Me gustan mucho las mañanas

Me gustan mucho las mañanas.

No porque que sea un pajarraco madrugador, ni para que Dios me ayude por haber madrugado.

La verdad me cuesta trabajo levantarme temprano, pero algo muy fuerte me motiva: Me encantan las mañanas porque casi no hay gente en las calles de las ciudades.

Y yo no soy rata de campo, pero no me agradan las aglomeraciones.

Gusto de salir de casa lo más temprano del día, cuando realmente la mayoría duerme.

Deambular por las calles cuando los trasnochados recién han llegado a sus camas, los insomnes por fin pegan los párpados durante unos minutos, aquellos que no tienen algo que les impele a levantarse y los perezosos aún estarán acostados unas horas más.

Prefiero hacer todo antes que el ambiente se engente y que el ruido impere.

Me gusta andar por las calles vacías, aunque frías, en un escenario posapocalíptico, como si fuera el único sobreviviente de la dimensión desconocida, sin ser leyenda.

Me agrada ir por la acera y oler el café recién preparado, y el aroma del pan que sale del horno.

Llegar a los museos antes que el ejército de selfis huecos, ir a los cines en la primera función sin vecinos con diarrea verbal que viven para revisar sus redes suciales.

También me agrada estar en la oficina antes que todos lleguen e irme antes que todos salgan.

Pero volviendo a las mañanas, cuando vagas temprano rara vez hay caos o histerias, dramas escandalosos u odios gratuitos.

Y si te topas con personas, éstas suelen hablar bajito, a veces en susurros, pues a esa hora todavía no se comunican a gritos.

Una ciudad, una calle, cambian mucho dependiendo de la hora, y a mí me encanta la de la primera claridad de la jornada.

Me gusta la paz, por eso supongo que me gustan las mañanas.

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Cafetería ____ (cadena de restaurantes de servicio completo)

Entra por su puerta de cristal y verás…

Escapistas desesperados, allí sentados, descubriendo que realmente no huyeron a ningún lado,

dantescas gulas sin discriminación, hambrientos agujeros negros en esta galaxia atracándose con lo que se pueda,

bisutería de la más barata, monas con telas que simulan seda, y de todas maneras como nacieron se quedan,

comida de calidad aceptable, como hecha en serie, que no puede ser tomada muy en serio, promociones de cupones y tarjetas de cliente frecuente,

manteles individuales de papel, un murmullo elevado similar al de un día de mercado, comunicación general a pesar de los dispositivos personales, auqnue no veo muy lejano el silencio,

meseras cansadas y explotadas con largas jornadas y muchas mesas asignadas por cabeza, con extraños uniformes, pero “es peor no tener trabajo”,

comensales que vienen para hablar de negocios, otros para confesarse, sin faltar aquellos que necesitan estar solos con varias tazas de café,

individuos de trabajo independiente, quienes acompañados de su computadora personal, piden café y una pieza de pan, y realizan aquí su jornada laboral, sin seguridad social,

personas con sobrepeso que prefieren pasar por alto la culpa que tendrán una vez que se terminen la gran rebanada de pastel, que ordenaron para acompañar su capuchino, carpe diem adiposo,

ancianos solitarios que vienen hasta aquí para su dosis diaria de contacto humano, también para contarle al primer incauto alguna historia del pasado que han narrado ya cientos de veces,

matrimonios que sacan a pasear su hogareño tedio cotidiano y comen sin cruzar palabras entre sí,

enamorados que sienten que el mundo es color de rosa y que no pueden vivir si no están juntos,

aspirantes a escritores que no se cansan de manchar la pureza de las hojas de papel,

aros de diversos líquidos en las superficies de las mesas, vaivén de las jarras de café en un ballet sin sincronía, campanadas ocasionales de caja registradora, tintineos metálicos de cubiertos contra los platos de cerámica,

gran estruendo de una bandeja al chocar contra el suelo, “se te descontará de tu sueldo”, le dice el gerente discretamente a la mesera descuidada, lo cual sinceramente no debería importar, pues hizo más ruido la bandeja en la que sirvieron a Juan Bautista,

una sonora carcajada de Santa Claus en pleno otoño,

algunos seres satisfechos de estar a salvo de una lluvia torrencial, pues allí afuera se vive la furia del cielo,

ojos que miran con ansia los relojes, empezando a sentir que fueron plantados,

niños aburridos, futbol en la televisión (siempre el maldito futbol),

de fondo una música que hace años era considerada rebelde y contestataria, en el futuro seguro aquí se oirá de fondo la música que hoy sólo escuchan los jóvenes antisistema,

fumadores activos y pasivos, sado y maso, en el área de fumar,

míseras propinas, sonrisas mecánicas, cortesías obligadas, responsabilidad laboral, billetes y sumas, sumisión a sueldo, resignación superficial,

una lasciva caricia furtiva, de ningún modo bienvenida, pero… “déjalo, es el gerente, no pongas en riesgo tu trabajo, no en estos tiempos”, y el gerente hijo de puta se vuelve a salir con la suya,

vejigas que se alivian de tanto café en un apartado detrás de una puerta rotulada,

azúcar disolviéndose en un líquido oscuro, sal que se agrega a los alimentos sin importar que algunos ya estén más que salados, el tiempo corre aquí implacablemente, igual que en cualquier otro lugar,

prisas, ¡ah!, y también tedio, mucho tedio…

Reni,_Guido_-_Salome_with_the_Head_of_John_the_Baptist_-_1630-1635

¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

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Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

orina

En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

globo

El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

orina

Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

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María Candelaria Clic para ver el momento “yo no he hecho nada malo”

Una de café

Música ambiental de fondo: melodías que hace diez años eran totalmente innovadoras o revolucionarias en ciertos aspectos y que ahora se utilizan para matar el sepulcral silencio en oficinas y restaurantes. Todo con el fin de evitar que la gente se enfrente a ese terrorífico monstruo llamado ‘uno mismo’.

Cuatro femeninas sonrisas que se interrumpen por otro sorbo a sendas tazas de café. Afortunadamente todos esos labios están recubiertos por los intensos colores de ese lápiz REVLON que permanece en donde se supone que debe quedarse, sin andar dejando por doquier rastros de la boca coquetamente maquillada.

Los ocho zapatos de tacón alto rozan el suelo alfombrado. Un suelo que originalmente fue parte de un bosque y que gracias a la ‘civilización’ es ahora un restaurante de segunda que permanece abierto las 24 horas del día.

Esto ocurre en esa mesa ocupada por cuatro ‘entrañables’ amigas.

La Orgullosa Viajera saca de su bolso imitación GUCCI otro gordo paquete de fotografías. La amiga del Eterno Cigarro maldice en lo más íntimo de su pensamiento al inventor de la cámara fotográfica mientras mira las imágenes que su amiga le va pasando con rapidez. La del Eterno Cigarro finge interés con una calidad histriónica convincente (de esas que sólo se logran con la práctica constante). La más Joven del Cuarteto (que no fuma, no viaja, ni es tan idiota) observa las fotos sonriendo tratando así de encubrir su envidia. Además, su molestia general se agrava paulatinamente al ritmo en que sus medias y sostén se dedican a sacar mudas protestas a su cuerpo.

La más Joven del Cuarteto pregunta a Orgullosa Viajera señalando una fotografía con la bien barnizada uña de su índice derecho: “¿Y aquí, qué tal se la pasaron?”

La del Eterno Cigarro piensa con una voz mental casi tan cavernosa como su voz real: “¿Y a quién diablos le importa cómo fregados se la pasaron?”.

La Idiotita (quien tampoco fuma ni viaja, ni es joven, pero sí muy idiota) es siempre la última en ver las fotos. Ella en verdad está feliz del viaje de Orgullosa Viajera y gusta de admirar cómo se pasó su amiga las vacaciones en París. Pero, por alguna razón, a nadie de las allí presentes parece importarle la opinión de Idiotita. Por eso Idiotita sólo sonríe y se concentra en decir de vez en cuando alguna frase como: “Qué bonito” o “Hay qué divino” (sí, también creyó oportuna la ocurrencia de expresar esa frase que le oyó la semana pasada a su hija: “¡Qué bonito es casi todo!”).

La Orgullosa Viajera se siente satisfecha. Ahora es el momento en que cosecha los verdaderos objetivos de su viaje (tal y como lo hace cada año), es el momento de saborear los productos de aquella actividad que le otorga sentido a su vida. Para Orgullosa Viajera no hay nada como la presunción legítima, con pruebas fehacientes de su veracidad, de hechos que la mayoría de sus conocidas (o conocidos) no pueden realizar.

Orgullosa Viajera sólo recuerda del Louvre que contenía muchas pinturas preciosísimas, de Notre Dame que era una iglesia vieja, hermosísima y grandota, del Seine que era un río romántico con muchos puentes bonitos, de Champs Elysées que era una avenida grandísima con grandes tiendas y exclusivísimos escaparates; en realidad cuando estuvo en todos esos lugares, Orgullosa Viajera estaba más concentrada en lo que iba a contarle a sus amigas que en vivir el momento. “Gracias al cielo que existen las fotos”, solía pensar Orgullosa Viajera, “de lo contrario jamás sabría en dónde he estado”.

La del Eterno Cigarro conoce muy bien los fines de Orgullosa Viajera y piensa: “A esta reverenda imbécil no le importa tragar solamente frijoles a lo largo de un año con tal de viajar para luego venir a presumirnos en dónde ha estado”. A pesar de todo, Orgullosa Viajera no cambiaría por nada del mundo estos momentos de presunción ante sus amigas.

La del Cigarro Eterno desearía estar en cualquier otro lado que no fuera este restaurante de segunda; pero para su desgracia no tiene ni la fuerza ni la voluntad necesarias para realizar sus deseos. Por eso enciende un cigarro nuevo con lo poco que le queda al viejo y sigue mirando fotos que no le interesan. La más Joven del Cuarteto se esmera en elogios y en sonrisas, en tanto su interior arde como pecaminoso carbón del anafre de Satanás y su cuerpo se irrita por causas puramente físicas.

La Idiotita es quien pone el punto final a la reunión; pues tiene que ir a ver el capítulo de hoy de la telenovela de las siete. No esperarás que Idiotita intercambie la realidad de la TV por una reunión tan insulsa como ésta que, a diferencia de su telenovela, se repetirá aproximadamente en 365 días. ¿O sí?

Por eso, a partir de este preciso instante inicia el rito del adiós: cuenta, pago, besos de costumbre, abrazos de compromiso y despedida (curiosamente de fondo se escucha la antigua canción “The wayward wind” de Patsy Cline). Las cuatro amigas creen que se volverán a ver, fingiendo emoción y felicidad, al regreso del próximo periplo de la Orgullosa Viajera; pero eso no será, pues el próximo divorcio de Orgullosa Viajera –que iniciará en el momento en que descubra que su esposo tiene dos jóvenes amantes, por separado– le robará todo deseo y posibilidades económicas de traspasar las fronteras de su tercermundista país. Pero eso sí, ‘lo viajado nadie se lo podrá quitar’.

Sola

Extraña manera de esperar el momento. Sentada con sus ochentaytantos años repartidos en sus posaderas (cuarentaypico en cada glúteo). Mirando al infinito. Sola en la mesa ante una taza de café. Junto al suyo hay otro mantel con cubiertos. ¿Espera a alguien más y no sólo al momento final? Es un café de segunda, de esos que pertenecen a cadenas de supermercados. Ella intenta disimular su edad con el cabello teñido de un tono tan oscuro como el de ningún cabello natural. Sus gafas son de grueso armazón y con lentes que parecen robados a un gran telescopio. Huele a muchos años, por más que intente disimularlo con perfume intenso. Huele a últimos días. Es curioso cómo la vida desperdiciada y la vida bien aprovechada huelen igual a esta edad. Probablemente está recordando un amor vivido o imaginado,  estas alturas ya todo resulta lo mismo. Todo se confunde. Espera sin esperar y sin embargo tiene miedo de dar el paso final. ¿Será el miedo a lo desconocido? Esos temblores nerviosos y esos achaques la tienen harta. Pero ha aguantado tanto que siente que ya no vale la pena apresurar nada. Algunas veces pensó que la vida termina y uno es olvidado tarde o temprano. Ahora sabe que para ser olvidado no es necesario morir, sólo basta vivir lo suficiente. Le gustaría morir en su cama, durmiendo; y le da pavor perecer en un lugar público, como este café, o en la calle. Piensa en eso mientras le da un sorbo a su bebida, ahora tan fría como su corazón. Si tuviera mucho dinero igual y sería atractiva para algún joven, pero apenas tiene para ir al día y suprimir a medias sus carencias. ¿Quién irá a su funeral? ¿Sus nietos y bisnietos?, ¿los pocos hijos que le quedan vivos? Irá el que se sienta comprometido, nadie irá porque la quiera, si la quisieran no la dejarían tan sola. Y sola la dejaré también, perdida en su olvido.

Por Corrientes

Hace quince cuadras que dejaste el último McDonald’s (léase: baños públicos en los que no es necesario pagar) y comienzas a sentir el reclamo de la vejiga. “Te lo dije, tomaste demasiada agua, sopa y café”. ¿Cuánto falta para la gran avenida (Corrientes)? Miras el mapa y son exactamente seis cuadras. Por tu mente cruza raudo el pensamiento de “¿qué pasaría si me orino en la pública vía?” Detrás de un árbol, y si te atrapa la policía les dirás que eres un zoólogo que estudia la confusión canina a través de marcas territoriales. (¡Carajo con el pinche vaso caliente!) Pasas por un taller y piensas si les pedirás permiso de deshidratarte un poco en su baño. La pena gana a las ganas, y sigues adelante una cuadra más. La vejiga apremia con su castigo. “Ya casi, ya casi”, te dices autoengañándote de lo lindo. La mano es más rápida que los ojos, y la mente es poderosa, pero descubres que en poder pocos vencen a la vejiga. Resistes. (¡Vaya!, ya le pude dar el primer trago a este café hirviente, aunque me sigo quemando los dedos… Hmm ya me comí dos medias lunas) El frío viene tan inclemente como vino en la mañana, un frío brutal, y dicen que es primavera. Corrientes está a una sola cuadra, ya verás que ahí hay un McDonald’s, sólo que ojalá no esté muy lejos de la calle por donde vienes (Thames). Pasa una chica admirable, pero no hay tiempo ni siquiera para mirarla. Prisa, prisa. ¡Por fin! Corrientes. Hay un café-bar en esta misma esquina. Te asomas y en la avenida ni un McDonald’s a la vista por la izquierda, ni un McDonald’s a la vista por la derecha, bien, decides acercarte al café. Estás a punto de traspasar el umbral del establecimiento, cuando súbitamente ya no tienes ganas de ir al baño. Piensas que esto te otorga tiempo suficiente como para andar a lo largo de corrientes hasta encontrar el Dorado McDonald’s buscado. Empiezas a caminar con rumbo a la dirección que india tu mapa. A la mitad de la cuadra te llama de nuevo la necesidad, sólo que ahora más apremiante que antes. Cruzando la avenida hay un bar y una pizzería, optas por la segunda. Entras y es como viajar en el tiempo, te recuerda uno de esos viejísimos cafés de la Ciudad de México. El mesero y el barman son tan viejos como el lugar. Tomas la única mesa libre cercana a la ventana, la cual está más sucia que tu alma. Ordenas un capuchino (más café) y tres medias lunas. Preguntas en dónde está el baño y en lo que preparan tu café procedes a cumplir prioridades. El baño huele a puro amoniaco, sientes el golpe cuasinoqueador en la nariz. Terminas con la emergencia. Enjuagas tus manos, pero no hay jabón ni papel para secarse. Quisieras seguir adelante pero debes consumir tu café y las medias lunas (que resultan medianamente malas y de lunares, nada). El café está un poco más allá que el punto de hervor, y caliente está también el vaso que lo contiene. Te sientas y en lo que se enfría te pones a escribir lo primero que se te ocurre.

Adivinanza

Escape, gula, desesperación, esperanza, joyería falsa, comida de segunda, promociones, mucho humo de cigarro, manteles individuales de papel, un murmullo elevado similar al de un mercado, olores de finas fragancias de buena marca entremezclados en el aire, meseras cansadas, personas que vienen a este sitio para hablar de negocios, otras lo usan como confesionario, sin faltar aquella cuya vida es una dulce mentira porque su verdad es amarga, obesas tratando de olvidar la culpa que tendrán una vez que acaben la gran rebanada de pastel que ordenaron como postre, enamorados que sienten que el mundo es color de rosa, jóvenes que se creen poderosos e inmortales, algunos inmorales, aspirante a escritor que no se cansa de manchar la pureza de las hojas de papel, aros de diversos líquidos en las superficies de las mesas, vaivén de las jarras de café, campanadas ocasionales de caja registradora, choques metálicos de cubiertos en los platos, una sonora carcajada de Santa Claus en pleno verano, satisfacción de estar a salvo de una lluvia torrencial, ojos que miran relojes, niños aburridos, tintinear de llaves, futbol en la televisión, de fondo una música que hace años era considerada contestataria, en unos años se oirá aquí de fondo la música que hoy sólo escuchan los jóvenes rebeldes, fumadores pasivos en el área de no fumar, el tiempo corre aquí implacablemente tal y como lo hace en cualquier otro lugar, míseras propinas, sonrisas mecánicas, cortesías obligadas, responsabilidad laboral, billetes y sumas, sumisión pagada, resignación superficial, una caricia furtiva y subida de tono, vejigas aliviadas en un apartado detrás de una puerta rotulada, azúcar disolviéndose en un líquido oscuro, discursos e ideales, indiferencia, rutina, brillantes pasados opacándose con el presente, prisas, asesinos de los minutos, ¡ah!, y también sueño.