La mujer que se movía como ardilla

Sus movimientos solían ser rápidos y nerviosos, como los de una ardilla. Pero no subía a los árboles ni hacía equilibrios entre las ramas.

Así la recuerdo.

Esa señora era una mujer que vivía de la pensión de su esposo, muerto ya hacía años. Ella no se quejaba de que las cosas necesarias fueran más caras cada año en cualquier mercado, ni de que la pensión sólo tuviera incrementos cada trienio (si es que los dioses falaces de la política y el mal gobierno se dignaban a pensar en los pensionados).

Esta mujer, que se movía como ardilla, nunca había tenido un empleo aparte del de ama de casa.

Tras la muerte de su esposo siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar del hogar, que hacía tiempo se había quedado sin hijos, pues ya todos se habían casado para formar sendos hogares en lugares alejados.

Ella se levantaba temprano diariamente a limpiar la acera y la cochera de su casa, aunque ya estuvieran, las más de las veces, limpias. Después, se ponía a limpiar el interior de la casa aunque, las más de las veces, ya estuviera limpia, porque ella se había aplicado a conciencia en la limpieza el día anterior.

Así pasó los años en la rutina de limpiar la limpieza.

La mujer que se movía como ardilla era saludable. Siempre ocupada en su casa, que sólo se ensuciaba un poco cada vez que la visitaba alguno de sus hijos, lo cual no era nada frecuente. Quizá la visitaban en Navidad, quizá el Día de las Madres, el caso es que no era siempre y nunca todos a la vez.

Un día, mientras con sus movimientos de ardilla recogía la ropa tendida al sol, perdió el equilibrio. Un súbito infarto interrumpió su actividad. La mujer ya nunca pudo volver a ponerse de pie. Su comunicante vecina atestiguó la caída, por mera casualidad (no se piense mal), y tras no recibir respuesta al “¿te encuentras bien?”, llamó a uno de los hijos de la ardilla infartada.

Los hijos llegaron, aunque no todos, pues antes de realizar cualquier otra acción tuvieron que echar a suertes quiénes eran los “elegidos” para acudir y ver qué pasaba con mamá, luego todos deliberaron y la hospitalizaron. Después decidieron pagarle a alguien para que estuviera con ella en el hospital, una enfermera que al menos era cortés, pues todos los hijos eran personas muy ocupadas que no tenían ni poquito tiempo que perder.

Cuando la ardilla fue dada de alta del hospital con la condena de la inmovilidad perpetua, los hijos deliberaron de nuevo y decidieron unánimemente recluir a su madre incapacitada en un basurero de gente vieja. Dijeron que era lo mejor, así su madre no estaría sola, sería muy bien atendida y todas sus conciencias estarían tranquilas.

Pero estar con compañía no necesariamente significa no estar solo.

La mujer que antes se movía como ardilla ya apenas parpadeaba. El mayor movimiento que realizaba cada día, aunque no por sí misma, era cuando las encargadas del asilo le cambiaban el pañal, cosa que sucedía únicamente cuando los receptáculos de desechos ya no soportaban más suciedad.

La mujer que solía moverse como ardilla se limitaba a mirar con gran quietud el techo y las paredes de su habitación mal iluminada, durante horas y horas. Ignoro si llegaba a cuestionarse algo.

Dos de sus hijos fueron a verla un Día de las Madres, otro le habló un par de Navidades. Y después silencio. Los hijos eran personas muy ocupadas, que no podían perder nada de su tiempo. Eso sí, los hijos eran muy responsables y pagaban puntualmente al honorable basurero de personas.

Pasaron unos cuantos años de quieta miseria para la mujer que solía moverse como ardilla, siempre el mismo techo y las mismas paredes, hasta que su organismo decidió encontrar la paz.

Sólo un hijo acudió al entierro, los demás eran demasiado honorables siervos de sus responsabilidades.

Los avances de la medicina permiten que vivamos más años que nuestros antepasados… Y se dice que eso es bueno.

 

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Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…