Definiciones

Fe – Creencia en aquello que por naturaleza no puedes creer.

Belleza – Cualidad relativa que tiene aspiraciones a ser absoluta.

Tiempo – Un verdugo artificial que trabaja lento, pero seguro.

Amor – Algo que dicen que es una cosa esplendorosa.

Destino – Un camino en formación y una apuesta contra dados cargados.

Dios – Aquello que usamos como explicación y asidero cuano nos arrincona el absurdo.

Sueño – La fuga ocasional que nos ayuda a permanecer aquí.

Vida – Lo que sucede entre el primer grito y el último suspiro.

Humanidad – El bufón de la naturaleza.

Estupidez – Función cerebral de la humanidad en grupos numerosos.

Belleza – Eso ya lo dije.

Fe – Esto también lo dije, aunque no lo pueda creeer.

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Mientras tanto

De nuevo desesperado en la espera de tu llamada para avisarme que ya vienes en camino.

Otra vez yo, como el can que vuelve a su vómito, aquel que encontró el modo de colarse en la Biblia.

Una vez más estoy asesinando al tiempo, crimen del que casi todos salimos sin castigo, igual porque el tiempo a nadie le importa, o porque el tiempo ni siquiera existe en realidad.

Me encuentro esperando y perdido, como Minotauro en la recta de LeMans, ansiando el momento en que termines tus pendientes, recuerdes a tu pretendiente y uses el teléfono para decirme que ya vienes en camino.

Como siempre te espero con mi libreta barata, llenando sus hojas con retratos hechos con letras y pensamientos volcados en tinta, también con estupideces que salen como conejos abundantes, expelidos volcánicamente de la chistera del mago pobre del barrio sin magia.

Letras y letras que no me producen ganancias económicas, pero sí muchas satisfacciones personales.

Espero en el lugar de siempre, haciendo lo mismo que todas las veces anteriores. No han sido muchos años de estas repeticiones, pero las he sentido como siglos plurales, estridentes aludes de meses que me sepultan y que terminarán tiñendo de espantosa pureza mis cabellos, si es que no los arrojan uno a uno al suelo. Aquí espero.

Mientras escribo, imagino invariablemente que las cosas por fin saldrán como las proyecta mi mente. Que mi paciencia rendirá frutos o hará agujeros en la roca. Que por primera vez, en estas escenas que son todas similares entre sí como los ecos exactos del Big Ben, no me digas al verme: “Estoy cansada, por favor llévame a casa” o “estoy tan agotada que hoy es mejor que no hagamos nada”… ¡como si alguna vez hubiésemos hecho algo!

Aquí me veo de nuevo, reflejado en el espejo retrovisor del auto, esperando. Con la ilusión de que al abordar me digas algo distinto de lo acostumbrado. Le ruego al destino que hoy me presente algo distinto. Que se cumpla por fin lo que tanto has prometido. Yo mientras tanto escribo…

Aferrarse

A veces siento que trato de predecir al viento, que estoy predicando en el desierto, hablando desesperadamente en vano. Y tú, me das cuerda como aquellos juguetes mecánicos de un pasado que ya se siente tan lejano como las 1001 noches.

A veces siento que mis palabras son un monólogo perpetuo, que soy un boxeador de sombras que se pone en forma para nunca llegar al final que quiere. Me siento como  fábula sin moraleja, como el Romeo del celibato que carece de Julieta.

A veces siento que eres una entidad únicamente real para mí, un sueño que tengo en mis días y el insomnio constante de mis noches; que eres una hipnosis perfecta que me hace vivir en una fantasía.

Sigo escribiendo y sigo pensando en ti, aunque no te quiero convencer de nada. Te quiero como eres, si es que eres, y yo, pues, yo soy así.

Masas ya rebeladas

Entes ruidosos que se mueven y respiran, subhormigas que aspiran a sueños que no son realmente suyos, y creen que piensan con esas mentes caóticas que consideran superiores a las de otras especies.

Esa inteligencia supuesta es un desperdicio, siempre tragada por un abismo profundo y negro, como la muerte. Dicha gente tiene menos capacidad de juicio que los gusanos de tierra o que las amibas que ignoran todo acerca de la amistad.

Esos entes requieren de leyes para refrenar un poco su instinto autodestructivo, pero al final sus reglas resultan tan estériles como una semilla de mostaza arrojada a las olas del mar (si no me crees pregúntale a Simón Bolívar, si lo ves).

Entes que necesitan estar siempre acompañados, cerca de alguien, porque tienen temor visceral a su “soledad”, y optarán por la “soledad acompañada”, jamás aceptada, para no enfentarse a su propio interior, tan vacío como su inteligencia, profundo como abismo de ranchera.

Construyen su propio cadalso, adornando la estructura con coloridos logotipos, y creen prolongar el momento de su ejecución, que en realidad comenzó desde que ellos empezaron a andar en la Tierra. A su fin autoimpuesto suelen llamarlo Civilización.

Entes que creen avanzar más lejos de lo que realmente han llegado, aunque en realidad nunca van a ningún lado. Y su soledad, siempre su soledad, los incita a inventar dioses para amarlos y odiarlos a la vez, para responsabilizarlos de todas sus estupideces.

Entes que se desprecian entre sí (para prueba sirve este escrito), a la vez que ponen en alto el nombre del amor. Entes que por amor matan y mueren, y por amor se atormentan sin sentido alguno. Entes que incluso cuando contruyen algo, lo hacen tras haber destruido otra cosa. Siempre pasa.

Estos entes que se mueven y respiran, con ruido y presunción, que creen que piensan y avanzan, pero en realidad sólo cavan su propia fosa. Así está escrito, y así seguirá siendo.

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Todos somos el futuro de algún presente

Quizás terminemos así, añejos como la pareja de la mesa vecina. Esos dos vejestorios decadentes que intentan decantar el tedio juntos. Par de sobrevivientes de muchos inviernos que sólo pueden ofrecerse sus respectivos cúmulos de tiempo.

Son feos, como cartas quemadas, pero ya a ninguno le importa. Cuando se comunican, procuran reír, no porque se digan algo gracioso, sino porque cada uno cree que es la manera de que el otro siga allí, para fortalecer su aspiración a seguir juntos.

Se unieron no por amor, sino por resignación. Por suerte se encontraron, en una etapa existencial de rechazos, pero jamás se gustaron, ni se gustarán. Se unieron porque decidieron que era mejor estar solos acompañados que solos cada quien por su lado.

Me resulta curioso que su charla se asemeje mucho a la de jóvenes enamorados: puras intrascenencias y cosas que pretenden ser graciosas. Hablan y se ríen de lo que se dicen para permancer juntos y ver si así ahuyentan a la muerte que los ronda tan cerca.

Puede que tú y yo terminemos como esos viejos, pero no juntos, sino con parejas distintas. Nosotros nos unimos por amor y de repente nos dimos cuenta que éste se acabó, y pensamos que aún nos queda algo que ofrecer.

Si nuestras vidas duran lo suficiente, seremos como este par de vejetes, acompañados, tú y yo, para ese entonces por seres que ahora ni imaginamos, pero que si los pudiéramos vislumbrar soñaríamos pesadillas y lloraríamos prematuramente por nuestro fracaso rotundo.

Imagino que algo similar a lo que pienso lo piensan las parejas jóvenes que nos han visto convivir a ti y a mí. Quizas tú y yo seamos hoy la pareja de viejos para un pareja de jóvenes que nos miran con discresión.

Por favor no visites mi tumba

Por favor no visites mi tumba (si es que llega a haber alguna),

pues allí no habrá nada que visitar.

Polvo de gusanos, ecos que dejaron de escucharse,

no habrá nada que ver, nada que compense tu recorrido.

Si cuando viví me hiciste compañía, te lo agradezco;

eso fue bueno y más que suficiente.

Eso fue lo realmente importante.

Las tumbas no son más que fríos recuerdos,

melancolías por lo que se fue y que termina olvidado.

Creo que si existiese una sepultura para mí,

yo estaré entonces en ningún lado o estaré integrado sin nombre en el todo,

excpeto en mi tumba, en la que no habrá ya nada,

quizás polvo y cenizas de gusanos, en pocas palabras nada, únicamente la nada.

¿Para qué, pues, ir allí?

Credibilidad (caídas)

«¡Mamá, mamá…», dijo por tercera vez la niña, aunque con voz más urgente en esta ocasión (que fue la vencida), «ahí está otra vez, caminando afuera de la ventana!».

La pequeña dejó su vaso de plástico, lleno de leche industrializada, sobre el vulgar mantel de plástico que cubría la mesa coja de aluminio y señaló, por tercera vez, con el índice de su mano derecha hacia el vacío de cielo nocturno que se apreciaba por una ventana de cristal cuarteado. El vidrio, además de agrietado, no estaba limpio, quizá por encontrarse en el piso 9 de uno de esos edificios que por viejos pudieran considerarse clásicos, pero que por descuidados son en realidad baratos.

«¡Brenda, por última vez te digo que es IM-PO-SI-BLE que haya alguien allí afuera!», dijo la pálida madre de la niña con exasperación hiriente. Su paciencia estaba más agotada que su esperanza. Tras lamentarse internamente de que ya no pudieran usar más vasos de vidrio, ordenó a la pequeña: «Termina de cenar y prepárate para acostarte que ya es muy tarde».

La pequeña se vio de nuevo entrando en uno de esos inexplicables absurdos entre dos mundos, el infantil y el adulto: ¿Es que los mayores no perciben la realidad? ¿No ven las cosas o fingen no ver nada? ¿Por qué me regaña tanto, será que no me quiere? Esta niña tampoco se pudo explicar tantas dudas.

En el exterior del piso 9 de este edificio siempre ha habido una estrecha cornisa, sobre la que cada noche deambula un niño elegante que, hace poco más de cuatro décadas, tras haber arrojado por la ventana sus costosos juguetes en un arranque de ira y para no ser reprendido por su estricto y opulento padre, prefirió arriesgarse a perder la vida escapando por la ventana al momento de divisar el lujoso auto de su papá llegando al edificio de su vivienda. El niño se arriesgó… y perdió. Cayó a la acera como juguete desechado, pues la cornisa siempre ha sido demasiado estrecha.

Debido al encumbramiento social del padre se acallaron los medios de comunicación y la muerte de ese menor no fue noticia, pero el edificio de apartamentos fue anatemizado como si hubiese sido responsable del crimen, motivo por el cual se hizo de mala fama; por ello sus ocupantes fueron paulatinamente ejemplos de estratos socioeconómicos cada vez más bajos. Cuando la pequeña Brenda y su mamá ocuparon el mismo apartamento del niño caído al vacío (43 años después del macabro suceso), los inquilinos compartían el edificio con cucarachas, ratones y goteras.

Brenda siguió viendo al niño muchas veces más, pero ya no le decía nada a su madre. Al llegar a la adolescencia, dejó de percibir los ecos visuales de gente fallecida décadas atrás; además aunque los hubiera visto, ya estaba más preocupada por sobrevivir que por tratar de entender lo que pudiese percibir.