La justicia suele ser una utopía

Era un perro mediano. No tan grande como un san Bernardo, pero de un tamaño que le permitiría comerse completo a un chihuahueño, sin problema. Ignoro de qué raza era el perro en cuestión, desconozco las razas caninas así como los modelos de autos, aunque puedo identificar un san Bernardo, un chihuahua y los perros salchicha (a estos últimos porque parece que me odian, siempre quieren atacarme sin razón e incluso uno de ellos me mordió recientemente, por el simple hecho de que lo estaba ignorando).

Era un perro mediano de color negro, siempre tranquilo viviendo en la azotea de una casa de dos pisos. Sus dueños jamás jugaban con él, nadie vio que alguna vez lo bañaran y nunca lo sacaban a pasear. Desde muy pequeño lo subieron a ese techo y allí se quedó, quizá resignado. Sus propietarios le subían agua y alimento, pero eso era todo, ninguna convivencia, ignoro si tenía siquiera nombre. Desde esa modesta altura, el perro negro siempre miraba el mundo pasar, con sus ojos llenos de melancolía. Parecía un gurú en desgracia zen arriba de una colina.

Jamás ladraba. Nunca le ladró a la anciana demente que caminaba todas las tardes por esa calle, la viejecita que usaba lentes con cristales de fondo de botella y que llevaba largas agujas de tejer entre su pelo y su gorro de estambre en tonos grises, para “defenderse de cualquiera que intentara violarla”. El perro negro tampoco le ladró al vejete perezoso que vivía a dos cuadras de distancia, ese que en su desempleada juventud robaba dinero a los niños que encontraba y que ya de viejo siempre pasaba frente a la casa del perro, temprano por las mañanas, para ir hasta la gran avenida y sentarse afuera del templo de santa Ana para pedir limosna a los piadosos que salían de misa. Jamás me ladró a mí, que solía caminar diario por allí para que no se me atrofiaran las piernas (el pinche salchicha que me atacó vivía a diez calles de distancia). Nunca le ladró al cartero, ni a los repartidores de agua, tampoco a los recolectores de basura ni a los repartidores de publicidad impresa, que al final terminaba siendo más basura que nadie recogía.

Un día, un niño rubio de 10 años que vivía en la casa contigua a la del perro negro, y que siempre miraba al can de la azotea vecina con añoranza, pues sus papás se negaban a que tuviera una mascota propia, decidió subir sigilosamente al techo de su casa y de allí pasar al del perro negro para jugar con él. El perrito lucía siempre tan tranquilo…

Cuando el niño pasó al techo vecino, el perro negro sintió que su espacio estaba siendo invadido, y no sólo ladró por primera vez a un humano, sino que se avalanzó hacia el pequeño con furia, lanzándole dentelladas a los brazos y al rostro, empujando con sus ataques al niño hasta el borde de la azotea.

Los gritos del infante y los ladridos y gruñidos del atacante hicieron que el dueño del perro negro se alarmara, y al notar lo que pasaba prácticamente arriba de su cabeza le dijo al niño que no se moviera, que no gritara, subió al techo de su casa y sin mucho esfuerzo controló a su perro, quien recuperó como por arte de magia la paz que solía caracterizarlo.

El niño fue llevado al hospital, se le administró la vacuna antirrábica, creo que la antitetátina también, y varias puntadas fueron necesarias para suturar sus heridas. En su rostro quedaron cicatrices, no muy desfigurantes, que le harían recordar esa experiencia el resto de su vida.

Basándose en el principio que acabó con el último tigre de Sumatra, que dice: “una bestia que ha probado sangre humana, jamás se saciará hasta matar a todos los hombres [o mujeres] que pueda”, el perro negro fue sacrificado.

La justicia suele ser una utopía.

La mañana de la tormenta

En ocasiones el invierno decide prolongar su gélido imperio, sin importarle que la primavera sienta demasiada urgencia en la sala de espera, y por eso adornaba con fuertes fríos esa mañana.

El galán bronceado con el torso desnudo para lucir su musculatura de gimnasio y sustancias antinaturales y presumir su tatuaje en el hombro (un sol medieval con simbología azteca, lo que sea que esa mezcla signifique), vistiendo solamente los pantalones del pijama, golpea la ventana de la gran camioneta negra último modelo, pagada a plazos por los próximos seis años, y le grita a alguien que está dentro del vehículo. “¡Abre por favor!”, con autoridad no carente de súplica.

Las 8 de la mañana y el frío cala. Se trata de un matrimonio joven, la esposa abordo de la camioneta era la belleza en su escuela preparatoria, todos querían salir con ella, y él el galán deportista de neuronas flojas que todas las chicas admiraban, no fue sorpresa que se hicieran novios y pocos años después se casaran.

Pero él, según sus palabras, es hombre, macho alfa y cazador, el matrimonio no le implicaba necesariamente fidelidad. “El estar a dieta no significa dejar de mirar el menú”, le decía con cinismo cuando su esposa lo sorprendía deleitándose con las curvas de otras mujeres. Pero un macho alfa no se limita a ver el menú, lo tiene que probar todo, y por eso él tuvo sus aventuras, creyendo siempre que su mujer no se percataba, y ella paciente no tejía, pero sentía que se avecinaba la tormenta mayor.

Esa mañana fría ella se preparaba como siempre para ir al gimnasio, para no perder la línea que entonces aún magnetizaba miradas en las calles, ¿para ser el menú que otros solamente admiran?, mientras él dormía todavía, pues la noche anterior se había quedado hasta tarde “trabajando en la oficina”.

La joven señora necesitaba cambio para el ballet parking (son individuos que visten tutús y aparcan tu auto afuera del gimnasio a ritmo del Lago de los Tiznes) y se le hizo fácil buscar monedas en el saco que él usaba la noche anterior. La prenda apestaba a perfume de mujer, pero no de la esposa curiosa, y en vez de monedas encontró una tarjeta con un beso estampado (no por los labios de la señora) y la frase “Gracias amor” escrita con caligrafía de esas en las que se pone un corazón pequeño sobre la “i” en vez del punto.

La tarjeta desató la tormenta anticipada, la mujer golpeó con furia la cabeza de su esposo dormido con el saco (Prueba A de la infidelidad) y le arrojó en la cara la tarjeta (Prueba B) gritándole “eres un cerdo”, dicho lo cual salió corriendo de la casa y se metió a su gran camioneta negra que estaba estacionada en la calle. Pero no se fue, esperó a que el marido llegase.

El esposo medio dormido no tardó en llegar tambaleándose hasta la camioneta y le dijo, “no es nada, mira que no es nada”, ella siguió bien parapetada en la camioneta, pero no se fue. Él le gritó “¡abre por favor!”, pero ella no respondió y lloró ante el volante, pero no se fue.

El tipo se cagaba de frío, y golpeaba con delicadeza la ventana de la camioneta (no era tan idiota, sabía que si rompía el cristal le saldría muy caro, literalmente hablando). La mujer sollozó a moco tendido.

Él sentía las miradas que le lanzaban las jóvenes madres que llevaban a sus hijos al jardín de niños contiguo a su casa, reafirmó su seguridad pues sabía que siempre tendría poder de seducción (así es, nadie concibe la propia decadencia hasta que esta ha comenzado a hacer estragos). La esposa, desde dentro de la camioneta, sintió que era injusto lo que le pasaba, era feminista (en realidad es una fascista sexual de las que no tratan de buscar la igualdad de derechos, sino la supremacía femenina y el sometimiento masculino, sea lo que eso signifique), y por esa razón esto no deberían hacérselo a ella, pero en verdad lo amaba, por eso se casó con él ¿no?

Al final ganó el corazón a la lucha contra la supuesta razón, ella abrió la puerta y se dejó convencer, entraron a la casa pasa hacer las paces de manera física, sin explicación, ni una palabra.

Escenas similares se repitieron por décadas hasta que ella, cansada, optó por tolerar las infidelidades del marido, tal como lo hacía su mamá con las aventuras de papá. Había hijos, que fueron los rehenes de la cohesión, y además, esas aventurillas no eran más que relaciones casuales, y la esposa oficial era ella. Y sí, su feminismo recalcitrante fue deslavándose junto con el atractivo de él.

Al final se divorciaron cuando el macho ya fláccido (el sol medievo-azteca era ya un garabato incomprensible en un arrugado pergamino) encontró a una mujer (30 años menor que él) que de verdad lo comprendía y a la que le fue fiel a pesar del dolor que las infidelidades de ella le ocasionaba.

La ex, en su soledad, se lamentaba haber entregado los mejores años de su vida al desperdicio. Pero hizo lo que quizo, ¿o no?

Tener ojos y no ver

Algunos (cada vez menos) dicen que Dios es un Padre bueno, viejito de barbas blancas, humanoide que es únicamente amor y bien. Otros dicen que Dios es un hueco de donde emana toda la maldad y que se divierte con el sufrimiento de su creación. A veces pienso que la verdad está a la mitad de los dos extremos, aunque cada vez me persuado más de que si existe un Dios, está más allá del bien y del mal.

Toda fe, toda iluminación que se quiere compartir, termina convirtiéndose en religión, teología e institución humana con una rígida administración que dejando de mirar a la verdad voltea su mirada hacia la ambición y el poder. Cadenas de dogmas, cerrazón de mentes y fanatismo, ese es el invariable destino de cualquier revelación auténtica que se quiere compartir, aunque sea con la mejor intención. La naturaleza humana incluye el absurdo y la imposición, la compulsión por opacar lo puro y sobrevivir a costa de la destrucción.

Queremos encontrarle un sentido asequible a la vida, queremos comprobar que nuestras creencias personales son La Verdad, y convencer a nuestros semejantes de ello, con discursos, patadas o a punta de armas; cuando parece que el sentido de la existencia es la simpleza [que no debe confundirse con la soberana estupidez, ni el infantilismo de los imbéciles que quieren hacer pasar su taradez por inocencia], es respirar, ver que lo bueno y lo malo están entremezclados, aceptar que todos somos partes de la razón y que nadie posee en sí la razón, es bajar del altar dorado al miedo y al deseo.

La broma final, universal, es descubrir que para conocer todo esto, a menos que seas un genio, necesitas llegar a viejo… aunque la mayoría ni aún así nos acercamos a la luz.

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Naufragio afectivo, sin elección (aparente)

El violinista del Titanic sigue tocando el vals triste con el agua al cuello, igual no es resignación, sino que quizás el capitán que se hunde con su barco impone el ejemplo, con acciones, no con palabras; aún así, abordo del insumergible viajaban fariseos felices y lombrices erectas, con toda la incongruencia de sus actos y sus verborreas. De menos el barco ya está limpio, porque las ratas lo abandonaron primero, antes que las damas y los niños, por supuesto, ratas simbólicas de la cobardía y la suciedad del alma. Sálvese quien pueda. Gritos y atropellos, todo a voz de cuello, excepto los sentidos llantos del muñeco de ventrílocuo, tan vacío, con sus ojitos de vidrio perdidos en el infinito y la mandíbula caída por la sorpresa. El vals sigue sonando. 1, 2, 3, 1, 2, 3… El iceberg es tan grande que aún rodeándolo te rompe. Burbujitas como de champán bajo la superficie del mar y la sirenita que lo atestigua está más petrificada que aquella que homenajea a un autor de joyas infantiles en un país del Norte de Europa. En medio del hundimieno, soñé que me tomaba vitaminas correspondientes a todo el abecedario y que Ponce de León me daba el secreto de su fuente, todo en vano ya, porque el barco se va a pique inexorablemente. Y el vals se sigue escuchando. 3, 2, 1, 3, 2, 1… Las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres no son cuestiones de género, sino de especie, somos más iguales que lo que queremos aceptar, aunque me digas lo contrario (solo por llevarme la contraria y querer imponerte). Ellas no son de Venus, nosotros no somos de Marte, todos y todas nacimos bajo el mismo Cielo y colaboramos por igual para construir el mismo Infierno. El juego parece consistir en no dejar que te rompan el corazón, para eso debes ocultar tu mano que arroja las piedras, poner cara de jugador de Póker y tener boca de poeta creíble; pero sigo necio pensando que no hay amor verdadero si no dejas de lado el juego y te dedicas a ser con toda honestidad. Contradicción contraindicada en las relaciones humanas. No hay amor de verdad si uno no se quita la coraza y se expone. Honesto al 100%. Se sigue oyendo el vals. Pero de repente, al notar que algo es seguro, parece que el interés se pierde. Se termina la cacería, se rompe el encanto y a otro lado con el circo, o al fono del océano con toda la tripulación. El iceberg rompe el casco, las ratas ya están más ahogadas que tortas de Guadalajara, esas ratas fueron las primeras y serán las últimas, no podía ser de otra manera, es su naturaleza. Y el violinista sigue tocando.

Pesa mucho envejecer

Pirarse con pirotécnicas mentales sin técnica alguna, agotamiento de ideas y ningún elixir capaz de devolver lo perdido. El tiempo es un ladrón que se lleva todo, incluso al mediodía, y te deja a cambio experiencia que nunca es suficiente, o quizás lo sea… pero hasta el último momento, para cuando ya de nada te sirve. No hay sustancia que me haga ver lo que antes veía y ahora incluso mis ojos se han debilitado. No es negocio envejecer. Ponce de León tiene una fuente de la que él tampoco tomó. Louis y Lestat se mueren de aburrimiento en Nueva Orleáns, igual también me aburriría como ellos. Shakespeare y Cervantes se ríen con carcajadas desdentadas de la inmortalidad, porque resulta muy inmoral. La curva del tiempo va a terminar por hacer parabólica mi espalda. Y de eso Jesús no dijo nada, calló discretamente, como Sherezada. Tengo miedo de vivir confundiendo al 100% la realidad con la imaginación. Sigo caminando pero voy a la mitad de la velocidad en que solía hacerlo. No quiero vivir por siempre, pues pesa mucho envejecer.

La única esperanza

“Eres nuestra única esperanza”, le dijeron las masas al político que prometía y prometía, en dulces palabras, frases cortas de mercadotecnia barata y anuncios televisivos de 30 segundos. El candidato garantizaba que de ser electo traería la paz, el bienestar y la seguridad, pero jamás les dijo a los votantes cómo lo haría. Al final ganó las elecciones, para no hacer nada más que aparecer en la lista de millonarios de Forbes, y cuando terminó su periodo dejó el país en peor estado del que lo encontró durante su campaña. Luego… échenle la culpa a los políticos.

“Eres mi única esperanza”, le dijo la chica de la pésima puntería sentimental al semental aparentemente considerado, que en realidad era como Marlon Brando al inicio de el rostro impenetrable. Parece que hasta el ser más santo se vuelve un tirano cuando alguien le ofrece ser su esclavo incondicional, el sometimiento absoluto en bandeja de plata. Esa chica terminó de nuevo con su corazón destrozado y cuando murió esa relación se puso desesperadamente a poner en alguien más su única esperanza. Luego… échenle la culpa al destino.

“Son nuestra única esperanza”, le dijeron los mexicanos miserables, habitantes del pueblo desértico, a los 7 magníficos, para que estos los protegieran del maldito Calvera, ¿o era Tuco?, como sea, no falta el Western donde un bonche de débiles, cobardes que disfrazan su temor presumiendo ser pacíficos, le ruega a un puñado de pistoleros que los protejan de los forajidos desalmados. Pero cuando la película llega a su final feliz y los pistoleros valientes se van del pueblo tras acabar con el tirano, yo siempre he creído que otro desalmado aparece para fustigar al pueblo en paz, y la misma historia vuelve a empezar de nuevo. Luego… échenle la culpa a los bandidos.

“Eres mi única esperanza”, dicen muchos creyentes al Dios en quien dicen creer sobre todo cuando son atormentados por una necesidad. Piden y piden, al padre bueno para que los proteja, los ayude, les solucione los problemas y les dé de comer; pero convenientemente ignoran la frase del contrato que dice “Ayúdate que yo te ayudaré”. Luego… échenle la culpa al Diablo.

¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

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Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

orina

En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

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El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

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Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

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María Candelaria Clic para ver el momento “yo no he hecho nada malo”

Things have changed


Una canción favorita, reinventada, casi cada noche, pirotecnia en notas acústicas, capturada en grabación y no se hacen las cosas dos veces igual. Prevenir rutina, costumbre y oxidación. Adiós adiós, hasta lo que se quiere. Quizás sea el extremo, extremaDura blanda. Verdad revelada: no se reblandecen los corazones que son de piedra.
En sí la canción original es una maravilla, quizás soy un ciego fanático en lo que respecta a Dylan, la historia me dará la razón, aunque no suelo tenerla. No me rebanaré orejas ni siquiera las patillas, ni reduciré mis pies para estar de moda en China. “Me solía importar, pero las cosas cambian”.
Sin razón sin sentido, ¿para qué darle gusto a todos o a una sola persona? Doy argumentos y armas que se me pueden revertir, aunque haya aún gente que piensa que soy invertido. “que ladren los perros”, como no dijera el Quijote. No soy homofóbico, pero hay mundos que de plano no me interesan, aunque haya quien no lo crea. Igual no pertenezco a nada, a ninguno, igual me he inventado mi mundo y aunque inexistente es el único para mí.
Los dramas exagerados, las palabras y las caídas son o para querer encajar o para desencajarme más, posiblemente para tener algo que decir y que se me entienda. No soy superior, no soy cerveza, ni modelo, y sí, tienen razón si piensan que muchas veces ni yo me entiendo. No quiero que suene a algo urgente, son los movimientos de reajuste, la tierra tiembla y tira edificios, las olas destruyen poblados en las orillas, yo sólo me muevo con mis palabras.
Demasiadas palabras pero en ellas siempre está mi verdad. Que me devuelvan mis gafas oscuras, no quiero que me vuelvan a leer el alma inacabada y en constante proceso de construcción. Cuando creí llegar a América, resultó que eran las Indias, qué huevo de Colón ni qué hueva fina de peces. Ya no es un S.O.S.
No me digan que soy absurdo, pues quien me lo dice no conoce el mundo. Producto del ambiente o producto de NO querer ser parte dependiente del mismo. No lo sé, pero no voy por el mismo camino, e incluso dudo de ir en algún camino. Volviendo a la canción, mejorada, ritmo que impide reconocerla hasta que empieza a cantar. Por cosas así a veces siento que vale la pena seguir vivo, no me rindo. A veces me canso, pero falta, siento que falta.
Las cosas cambian a una velocidad mayor a la que puedo responder. Yo en mi mundo y el mundo girando, a veces me topo con gente que sabe lo que digo, gente gentil; pero me aferro a quien no me entiende. Sino sino nosi nose no se. Curiosidad con algunos tintes de esperanza.
Ese es mi currículum vitae, sin vitaminas y no enriquecido con Fierro. Impaciente, colérico, aferrado, ¿para qué quiero más Fierro? No hay cielo, ni infierno, todo está aquí empaquetado y revuelto en una licuadora (¿por qué crees que el mundo gira y gira?)
Sublime la letra de la canción, mezclada con un arreglo que hipnotiza y encanta, la música es el salvavidas de las tormentas, como lo es la literatura, pero para asirse realmente hay amigos. cada uno es su sitio, sin jerarquía. Los organigramas son necesarios en las empresas no en mi alma.

Dicen que soy gracioso, no lo creo. Lo que digo es amargo, es cansado, es antisocial.

Digo verdades que percibo, mis verdades, que son reflejos de las mentiras aceptadas, oficiales, sólo que distorsionadas como espejos de la feria, en el puesto que está al lado del fenómeno que se convirtió en lagarto.

La gente ríe de las cosas que digo más en serio.

¿Serán tan idiotas que no ven? ¿Es risa nerviosa?

Decir que estoy harto de tanta imbecilidad, incluyendo (o mejod dicho “sobre todo…”) la mía, afloja los tornillos “carcajilosos” de quien me escucha. Ríen y ríen.

La gente parece aleccionada para encontrar algo gracioso en todo espectáculo, incluso en el más sórdido y jodido drama, como si el precio del boleto les tuviera que garantizar al menos una risa.
En fin, hable mucho y aunque no dije nada en apariencia lo dije todo. No hay apuro, no hay dolor, mareo de despertar rápido. Nada está garantizado. No pido auxilio ni ayuda, ya no es momento para eso, sólo me encuentro tratando de definir en un mapa en blanco qué sigue, si es que sigue algo. No me culpen a mí, sino a esta canción que me da vueltas en la cabeza desde que desperté. Nada está definido. hay cosas que cambian sólo en apariencia, pero no lo hacen en esencia.
Al veces el escenario cambia más rápido de lo que podemos reaccionar. No hay mal que dure cien años, aunque haya muchos que pueden soportar males de dos siglos. A veces llega el punto de “frankly my dear, I don’t give a damn”, para caer en la misma historia en otro lado, con otra persona. Hay veces que jamás se vuelve a “give a damn”.
Dios dice, así está escrito y así será. Y el Faraón abusó de su confianza por no querer dejar salir a Moisés. Ojalá se acaben las plagas, ¡llamen al exterminador!

Historias comunes

Había una mujer que tenía sueños e ilusiones en cada momento de su vida.
Había un hombre que parecía expresar claramente todo lo que sentía.
Sueños y palabras, son tan similares en el hecho de que a veces ambos distan demasiado de las acciones y corren el riesgo de convertirse en semillas de decepciones.
Hay cierto tipo de historia, que es más fecuente de lo que creemos, que conjuga personajes como los arriba mencionados.
Una mujer que prácticamente suspiraba en cada respiro y un hombre que jugaba con diversas palabras para decir lo mismo.
Se encontraron, se emocionaron y más temprano que tarde alguien se cansó del juego, igual las dos partes, y comenzaron a experimentar lo que se conoce como soledad en compañía. A ese baldío desolado no tardó en llegar una tercera persona.
Pudieron optar por la indiferencia puntual, por la negociación resignada o por las guerras con distinto grado de violencia (de la verbal a la puñetera, que no es igual a la autosatisfactoria), pero sin importar el camino que hayan decidido recorrer en su extravío sadomasoquista, hubieran terminado siempre en el mismo punto.
Mientras tanto, alguien en algún otro sitio, que soñaba, se ilusionaba o jugaba con las palabras, reinició el juego, dando comienzo a otra historia similar a la arriba esbozada. Sonrisas, besos, regalos y compromisos, halagos, caricias, perfumes, posiciones… hasta agotar las variaciones, para darse cuenta de que no había nada más que eso y llegar a puntos comunes, la misma película.
Historias con diversos principios, con leves variaciones, historias que comparten el final similar.

La existencia

La vida es rosa, para una cierta pantera, pero no la del poema de Borges, eso es seguro.

La vida pueden ser días de vinos y rosas en un fin de semana perdido, pero de ser así te espera una resaca muy cruda.

Las cosas no suelen ocurrir como quisieras, pero las piedras rodantes dicen que si tienes suerte acontecen como mejor te conviene.

Voltaire desnudo, es una estatua repudiada, la esencia del ser humano jamás, toma nota, jamás cambia, y lo más constante en una persona es su progresiva decadencia.

La vida es supervivir y suspirar, y si te toca la buena fortuna es mejor que ganarte la lotería, lo cual no es buena fortuna en realidad.

A pesar de tres oportunidades, me quedo con las manos vacías, con las esperanzas desbordadas y posibles bonos para la otra vida (en la cual no creo y ni siquiera deseo).

Este barrio no es mi negocio, no soy el rey de este lugar, ni del más allá tampoco.

No soy de aquí, ni soy de allá, Buda me perdone, pero no quiero dar vueltas en la rueda de la desfortuna marca Karma, ni ser el soldado del general en jefe que por su suertuda posición kamasutrana existencial no para de joder a sus subalternos.

Sólo me queda lograr ser libre, ahora, ser yo. Espero ser todo y espero terminar en nada.

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