Me gustan mucho las mañanas

Me gustan mucho las mañanas.

No porque que sea un pajarraco madrugador, ni para que Dios me ayude por haber madrugado.

La verdad me cuesta trabajo levantarme temprano, pero algo muy fuerte me motiva: Me encantan las mañanas porque casi no hay gente en las calles de las ciudades.

Y yo no soy rata de campo, pero no me agradan las aglomeraciones.

Gusto de salir de casa lo más temprano del día, cuando realmente la mayoría duerme.

Deambular por las calles cuando los trasnochados recién han llegado a sus camas, los insomnes por fin pegan los párpados durante unos minutos, aquellos que no tienen algo que les impele a levantarse y los perezosos aún estarán acostados unas horas más.

Prefiero hacer todo antes que el ambiente se engente y que el ruido impere.

Me gusta andar por las calles vacías, aunque frías, en un escenario posapocalíptico, como si fuera el único sobreviviente de la dimensión desconocida, sin ser leyenda.

Me agrada ir por la acera y oler el café recién preparado, y el aroma del pan que sale del horno.

Llegar a los museos antes que el ejército de selfis huecos, ir a los cines en la primera función sin vecinos con diarrea verbal que viven para revisar sus redes suciales.

También me agrada estar en la oficina antes que todos lleguen e irme antes que todos salgan.

Pero volviendo a las mañanas, cuando vagas temprano rara vez hay caos o histerias, dramas escandalosos u odios gratuitos.

Y si te topas con personas, éstas suelen hablar bajito, a veces en susurros, pues a esa hora todavía no se comunican a gritos.

Una ciudad, una calle, cambian mucho dependiendo de la hora, y a mí me encanta la de la primera claridad de la jornada.

Me gusta la paz, por eso supongo que me gustan las mañanas.

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Matando el tiempo en California

California. La primera vez que estuve aquí el clima fue nublado y frío, me hizo recordar que cuando estuve en Londres el clima fue soleado y clauroso, entonces sospeché que algo estaba cambiando realmente en el clima, que los estereotipos son menos sólidos que los monolitos o que tengo mal tino para conocer los atractivos turísticos como Dios manda en el 17° Mandamiento de la tabla perdida.

Hoy estoy de nuevo en California, creo que cerca de San Francisco, y hace un frío digno de un verano en la Antártida. Siempre he sido muy sensible e incompatible al frío, ahora creo que tras mi temporada en Miami lo soy más. Son las ocho de la mañana y estoy en la recepción del hotel esperando a que pasen por mí. Es una repetición momentánea de mi rutina matutina de ayer.

En la puerta principal del hotel hay un hombre, con un porte elegante, como de 90 años, aunque bien podrían ser nomás 50, pero demasiado bien vividos, uno nunca sabe, que está aquí para darle a uno los buenos días.

En el escritorio de la recepción hay tres empleados jóvenes, el señor de avanzda edad a veces entra y se pasea por el escritorio, atento de que aparezca algún huésped, para abrirle la puerta, darle los buenos días, preguntar cómo se encuentra esta mañana y ofrecerle un vaso de café.

Por un lado me alegra que a la gente de edad avanzada se le den oportunidades de trabajo, aunque creo que este señor bien puede ser capaz de más actividades laborales. No sé, por un lado creo que son trabajos ‘por lástima’ o por ‘pena’ y no es que a las personas que realizan estos trabajos les deba dar pena, la pena me da a mí, porque seguro esta gente tiene mucha más experiencia y capacidad para hacer muchas más cosas que dar buenos días a las aves de paso que aparecen por aquí.

Creo que me voy a enfermar, siento mis vías respiratorias en el borde de ‘ya me va a dar tos’, pues ni modo, ni tos. Espero poder escapar de la enfermedad. Quisiera quedarme un tiempo más por estos lugares, lares para presumir lo sofisticado que no soy en realidad, pero ya extraño el buen clima de mi base temporal en la Florida.

Sigo leyendo las “Opiniones de un payaso”, de un autor cuyo nombre no recuerdo, sólo sé que ganó el Nobel de literatura en 1972. Me quedan como 20 páginas, casi lo leí entero en el vuelo que me trajo a California. Es un libro que no me ha gustdo mucho, ni despertado mi emoción, pero por otro lado de alguna manera ha mantenido mi interés. Creo que lo recordaré como el libro donde encontré bien retratado un sentimiento que he tenido yo desde que tengo uso de memoria, y aún cuando me desmemorizo: el horror de los objetos que dejan atras las personas que se van (que se van en el amplio sentido de la frase).

Son los objetos los que nos hacen más patente una ausencia. La ropa de la abuela que se murió, la habitación del hermano que se ha ido de casa, los cosméticos olvidados de la chica que te dijo que ya no y se fue sin decir siquiera adiós. Sí, lo curioso es que los objetos dejados atrás siempre te recordarán algo; pero imagina que por una vez la persona que se va se llevara todo, sin dejar nad atrás. Entonces no tendrías objetos que te recuerden las cosas, sino un vacío que te gritará la ausencia. Entonces al final, da exactamente lo mismo. Si la gente que se va te deja cosas personales, te acordarás doblemente de la ausencia por los objetos que te dejó; pero si se lleva todo y deja huecos, entonces esos malditos espacios vacíos te servirán de recordatorio no-deseado. Uno siempre pierde en esos asuntos.

12 de marzo de 2008

California

Como la primera vez

Recuerdo tu primer día en este lugar.

Fui tu primer cliente.

La persona que te entrenaba te acercó a mí,

y tras darte indicaciones breves te dejó sola conmigo.

Sonreíste y dominaste tus nervios con una gran fuerza de voluntad.

Sin duda era también tu primer trabajo.

Comprendí tu situación y fui muy considerado, más de lo que suelo ser normalmente.

No es que sea bueno por naturaleza, tampoco soy malo, soy como cualquiera, supongo.

Antes de irme te agradecí y tú me dijste “gracias” con una linda sonrisa.

Regresé al mismo lugar varias veces, con moderada frecuencia.

Siempre que notabas mi presencia fingías no reconocerme.

Cada vez que me atendías era como la primera vez, como si yo fuera tu primer cliente y como si jamás se hubiésen cruzado nuestras miradas anteriormente.

Así se sucedieron muchos reencuentros contigo, en tu trabajo.

Después me fui a vivir lejos, muy lejos, más allá del océano.

Pasaron los años y regresé a vivir a este mismo agujero pestilente y podrido.

Hace poco volví a tu lugar de trabajo y me atendíste.

“Hace mucho tiempo que no lo veía”, me saludaste con una sonrisa sólida y de experiencia.

“Estuve lejos”, te respondí algo sorpendido por el reconocimiento, “es posible que ahora me veas con más frecuencia”.

Tu sonrisa se amplió con educación y me atendiste con el esmero acostumbrado.

Al final te agradecí y tú me dijiste “gracias” exhibiendo tu sonrisa jovial.

Hoy estoy aquí de nuevo.

Hoy vuelves a fingir que no me reconoces, que nunca me has visto.

Tu acción me sabe al eco de un juego viejo, de cuerdas desgastadas a punto de romperse.

La nueva representación de una vieja obra de teatro que el público se sabe de memoria.

Quizás antes me hubiera intrigado tu reacción, pero en el presente no me importa, sinceramente me da lo mismo.

Quizá la próxima semana regresaré y tú me atenderás.

Quizás decidas reconocerme o fingir que nunca me has visto.

No lo sé.

Pero invariablemente, como en cada ocasión que me has atendido, yo te lo agradeceré.

Y tú me dirás “gracias” sonriendo como la primera vez.

Siempre como esa primera vez que podría ser la última.

 

 

 

No lo dije yo primero

Que un loco esta al frente del país más poderoso… no es nuevo, ya ha pasado demasiado en muchos ayeres.

Que el mal está desatado en el mundo y que no hay refugio dónde esconderse, lo mismo le dijeron a Noé y al tatarabuelo de Matusalén.

Nada cambia en esencia, cambian un poco las tecnologías y escenarios, pero no cambias ni tú querida, a pesar de tu extenso menú de desvaríos y agravios.

La historia la repiten quienes la conocen y también los que la ignoran, nada puede evitar el mismo bucle constante y sonante.

Que las cosas van tan mal que sólo podemos esperar que mejoren, es la esperanza más usada desde que los humanos andamos en dos patas.

Que el mañana será dorado y bello es la misma creencia que se tiene para evitar el suicidio masivo con impuesto al valor agregado, la realización de Lemmingrado.

La vida no es buena, ni mala, simplemente es. La existencia carece de sentido, y nuestro trabajo es inventar una razón o un motivo cada día hasta que se nos acabe la cuerda.

Si la cosa no fuera tan patética me orinaría de risa, si no fuera tan cómica me quedaría seco y sin lágrimas.

Nada será peor que ahora, y tampoco será mejor. Siempre el mismo desconcierto de la perfección y no hay nada perfecto, excepto el caos.

Así es la vida, en rosa y en cualquier color.

El cigarrillo de la noche

La noche es tranquila, el cielo nublado, sin estrellas; éstas son suplidas por las luces de las antenas, rojas y blancas parpadeantes para que tengan precaución todos aquellos que vuelan bajo: aviones o ángeles, poetas o déspotas.

Yo me encuentro fumando el cigarrillo nocturno en mi balcón.

Frente a mí está el gran edificio que se me figura un fornido militar titánico, cuadrándose para intimidar, para amenazarnos y hacernos saber que está al sevicio de alguien aún más poderoso, y hacernos sentir una forzada sumisión ante ese poder invisible que sólo se presiente, creo que el gran titiritero es aquél que tiene el dinero.

Ese edificio también inspira respeto a los seres inferiores, los que tienen las monedas suficientes para subsistir al día. Carecer de dinero es la mayor preocupación de las vidas por este lugar. La parte superior del edificio, que parece la cabeza del gran soldado, es una gran cúpula, con columnas griegas, que esta noche han dejado iluminada.

No es muy tarde, y sin embargo reina el silencio en la calle.

En silencio pasa por la acera uno que otro fulano de los que sacan a cagar a sus perrillos falderos. Los apartamentos modernos y lujosos de la zona no permiten albergar a un verdadero can. Los amos recogen las mierdas plastificadas de sus pequeñas mascotas con bolsas de plástico, preservando así la pulcritud de las aceras.

Ocasionalmente pasa un auto. Pero en la calle sigue imperando el silencio. La mayoría de la gente ya está en sus casas dopándose puntualmente con una serie de televisión, actualizando pendejadas en sus redes sociales o viviendo lo que no son en un videojuego. Claro que también hay muchas personas aún en sus oficinas, siendo infieles a sus parejas con una fidelidad obsesiva al trabajo. Estas adictas a la productividad tratan de matar el estrés que el trabajo les causa, con más trabajo. La droga que atrapa y de la que nunca es suficiente hasta que ya no regresan del viaje. Estos nuevos obreros, para recuperar el sueño buscan un aumento, ignorando que el aumento les causará más insomnio, entre más te dan menos duermes, tómalo en el sentido que quieras.

En el último piso del edificio que luce como un gran soldado, casi llegando a la cúpula, veo en una ventana una sombra que se mueve, y luego se asoma. No distingo ningún detalle, puede ser un hombre, una mujer o un orangután. Para mí es sólo una pequeña sombra que se mueve en la lejanía.

Parece que de repente sale de la ventana y se pone de pie en la cornisa.

Casi se ha consumido todo el tabaco de mi cigarro y empiezo a sentir calor en los dedos que lo sostienen. Lo apago. Pasan dos autos por la calle y de nuevo la quietud.

La sombra se desliza por la cornisa y se detiene a la mayor distancia posible de la ventana. Allí permanece estática por un buen rato, imagino que reflexiona, pero como cortando bruscamente su cadena de pensamientos con un brusco movimiento se arroja al vacío, oigo el motor de un coche pasando por la calle. No escucho nada más cuando el auto se aleja.

Silencio, el cielo nublado y sin estrellas. Yo estoy demasiado lejos como para escuchar golpes tras caídas.

Probablemente algo se dirá en los periódicos mañana, pero yo ni me enteraré, no compro diarios ni tengo TV.

Fin del cigarrillo de esta noche.

merryl lynch

El restaurante cafetería

Descanso, pausa, escape, gula, desesperación, esperanza, joyería falsa, comida de segunda, promociones, mucho humo de cigarro en la sección de fumar, manteles individuales de papel, un murmullo elevado similar al de un mercado, olores de finas fragancias de buena marca entremezclados en el aroma de frituras, meseras cansadas, sonrisas obligadas, personas que vienen a este sitio para hablar de negocios, otras para usarlo de confesionario.

gente cuya vida es una dulce mentira porque su verdad es amarga, personas obesas tratando de olvidar la culpa que tendrán una vez que acaben la gran rebanada de pastel que ordenaron como postre tras la grasosa hamburguesa, enamorados que sienten que el mundo es color de rosa, matrimonios sumidos en el silencio y hastío, jóvenes que se creen poderosos e inmortales, algunos inmorales y otros aspirantes a escritores que no se cansan de manchar la pureza de las hojas de papel.

aros de diversos líquidos en las superficies de las mesas, vaivén de las jarras de café, campanadas ocasionales de caja registradora, choques metálicos de cubiertos en los platos, una sonora carcajada de Santa Claus en pleno verano, satisfacción de estar a salvo de una lluvia torrencial, ojos que miran relojes, niños aburridos, tintinear de llaves, futbol en la televisión, de fondo una música que hace años era considerada contestataria, en unos años se oirá aquí de fondo la música que hoy sólo escuchan los jóvenes rebeldes.

el tiempo corre aquí implacablemente tal y como lo hace en cualquier otro lugar, míseras propinas, cortesías del manual del empleado, responsabilidad laboral, billetes y sumas, sumisión pagada, resignación superficial, una caricia furtiva y subida de tono, vejigas aliviadas en un apartado detrás de una puerta rotulada, azúcar disolviéndose en un líquido oscuro, discursos e ideales, indiferencia, rutina, brillantes pasados opacándose con el presente, prisas, asesino de minutos, ¡ah!, y también sueño.

Bajo el reloj del andén

En la estación del metro Tacuba, justo debajo el reloj del andén, el clásico punto de encuentro en cualquiera de las estaciones de la línea, llega puntual esta mañana la banda de cinco músicos ciegos, que no incluye a tres ratones de cuento. Los invidentes rítmicos afinan de inmediato sus instrumentos y cuatro estudiantes de secundaria, fugados de su institución académica, llegan al mismo lugar para planificar la pinta del día.

Cerca de los estudiantes planificadores está un desempleado, peinado con agua y limón, tal como su mamá le enseñó cuando cursaba la primara, que muy atento ojea la sección de avisos de empleo del diario deportivo que sin falta adquiere al salir de su casa. Una vez que ha leído con sumo cuidado los análisis y resultados de todos los partidos de la jornada pasada, las estadísticas y pronósticos para los encuentros cancheriles del día, el desempleado comienza a encerrar en óvalos de tinta verde las dos vacantes laborales que prometen oportunidades para él. Sin embargo piensa que a la que vaya invariablemente le dirán: “gracias, nosotros le llamamos”.

El quinteto de ciegos, satisfechos de haber sacado de sus instrumentos las notas apropiadas, aborda el vagón que recién llega, dando inicio a su estudiada rutina de cantar para subsistir. Del mismo vagón descendieron un par de individuos con rostros de comadreja, ilusionados por lo que puedan encontrar en la billetera que acaban de robar.

El vagón se va y la ilusión de los rateros se esfuma una vez que, bajo el reloj del andén, descubren en la cartera solamente seis tarjetas de presentación en papel barato, un condón más económico que las tarjetas y un pedazo de servilleta descartable con algunos teléfonos anotados de prisa. El par de malandros arrojan con enojo la billetera al suelo y se disponen a esperar el próximo vagón para repetir su acto.

El lugar que dejan libre los ladrones bajo el reloj, es de inmediato ocupado por una mujer, maquillada y peinada con ese esmero que busca agradar, ella mira su reloj de pulso chino para comprobar que la hora del reloj del andén no miente. Los estudiantes de secundaria deciden por fin irse a remar al lago de Chapultepec, donde las aguas son más verdes que la espada de la luz de Yoda. ¡Tanta deliberación de los adolescentes, para terminar eligiendo la opción más común y corriente en su situación!

El espacio que los cuatro estudiantes dejan, es prontamente ocupado por un hombre moreno que lleva consigo un pesada caja metálica de herramientas, cuyo transporte le hace sudar las gotas gordas de Adán en busca del pan. Deja la caja en el piso y se dispone a esperar a un compañero de labor para irse juntos a trabajar.

Tap, tap tap… Haciendo resonar contra el piso las delgadas tiras de metal adheridas a las suelas de sus zapatos  (para que no se desgasten por tanto caminar), llega un galán presuroso y ligero, sudando por el esfuerzo de su lucha contra el tiempo; viste su mejor suéter, perfumado con una loción barata y pirata que en vano intenta emular el aroma de una fragancia de marca. El recién llegado dibuja una sonrisa de cocodrilo alegre en su rostro y abraza a la mujer de esmerado aspecto que espera con su reloj chino y un gesto de impaciencia. Discuten brevemente tras las reclamaciones de ella, pero terminan en un público beso que muestra a los testigos que todo está bien entre ambos, luego se van de aquí unidos en un romántico abrazo que dificulta su andar.

El sitio que dejaron vacante los enamorados reconciliados es de inmediato ocupado por un campesino de rasgos indígenas, su rostro es el como de los héroe prehispánico de las estampas y los monumentos oficiales, cara como de esos personajes del ayer remoto cuya rancia cultura y actos admirables hacen sentir a los mexicanos un gran orgullo por tener un gran pasado (remoto y lejado, pero muy suyo). El campesino, ignorado por toda la gente, e incluso despreciado, trae a cuestas un bulto más voluminoso y pesado que la caja de herramientas metálica del moreno. El humilde heredero de los nativos deja en el piso su bestial carga y descansa un poco bajo el reloj del andén. En eso llega el compañero del moreno de la caja metálica y ambos parten, algo retrasados para su cita, en el siguiente tren.

El campesino mira sus huaraches desgastados a punto de romperse, piensa en su mujer y en sus siete hijos, piensa en el octavo que viene en camino, pero no piensa en el futuro, sino en cómo sacar adelante el presente. Quizá hoy sea mejor día que ayer, quizá hoy la policía lo deje en paz vender sus artesanía y los turistas le compren al menos dos de sus sarapes coloridos.

Al lado del campesino que ruega el amparo de la Virgen Morena, se coloca un ser que parece escapado de la corte de los milagros, con sucia vestimenta roída que despide un intenso olor a orines rancios. El mendigo se detiene a contar las monedas que recolectó inpirando pena en algunos desconocidos. En eso, un Romeo nuevo hace acto de presencia con una rosa en la mano, cuyo tallo está envuelto en papel de celofán. El nuevo galán mira su reloj, verifica la hora también con un vistazo al reloj del andén y se dispone a esperar. Un anciano, como de 8 décadas, camina por allí a paso de tortuga, a su edad ya no hay ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

El campesino recoge su enorme bulto, se lo coloca sobre su encorvada espalda y camina rumbo a la salida de la estación. El desempleado, aburrido, mira la hora y piensa que ya es muy tarde para acudir a alguno de los lugares donde solicitan gente, mañana irá más temprano. Al reloj del andén en el metro no parece importarle nada y sigue exhibiendo y atestiguando la marcha del tiempo.

Julio 1996