En tu habitación

En tu habitación, como alquimista medieval, realizas conjuros extraños, guiando corazones a tu manantial. El fin es bueno, no hay rastros de malicia, te creo, y esta es parte importante de lo que me atrae más de ti. No somos perfectos, de hecho soy una completa colección de errores. Mi fuerte son las palabras y la imaginación, y bastantes veces las dos juegan en mi contra.

En tu habitación, como alquimista medieval, te comunicas a media noche con quien te adora, con quien te admira por tu belleza total, natural, y que espera no pisar en falso para caer en el precipicio de las equivocaciones. Nada está garantizado, y es probable que me vuelva a desbocar. No es pedirte disculpas por anticipado, es simple aceptación de mi humanidad.

En tu habitación, como alquimista medieval, te llega el cansancio y decides poner a dormir tu piedra filosofal. Se acaba la charla con tu despedida, tu admirador se queda pensando en ti, y escribo esto. Ojalá que lo nuestro, de existir, llegue a buen puerto.

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Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.

El falso profeta

El falso profeta predijo que esto iba a pasar, pero no fue en realidad una profecía, sino un acto de sentido común.

El falso profeta dijo que el reino de Dios comienza aquí y ahora; pero los santos varones que respiran aire encerrado lo callaron ordenándole, como penitencia, que escribiera 500 veces el Sermón de la Montaña.

El falso profeta dijo que la espiritualidad no se relaciona con los bienes materiales, que no se es superior a los demás por la cantidad de anillos de oro que uno posea. La banca de la ortodoxia lo mandó arrestar por intentar desestabilizar la economía mundial.

El falso profeta al salir de su arresto dijo que todos tenemos los mismos derechos y que debe imperar la razón, por este motivo políticos y militares hablaron muy seriamente con los santos varones.

El falso profeta fue tildado por la religión imperante, además de falso, de blasfemo, hereje, apóstata e impostor. Algo similar a lo que según dicen le sucedió a Jesús.

El falso profeta iba a ser arrestado para encarcelarlo definitivamente mientras encabezaba una marcha pacífica, pero fue muerto de un balazo por un hombre que decía defender los valores tradicionales y salvaguardar las palabras del Todopoderoso.

La gente bien se alegró del fin del falso profeta, y el equilibrio siguió tan desequilibrado como de costumbre.

Espera

Algo se escuchó detrás de la puerta. Sobresalto. Haber creído, por un relampagueante microsegundo suspirado, que pudiera ser la persona que con ansias esperaba. Nada. Ni un sonido más. La presencia imaginada, o real, súbitamente desaparecida. Quizá su espera era muy extraña, pues la mayoría de las personas se desvelan o miran con impaciencia la luz que se filtra por debajo de las puertas deseando que por allí se note la llegada de alguien. Pero esta persona que aquí espera la tiene más difícil, pues no sabe qué esperar, aunque sabe a quién. La vida suele ser una cadena de costumbres, y pocas cosas son tan difíciles de romper como los lazos de un hábito bien arraigado. Nos da miedo largarnos de un mal empleo, pues aparte de no querer enfrentar un desempleo en la angustiante situación económica, un mal trabajo suele ser una mala costumbre. Muchos temen cortar de tajo las cadenas que los atan a un cruel amante, sólo porque, a pesar del feo escenario, con ese amante tienen la seguridad de la rutina. Tener alguien al lado. Prefieren la soledad acompañada que la soledad a secas, ignorando que la primera es más árida que la segunda. Si es difícil romper con las costumbres negativas, lo es muchísimo más hacerlo con las positivas. Quien espera, en este caso, vivió muchos años intensos y felices con alguien que le brindaba ese sentimiento de que era su alma gemela. Sólo que un día, que comenzó como cualquier otro, la unión corporal se rompió para siempre. Morir en un accidente automovilístico no tiene advertencias, ni preparaciones; nadie se enfrenta a esa situación con la mentalidad adecuada; también suele carecer de despedidas. Pero… ¿acaso las almas gemelas no están unidas ‘para siempre’?, ‘para siempre’ a pesar de que les falte un elemento de tan corta vida como lo es el cuerpo. Efímero como un flash en la negrura de la eternidad. Por ello su espera es difícil, ¿cómo se espera cuando se tiene la certeza de la unión, pero se está en distintas dimensiones? Espera un alma, espera a su alma gemela. Quiere seguir creyendo, pero tras la decepción de un engañoso ruido no puede evitar pensar que quizá todo sea una ilusión.

Después de muertos (bienvenido a la nada)

“Bienvenido a la nada”, le dijo con una sonrisa el agradable anciano de túnica blanca, beatíficas facciones y llaves en el cinto, cuando abría la gran puerta dorada, ubicada en medio de la intensidad vacía de color negro perpetuo.

“Gracias, ¿pero dónde estoy?”, preguntó el recién llegado, algo atolondrado y temblando como gelatin mal cuajada, tratando de recuperar sus recuerdos más recientes.

“En la Nada”, le dijo el viejo de bonachona estampa, cerrando la gran puerta con una de sus muchas llaves.

“Pero no entiendo”, dijo el extraño, “lo último que recuerdo es que iba rumbo a la sala de operaciones en una camilla y sintiendo cómo la anestesia surtía efecto…”

De repente se interrumpió. Empezó a atar cabos (tan sueltos como los efectos del cólera). La operación, según le habían dicho, era complicada, con pocas probabilidades de éxito, pero necesaria. El seguro no cubría ningún gasto y su familia naufragaría en las deudas después de eso. Sin embargo, era una intervención necesaria para que él pudiera vivir más de sus 72 años, no hace mucho cumplidos.

“No hay nada que entender”, dijo el viejo de la túnica blanca haciendo tintinear sus llaves con algarabía desatada. “¡Estás en la nada!, el lugar al que todas las almas llegan, sin importar su comportamiento ni sus acciones en la Tierra. Esto es la aternidad querido, vivir en la inmensa negrura sin tiempo, sin principio ni final, sin menos y sin más.

“¿Y la Gloria?, ¿Y el Infierno (de todos tan temido)? ¿Dónde están las demás almas?”, dijo el recién llegado, preguntando con esa preocupación que nace del temor a la sentencia adivinada.

“Gloria fue una mujer, el Infierno un cuento y el resto fue una especie de sueño del que ahora estás despierto”, contestó el portero de la túnica blanca dejando de mover las llaves y desvancecindose poco a poco de la vista del recién llegado, “y los demás están por ahí, pero nadie ve a nadie, ni siquiera se presienten, cada quien permanece aislado en su propia dimensión oscura, una isla sin límites, enclavada en el cero absoluto, sin arriba, sin abajo, sin compañía; pero eso sí, con tu individualidad tan querida por siempre jamás. No hay nada, o mejor dicho, la nada es todo”.

El viejo de la túnica blanca desapareció por completo, y la puerta también. El recién llegado se quedó solo, completamente abandonado, varado en la nada, sintiendo que todo había sido un timo.

nada

 

Susurros (“proteger la libertad”)

Todo oscuro y de nuevo ese susurro. Hace siete días, cuando por primera vez lo escuchaste, creíste que se trataba del radio o de la TV, pero ambos estaban apagados. “Fue mi imaginación”, te dijiste entonces. No mucho después lo escuchaste otra vez, eran ininteligibles voces cerca de tus oídos, delicadas, pero apremiantes, impacientes; como cuando alguien te advierte que no entres ahí, porque ahí es donde guardan a los terroristas rabiosos que fueron capturados antes de explotar(se).

No, el susurro no tenía nada que ver con la música que oyes. El susurro se hizo perceptible en distintas ocasiones: mientras ibas por la calle buscando pokemones, en el supermercado cuando comprabas tus nutritivos alimentos congelados, durante la práctica de tiro semanal, en la iglesia durante el sermón (que hablaba sobre los bienaventurados que siguen al Señor), al destripar zombies en tu nuevo videojuego y seis veces antes de dormir.

Esta es la sexta, antes del sueño, no hay nadie alrededor, y es la misma voz, apurada, pero con sonidos de palabras que no puedes entender. Como si hubiera mucha interferencia.

De repente el silencio… La vocesita susurrante se interrumpe abruptamente, una muerte súbita; antes simplemente callaba, como tras decir lo que quería, ahora fue cortada. Así de golpe, como derechazo fatal del campeón natural de los pesos pesados.

Enciendes la luz, das un vistazo a tus redes sociales, quizás alguien de tus contactos y amigos (98.9% de los cuales no conoces personalmente) ha oído también susurros semejantes, pero nada, todos hablan de lo mismo de ayer, pero acerca de diferentes personas. Como siempre.

Intentas dormir de nuevo, sin más susurros, escuchando solamente tu reproductor de música descargada que funciona 24x7x365.

No más susurros, mañana podrás ir a votar con una mente clara tras un descanso reparador, y hacer lo que te corresponde para decidir por tu país, protegerlo de los malos y los invasores, acabar con los raros y villanos internos, y hacer lo posible por que se eliminen todos esos que son enemigos de Dios y de Jesús. Hay que proteger, e imponer, la libertad a toda costa.

fam

Los encantadores de palabras

Prefiero a los encantadores de palabras que a los domadores de letras.
Prefiero a los que abren las compuertas para liberar las verborreas y presentan ideas libres que a los encadenados en el ritmo y la rima.
No me malinterpretes, admiro de verdad a los que logran decir todo bajo el yugo de la métrica, su don matemático, pero prefiero las explosiones verbales.
Orden y método, no sé si lo dijo Holmes o Poirot, eso está bien para resolver crímenes, pero no sé si sirva completamente para sacar instantáneas fieles del alma.
Prefiero que las palabras me lleven de viaje a que me describan minuciosamente una habitación.
Recuerda que si algo no nos gusta, tenemos mucho lugares a los cuales voltear (359 grados como opciones) o simplemente cerrar los ojos.
Me gusta el concepto de “encantador de palabras” más que el de “domador de palabras”. Sí, definitivo, prefiero a los primeros que a los segundos, pero no importa de qué categoría sean, mis favoritos son los retratistas de almas.
Miami, 2009
scott