Vida #52

Mula o camello, las malas intenciones juegan con tu pelo, alguien de rodillas desgastadas realiza el trabajo sucio, mientras los listillos viven en el paraíso liviano de su ignoracia. Comes o te comen, la cadena alimenticia de los desperdicios eslabonados.

Nerones de baja estofa salen a comprar réplicas doradas de estatuas grecorromanas para adornar las fuentes de sus jardines que expelen aguas a ritmo de música popular de la región sur del norte. Ellos también están perdidos, aunque tengan el trono y el cetro, que arrancaron con violencia a sus antecesores. Ellos no saben más que tú o que yo, y se enuentran tan extraviados como cualquiera.

No creo en la naturaleza superior de la humanidad, no me interesan las luchas de sexos ni de géneros, de razas o rezos, de especies o especias; me vale un pito también lo que se inventa por la mañana para ser descartado en la noche.

No creo en el dios antropomorfo de barba larga que así como ama a sus hijos con la mayor ternura, los odia y castiga con cólera rabiosa. Ese era Zeus, supongo, y tampoco creo en él.

Locura y enfermedad, ambición e ignorancia. El que más presume saber siempre es el más idiota. Sé que hay caminos rectos y corazones puros, los he visto; pero también sé que cada vez son menos los que se libran de torcerse y ensuciarse. Muy pocos son los que mantienen el equilibrio en esa cuerda a 100 metros de altura, por donde sólo las águilas se atreven.

También sé que de todos modos todos caeremos. Fosa u horno, cenizas o gusanos, flamas o bestias marinas, algo de eso nos espera cuando desaparece nuestro cuerpo y liberamos nuestra anónima energía. Todos tenemos contados los días, y en el último nada de lo que hayamos hecho o dejado de hacer contará. Lo que hacemos sólo sirve de algo mientras vivimos, nomás para darle una especie de sentido a nuestra existencia, en sí misma absurda.

Tras el último suspiro, sólo frío y tinieblas, pera después ser parte del infinito hueco llamado nada.

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Un bufón sin gracia

Un bufón sin gracia. Bufón que no hace reír a nadie más que al dios, quizás porque aquél es obra de un humor de tinta, otro puno final al sinsentido de la vida.

Un bufón cuyas principales preocupaciones son el clima y el éxito, el dinero y los aplausos; para quien el último recurso es el “pégame, pero no me ignores”. Con desesperación ese bufón necesita que alguien acredite su existencia.

Si el bufón fuera como los lobos, que sólo se preocupan por la barriga llena y por su siguiente presa, otro gallo le cantaría; a menos, claro está, que el gallo fuera la cena de la manada lupina.

La luna observa, pero calla. Tú también guardarías silencio si, como ella, hubieses visto las mismas funciones —una y otra vez— en este teatro al aire libre. Las últimas palabras que la luna dejó salir del cerco de sus dientes fueron: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desde entonces únicamente silencio sepulcral de la luna.

El bufón, sin fuerzas y con el agotamiento semanal de lumpen enlatado, ruega cada noche al cielo para que lo releven de su cargo y lo alivien de su carga. Pero aquél que debiera autorizar ese consuelo, expidiendo copias por triplicado, tiene la clemencia de un usurero.

El bufón es demasiados siglos más joven que la luna (diríase con más propiedad que es cientos de milenios más joven que el satélite, pero las matemáticas no son mi fuerte, pues les tengo fobia desde que supe que sólo sirven para engañar y hacernos creer que hay lógica y sentido una vez que hemos nacido, y que estos motivos perduran aún después de que nos echan a la tumba), y a pesar de la diferencia de edades ha decidido tomar la misma determinación: callar discretamente como lo hacía Scheherezada al terminar un cuento.

El bufón ya no dirá nada, seguirá el ejemplo de quietud absoluta que nos da la luna. Ella ha visto muchas veces a demasiados personajes tomar esta misma determinación. La misma historia para la luna quien, como el dios, ya ni siquiera se inmuta.

bufon

No lo dije yo primero

Que un loco esta al frente del país más poderoso… no es nuevo, ya ha pasado demasiado en muchos ayeres.

Que el mal está desatado en el mundo y que no hay refugio dónde esconderse, lo mismo le dijeron a Noé y al tatarabuelo de Matusalén.

Nada cambia en esencia, cambian un poco las tecnologías y escenarios, pero no cambias ni tú querida, a pesar de tu extenso menú de desvaríos y agravios.

La historia la repiten quienes la conocen y también los que la ignoran, nada puede evitar el mismo bucle constante y sonante.

Que las cosas van tan mal que sólo podemos esperar que mejoren, es la esperanza más usada desde que los humanos andamos en dos patas.

Que el mañana será dorado y bello es la misma creencia que se tiene para evitar el suicidio masivo con impuesto al valor agregado, la realización de Lemmingrado.

La vida no es buena, ni mala, simplemente es. La existencia carece de sentido, y nuestro trabajo es inventar una razón o un motivo cada día hasta que se nos acabe la cuerda.

Si la cosa no fuera tan patética me orinaría de risa, si no fuera tan cómica me quedaría seco y sin lágrimas.

Nada será peor que ahora, y tampoco será mejor. Siempre el mismo desconcierto de la perfección y no hay nada perfecto, excepto el caos.

Así es la vida, en rosa y en cualquier color.

Pura indiferencia

Miro tus ojos y sólo percibo un abismo.

Tus palabras huecas salen en sílabas huérfanas y jamás responden lo que te pregunto.

No entiendo para qué me buscaste de nuevo.

Para qué rompiste la distancia y el silencio que nos separaban.

Si fue por ego, esta vez tu jugada no dio resultado, hubieras recurrido a tus espejos.

Ahora tu altar ya no luce tan alto, aunque de hecho dejé de mirar hacia arriba.

Te acercaste de nuevo pidiendo disculpas por algo que no las requería.

Un perdón innecesario que fue un pretexto para el acercamiento.

¿Olvidaste que nuestra relación se había convertido ya en un desierto?

Supongo que la culpa fue del cambio climático. No eres tú ni soy yo.

Ahora estamos juntos de nuevo, pero más separados que cuando estuvimos alejados.

No me interesa lo poco que dices, y mi vida te es bastante ajena.

¿No lo ves? Somos el naufragio sin bote salvavidas y sin asideras.

El hundimiento que incluso carece de drama.

Pura indiferencia.

Quizá necesitabas saber que estar solos en compañía es peor que estar abandonada en una colina.

Ahora que lo descubriste, regresemos a nuestros extremos.

Seguir juntos no tiene sentido. Nada. Es pura indiferencia.

gohst

Cuando la indiferencia duele

Ella tan ordinaria y yo tan poco especial,

ella tan hueca y yo con tan mal relleno.

Dialogar con ella era monologar con el alto vacío,

y sin embargo la buscaba, con desesperación de náufrago.

Ella era la mar de bruta y yo el océano de estupidez,

no te dejes confundir con mi altivez, caigo bajo, muy muy bajo,

a niveles subterráneos, incluso inferiores a mí.

Ella no te roba nada, pero te aporta menos.

No puede tomar postura, ni siquiera en el espacio que ocupa.

Su opinión es lo que está de moda, puede ser judía un día y nazi al siguiente amanecer.

Y allí estaba yo, tratando de unirme a la incompatibilidad más absurda.

No fue enculamiento, no fue brujería, simplemente es que todos estamos bailando al borde de la pendejada.

Quizás yo esperaba algo, no sé, el Pigmalión pignorante que no sabe nada, aunque diga que sí.

O quizá estaba tan solo que elevé mis ilusiones a la estratósfera con el impulso de una simple mirada.

No lo sé, igual la estupidez es injustificable, y es el trago que debe uno pasar así, sin agua y sin banana, sin pensar ni cuestionar.

Trato de ser indiferente, pero cuando la indiferencia duele es que aún importa la cosa.

Al tiempo entonces…

pendu

 

No te entiendo

No te entiendo.

No comprendo tu cerrazón, ni tu firme convicción respecto a la verdad absoluta de las matemáticas, ni tu creencia en la perfección de las estadísticas.

No entiendo la falsa idea que tienes de poder manipular a la gente, ni tu absoluta inmersión en el trabajo.

No entiendo por qué tus momentos de soledad son una constante evasión con juegos, series y películas en tu dispositivo móvil.

No entiendo tu fe en esa multitud de falsos profetas sin dios.

No entiendo tu artificial amor a la música, enajenándote con melodías de la noche a la mañana.

No entiendo tu aversión al silencio ocasional, y tampoco tu necesidad de envolverte en ruido.

No comulgo con tu soberbia histórica, y mucho menos con tu creencia de que la humanidad es ahora mejor que nunca.

No comprendo tu adoración a la tecnología, tu autismo mecánico ni tu automatización existencial.

No entiendo cómo puedes confundir y mezclar tanto el tener con el ser.

No entiendo que te autoproclames creativa, cuando a toda creación la quieres encerrar en cálculos, gráficas, cuentas y “revenue” (que por cierto puedes llamar “ganancias” o “ingresos” sin hacer el ridículo).

No entiendo tus supuestas aventuras cuando éstas no son más que vacaciones en serie, empaquetadas para comodidad del cliente y pagadas con una tarjeta de crédito.

No entiendo tu concepto de libertad cuando éste sólo lo ejerces para elegir marcas de consumo masivo.

Lo que antes era ciencia ficción es ahora realidad, y no has notado que eres una esclava.

Ahora entiendo la náusea vomitiva que producen los tibios, los borregos aleccionados, los mediocres que se autoproclaman exitosos.

Ahora sé que todo es vanidad.

Ahora renuncio a tu realidad.

Así fue, es y será

Decía el que sabe que conocemos primero el cielo que nuestro corazón, y más aún ahora que tenemos tantos distractores y herramientas evasivas que nos alejan de nosotros mismos, y por ende de la Verdad. Somos cada día más vacíos y desconocidos. Así fue, es y será, naturaleza humana.

Nos conmovemos profunda y efímeramente ante desastres donde mueren cientos de personas, ajenas a nuestra realidad cercana, porque en el fondo pensamos que eso podría ocurrirnos a nosotros. Pero si nuestro vecino o pariente se returce de dolor, tendemos a jactarnos o a mostrar indiferencia. Amamos a la humanidad, pero no a la gente que conocemos.

A los animales los maltratamos o los tratamos como seres humanos; rara vez respetamos sus dignidades originales. No me es extraño, yo mismo lo he hecho. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Somos muchas sonrisas cuando necesitamos algo o cuando somos vendedores. En cambio somos amargura, molestia y caras de aspereza cuando alguien nos pide lo que sea, sin ofrecer nada más valioso a cambio.

Hacemos culto a la belleza y juventud, como si fueran perfectos y perpetuos, huímos de la fealdad y la vejez, aún cuando nos pueden contar buenas historias si cerramos los ojos y de que, si sobrevivimos lo suficiente, serán mañana nuestras características.

Tenemos terror a la muerte, aunque es la compañía más constante a nuestro lado, qué absurdo.

Somos ilógicos, irraconales e idiotas, a pesar de que insistimos en presumir lo contrario. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Envejecer, enfermar y morir, es el futuro de cada uno; sin excepción. Por eso más nos vale rescatar y aprovechar los tesoros de cada día, aunque sean pocos. El mañana siempre podrá ser peor.