Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática… para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, estos pseudoherederos de las gloras de antiguas civilizaciones que suelen rimar con “mantecas”, cuyo honor principal es dizquehaber inventado el 0. Para los mexicanos posthispánicos “ojos rasgados son ojos rasgados”, “chinito-japonés, come caca y no me des”, al menos esto último era antes del buenismo hipócrita actual. Y supongoo que, de manera similar, para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes, que ni Marco Polo podría unir definitivamente.

La chica asíática es estudiante de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado para crecer, debido gran parte a los propios nacionales, pues no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida.

La familia mexicana, clasemediera alta, le enseñó a su visitante a comer tortillas y tacos como lo manda Dios, no de esos burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos. Pero la nipona adolescente quiso conocer más, ver la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y así tener bases para comprometerse a cambiar el mundo.

La familia, como dije, es acomodada y habitante en la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F. (hoy CDMX, contradiciendo las leyes de la simplicidad), y supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, para no tener ellos que arriesgarse a ser robados, ni mancharse las manos o ni los pies al entrar en contacto con esa gente sucia y desarrapada, ” que da lástima, pero que debería bañarse, pues la pobreza no está peleada con la higiene”… se la llevaron pues a un crucero víal con semáforo, enclavado entre tiendas dignas del Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, ya  que allí seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva, a saber escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad, esperanza y compromiso para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos, suma elevada para una limosn callejera en México.

Así la chica extranjera llegó con la familia local al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió como por arte de magia, hada meada de cuento triste, a mendigar una decrépita  y apergaminada anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza al cumplir los 30, a más tardar).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón, ya que no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción de la chica, aunque la verdad es que no quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo.

“Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sor-pre-sa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado en la mano la vieja morena.

Lo de la “sorpresa” lo enfatizó para que se entendiera que había algo de verdadero valor en el sobre.

La vieja paupérrima presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con una cadena de 15 Dios la bendiga, a cada uno de los cuales la japonesa responde con un “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, o cualquier paraíso en el que ella crea… sonríe y casi llora de emoción.

La familia anfitriona, conmovida ante el cuadro de beneficencia heróica, llama a la japonesa. Fin de la función, fin de la buena acción, ahora “vamos a celebrarlo comiendo tacos en el restaurante Califa”, y todos hacen un feliz mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo, tras esta escena, de pedirle limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del obsequi a la calle. Total, esta mujer ni siquiera sabe leer.

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N-O

“N”, “O”, dos letras que juntas, en ese orden, son como la luz roja en un peligroso crucero de autos, son como esa señal que te aconseja que lo mejor es no intentar ganarle al tren expreso, es la palabra que te niega siquiera un beso, la versión simplificada del “ciérrate sésamo”. “No”.
Al expresarse “No”, es el muro límite cuyo traspaso debe evitarse, la autoridad que impide continuar, el botón rojo que aborta la misión, a partir del no, lo correcto es regresar con la nave a casa o quemarla y quedarte en ese lugar, tal como estás.
“No”, debe ser la contundencia de un punto final, cierre de historia, ninguna histeria.
Pero lamentablemente la teoría rara vez se transforma en práctica en el mundo real.
Sobreabundancia de necios navegando idiotamente en el océano de la necedad.
¡Cuántos problemas se evitarían si todos respetáramos tan sencilla negativa!

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas por luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna entre los autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

La Madonna vieja

Rojo. Una madonna vieja en un auto nuevo. Yo en el otoño que se despide del puerto existencial sin fiesta ni jolgorio. Invierno a la vuelta de la esquina. Margaritas deshojadas y el piso no está cubierto de pétalos, más parecen cascarones rotos. El homelette (los huevos que rompió Hamlet en lo que decidía ser) cobró víctimas. Cruces que parecieron buenas en su momento terminaron siendo inservibles. El que no vive para servir no sirve para vivir (quizás es el lema profesional de los meseros, pero ni ellos le hacen caso). La madonna vieja lleva prisa. No me burlo, ella puede pensar de mí que soy un Juan Bautista con la cabeza puesta sin sentido y sin batuta. A estas alturas no sé si son la indiferencia y la indolencia las que hacen que no duelan tanto las caídas. Sólo se tienen dos mejillas y dejar que te las abofeteen después de las siete veces setenta y siete ya es demasiado. La vida no debe ser un cuadrilátero de box. La madonna vieja rebasa mi auto y yo despierto ante la desaparición de la luz roja que me impedía avanzar.