Silencio

Silencio, el deseo ahogado en la fosa profunda, donde todos los días se sienten como día de muertos.

Muerte en vida, existencia sin frutos, Onán regando la tierra baldía.

Silencio, esperanzas en puntas de lanzas, que no ven guerras, ni tienen paz. Búsqueda de respuestas en tiros de dados, en frases de libros, en placas de autos.

Silencio, no se reciben la llamada ansiada, la señal apropiada ni el mensaje esperado; se siente el olvido total, el frío intenso de la indiferencia.

Ojalá no importara, ¡pero importa tanto!… a pesar de las resoluciones y de los juramentos. ¡Importa demasiado a pesar de todo! Maldita mitad platónica, fantasía imposible de los desfasados.

Ojalá no doliera cuando se pierden la apuesta, el orgullo y la apostura. Ojalá no importara y se pudiera retomar el rumbo original.

Pero importa, pero nada. Todo lo que queda es la nada y el más puro silencio.

silencio

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Nadie se muere de eso

Nadie se muere de soledad.

Nadie deja de respirar porque se siente sin compañía.

Además, el abandono se experimenta sobre todo cuando estás en medio de la multitud.

Pero la soledad no termina con tu vida.

Nadie se muere por desamor.

No ser amado o sentirse engañado quizá te haga más frío.

Pero créeme, tu corazón conservará sus latidos.

El amor no es como el aire que respiras, es un accesorio de lujo para sobrellevar la rutina.

Nadie se muere de añoranza.

Porque quien solamente añora, y en el pasado centra su esperanza, es un realidad un muerto viviente.

Sufre dolores de cuello quien sólo mira hacia atrás.

Pero no por eso será sepultado.

Nadie se muere por faltas al honor.

A menos que se involucre en un duelo y le toque estar en el lado equivocado de la espada o de la bala.

Fuera de eso, el deshonor no mata.

Lo único que nos mata es la vida misma, ayudada por su cómplice llamado tiempo.

Y muchas veces también matan el hambre, la peste, la victoria, la guerra y los impuestos.

Pero nadie se muere realmente por desamor, soledad o deshonor.

Abandono

Hace décadas el hombre apocado llegó al suburbio, cuando esta colonia residencial estaba muy separada de la ciudad… claro, de lo contrario no se habría llamado suburbio. Llegó con su esposa y dos hijos: una niña y un niño. Dicen que él era contador y su esposa una glamorosa ama de casa.

El tipo diariamente se despertaba preguntándose cómo una mujer así, tan llamativa y radiante, se había fijado en un ser tan gris como él, y como no encontraba respuesta a su duda diaria es quizá por eso que fuera tan celoso. Para preservar su bien más preciado y misterioso, levantó una barda alta rodeando su jardín trasero, para que nadie pudiera mirar hacía su casa, y también levantó otra casi muralla en el frente, para que nadie supiera lo que en el interior de su hogar pasaba.

Las discusiones matrimoniales eran frecuentes, no importaba que las compras cotidianas de abastecimiento las hiciera él, siempre acusaba a su esposa de estarse viendo a alguien. Pero ella únicamente salía de la prisión residencial para ir al salón de belleza.

El tiempo siguió su marcha militar e inmisericorde, la niña se convirtió en mujer, y tan pronto alcanzó la mayoría de edad se casó con el primero que le propuso matrimonio y se largó de la casa paterna. Ya no se supo más de ella en la colonia, que poco a poco se pobabla más y más, adquieirndo de esta manera mayores problemas: suciedad rampante y delincuencia creciente.

Al poco tiempo también se fue la esposa, harta de las actitudes del marido, de esos celos sin fundamento. “Me arreglo porque así me quisiste, así te gusto”, le decía ella constantemente. Pero él insistía en que ella se embellecía por cornamentarle su viril y hueca cabeza. Igual al no tener la compañía de su hija, la mujer ya no tuvo de dónde sacar fuerzas para aguantar más la imbecilidad de su esposo. Simplemente un día se largó. Ya no se supo más de ella en la colonia.

El hijo permaneció unos años más al lado de su padre, para retenerlo el hombre le compraba perros, y el hijo estaba encantado con los canes, intentó hacer un criadero canino, pero no resultó, aunque desde entonces la casa siempre tenía al menos tres perros.

El hijo terminó la universidad y se casó, se fue de la casa y el hombre quedó solo, acompañado de tres perros.

A partir de entonces todo fue abandono. El jardín no fue arreglado de nuevo y se convirtió en maleza, las paredes de la casa no fueron pintadas, las ventanas no volvieron a ser lavadas, y el hogar se convirtió como por arte de magia en una ruina. El hombre removió su tanque de gas una vez que hubo una fuga que alarmó a los vecinos, y ya no instaló uno nuevo. Calentaba el agua en hornillas eléctricas, y se bañaba arrojándose tazas de agua caliente, en las hornillas eléctricas también calentaba su comida enlatada, único alimento que consumía desde que vivía solo. Los tres perros murieron de hambre y de sed.

La casa no se limpiaba por dentro y poco a poco fue invadida por torres de papel periódico, que se convirtieron en montañas. El hombre compraba tres o cuatro periódicos cada día, y los conervaba en su casa, hasta que tuvo que dejar de comprarlos para poder tener un estrecho camino dentro de su hogar por el cual poder deambular. Para entonces ya no trabajaba y vivía de su pensión.

En la colonia los vecinos se fueron convirtiendo todos en ancianos, los policías eran igual de imbéciles que siempre, solo que ahora más prepotentes y corruptos, resentidos con la sociedad, bichos que maldecían sus puestos de trabajo y se desquitaban con los viejos residentes de la colonia encontrando mil y una formas de molestarlos.

El hombre salía ocasionalmente de su casa para ir a un parque, sentarse a mirar a la nada, y regresaba a casa. No hablaba con nadie, no conocía a sus vecinos, nunca lo había hecho, ¿para qué empezar ahora?

Los robos a las casas se incrementaron, los policías estaban las más de las veces involucrados en los delitos… ya era demasiado tarde para retomar el orden. El destino cobra muy caro los pecados de indolencia y cobardía.

El hombre no tenía nada que le robaran. Su casa, de hecho, parecía abandonada. Nadie notaba realmente sus salidas al parque, bueno, nadie excepto la vecina de enfrente, que se la vivía asomada a la ventana de su casa, mirando pasar la vida y atestiguando la decadenciasin freno de la calle.

Un día de un mayo, un hedor imposible de ignorar emanó de la casa del hombre. Los vecinos, quizá por pudor o por mera idiotez, no dijeron nada, nunca decían nada, nunca hacían nada, ni en su propio beneficio, así que soportaron la pestilencia quejándose solamente para sus adentros, siempre guardando silencio respecto al insulto olfativo que salía de la casa en ruínas y pensando que las cosas iban cada día peor en la colonia.

Cinco años después de la pestilencia, cuando el otrora suburbio ya había sido engullido por la voraz ciudad, el hijo regresó a la casa paterna, pues su esposa lo había corrido del hogar porque no soportó ya más sus celos. El hijo llamó a la puerta, pero nadie acudió. El hijo aún tenía la llave y abrió. Todo estaba cubierto de polvo, y al fondo del pasillo vio un bulto tirado, descompuesto, emulando la figura de un hombrecillo en el suelo.

La vecina de la ventana confirmó que, efectivamente, hacía mucho, muchísimo tiempo, aquel hombre no salía de su casa.

La mujer que se movía como ardilla

Sus movimientos solían ser rápidos y nerviosos, como los de una ardilla. Pero no subía a los árboles ni hacía equilibrios entre las ramas.

Así la recuerdo.

Viviendo de la pensión de su esposo muerto ya hacía años, sin quejarse de que las cosas necesarias fueran cada vez más caras cada año, ni de que la pensión sólo tuviera incrementos cada trienio (si es que los dioses falaces de la política y el mal gobierno se dignaban a pensar en los pensionados).

Ella nunca había tenido un empleo aparte del de ama de casa.

Tras la muerte de su esposo siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar del hogar, ahora sin hijos, todos ya casados y alejados.

Se levantaba temprano diariamente a limpiar la acera y la cochera, aunque ya estuvieran, las más de las veces, limpias.

Después, se ponía a limpiar el interior de la casa aunque, las más de las veces, ya estuviera limpia porque ella se había aplicado a conciencia el día anterior.

Así pasó los años. En la rutina de la limpieza a la limpieza.

Era saludable. Siempre ocupada en su casa, que se ensuciaba un poco cada vez que la visitaba alguno de sus hijos, lo cual no era nada frecuente. Quizá Navidad, quizá el Día de las Madres. No siempre y nunca todos a la vez.

Un día, mientras con sus movimientos de ardilla recogía la ropa tendida al sol, perdió el equilibrio. Un súbito infarto interrumpió su actividad. Ya nunca pudo volver a ponerse de pie. La comunicante vecina lo vio todo, por “fortuna”, y llamó a los hijos de la ardilla caída.

Los hijos llegaron, aunque no todos. Tuvieron que echar a suertes quiénes eran los “elegidos” a acudir y ver qué pasaba con mamá, luego deliberaron y la hospitalizaron. Le pagaron a alguien para que estuviera con ella en el hospital, resultó una enfermera que al menos era cortés.

Cuando la enferma salió del hospital con la condena de la inmovilidad perpetua, los hijos deliberaron de nuevo, y decidieron unánimemente recluir a su madre incapacitada en un basurero de gente vieja. Dijeron que era lo mejor, así su madre no estaría sola, sería muy bien atendida y todas sus conciencias estarían tranquilas.

Estar con compañía no necesariamente significa no estar solo.

La mujer que antes se movía como una ardilla ya apenas y parpadeaba. El mayor movimiento que realizaba cada día, aunque no por sí  misma, era cuando las encargadas del asilo le cambiaban el pañal, cuando, las más de las veces, los receptáculos de los desechos ya no aguantaban más suciedad.

La mujer que solía moverse como ardilla miraba con gran quietud el techo y las paredes de su habitación mal iluminada.

Dos de sus hijos fueron a verla un Día de las Madres, otro le habló un par de Navidades. Y después silencio. Eso sí, los hijos responsables pagaban puntualmente a la honorable institución basurero de gente.

Pasaron unos cuantos años de quieta miseria para la mujer que solía moverse como ardilla, hasta que su organismo decidió encontrar la paz.

Los avances de la medicina permiten que vivamos más años que nuestros antepasados… Se dice que eso es bueno.

 

Mi querido capitán

Otra fría noche que sorprende sin abrigo a mi corazón. Otra noche sin compañía ni apoyo. Mi luz y mi sonido son como la estática de la TV.

El estoicismo me vuelve a fallar, en verdad no soy de acero.

No puedo evitar preguntarme: ¿por qué en medio de tanta gente me siento tan solo? Ni siquiera en el desierto de arena experimenté tal abandono.

Mi pregunta queda sin respuesta dejándome aún más desolado.

El capitán viaja por los aires, buenos y malos, lejos, muy lejos de su ambiente natural, lo cual no le importa ni un poquito, porque tiene la cereza de un pastel al saber que ciertamente hay alguien pensando en él en algún lugar: la dulce morena de serenas facciones que según el capitán guarda cerca de su corazón el retrato del viajero amado.

Alguien me dijo alguna vez, a manera de consejo de los sabios, “¿cómo esperas que alguien te quiera, si no puedes siquiera soportarte a ti mismo?”. Entonces no presté importancia a esas palabras, pero hoy han regresado pesadas como cadenas, castigándome por haberlas ignorado y exiliado en el olvido, pues siempre preferí culpar de todo al destino, en vez de asumir honestamente mi responsabilidad. Pero ya no es temporada de comenzar, sino tiempo de empezar a terminar.

Las palabras fluyen con dificultad, y no van más allá de los regresos temáticos desgastados.

El capitán, ahora en tierra, descansa en paz acompañado en su soledad, pues presiente que lejos, la dulce morena de serenas facciones, es su cómplice en la vida.

Rompo el cristal de la emergencia urgente dirigiéndome al mercado electrónico de los sentimientos, donde nadie te quiere y todas las personas que allí se confunden y te confunden buscan desesperadamente lo mismo que tú: fingirse perfectas y presumir que su corazón rebosa de buenos principios y nobles actitudes, todo para saciar el llamado de la selva. Me siento un negociante experimentado, pero sé que soy como el vendedor de autos usados en otro fraude infame popular.

Como el dinero mal habido o un acto de venganza, regreso a donde pertenezco. A mi paso, la dulce morena de facciones serenas me saluda con sus modales de manual, que me saben tan rutinarios como cualquier domingo. El capitán abre los ojos, acepta su soledad, los sueños no duran por siempre y la engañosa imaginación cercana a la cruda realidad produce la peor resaca. Él jamás voló y nadie tiene su retrato.

A veces hay que aceptar las cosas y conformarse con tratar de encontrar sentido en la estática de la televisión.

Ocaso (el regreso)

Mis botas de viajero ya están muy desgastadas. Recorrí el mundo sin encontrar lo que buscaba. Sólo descubrí que pese a los colores, las costumbres y los idiomas, todos somos iguales… en el fondo. Los paisajes pueden cambiar, otros escenarios fuera de los de teatros artificiales. En algunos lugares hace más calor que en otros. Pero las personas somos en el fondo iguales, sin importar en dónde estemos.

Me alejé de la casa de mi padre con soberbia. Hasta hice perdidas las llaves. Pasaron muchos años y me encuentro de nuevo tocando a su puerta. Ahora está cerrada, ¡qué extraño!, él dijo que siempre estaría abierta.

La reina María me cortó de su corte, argumentando que los años comienzan a oler en mí. Sé muy bien que hubiese olido mejor si mis bolsillos tuvieran algo que ofrecerle.

En las calles aquellos que se abstenían de clavar sus dagas en mi espalda ahora me han perdido todo el respeto. Alfiletero humano. Imagino que es el pago que tengo que hacer por haber satisfecho mi curiosidad.

Mis amigos son hoy sólo nombres grabados en piedras sembradas en un campo sin santidad, que no suelo visitar.

Tengo frío, aun bajo el mediodía del desierto, siento que hasta mi alma se me quedó en otro lugar.

Ojalá pudiera decir que estoy arrepentido, pero todo fue bueno mientras duró. Todo tiene su tiempo y yo bebí con demasiada prisa. Lo que me asusta es lo que queda por vivir. Por eso estoy aquí, afuera de la casa de mi padre, para ver si es cierto lo que de él entendí.

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Decepciones

Firmaste en tu contrato que estarias conmigo cuando más te necesitara, pero a la mitad de la calle vaquera en la fatídica hora señalada, ahí estaba yo, solo con mi sombra, un comisario contra todos los forajidos de spaghetti western que odiaban la ley.

Juraste en el altar, estar conmigo en las buenas y en las malas, y luego con tonada ensayada dijiste el definitivo Sí. Pero cuando llegaron las regulares a nuestra vida común, te fuiste sin decir hasta la vista. Ahora entiendo por qué tus pertenencias siempre estuvieron embaladas.

Dijeron que me amarían hasta el fin, pero no aclararon que el fin sería un joven león que llegaría a disputar mi trono en la sabana africana. ¿Cómo me pudieron hacerme esto cuando más las necesité? Ahora estoy solo, mordiendo el polvo, tratando de saber en qué fallé.

Prometieron seguirme hasta el final, cantar conmigo y adorarme, oír mis canciones y comprar mis grabaciones. Ahora con mucho esfuerzo logro reunir a tres ancianas de hueso colorado en bares pulgosos de mala muerte, tres viejas ansiosas de escuchar la misma tonada de siempre, otra vez.

Mi casa siempre estuvo llena de gente en la abundancia, hasta los extraños se decían mis amigos. Pero al llegar las siete vacas flacas, hasta mis hermanos me trataron como desconocido. Ahora todo es ruina, sé lo que se siente ser completamente invisible.

Silbé y silbé, grillo de pacotilla, la perdición me enganchó, mientras tú estabas muy ocupado tratando de ligarte absurdamente al hada que no comulgaba con la zoofilia. Bonita pareja de inútiles, aunque no dejo de alegar inocencia.

Me dieron la bienvenida multitudinaria, varios se beneficiaron de mis curaciones, bebieron de mi vino, comieron y cenaron conmigo, pero dejaron que me clavaran en un romano castigo, ¡bonita forma de creer en mí! Ah pero ahora sí…

Nadie se muere de eso

Nadie se muere de soledad.

Nadie deja de respirar porque se siente sin compañía.

A veces se experimenta más el abandono cuando estás en medio de la multitud.

Pero la soledad no termina acabando con la salud.

Nadie se muere por desamor.

No ser amado o sentirse engañado, quizá te haga más frío.

Pero créeme, tu corazón conserva sus latidos.

El amor no es como el aire que respiras, es un accesorio de lujo para sobrellevar la rutina.

Nadie se muere de añoranza.

Porque quien añora y en el pasado centra su esperanza, ya está muerto en vida.

Sufrirá dolores de cuello quien sólo mira hacia el pasado.

Pero no por eso será sepultado.

Nadie se muere por faltas al honor.

A menos que se involucre en un duelo.

Y le toque estar en el lado equivocado de la espada o de la bala.

Fuera de eso, el deshonor no mata.

Lo único que nos mata es la vida misma, ayudada por su compinche llamado tiempo.

Y muchas veces también matan el hambre, la peste, la victoria, la guerra y los impuestos.

Pero nadie se muere realmente por desamor, soledad ni deshonor.

Gris como el abandono

Pasa, como las ciruelas que se arrugan, que sin aventuras la vida pierde su encanto, se estanca, varada como el barco sin tripulación que encalló en las arenas del tiempo que no perdona.

Las palabras que no se dicen forman herrumbre y son el combustible que se echa a perder por falta de chispa, como la eterna novia amarilla, al final ya no hay nada que decir.

No se ejercita el habla y se termina enmudecido, enmohecido.

El abandono es un fardo del que resulta difícil desprenderse una vez que se convierte en el compañero más constante.

Si tienes la fortuna de tener con quién platicar, no lo dejes, aprovecha, pues no sabes cuándo se presentará la siguiente oportunidad.

Sucede, como al sauce que llora, que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, y después del niño ahogado ya para qué tapar el pozo.

Recomiendan que no es bueno guardar el mejor vino en cueros viejos, y no es bueno tampoco que los ancianos se encueren aunque estén demasiado envinados.

Aquí me tienes, escribiendo a falta de oyentes y de hablantes, sacando lo poco que me queda, eso que tanto se parece a la nada. Haciendo caso omiso a la naturaleza, sin sumisión, salí en dirección equivocada, de alguna manera tengo que reencontrar el camino, la contramano o el sentido contrario y no el que es dado por sentado.

Parado. Acontece, como al acólito alcoholizado, que todo pierde sentido y se eclipsa su Dios.

Hasta luego o hasta nunca.

El vacío es asomarse a la oscuridad infinita, sin estrellas, sin cariño, sólo aire enrarecido y las imágenes de recuerdos que se van aclarando como las telas al sol.

Lo malo se olvida y lo bueno se magnifica. Se pierde el sentido a ser objetivo.

Las fantasías se van empobreciendo y los cuatro muros se estrechan. Asfixia. El gris se va convirtiendo en el color reinante. Sólo queda esperar, quién sabe qué o a quién, pero esperar. Esto es la soledad que engendra el abandono.

Abandono

Pudieras decir que el calor es semejante al del desierto, dentro de la habitación sólo se escucha el incesante cuchicheo de la soledad, dentro del corazón, sin embargo, está el gélido sentimiento de la añoranza. El recuerdo que tienes de ella es una chispa con el que intentas darte alivio; pero no hay alivio cuando la distancia te sabe a abandono.

Dices que no es dependencia, sino necesidad de escuchar su voz, sus ideas y su risa. Necesidad de saberla cerca de ti, a pesar de tantos kilómetros entre ustedes; pero la lejanía física y más la espiritual te saben a abandono.

Al salir, el escenario parece perfecto para una historia ideal: primavera, cielo azul, niños jugando y aves cantando en el verdor de los árboles. Aun el paisaje más alegre puede incluir tragedias, la tuya se titula abandono.

Dicen que con perseverancia el agua puede perforar rocas, también así es como pueden derrumbarse murallas, lo que olvidan decir es que la paciencia es seis veces más difícil cuando tus días están plagados de abandono.

Si ya hiciste todo lo que podías, aún en tu desesperanza tienes que esperar. Ojalá tus acciones y palabras hayan sido suficientemente claras, después de todo, lo que tiene que ser sucederá. Dicen también que el abandono no dura para siempre, ojalá -al menos en esto- los que dicen estén en lo correcto.

Soledad de Hans Eggimann
Soledad de Hans Eggimann