En la jarcería

El matrimonio de varias décadas contemplaba la marcha del tiempo, ambos bien acomodados detrás del mostrador de su jarcería. Antes en su tienda vendían artículos para limpieza hechos de fibra vegetal o de elementos naturales, hoy en su establecimiento lo que abunda son los objetos de plástico. Sin embargo el negocio sigue teniendo el aroma único de las jarcerías.

El matrimonio ha vendido, a lo largo de los lustros, cientos de escobas y escobetas, baldes, jergas y cubetas, trapos y estropajos, zacates y esponjas. También ha atestiguado el paso de distintos gobiernos, sin ver nunca ningún avance real en el país: los pobres se hacen más pobres y los ricos son cada vez más escasos, pero los que hay son cada vez más ricos.

El matrimonio dejaba fluir los días sin novedad, ya con muy poca capacidad de sorpresa. Nada parecía condimentar sus vidas, ni sacarlos de la adormecedora monotonía del sístole y diástole de cada día. Hasta que una mañana soleada…

Por el umbral de su jarcería, el matrimonio vio entrar a una dama dinámica y bien parecida, que les dijo “buen día”, y después aspiró para llenar sus sanos pulmones con el aroma del negocio; tras lo cual, sonrió como emitiendo una luz astral y se retiró del local.

El matrimonio nunca había presenciado un acto surrealista natural, se sorprendieron y se miraron mutuamente sin decir nada, sintiéndose bien gracias al grato calor en el corazón que les dejó la sonrisa de la dama misteriosa. El matrimonio concluyó que el asombro puede regresar cuando menos se le espera.

El monje negro

Estaba yo sentado, plantado, a la orilla del camino, anonadado sin esperar nada ni a nadie en especial, ensayando mis imitaciones de bufón popular, que por entonces estaban muy de moda en la descortés corte de cualquier cortado no inglés.

Yo me esforzaba por tratar de dominar los bobos chascarrillos fáciles que tantas carcajadas producían en los cazadores sin carcaj, en los príncipes de hueco cráneo de globo terráqueo y en las princesas de portada de revista del corazón, y de la moda agobiante y gobernante.

Entonces, por el camino, apareció un monje negro con un perro viejo, que tampoco era blanco, ni del tono de los chistes. Los relatos de costumbres acostumbran indicarnos que personajes como este monje obscuro son sabios y serios, que pagan sus peajes con dinero de bolsillos ajenos. En realidad ignoro si eso es verdad, y tampoco pude notar su supuesta sabiduría, pues al verme, el monje negro se detuvo frente a mí, mientras su perro trataba de lamer el cielo.

Mirándome sin miramientos, el monje me dijo: “En Pakistán murieron 22 personas en una boda, todo porque acostumbran hacer disparos al aire para celebrar. Uno de los invitados, con un obús mortero, no supo manejar bien el arma y en vez de tirar al cielo, tiró al novio, a los 14 niños del coro (que ahora entonan cánticos realmente celestiales) y a otros tantos invitados, hiriendo a no menos de 20 y no más de 21, incluyendo a la novia, quien quedó viuda el mismo día de su boda. ¿No crees que la gente es realmente estúpida?”.

Yo, sorprendido por la historia, me quedé boquiabierto porque supe que eso había sucedido temprano en un verano de la Tierra de nuevo calentamiento global crítico artificial. El monje llamó a su perro y se alejaron, empequeñeciéndose en el horizonte rinoceronte de dura piel de hiel.

Yo, como si nada y como dada, retomé mis intentos de ser tan gracioso como buen bufón popular y olvidé el asunto de la boda en Pakistán con la siguiente noticia de intrascendencia que pasó por el camino.

monk

Regresar

Me duele en el alma ver a alguien en una situación como la tuya.

No me compadezcas, por favor, la compasión sabe mucho a insulto, no me compadezcas…

No te compadezco, sé es que no es fácil pasar por ese tipo de situaciones. Me impacta que en un instante todo lo que creías haber conseguido se desvanezca, que toda la paz y tranquilidad se pierdan por circunstancias ajenas a ti, a mí. Supongo que a cualquiera le puede pasar; sin embargo, en verdad me duele verte así. ¿Qué piensas hacer?, ¿vas a regresar con él?

¿Crees que estoy loca? Él me ocasionó todo lo peor en mi vida, regresar con él es dejarle que acabe conmigo, simplemente yo no podría regresar a su lado. Aunque… pudo haber cambiado en estos años, ¿no?

No lo creo, nadie cambia del todo, es decir, él es así de raíz, es su naturaleza. Tú necesitarías que él se transformara en otra persona, y nadie cambia tanto en toda una vida, mucho menos en cinco años.

Es verdad, nadie cambia. Sería un error regresar con él.

Estarías mal de la cabeza si lo hicieras.

Sí, definitivamente, de todas las cosas que pudiera hacer mal en mi vida, regresar a su lado sería la peor, aunque…

¿Aunque?…

Él sigue siendo mi esposo, hay algo que aún me ata a él.

Pero ¿no acabas de decir que regresar a su lado no es una opción para ti?

Podrían obligarme, ¿no?

No lo creo si tú no accedes.

Está claro que no accederé, ni loca lo haré…

Aquel le rogó, le juró que había cambiado durante la separación, que la vida juntos sería distinta a como había sido, porque su transformación era verdadera. Ella regresó a su lado una semana después de esta conversación, y nadie la obligó a ello.

Enamoramiento en la contingencia

En plena contingencia, amor de primera vista, literal, entre dos miopes a sana distancia. Dos metros de cercanía máxima, uno y otra con cubrebocas, pero bastó mirarse mutuamente a los ojos, con miradas nebulosas como húmeda mañana de San Francisco.

Dos miradas y aceleración de pulsaciones, ninguno sufría de presión alta, con mariposas revoloteando en sendos estómagos anotaron mentalmente la hora y el lugar para ayudar a la suerte a reunirlos de nuevo. Y así fue, los dos tenían el mismo interés.

Durante días se observaron en el mismo lugar, respetando la cercanía máxima de los dos metros, ambos creyeron haber encontrado su media naranja. Aún no era tiempo de concertar una cita, ante tanto riesgo de contagio. Mejor así: silencio, de lejos y esperando.

Cuando por fin terminó la contingencia, se encontraron en el mismo lugar de todas las veces, como por casualidad otra vez. Pudieron acercarse y por fin intercambiar palabras salidas de sus bocas, ahora sin protección.

Pura desilusión: él no tenía mentón, ella tenía los labios ulcerados, los dientes de él eran de un sucio amarillo mazorca y los de ella chuecos y multicolores como vómito de LEGO®. Mal aliento en los dos casos, y lo que es peor, ambos eran bastante idiotas.

¡Ah, pero qué bellos eran sus ojos a la distancia! Ojalá por siempre hubiesen portado cubrebocas.

Lego

El tío

El tío es un bicho raro. Nunca se ha casado, tampoco tuvo hijos, jamás se le conoció alguna novia, ni novio (que en su caso termina siendo lo mismo). El tío no encontró la media naranja que le sirviera de sparring existencial.

El tío tampoco buscó un trabajo decente, como esos que tiene la buena gente, con horarios esclavos y salarios rutinarios.

El tío se limitaba a encerrarse en su habitación a escribir y a escuchar jazz todo el día, desde antes de que saliera el sol, hasta mucho después del crepúsculo. Únicamente necesitaba su bolígrafo, papel y su pequeño radio de transistores.

En ocasiones, el tío desaparecía algunas horas, quizás un par de días, y regresaba al hogar de su hermano, en el que vivía. Este hermano estaba cotidianamente casado con una buena ama de casa, con quien tenía cuatro hijos; y con fraternal apego mantenía al tío como un dependiente impuesto por el destino.

El tío siempre volvía flaco y ojeroso de sus correrías, como un quijote apaleado por policías, pero al regresar jamás comentaba nada de sus aventuras y solo se encerraba en su habitación a escribir y a escuchar jazz.

Ignoro qué hacía el tío con tantos escritos, eran demasiadas libretas, servilletas y cualquier cosa de papel, acumuladas en cajas y cajas rodeando su cama. No los vendía, no los publicaba, vamos, ni siquiera los compartía.

Esa era su rutina, hasta que un día el tío trepó a un árbol muy alto. Subió como gato desesperado y cuando llegó a la mayor altura posible gritó como gorila en celo: “¡Quiero una mujer!”.

Fueron muchas vueltas al reloj de arena las que pasaron para convencer al tío de que bajara. Llegaron los municipales, los bomberos y los cobradores de impuestos, pero no descendió hasta que llegaron los loqueros, acompañados de una monja enana. No era la mujer que el tío deseaba, pero la obedeció sin cuestionar nada.

El tío vive ahora en un nuevo hogar, donde hay algunas personas encerradas que se creen Napoleón, aunque la mayoría dice que está allí por error; unos dicen que los recluyeron en ese lugar por cuestiones de querencias, otros que por odios irreconciliables, pero la mayoría dice que los metieron por asuntos de dinero.

El director de ese nuevo hogar nos dice que el tío vive allí muy tranquilo. Que es feliz con tal de tener a la mano un bolígrafo, papel y su radio de transistores. El tío escribe y escucha jazz, y lo mantienen alejado de cualquier árbol alto, pues si el tío descubre uno, lo trepa como gato desesperado y cuando llega hasta la mayor altura posible grita como gorila en celo: “¡Quiero una mujer!”… Además, la monja enana es una mujer muy ocupada.

El tío siempre ha sido un bicho raro.

 

Fiesta

La camelia sintética que acaricia el maquillaje de tu mejilla es la artificialidad deslizándose sobre una mentira. Me sonríes con tus dientes Cheshire pintados de blanco excesivo, en un rictus de alegría externa tan natural como la de maniquí de gran almacén con descuentos.

Nadie piensa en la muerte, aunque todos la llevamos a cuestas desde que nacemos. ¿Será que pretendemos ignorarla por costumbre?, ¿será por miedo?

Las telas sintéticas encandilantes parecen hechas de luz. Las pieles farsantes con que se visten las bestias extasiadas parecen en verdad de origen animal. Nadie conversa, sólo se escucha el monótono latido de una música que sirve para aturdirnos y hacernos olvidar. Bailar y olvidar. Estar sin ser, ser sin estar. Dame una pastilla más.

Varias pantallas conforman un muro multicolor, otras tantas, solitarias como islas de imágenes, cuelgan del techo mostrando animaciones de computadora tan reales que pienso que muy pronto ya no se requerirán actores humanos. Una máquina bastará para producir todas las tramas que se puedan reinventar y poblarlas de dibujos convincentes que también sepan bailar.

Las naves de aquellos que aspiren a la inmortalidad a través de sus obras no zarparán del muelle del anonimato, y vivirán en el olvido automático. Quisimos facilitarnos tanto la vida, que al final nadie será ya necesario, para nada.

Pero no te detengas a pensar, deja ir lejos a esa habilidad innecesaria. Naveguemos juntos por la corriente, mira que todos los ríos conducen a la misma Roma.

Así estamos hoy: temerosos de la muerte, viviendo una vida de muertos vivientes.

sonrisa

Las lamentaciones de Herodes (de leyenda)

Herodes de leyenda desayunando en un moderno café restaurante, tan real como los impuestos, el sábado por la mañana. Se lamenta este rey cruel, ahora sin corona, de que ya no exista la realeza verdadera; echa de menos el tiránico poder que las historias le achacan. Le entristece que ya no haya esclavos, ni siquiera sirvientes a los que se pueda azotar, que ya no haya verdugos que ejecuten órdenes sin chistar, ni súbditos que sepan su lugar, ahora todo es una ficticia igualdad. Siguen habiendo muchas diferencias, pero todos presumen los mismos derechos, repudiando todo lo que suene a obligaciones. Esta realidad de hoy es más ilusoria que la mayor fantasía.

Herodes hace acopio de toda su paciencia y se resigna a seguir escuchando al ruidoso niño de la mesa contigua a la suya. El nene llora, berrea a todo pulmón, le dice vieja puta a su madre y a su padre le dice cabrón. Los progenitores sólo le dicen calla, pequeño, una y otra vez, con suavidad de almohada. Nada puede calmar a este crío que no sabe lo que quiere, e ignora lo que no quiere.

La madre se siente avergonzada, pero no encuentra qué más hacer para calmar a su  engendro; el padre, filosóficamente, toma las cosas como son: los niños tienen mucha energía y hay que ser pacientes con ellos.

Ebria de poder, la criatura grita y manotea como ánima satánica en piscina de agua bendita. Todo parece alimentar su rabieta. Los demás comensales están incomodados desde el inicio del drama, pero nadie dice ni pío… es asunto de sus padres, piensan, y hacen lo posible por actuar como si nada.

La mesera que atiende a la familia del berrinche levanta las cejas y mira al niño con una tierna sonrisa, mientras imagina decirle: ¡Ya cállate, hijo de puta! Pero no dice nada, y sigue sonriendo profesionalmente.

No se vislumbra un fin cercano para este escándalo.

Herodes da un sorbo a su café y maldice los tiempos modernos. La hipocresía, la doble moral, la falta de Dios y la falta de respeto a los demás. Ahora no sólo se condena el asesinato de un niño, sino también un par de nalgadas en situaciones extremas. Malditos tiempos hipócritas que transformaron el Derecho Divino en Derecho del Dinero; las diferencias por mérito y valor fueron transformadas en una aparente igualdad de mediocridad. El mundo es definitivamente más estúpido que antes.

Harto, el viejo rey pide su cuenta para salir del recinto como un Teseo sin laberinto.

Desde la calle se escuchan los berridos de ese niño cuyo futuro debieran ser los escenarios de la Ópera mundial.

“Si aún tuviera mi viejo poder”, piensa Herodes al alejarse, “a esta hora Dios tendría en su corte un nuevo querubín que lo deleitara con su canto”.

Y Herodes se va a otro lugar en el que pueda continuar su desayuno en paz.

Herodes