Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.

Muertos

Arrojando el bote de veneno para ratas y la lata de coca cola, pensó que ninguno de los dos era la solución, o el medio, para llevar a cabo el objetivo final de sus tendencias suicidas.

Tampoco eran lo indicado arrojarse al océano o a la autopista, ni acostarse en las vías del tren. Estaba convencido de que sólo necesitaba estar enamorado.

Cosa de dos segundos tras verla y de un año de tratarla para tener la certeza de que ella era la forma en que se suicidaría.

Flores, promesas, peleas y reconciliaciones. Luchas de poder y alegrías. Cada día apresuraba su muerte, haciendo que olvidase sus tendencias suicidas, lo curioso es que ni cuenta se dio del momento en que murió.

Siguió respirando, siguió siendo visto por todos, pero ya estaba muerto.

Dejó de haber flores, promesas y luego se extinguieron hasta las reconciliaciones. Había ganado la indiferencia.

Compromisos, sonrisas falsas tatuadas en sus rostros, hijos.

Él seguía muerto. Ella también lo estaba, y a pesar de todo ambos se convencieron de que todo era normal y que por eso todo estaba bien.

En algún momento llegó la religión. Pero no emularon a Lázaro.

Pasaron los años y ellos se negaban el arrepentimiento y los perdones, aunque a ambos les dolían sus almas muertas. Después los dos murieron por segunda vez, pero ahora les tocó esa muerte en la que uno deja de respirar y de ser visto por los demás.

Ya nunca se supo nada de ellos, y eso a nadie le importó.

¿Qué vería Dante hoy en el infierno?

¿Qué vería Dante hoy en el infierno?

Pantallas jumbotrónicas con perpetuos infomerciales de media hora en un bucle que no acaba, conductores texteando en su dispositivo móvil mientras mueven su auto a 150 km/h chocando y chocando sísifamente, políticos enriquecidos a costa de la flaqueza ética de las masas, policías que abusan de su placa y militares que aplacan a golpes sangrientos las olas adversas que molestan a los que ostentan el poder.

Niños tratados como mercancía, mujeres asesinadas nomás por ser mujeres, impunidad e injusticia, mentiras que se aceptan como verdades y verduras contaminadas con desechos industriales.

Francesca da Rimini y Paolo Malatesta no son ya nada. Quizá en el nuevo infierno están los que persiguen a quienes abortan por necesidad, a los que no aceptan a los LGTBLGBGLUGLUB porque la ley cuadrada exige que nadie puede ser libre ni en la íntima aquiescencia, los que comen animales que fueron sacrificados tras un suplicio existencial, y los glotones carniceros cierran los ojos queriendo pensar que la carne se cría en anaqueles del supermercado. Y quizá yo, comiendo una vaca que vivió y murió feliz.

¿Qué pintaría Dante hoy en su infierno?

En vez de Judas se encontraría al Joker, en vez de Zeus a Superman, a las masas vistiendo camisetas del Fútbol Club Barcelona, pateándose sus mutuos traseros pintados como balones y con el Himno de la UEFA Champions League sonando de fondo, rodeados por las macabras llamas la la última morada, que en realidad es roja candente.

Hoy Dante vería a los principales entes del Fondo Monetario Internacional, bailando el reggaetón del centavo birlado, a los magnates petroleros vomitando eternamente aceite y desechos del EXXON Valdez, al tipo que diseñó el Titanic y al que planeó el ataque del 11 de septiembre, dando un discurso en pro de la riqueza en un inglés con acento de Texas.

Y en el tercer infierno se encontraría a Steve Jobs argumentando que en verdad era un genio porque el consumismo es una necesidad, mientras Henry Ford sigue atacando el jazz porque es música de los negros inferiores diseminada por los judíos que son los enemigos del mundo. Así era el viejo Henry, y no tiene por qué ser diferente si en verdad hay un infierno para siempre.

Para muchos, extrañamente, todo esto es el paraíso.

caballo infernal

 

Mi vecino de cubículo

A veces me siento como los malditos ancianos amargados del balcón en el teatro de los Muppets, esos que hasta lo que no tragan les hace cagar mal. Hoy hablaré de mi vecino de cubículo, en la oficina de empresa moderna donde desempeño mis labores y cuya filosofía laboral parece ser “trabajemos todos como si fueramos niños” (en la que “niños” significa realmente “entes que se comportan como retrasados mentales”).

Mi vecino de cubículo es un pelmazo insufrible y desconsiderado que puede pasarse tres jornadas (de 10 horas laborales cada una) seguidas hablando ininterrumpidamente a voz de grito sin decir nada, por el simple hecho de que parece enamorado de su voz y cree que por eso todos le estamos agradecidos de que grite.

Su voz me suena a mala imitación de cantante romántica femenina de los 1940, con peinado a la Verónica Lake, vestido ajustado con lentejuelas que despiden rayitos de luz a todos lados y cantando mientras algún comediante de la Época de Pirita del cine mexicano hace pendejadas en una mesa del centro nocturno, dizque para hacer reír a la audiencia. Esa cantante cuyo acto precede al de la “escultural y exótica” Tongolele que saldrá a menear su anatomía con desenfrenados ritmos pseudo africaribeños.

Volviendo al vecino… lo que escupe en palabras es redundante hasta el carajo, alarga lo más que puede sus llamadas con los clientes. Pero no solo eso, a veces le da por hablarle a carpinteros, quienes probablemente están arreglando su casa, para explicarles por millonésima vez las cosas que tienen que hacer. A veces creo que por todo lo que le he oído decirles ya podría ser yo capataz de carpinteros, un día le propondré que si de plano sus carpinteros no le entienden me envíe e mí a explicarles lo que el fulano quiere. ¿Será que ellos sí están enamorados de su voz?

Pero eso no es lo peor de mi vecino. Al tipo gusta comer cebollas crudas, y claro, comerlas en su cubículo. ¿Será acaso ese el secreto de su “encantadora voz”? Igual carece de olfato.

Creo que es mexicano, y no sé si por ese motivo encuentra un éxtasis existencial cuando habla en inglés, es un maestro hablando el idioma de Shakespeare usando las frases de moda y los modismos más marcianos dignos de hip hopero rapero reggaettoneano más actual. ¡Ah, pero no habla inglés sólo para deslumbrarnos con su envidiable (según él) dominio!, no señor, lo habla para así evitarse exhibir su vergonzoso español, digno de causar síncopas (con vino o sin vino) y revueltas estomacales y sociales a los representantes de la Real Academia de la Lengua, a la que jamás perteneció Cabeza de Vaca.

En otro tiempo me quejaría de mi vecino, pero creo que ya estoy viejo para eso y de entrada dirán que estoy amargado (y lo dirían con bastante razón) y además, ¿para qué hacer olas, cuando yo sólo voy de paso, como ave de mal agüero en medio del aguacero?

Letras y palabras

Letras.

Como si hubiera necesidad de presumir una nueva combinación de ellas.

Como si de verdad pudieran reflejar los sentimientos, acercar a la persona que más se quiere y alejar a quien ya no se desea ver más.

A veces funcionan y son el conjuro correcto, pero no parecen ser efectivas para los inseguros, para los testarudos y para los que dudan (más allá que para comprobar que existen).

Una correspondencia no correspondida e interrumpida porque ya no me importan las respuestas que se me puedan dar por la relación irreverente y totalmente carcomida.

Olvidemos las palabras cuyo sentido está hoy extraviado.

Palabras.

Como si hubiera necesidad de enterarse de vidas ajenas, de las imaginaciones de otras personas, de los sueños de otros dueños o de las ideas distintas a las de uno mismo.

Palabras, sólo palabras.

Se habla y se las lleva el viento, se escribe y se cubren de olvido; así como les pasa a algunos sentimientos.

Letras que no quedarán grabadas para siempre, ni las de mi lápida, ni en la tuya, ni en la tumba de nadie; al final todo está escrito en arena.

Sin embargo nos empeñamos en hablar, en escribir, en presumir lo que pensamos, el mundo no cambia y este mal no tiene cura (ni sacerdote).

Yo por eso te doy estas letras de cambio, para que cambiemos nuestras vidas, no por otras, sino que tomemos los rumbos que nos corresponden y que cada quien siga su destino, ya que juntos los caminos no hacen uno, debido a la incompatibilidad inherente e incoherente.

Otra despedida, sin adiós, para nadie.

Me quedo con las letras para describir fantasías privadas y exhibirlas en un aparador electrónico, como en una casa de cristal en la que no se revela nada realmente.

Cierro las cartas abiertas y reabro la mezcla mágica de sonidos silenciosos en papel (o en pantalla).

Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

Mala inversión

Sacando un largo cigarrillo blanco de la cajetilla, que tras ser fumado dejará más negra la mancha de sus pulmones, para enfocar su atención en una fijación oral y evadir así el pensamiento de que no se puede hacer mucho ni poco para ocultar su avanzada calvicie, que está a punto de declarar la conquista total de su cabeza, el guapo de ayer suspira desesperado.

“¿Qué quieres que haga?”, le pregunta a la joven secretaria curvilínea que furtivamente se ha citado con él en un café alejado de los rumbos cotidianos de los dos. No deja de ser una osada movida mientras la esposa madura del caballero avejentado está comprando ropa nueva de marca, lo mejor que puede conseguir con el dinero que le sobra, a únicamente dos calles de distancia.

En su juventud él era tan apuesto y viril como aparentaban serlo los galanes del Hollywood de la década de 1940, ahora a él le queda algo de apostura, pero sinceramente sin su dinero nadie le apostaría mucho.

Los años le han demostrado que hay hombres a los que les sucede lo que a las mujeres bellas que confían demasiado en su físico: tratan de regresar desesperadamente el tiempo, el resto se resigna en la total indiferencia. Él está en la frontera entre ambas actitudes.

Las bolsas bajo sus ojos, parecidas a las papadas de los pelícanos, podrían ser arregladas con una pequeña operación, al igual que el poco amistoso tejido adiposo que lo rodea cariñosa y gelatinosamente a la altura de lo que antes fue una cintura.

La secretaria, que podría ser la hija de su esposa, y de él también, le dispara de nuevo la exigente pregunta de los últimos meses: “¿cuándo te vas a divorciar?”

Maldito el momento en que él apasionadamente le dijo a esta idiota que la amaba y que por ella estaba dispuesto a dejar a la decadente arpía con la que llevaba casado 30 años. Él ahora sólo quiere paz. Está cansado. Su vieja lo deja tranquilo mientras él le proporcione el dinero suficiente. En cambio esta mujer, ardiente pero siempre exigente, en todo sentido, le cuelga al cuello la pesada piedra del enamoramiento unilateral, el yugo con el que se paga la efímera pasión casi invernal, y él ni siquiera se quería sentir joven, sólo se dejó llevar por voluptuosidades que aún están lejos de ser derrotadas por la ley de la gravedad.

El tabaco quemado ya no le sabe ¿será que los fabrican con menor calidad que antes o que está perdiendo el gusto y el olfato? Divaga sobre tabacos y papilas mientras la joven exige y demanda, manotea y vocifera.

Él mira el rostro de un joven bien parecido que pasa por ahí y le desea mentalmente suerte y una mejor administración de su físico. Piensa que hace mucho que no lee un libro y se pregunta si realmente existirán las ballenas blancas. Recuerda que debe pagar cuentas y más cuentas, la universidad de su hija y las vacaciones de sus gemelos.

La secretearía se pone más seria, calla y espera una respuesta. Ante el silencio él despierta de su divagación con ojos abiertos y la mira. “¿Y bien?” Le pregunta ella.

Él, como única respuesta, se pone de pie, sabe que es un ultimátum, sabe que es la encrucijada y que el paso que dé es hacia un punto sin retorno, si es que realmente la chica es tan fuerte como presume.

Da una chupada a su cigarrillo y lo tira, con una mueca de desdén que mezcla una sonrisa de Monalisa sarcástica y el cansancio por una historia muy escuchada, la mira una vez más con todo y sus bolsas oculares y dando media vuelta en silencio se aleja de allí tosiendo secamente sin voltear una sola vez.

El próximo lunes la secretaria voluptuosa ya no tendrá el trabajo que le proporcionaba un salario (su jefe ha cortado todo tipo de relación, de la sentimental a la laboral), pero sí tendrá mucho trabajo para esforzarse en aceptar que muchas veces el amor no es una inversión que rinde frutos.

La carta

Tras haber estado posada en la ciudad durante toda una irrespirable semana, como de repente desapareció la nube de contaminantes (ocasionada por los combustibles fósiles ya digeridos, constantemente expulsados por los rectos metálicos de miles de vehículos automotores con una insistencia kepleriana). La razón no fue ninguna medida de las “autoridades” para impedir el uso de dichos combustibles, ni para alentar las energías verdes, sino un fuerte viento que soplaba de distintos puntos cardinales (principalmente el Este, y no del Aquel) con un ritmo frenético que hacía bailar a basura y árboles por igual.

A la entrada del edificio donde vivía, parado como estatua encantada junto a su buzón, David podía sentir cómo el viento abofeteaba su rostro, pero la mente de este joven estaba concentrada en otra cosa muy ajena al clima.

La mano izquierda de David sostenía una carta que Eolo quería arrebatarle. Su rostro tenía un gesto similar al que seguramente tuvo Paul Gauguin cuando se enteró del suicidio de Vincent Van Gogh o al de Jesús (el Cristo) cuando leyó todo el guión de la tragedia que había aceptado interpretar. Por causa de esa carta David experimentaba la sensación de irrealidad que provoca un brusco suceso inesperado que se presenta como dicen que llegará el Fin del Mundo: como muñequito de resorte en caja sorpresa. David sentía que por fin comprendía bien esas frases que había escuchado en tantos programas de televisión y de bocas de algunos conocidos suyos: “No puede ser”, “esto no me puede pasar A MÍ”, “es como un mal sueño”.

Hacía tan sólo unos instantes que David se sentía bien. Su vida era normal y los segundos de su tiempo transcurrían con la misma monótona exactitud y periodicidad de siempre, sin que nada le advirtiese del próximo desequilibrio de su cotidianidad.

Se había despertado a la hora de siempre, sintonizó el mismo noticiario superficial e insustancial (pero divertido) de siempre, desayunó los alimentos sintéticos de costumbre, defecó (en tiempo y forma) como casi todos los días y se bañó de manera automática, como siempre. Ya listo para largarse a su oficina a realizar su detestado trabajo de siempre, David, recién salido del elevador, estaba cruzando el oscuro pasillo hacia la salida del edificio donde vivía cuando…

Mecánicamente volteó su mirada a su buzón y distinguió que de éste sobresalía un gran sobre. Varias posibilidades cruzaron por su mente: “Debe ser el catálogo de algún almacén o la invitación a que participe gratis en el sorteo millonario de alguna revista (tras comprarles una suscripción anual, por supuesto). Igual son recibos a pagar, una tarjeta de crédito que jamás solicité o quizás una carta de mi amiga argentina felicitándome por mi cumpleaños… que fue hace un mes y medio. Pero no, seguramente es la publicidad de algo que no me interesará comprar”. Todo esto se decía David mientras con su mano izquierda sacaba el sobre del buzón.

Un intenso escalofrío recorrió su espalda, como si Jack Torrance lo hubiera alcanzado con su hacha al final del largo pasillo de un hotel vacío, pero la sensación no era debida a un hacha asesina sino al descubrir el emblema impreso en la esquina superior derecha del gran sobre.

Una encorvada anciana, en una verticalidad como de bastón pandeado, abrió repentinamente la puerta principal del edificio y penetró al oscuro pasillo acompañada de un fuerte viento proveniente de la calle. A pesar de la espectacular entrada, la mujer no era la bruja Maléfica (que ahora según Hollywood no es mala, sino una bonachona en mala racha) sorprendiendo a la corte de los papás de Aurora, sino una simple anciana recién llegada que olvidó cerrar la puerta tras de sí, en un descuido que acostumbraba y por el que la dama era famosa entre los habitantes del edificio. La vieja, vecina contigua de David, lanzó una breve mirada al espectralmente pálido rostro del joven y, sin dedicarle ni el más mísero saludo, lo ignoró como solía ignorar a los buzones (ella nunca esperaba recibir nada y si algo llegaba a su buzón, dejaba que se quedara allí hasta que el tiempo lo pudriera) y se siguió de largo a paso lento hasta el elevador.

David ni siquiera notó la fugaz presencia de su vecina, de hecho también solía ignorarla salvo en las ocasiones en que le mentaba la madre mentalmente cuando tenía que bajar a cerrar la puerta de entrada que ella había dejado abierta, por motivos de seguridad (seis asaltos dentro del edificio era el saldo que hasta ese día les había costado a los condóminos el descuido de la anciana). Abrió el sobre con gran nerviosismo y torpeza, nacidos ambos de la incertidumbre. Por fin sacó la carta. La impersonalidad del estilo con que estaba redactada la misiva hicieron que David se helara más; el contenido fue el tiro de gracia para su ya de por sí tambaleante estado de ánimo.

Al terminar la breve pero impactante lectura, David comenzó a maldecirse por su accidental negligencia y torpe descuido. Maldijo al Estado de su país por el estado en que el país se encontraba, maldijo a esos gobernantes que exigían impuestos que no se reflejaban más que en sus corruptas cuentas bancarias, maldijo desde al más ambicioso y minúsculo chupatintas burocrático hasta al mayor vampiro que se sentaba en la oficina presidencial del país. Definitivamente el frío aire que provenía de la calle no ayudaba en nada para que el cerebro de David funcionara de manera óptima ante esta situación. El coraje del joven contra sí mismo y contra los que le enviaron la carta iba en aumento. A la carta no se la llevó el viento, y aunque fuera así, de nada serviría.

Claro que todos nos sentiríamos como David en una situación similar; aunque, por otro lado, no todos necesitamos de una carta emitida por el Departamento de Recaudación de Impuestos u Oficina Hacendaria Estatal o Sistema de Administración Tributaria o Secretaría de Hacienda Pública, o como sea que se llame la odiada oficina hoy en día, para enterarnos de que no realizamos nuestra declaración anual a tiempo y que por ello somos acreedores a una increíblemente alta e insultante multa que de no pagar se incrementará y nos privará de nuestra supuesta libertad. ¡Bienvenido al mundo real David!

La justicia suele ser una utopía

Era un perro mediano. No tan grande como un san Bernardo, pero de un tamaño que le permitiría comerse completo a un chihuahueño, sin problema. Ignoro de qué raza era el perro en cuestión, desconozco las razas caninas así como los modelos de autos, aunque puedo identificar un san Bernardo, un chihuahua y los perros salchicha (a estos últimos porque parece que me odian, siempre quieren atacarme sin razón e incluso uno de ellos me mordió recientemente, por el simple hecho de que lo estaba ignorando).

Era un perro mediano de color negro, siempre tranquilo viviendo en la azotea de una casa de dos pisos. Sus dueños jamás jugaban con él, nadie vio que alguna vez lo bañaran y nunca lo sacaban a pasear. Desde muy pequeño lo subieron a ese techo y allí se quedó, quizá resignado. Sus propietarios le subían agua y alimento, pero eso era todo, ninguna convivencia, ignoro si tenía siquiera nombre. Desde esa modesta altura, el perro negro siempre miraba el mundo pasar, con sus ojos llenos de melancolía. Parecía un gurú en desgracia zen arriba de una colina.

Jamás ladraba. Nunca le ladró a la anciana demente que caminaba todas las tardes por esa calle, la viejecita que usaba lentes con cristales de fondo de botella y que llevaba largas agujas de tejer entre su pelo y su gorro de estambre en tonos grises, para “defenderse de cualquiera que intentara violarla”. El perro negro tampoco le ladró al vejete perezoso que vivía a dos cuadras de distancia, ese que en su desempleada juventud robaba dinero a los niños que encontraba y que ya de viejo siempre pasaba frente a la casa del perro, temprano por las mañanas, para ir hasta la gran avenida y sentarse afuera del templo de santa Ana para pedir limosna a los piadosos que salían de misa. Jamás me ladró a mí, que solía caminar diario por allí para que no se me atrofiaran las piernas (el pinche salchicha que me atacó vivía a diez calles de distancia). Nunca le ladró al cartero, ni a los repartidores de agua, tampoco a los recolectores de basura ni a los repartidores de publicidad impresa, que al final terminaba siendo más basura que nadie recogía.

Un día, un niño rubio de 10 años que vivía en la casa contigua a la del perro negro, y que siempre miraba al can de la azotea vecina con añoranza, pues sus papás se negaban a que tuviera una mascota propia, decidió subir sigilosamente al techo de su casa y de allí pasar al del perro negro para jugar con él. El perrito lucía siempre tan tranquilo…

Cuando el niño pasó al techo vecino, el perro negro sintió que su espacio estaba siendo invadido, y no sólo ladró por primera vez a un humano, sino que se avalanzó hacia el pequeño con furia, lanzándole dentelladas a los brazos y al rostro, empujando con sus ataques al niño hasta el borde de la azotea.

Los gritos del infante y los ladridos y gruñidos del atacante hicieron que el dueño del perro negro se alarmara, y al notar lo que pasaba prácticamente arriba de su cabeza le dijo al niño que no se moviera, que no gritara, subió al techo de su casa y sin mucho esfuerzo controló a su perro, quien recuperó como por arte de magia la paz que solía caracterizarlo.

El niño fue llevado al hospital, se le administró la vacuna antirrábica, creo que la antitetátina también, y varias puntadas fueron necesarias para suturar sus heridas. En su rostro quedaron cicatrices, no muy desfigurantes, que le harían recordar esa experiencia el resto de su vida.

Basándose en el principio que acabó con el último tigre de Sumatra, que dice: “una bestia que ha probado sangre humana, jamás se saciará hasta matar a todos los hombres [o mujeres] que pueda”, el perro negro fue sacrificado.

La justicia suele ser una utopía.

La mañana de la tormenta

En ocasiones el invierno decide prolongar su gélido imperio, sin importarle que la primavera sienta demasiada urgencia en la sala de espera, y por eso adornaba con fuertes fríos esa mañana.

El galán bronceado con el torso desnudo para lucir su musculatura de gimnasio y sustancias antinaturales y presumir su tatuaje en el hombro (un sol medieval con simbología azteca, lo que sea que esa mezcla signifique), vistiendo solamente los pantalones del pijama, golpea la ventana de la gran camioneta negra último modelo, pagada a plazos por los próximos seis años, y le grita a alguien que está dentro del vehículo. “¡Abre por favor!”, con autoridad no carente de súplica.

Las 8 de la mañana y el frío cala. Se trata de un matrimonio joven, la esposa abordo de la camioneta era la belleza en su escuela preparatoria, todos querían salir con ella, y él el galán deportista de neuronas flojas que todas las chicas admiraban, no fue sorpresa que se hicieran novios y pocos años después se casaran.

Pero él, según sus palabras, es hombre, macho alfa y cazador, el matrimonio no le implicaba necesariamente fidelidad. “El estar a dieta no significa dejar de mirar el menú”, le decía con cinismo cuando su esposa lo sorprendía deleitándose con las curvas de otras mujeres. Pero un macho alfa no se limita a ver el menú, lo tiene que probar todo, y por eso él tuvo sus aventuras, creyendo siempre que su mujer no se percataba, y ella paciente no tejía, pero sentía que se avecinaba la tormenta mayor.

Esa mañana fría ella se preparaba como siempre para ir al gimnasio, para no perder la línea que entonces aún magnetizaba miradas en las calles, ¿para ser el menú que otros solamente admiran?, mientras él dormía todavía, pues la noche anterior se había quedado hasta tarde “trabajando en la oficina”.

La joven señora necesitaba cambio para el ballet parking (son individuos que visten tutús y aparcan tu auto afuera del gimnasio a ritmo del Lago de los Tiznes) y se le hizo fácil buscar monedas en el saco que él usaba la noche anterior. La prenda apestaba a perfume de mujer, pero no de la esposa curiosa, y en vez de monedas encontró una tarjeta con un beso estampado (no por los labios de la señora) y la frase “Gracias amor” escrita con caligrafía de esas en las que se pone un corazón pequeño sobre la “i” en vez del punto.

La tarjeta desató la tormenta anticipada, la mujer golpeó con furia la cabeza de su esposo dormido con el saco (Prueba A de la infidelidad) y le arrojó en la cara la tarjeta (Prueba B) gritándole “eres un cerdo”, dicho lo cual salió corriendo de la casa y se metió a su gran camioneta negra que estaba estacionada en la calle. Pero no se fue, esperó a que el marido llegase.

El esposo medio dormido no tardó en llegar tambaleándose hasta la camioneta y le dijo, “no es nada, mira que no es nada”, ella siguió bien parapetada en la camioneta, pero no se fue. Él le gritó “¡abre por favor!”, pero ella no respondió y lloró ante el volante, pero no se fue.

El tipo se cagaba de frío, y golpeaba con delicadeza la ventana de la camioneta (no era tan idiota, sabía que si rompía el cristal le saldría muy caro, literalmente hablando). La mujer sollozó a moco tendido.

Él sentía las miradas que le lanzaban las jóvenes madres que llevaban a sus hijos al jardín de niños contiguo a su casa, reafirmó su seguridad pues sabía que siempre tendría poder de seducción (así es, nadie concibe la propia decadencia hasta que esta ha comenzado a hacer estragos). La esposa, desde dentro de la camioneta, sintió que era injusto lo que le pasaba, era feminista (en realidad es una fascista sexual de las que no tratan de buscar la igualdad de derechos, sino la supremacía femenina y el sometimiento masculino, sea lo que eso signifique), y por esa razón esto no deberían hacérselo a ella, pero en verdad lo amaba, por eso se casó con él ¿no?

Al final ganó el corazón a la lucha contra la supuesta razón, ella abrió la puerta y se dejó convencer, entraron a la casa pasa hacer las paces de manera física, sin explicación, ni una palabra.

Escenas similares se repitieron por décadas hasta que ella, cansada, optó por tolerar las infidelidades del marido, tal como lo hacía su mamá con las aventuras de papá. Había hijos, que fueron los rehenes de la cohesión, y además, esas aventurillas no eran más que relaciones casuales, y la esposa oficial era ella. Y sí, su feminismo recalcitrante fue deslavándose junto con el atractivo de él.

Al final se divorciaron cuando el macho ya fláccido (el sol medievo-azteca era ya un garabato incomprensible en un arrugado pergamino) encontró a una mujer (30 años menor que él) que de verdad lo comprendía y a la que le fue fiel a pesar del dolor que las infidelidades de ella le ocasionaba.

La ex, en su soledad, se lamentaba haber entregado los mejores años de su vida al desperdicio. Pero hizo lo que quizo, ¿o no?