Atado a la pata del piano

El cordero,  inocente como pistola descargada, está atado a una de las patas del piano blanco mientras el verdugo mira la pantalla de su teléfono reloj, en el que se distraerá por 197 minutos más. ¡Suave laberinto de lo insustancial!

El cordero, inocente como bolsa de plástico, atado a una de las patas del piano blanco, se distrae escuchando rumores que entran por la ventana, acompañados por el hedor de grasosa carne asada en una parrillada dominical.

El amarillismo de Hearts es nada comparado con los bulos y falsas primicias de nuestros tiempos, ahora se toman en serio las bromas, los datos duros y las blanduras cerebrales por igual. Las masas juran sobre la Biblia que todas las patrañas son verdad.

Los ignorantes resentidos dudan de dios, pero creen en titulares y frases lapidarias, las opiniones y juicios no suelen ya sobrepasar los 300 caracteres. La nueva Inquisición no es Santa, pero sí mucho más estúpida que la antigua.

El cordero atado a la pata del piano blanco contempla el vuelo del Ángel Exterminador, que no es un personaje nuevo, de hecho es más viejo que el sol. El cordero decide esperar pacientemente el momento de su sacrificio, en medio de esta mezcla de egoismo, indiferencia y ganas de lastimar, que es la humanidad.

Me gustan mucho las mañanas

Me gustan mucho las mañanas.

No porque que sea un pajarraco madrugador, ni para que Dios me ayude por haber madrugado.

La verdad me cuesta trabajo levantarme temprano, pero algo muy fuerte me motiva: Me encantan las mañanas porque casi no hay gente en las calles de las ciudades.

Y yo no soy rata de campo, pero no me agradan las aglomeraciones.

Gusto de salir de casa lo más temprano del día, cuando realmente la mayoría duerme.

Deambular por las calles cuando los trasnochados recién han llegado a sus camas, los insomnes por fin pegan los párpados durante unos minutos, aquellos que no tienen algo que les impele a levantarse y los perezosos aún estarán acostados unas horas más.

Prefiero hacer todo antes que el ambiente se engente y que el ruido impere.

Me gusta andar por las calles vacías, aunque frías, en un escenario posapocalíptico, como si fuera el único sobreviviente de la dimensión desconocida, sin ser leyenda.

Me agrada ir por la acera y oler el café recién preparado, y el aroma del pan que sale del horno.

Llegar a los museos antes que el ejército de selfis huecos, ir a los cines en la primera función sin vecinos con diarrea verbal que viven para revisar sus redes suciales.

También me agrada estar en la oficina antes que todos lleguen e irme antes que todos salgan.

Pero volviendo a las mañanas, cuando vagas temprano rara vez hay caos o histerias, dramas escandalosos u odios gratuitos.

Y si te topas con personas, éstas suelen hablar bajito, a veces en susurros, pues a esa hora todavía no se comunican a gritos.

Una ciudad, una calle, cambian mucho dependiendo de la hora, y a mí me encanta la de la primera claridad de la jornada.

Me gusta la paz, por eso supongo que me gustan las mañanas.

Dios vomita a los tibios (Apocalipsis 3:16)

Intenté ser bueno como lo exige el Libro, pero al parecer no supe leer. También ser malo como lo alaba la gente, sin ganar nada y perdiendo la razón en el intento.
Traté de caminar por el lodo sin ensuciarme, aunque dicen que la suciedad ya la tenía desde antes de nacer. ¡Qué original!
Probé enlodar mi alma en el fango social, pero jamás me manché lo suficiente como para producir aplausos.
Intenté ser la manzana que no daña a las demás. Luego intenté ser una mala influencia. No conseguí ni una ni la segunda.
Uno propone y Dios dispone. No fui ni para adelante ni hacia atrás en la recta numérica de la moral. Cero absoluto en cualquier dirección.
Traté de andar por el camino de los justos, pero las casetas de cobro no tenían cambio para mí.
Corrí por los caminos de la perdición pero siempre me faltó velocidad.
Hice lo que pude, me aferré al pedazo de plomo en el naufragio. Y no flotó, como no flotan los plátanos.
Me até entonces una piedra de molino al cuello y me hizo volar hasta dejarme varado en la playa sin turismo.
Quise terminar pronto mis tareas, acelerando el final, pero nadie se va de aquí antes de tiempo. Nadie, ni los suicidas.
Así que con poca paciencia espero.
Como no pude ser bueno, ni me interesa ya ser malo, soy la nulidad, la sombra que flota. El aire que no se respira, la tibieza maldecida.
Sin ser seducido por el Diablo, sin ser convencido por Dios, vago como el judío errante, marcado con el hierro gris que no quema.
Espero sin celebrar nada religioso, sin cometer el error de alegrarme por el cumpleaños de Newton.
No apoyo nada ni me opongo a nada. No creo en lo que veo, y tampoco en lo que dicen que hay que ver.
No me contagian los optimistas, y no quiero la medalla de oro de los pesimistas.
Me voy por mi camino, sin compañía ni consejo.
Así es como uno se hace realmente viejo.
Esperando a que llegue mi momento. Siendo vomitado por Dios todo este tiempo.

Lo que dijo la cabra que habla

La noticia salió en primera plana: nació una cabra que habla. Anunció más de tres cosas y menos de diez. Anunció cosas que aterran y que conviene saber. Que no valen las palabras sino el afecto sincero. Que nadie quisiera ser sobrino de Ricardo III. Que para ser inmortal en tus obras necesitas estar muerto y que no es tan feliz quien siempre parece contento. Que el final de nuestro idilio fue ayer y que el final del mundo será mañana, esas cosas predecía la cabra que hablaba. Y antes de morir dijo que solemos confundir el amor con los caprichos, que sólo la vida nos mantiene vivos, que no hay democracias, ni hay masas con cerebro y que debe estar siempre prohibido pensar en lo eterno.

cabra
cabra

Revelaciones postreras sin postre

Anoche tuve una revelación: no hay revelaciones desde que existió el último profeta de la antigüedad, entonces Dios colgó el auricular. De esos tiempos para acá sólo han surgido magos, encantadores de serpientes, estrellas pop y falsos profetas de probeta. No more Ho ho ho! Holy men! Ya no hay comunicación directa con Dios, no de dos vías al menos, los sueños son sólo sueños. Y yo ayer todo el día dopado con videojuegos, dejé los libros de lado y caí en el atractivo ensueño de los coach potatoes, papa patata potatoe. Lejos, muy lejos del Vaticano y de la baticueva. El opio es sustituido por chips y muñequitos que buscan algo y matan en la pantalla plana. La semana promete dureza y falta de corazón. Los engranes deben demostrar que todavía tienen dientes y los dentistas trabajan de taxistas. A darle que es mole de olla. Cinco días difíciles por delante, ni mo’o por eso pagan. Seguiré siendo el mercenario con ética. El Mundo, undo, está cambiando drásticamente, se acerca un nuevo orden y yo no quiero profetizar nada en este apocalipsis psicalíptico que cae como elipse dipsómana. Lunes, lunes. Monday Monday, Mande, Mandela, Mandala.