes asadas del fin de semana!

Voy a mi lugar, agarro la botella vacía, y en mi camino a la cocina tampoco me encuentro con la señora de la limpieza. Me pregunto si se habrá extinguido la especie humana y como siempre yo soy el último en enterarme.

La puerta de la cocina está abierta a la mitad, no cerrada por completo, ni tampoco abierta en su totalidad como de costumbre. Yo mecánicamente sigo adelante, entro en la cocina y mi mirada periférica detecta una anormalidad, pero yo sigo mi rutina de siempre, sin alterarla ni un poquito.

La señora de la limpieza está sentada sobre el mueble del fregadero, sus pantalones están en el piso y sus calzones enormes bajados hasta los tobillos, con el rostro beatíficamente hacia el techo y la cabeza recargada sobre la pared, pero que despega alarmada al verme entrar. Entre sus piernas peludas, está el vigilante semiuniformado, de pie sobre un cajón de madera para alcanzar la altura que exige su faena, con sus pantalónes y calzones bajados hasta las rodillas, haciendo movimientos de equilibrista en terremoto tsunámico, hundiendo el rostro en el busto de la mujer.

Ella se percata de mi presencia desde el inicio y su beatitud se pierde en el limbo del olvido, él al notar que ha sido sorprendido literalmente en el acto, detiene su pistoneo bamboleante y hunde más el rosto en el busto de la mujer. Ella me mira con infernal odio condenatorio, él jamás voltea hacia donde yo me encuentro. Yo maquinalmente, como si nada anormal sucediera, termino de llenar mi botella y me dispongo a salir de la cocina.

Antes de irme, y cerrar la puerta tras de mí, le digo tranquilamente a la pareja fogosa: “la próxima vez cierren bien la puerta y pónganle el seguro”, dicho lo cual me voy a mi lugar para comenzar mi jornada. Son las 7:04 AM.

 

¡Eh tío!

“¡Eh, tío!”, grito el jardinero añoso de blancos bigotes haciendo una necesaria pausa en su trabajo, que pocos minutos antes había comenzado. Eran apenas las 10 de la mañana de lunes. La edad de este viejo jardinero estaba dentro de las 8 décadas, pero aún se mantenía activo trabajando. Era delgado y muy sano, era un jardinero, de la vieja escuela, con podadora manual, no esas de gasolina que hoy se acostumbran, que además de contaminar acústicamente calientan el planeta.

Cuando era muy joven, este jardinero se vino a la ciudad desde su campirano pueblo, uno de esos cuyo nombre termina en “…an”. Vino porque en este país nadie puede vivir del campo, no hay apoyo para los campesinos, así que o te vienes a la ciudad o te mueres de hambre. Al menos así era cuando el jardinero era joven, pues hoy existe una tercera opción que consiste en colaborar con el narco, pero esto no sucedía cuando el jardinero era joven y decidió venirse a la ciudad.

Recién llegado a la ciudad, este hombre empezó a trabajar de ayudante de jardinero con un paisano suyo, que se encargaba de cuidar y arreglar los jardines de una sección de un fraccionamiento por entonces recién inaugurado en el Poniente de la gran ciudad. Poco a poco el lugar se fue llenando de más casas, habitadas casi todas ellas por jóvenes parejas de clase media que buscaban un lugar propio y un patrimonio para sus hijos. Hoy muchas de esas parejas son ancianos o simples difuntos olvidados, pero el jardinero sigue cuidando y arreglando los jardines de los nuevos propietarios.

Este jardinero no era competidor de don Antonio, otro jardinero del mismo fraccionamiento que cuidaba y arreglaba el jardín de la casa de mis padres y los de muchas otras familias. Nosotros vivíamos en la parte más nueva del fraccionamiento, prácticamente en la punta de un cerro, y los dos jardineros llegaron de manera pacífica al acuerdo de que Don Antonio se encargaba de las casas de arriba y el jardinero que hoy es viejo de las casas de abajo.

Don Antonio estaba tuerto, y siempre usaba una gafas oscuras que lo hacían parecerse a Ray Charles mezclado con Cantinflas. Siempre creí que don Antonio tenía sangre africana en sus venas, pero nunca se le pregunté. Algunas personas contaban que el ojo faltante lo había perdido don Antonio en un lío de faldas y, sí, el hombre era famoso por sus conquistas, y en cualquier zona del fraccionamiento casi no había sirvienta (como en ese pasado se les llamaba a las empleadas domésticas o especialistas en técnicas de limpieza para el hogar) que no hubiera sido seducida o de perdida cortejada por don Antonio; además había muchos niños que llamaban “papá” al jardinero tuerto. A todos sus retoños, don Antonio los apoyó dándoles educación primaria, para que al menos pudieran leer y hacer cuentas, ya de ahí en adelante dejaba que cada uno se las arreglara por sí solo.

Lo que más recuerdo de don Antonio es algo que ni siquiera presencié. Dicen que él solía preguntarle siempre a un vecino mío cuyo rostro tiene un rictus como de pena constante: “¿por qué llora joven?”. Lo decía además con una sonrisa, imagino que le divertia molestar a mi amigo cada que se lo topaba. Cada vez que don Antonio le hacía la acostumbrada pregunta, a lo bajo mi amigo siempre respondía: “pinche viejo, ¿por qué siempre me pregunta lo mismo?”.

Don Antonio trabajó muchos años, tenía que hacerlo o se quedaba sin comer, y cuando dejó de trabajar por la artritis o porque comía mucha carne, uno de sus muchos hijos se hizo cargo de él. Entonces el viejo jardinero tuerto recorría el fraccionamiento por donde solía trabajar, ya sin gafas oscuras y sin sus herramientas laborales como para recordar jardines y sirvientas. Un día desapareció y ya no lo vimos más.

“¡Eh, tío!”, gritó esta mañana, alrededor de las 10, el jardinero viejo de blancos bigotes, este mismo que posee una antigua podadora manual cuyas agarraderas metálicas parecen cromadas por tantos años de uso, y quien desde hacía unos minutos arregla y recorta el jardín de esa casa que ha recordado y cuidado por casi 45 años. Ese grito se lo dirigió a un vecino conocido suyo que le responde de la misma manra: “¡Eh, tío!”.

El octagenario jardinero bigotón, al ver que su vecino va en dirección contraria a la del rumbo donde sabe que labora, le pregunta: “¿A poco ya acabaste?, si apenas empieza el día”. El vecino, sin detenerse, responde: “Pues sí tío, ya”, y se pierde de vista al doblar la esquina. El viejo jardinero levanta las cejas y tomando su podadora le grita al vecino que se aleja: “Con razón México nunca avanza”.

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Sismo en Viernes Santo

La amarga viejecilla que imparte catecismo en mi colonia, en pleno ayuno de Viernes Santo y con la espalda aún irritada por los flagelos matutinos, miraba inspirada en su casa la transmisión por TV del santo rosario. Santa María Madre de Dios…

La mujer suele tener sintonzado el canal de pago Catolictoon Network las 24 horas de todos los días, a través de una señal restringida que se roba. Ella se hace la occisa cuando alguien le dice: “al César lo que es del César”, una cita de aquel en quien ella jura y perjura creer.

De repente, en medio de otro Santa María Madre de…, los santos, nichos, altarcitos, cuadritos, cuadrotes, retratos, estampas, medallas, colguijes y lámparas votivas que sobrepoblaban la casa de la vieja, comenzaron a bailotear a ritmo de frenéticos crujidos conga-mambo que emitían las paredes de la casita. Tan fuerte era el movimiento tectónico, que el cuadro 3D del Cristo crucificado comenzó a parpadear como princesita de Disney enamorada.

cuadro de Cristo crucificado en 3D parpadeando

“¡¡¡Este es el FIN DEL MUNDO!!!!”, gritó aterrada la beata anciana y salió a la calle corriendo, ignorando la reuma y la siática.

Una vez en la vía pública, la beata rugía: “Se los dije bola de PE-CA-DO-RES, que llegaría el fin del mundo cuando menos se lo esperaban, y hoy en Viernes Santo es el día indicado en que todos estarán quemándose en las llamas del infierno, donde todo es LA-MEN-TOS y harto RE-CHI-NAR de dientes”.

Mucha gente salió de sus casas. El Viernes Santo es día de asueto en México, dedicado a la reflexión, la continencia y para realizar los ritos correspondientes a la fecha, pero usado realmente para salir a vacacionar, sobrepasarse en antros, atiborrar moteles o quedarse vegetando en casa, razón por la cual, a pesar de ser casi las 9:29 de la mañana, muchos salían despavoridos a la calle en ropa de dormir, no faltando quien apareció cubierto únicamente con una especie de taparrabo mohicano.

“Ahora sí quieren ir a la Iglesia ¿verdad?, pero ya es muy tarde pecadores, las puertas no se les abrirán más”, decía la santa anciana, como jueza autoimpuesta de la moral en la comunidad, “ahora pagarán todas sus maldades, sus calenturas y que no iban nunca a la iglesia, y si iban no comulgaban los domingos”.

El sismo se prolongaba y el temor de la gente aumentaba. No faltó el súbito arrepentmiento de dos personas que se arrodillaron en llanto y levantando sus manos al cielo pedían perdón al Creador.

Pero nada, no pasó nada más. Después de 37 segundos de ajetreo telúrico tongololeánte, todo volvió a la insípida normalidad.

Tongolele

Los caripálidos vecinos regresaron poco a poco a sus casas, para encender la TV y ver las noticias, que en esos momentos dejaban de hablar de la reciente muerte de Gabriel García Márquez (de quien todos hablaban, a quien todos llamaban Gabo y a quien casi nadie había leído), y comenzaron a saturar las transmisiones con el sismo de intensidad 7 que recién se había sentido en la Ciudad.

La beata regresó decepcionada a su hogar. Lamentaba que no hubiese aparecido ningún carro de fuego entre las nubes, que no se abriera el suelo a sus pies y que no se encendieran las llamas perpetuas ni se desatara el Santo Infierno. Sin embargo, aunque la vieja seguía sin notarlo, el infierno sigue aquí, como siempre, incluidos los la-men-tos y el harto re-chi-nar de dientes, y al parecer seguirá mientras los siglos se multipliquen por los siglos. Amén.

 

Abril, 2014

Mamita querida

Las dos entraron en la oscura sala 10 minutos después de que empezó la película.

Una de ellas, la hija, de entre 40 y 50 décadas de vida, llevaba encendida la pantalla de su dispositivo móvil a toda la potencia del brillo, para iluminar su camino, encandilando a varios espectadores durante su trayecto.

La otra, la madre, era una anciana de entre 70 y 80 décadas de vida, que seguía a su hija trabajosamente cargando una gran bandeja de plástico con un mega-combo de dos litros de refresco y nachos con queso y chiles jalapeños, combinación culinaria que despedía un hedor similar al de los pies hongosos y raramente lavados.

“Ay’hija espérame, no vayas tan rápido”, suplicaba la madre con urgencia. “Apúrale mamá que ya empezó”, respondió bruscamente la hija acelerando el paso.

Cuando por fin llegaron a sus butacas asignadas (los asientos 2 y 3 de la fila D, para quien quiera detalles), se sentaron, y tan pronto los asientos tomaron la forma de sus sendas nalgas, flácidas como la Mancha voraz,  la madre volvió a suplicar a la hija: “Ay’hija. estamos muy cerca de la pantalla”.

La hija, volteando la cabeza hacia atrás como Linda Blair en El Exorcista, vio que había dos butacas libres a tres filas de distancia. Gruñendo le espetó a su progenitora: “A ver, carajo, ven”. Encendió de nuevo su móvil, y presurosa se dirigió a las butacas divisadas, seguida por su madre lo más aprisa que la pobre vieja podía pues cargaba de nuevo la bandeja de infernales nachos.

La hija rápidamente se aposentó en la nueva butaca, pero la pobre anciana, como Sinatra en el Expreso de Von Ryan, casi a punto de llegar a la nueva fila, tropezó y se le cayeron en el pasillo los mega vasos de refresco y el mega-combo de nachos con podobromhidrosis (hedor a pies).

La hija la reprendió: “¡Carajo, nomás haces puras pendejadas mamá!”. La anciana pidiéndole perdón se sentó en la butaca libre. “Ay’hija, es que no vi y me tropecé, perdóname, pero es que no vi…”. “¡YA CÁLLATE ¿qué no ves que hay gente viendo la película?”, le gritó la hija, irritada como el bromista Joe Pesci en Buenos muchachos. “Pero es que no vi”, decía contrita la madre. “Siempre son las mismas pendejadas contigo, no sé ni por qué te saco, dondequiera que vamos haces PU-RAS PEN-DE-JA-DAS”, decía la hija colérica. “Pero hija, es que no ví y me tropecé”. “SHHHHHH”, “SHHH”, “SHHHHHHHH”, “¡silencio”!”, empezaban a decir los demás espectadores en la sala de cine.

“¡Que te calles!”, dijo más molesta la hija bajando un poco la voz, “¿no ves que hay gente viendo la película?”. “Lo sé hija, pero es que no vi”, dijo la vieja y ambas guardaron silencio.

10 minutos después la madre dijo: “Ay’hija, no me gusta la película, mejor vámonos”. A lo que la vástaga iracunda respondió: “¡No me chingues!, primero estás chingue y jode que quieres venir a ver esta pinche película, y ahora te quieres largar, ¡te jodes! Aquí nos quedamos”. La pobre vieja, en un inesperado acto de rebeldía, con voz apenada dijo: “si quieres quédate hija, yo ya me voy… me regreso a la casa en taxi”. Dicho lo cual, sin necesidad de que le alumbraran el camino, la pobre ancianita se largó de la sala velozmente y sin tropezarse.

20 minutos después de haberse quedado sola, la hija supuso que ya no se encontraría a su madre en el complejo cinematográfico, pues ya estaría muy lejos de allí, y decidió también largarse de la sala, mucho antes de que finalizara la película. Total, a ella tampoco le había gustado esta chingadera violenta y sin sentido de Joaquin Phoenix.

Suceso verídico acaecido en algún complejo cinematográfico de la CDMX (exDF)

Mayo 2018