El mensaje

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que vaciar la botella, bebiendo todo su contenido.

Esa acción me sirvió de paso para armarme de valor en mi desarmada timidez. Para sentir que podía hacer lo que me propuse hace mucho y que postergué por miedo. Para encontrar mejores palabras que aquellas dictadas sólo por tu inspiración.

Tuve que beber el contenido hasta el fondo, para tener la fuerza de expresarme bien, a conciencia; perdiendo sin saberlo la inocencia y de paso la decencia. Y una vez bebido, las cosas me parecieron realmente más ligeras, posibles sin ningún obstáculo; me sentí capaz de arrojarme a cualquier foso y salvar cualquier distancia. Supermán sin kriptonita en un viaje de iniciación, la progenitora de Tarzán en la convención de la selva.

Bebí la botella, hasta dejarla seca como el Sáhara, listo el envase vació para proteger y transportar el importante mensaje a través de los siete mares, desafiando las tormentas y las fronteras, e ignorando al servicio postal. Pero yo estaba mareado, sé que escribí algo, con cierto trabajo, quizá garrapateado, y no recuerdo más. ¿Dije servicio postal?

Dicen que me fui sin despedirme, que tras secar la botella, la puse en mi bolsillo y salí caminando como marioneta en manos de un maraquero, quizá de un severo enfermo de Parkinson. Dicen que me fui, y que no echaron de menos al bufón, pues sus gracias ya eran más pesadas que el plomo de Plutón.

Nadie sabe cómo llegué a mi destino, cómo atravesé en mi desastroso estado la peligrosa avenida transitada; ni yo sé cómo desperté completamente vestido, tal como la noche anterior, con mi ropa arrugada, deshidratado, con una extraña compartiendo mi cama, y que me dijo que le dije que la amaba.

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que beber el contenido de la botella. Al final no sé dónde quedaron mis palabras, mis ilusiones, mis propuestas ni mis poemas. Al final no supe si lo dije todo mal, o siquiera si lo dije en absoluto.

La próxima vez trataré de enviar mis mensajes en un sobre o quizá en una canasta de mimbre tejido. Las botellas no son de fiar.

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Silicon Valley

El aire huele a limpio, quizá no lo esté tanto, más bien será que estoy acostumbrado al aire contaminado que impera en la podredumbre de la cual partí.

Los asiáticos invaden Estados Unidos por aquí, solo que en vez de poseer tiendas de conveniencia lo hacen programando o conduciendo taxis.

Aceras en extinción. Nadie camina, los desarrolladores urbanos parecen creer que todos nacemos con automovil.

Veo en unos años a todo mundo ciego, con monitores en vez de ojos y cinturas de greuso planetario, temiendo la llegada de su tercer infarto.

Valle del Silicón, eres tan artificial como las curvas de una maniquí. Me agrada tu gente, aunque en ocasiones parece olvidarse que es humana.

En el cuarto del motel escucho fingidos gemidos de placer, que nada tienen que ver conmigo.

Aquí se generó la última abundancia económica. Una burbuja que explotó. Una mentira que nos sigue haciendo creer que todo es más eficiente, que estamos más comunicados y que somos más inteligentes. Todo falso, sigue siendo el clásico engaño de la era de las cavernas, solamente que más sofisticado.

Mismo drama, distinto escenario

Para el hombre de razón es la única salida digna y lógica de este mundo absurdo (dijo Camus a su camello campesino en una Camción).

Marzo 2001

Tan ajeno

Con la cultura en el culo (donde muchos creen que debe estar), las sombras flotan sin huella y sin sentido. Todo prefabricado. En serie, no bromeo, a distintas medidas, pero los mismos patrones y los otros, en su mayoría esclavos, que se creen muy libres. La rebeldía domada, empaquetada, emparentada y apadrinada. La crítica sólo sirve para hablar de intrascendentes cosas que escupe la televisión, sobre todo de futbol. Amarrados al tiempo, la moda y la productividad. Sedientos de necesidades creadas. Las mismas opiniones de sus líderes, sólo se cuestionan qué regalar en navidad y en san Valentín. Miran al extraño como si éste fuera de otro mundo, ese extraño que siguiéndoles la corriente les dice: “mi reino no es de este mundo”, qué inmundo. Hoy probablemente lo clavarían en una antena que sirviera para transmitir series y más futbol. Y ahora sí somos uno, haciéndonos creer que somos únicos. Todo en cajitas que resultan infelices, decoradas con el arte del merchandising en aras de la huequez, comunicaciones al alcance de la mano, para ya no decir nada diciéndolo todo. Porque no participas dicen que te sientes patológicamente superior. El pato Donald en el mundo de las matemáticas tenía más razón. Sé que el Reino no es de este mundo, pero entonces no tengo ni idea de dónde puede estar. No veo señales ni rutas que me lleven a él. Me siento también extraño en el lugar donde nací y no soy profeta ni en el extranjero.