Plegaria

Dios: en mi desesperación te ruego sin sangre en mis rodillas,

porque en mi incredulidad trato de tener un miligramo de fe.

Me cuesta mucho amar a esta especie fallida de la cual soy parte

y de la que desconfío, de hecho no tengo confianza ni en mí.

Esta especie que se siente más grande que la vida,

aunque sinceramente tampoco considero que la vida sea gran cosa.

Si eres tan poderoso, si es que existes, si eres lo que pensaba Spinoza y yo sólo un peón en el tablero desgastado,

te pido que me dejes salir por una puerta, aunque no sea la grande.

No pido ser indultado, aunque yo no pedí que me arrojaran al ruedo,

y me importa un comino podrido si muero y nadie experimenta por mí un duelo.

Nomás ahórrame días restantes de lo que me impones, sin tener que pagar impuestos de más,

sin tener que repetir el curso completo en la universidad de la existencia,

sin tener que aplicar de nuevo la desgastante tolerancia para con mis semejantes.

Dios, déjame salir de aquí sin dolor, sin ser una víctima, sin tardanza con lo poco que aún queda de mi corazón.

Sabes que las más de las veces, si no es que todas, fui honesto o intenté serlo, y que mis equivocaciones nunca se produjeron por mala fe.

Sabes que no le hice a nadie (ni a los peores) lo que jamás quise para mí.

No fui bueno, pero tampoco fui malo, y si fui tibio por favor no me vomites Señor.

Sólo déjame salir ya, si es que se puede, o al menos déjame descansar en paz.

Dormir sin despertar en urna, cripta o cajón, o en la fosa común, a mí me da igual.

Sólo pido paz, que si no se puede para el mundo, que se pueda al menos para mí.

¿Es eso, Dios, demasiado pedir?

sin

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Ya ni llorar es bueno (antes)

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que rogaba que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba a quien vivía como los demás le dictaban. Yo me sonreía entonces, pero ahora los entiendo y hasta perdí la risa.

Me recuerdo despreciando al que iba a la casa de Dios a pedir auxilio, y también del que la misma ayuda la pedía a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos, me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón.

Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar.

Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me burlo con tanta fuerza, es más, ya no me burlo en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto.

Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

El angel exterminador

Por una niña mala

Dejando de lado la apuesta por la resurrección, perdido como el niño que cazaba mariposas en el bosque denso, sin rumbo fijo, estás buscando cualquier puerta.

La religión te mintió, como un llanto sin lágrimas. de mil profetas uno dice media verdad. Me gustaría decirte que hay un camino, pero estoy más perdido que tú.

Los dados en el aire y César habla de la suerte, busquemos mejor arañas en el techo hasta que nos sorprenda la muerte, con una caja envuelta en papel azul.

El abandono es frío como un beso al mármol, el rito desgastado ya no tiene nada que ofrecer. Cada vez más juntos y por dentro más alejados. El tiempo dejó sus peores huellas en tu cara. Una guitarra vuela mientras el mentiroso sonríe, y tú le crees sólo por la blancura de su dentadura. ¡Qué impostura!

Yo me despido como cuando le decía adiós a papá. Todos terminaremos en el olvido.

Te veo partir en el tren de tu decisión y yo me quedo limpiando la estación. El desfile de los seres grises carece de música, pero te absorbe aun contra tu voluntad.

De cabeza en el precipicio de la duda te preguntas: ¿dónde está ahora lo que ayer fue certeza? Quizás mañana el cuarto se ilumine, quizás también tenga yo algo qué decir.

El alcohol saca a flote muchas tonterías y verdades. El dolor cuando es muy intenso empieza a dejar de sentirse. Quemas tus diarios y borras tus recuerdos. Francamente querida, me importa un bledo.

En el fondo ¿a quién pretendes engañar? La hoguera de las vanidades arde sin dar calor. Ya es tarde para creer en el amor. Está lista tu ropa blanca para la fiesta de lodo.

Los dados vuelan y César habla de suerte, sé que podré olvidarte hasta que me sorprenda la muerte.

Sola

Extraña manera de esperar el momento. Sentada con sus ochentaytantos años repartidos en sus posaderas (cuarentaypico en cada glúteo). Mirando al infinito. Sola en la mesa ante una taza de café. Junto al suyo hay otro mantel con cubiertos. ¿Espera a alguien más y no sólo al momento final? Es un café de segunda, de esos que pertenecen a cadenas de supermercados. Ella intenta disimular su edad con el cabello teñido de un tono tan oscuro como el de ningún cabello natural. Sus gafas son de grueso armazón y con lentes que parecen robados a un gran telescopio. Huele a muchos años, por más que intente disimularlo con perfume intenso. Huele a últimos días. Es curioso cómo la vida desperdiciada y la vida bien aprovechada huelen igual a esta edad. Probablemente está recordando un amor vivido o imaginado,  estas alturas ya todo resulta lo mismo. Todo se confunde. Espera sin esperar y sin embargo tiene miedo de dar el paso final. ¿Será el miedo a lo desconocido? Esos temblores nerviosos y esos achaques la tienen harta. Pero ha aguantado tanto que siente que ya no vale la pena apresurar nada. Algunas veces pensó que la vida termina y uno es olvidado tarde o temprano. Ahora sabe que para ser olvidado no es necesario morir, sólo basta vivir lo suficiente. Le gustaría morir en su cama, durmiendo; y le da pavor perecer en un lugar público, como este café, o en la calle. Piensa en eso mientras le da un sorbo a su bebida, ahora tan fría como su corazón. Si tuviera mucho dinero igual y sería atractiva para algún joven, pero apenas tiene para ir al día y suprimir a medias sus carencias. ¿Quién irá a su funeral? ¿Sus nietos y bisnietos?, ¿los pocos hijos que le quedan vivos? Irá el que se sienta comprometido, nadie irá porque la quiera, si la quisieran no la dejarían tan sola. Y sola la dejaré también, perdida en su olvido.

Renuncia

Ignoro cuáles sean tus ilusiones, de hecho sin notarlo has borrado las mías. El camino que tenía yo tan seguro terminó en un callejón, de esos que no tienen salida. Dices que quieres estar conmigo, cuando en el fondo no me soportas, ¿por qué se necesita perder algo para entonces realmente valorarlo? Mi memoria es mala, pero mi rencor a veces parece de acero, por esa razón es probable que jamás me dejen cruzar las puertas del cielo. Ojalá no dijera todo lo que pasa por mi mente, ahora sabes porqué de la mesa de juego siempre salgo perdiendo. La responsabilidad es compartida, si es que hay culpable, lo somos quienes estuvimos involucrados. El juez es parte y además comparte todo, excepto la sentencia. Tras el atraco el botín fue dilapidado y como siempre en esos casos sale ganando quien no intervino en la historia. Nadie sabe para quién trabaja. Por eso me gustaría presentar mi renuncia oficial, por triplicado, para que ya nadie piense que quiero continuar. Por eso me voy, y aunque me veas yo estaré en otro lado, lejos aunque me escuches platicar. Todo lo que tomé consciente o inconscientemente lo he pagado con intereses, y no estoy dispuesto a pagar los platos que rompen otros. Me tomaré el siguiente tren hacia ningún lado y ahórrate mejor el dinero de la despedida y las intenciones, que más tarde lo puedes necesitar. Te dejo poquitas palabras y buenos deseos, y lo más limpio posible el espacio vacante que otra persona vendrá a ocupar. ¡Buena suerte para todos!

12 horas

Doce horas seguidas de dormir, sin soñar. Como un tronco, como una piedra que no rueda, que a lo más sólo gira sobre su propio eje. Doce horas en apariencia improductivas. Despertar con un mareo por el exceso de descanso y los ojos hinchados como ligeramente golpeados por el campeón de los pesos más pesados. Moverse se siente al principio difícil, como si por una amnesia uno hubiese olvidado la manera de hacerlo, pero poco a poco se aplica la de Galileo (“y sin embargo…”). Doce horas de olvido, fuera de este mundo de amarguras y maravillas, de horripilancia y belleza, de fanatismo e indiferencia. Ausente, estando allí, ajeno a todo. Y al despertar, lejos de sentir la frescura y la energía recuperadas, sólo queda un gran cansancio por haber dormido tanto. Que ironía.

La compañía

El llanero solitario tenía a su indio y posiblemente un gran parásito en las tripas. El indio se llamaba Toro, o Tonto, o igual era las dos cosas. Dicen que el quijote tenía a su Sancho Panza, con prominente barriga según lo pintan. No importa que ambos lacayos supieran que sus jefes estaban locos, lo importante era hacerse compañía para conversar. Yo he ido a algunas partes pero me tengo que guardar las conversaciones o escribirlas, como lo hago ahora, porque no tengo escudero, excusa, disculpa, ni perro que me ladre. París fue un buen lugar, y aunque estuve algunos momentos con un buen alemán que me sirvió de guía y con una mujer más buena que el alemán, estuve realmente solo, como lo he estado siempre que viajo. Lo que pudiera preocupar es que quizás ya me acostumbré a la compañía mía que sólo yo me proporciono, y por eso ya ni siquiera puedo tener amistades esporádicas. Esto es preocupante por un pequeño detalle: estoy comenzando a aburrirme de mí. Todo iba bien mientras me sentía una persona interesante. Las lecturas me distraían gratamente y las películas eran valiosas fugas momentáneas. Ahora ya no hay autores que me sorprendan como antes (y no creo haber leído tanto como pudiera pensarse) y las películas me parecen variaciones del mismo guión. Por otro lado, parece que al fin me conocí y con eso perdí mi capacidad de sorpresa. ¡Está bien! Si tuviera un Tonto o un Sancho Panza, una Julieta o una Otela, las cosas podrían ser peor, estaríamos dos a disgusto en vez de sólo uno. ¿Para qué buscar ya un socio o una compañera?, ¿para conseguir un chivo expiatorio que lave mis frustraciones?, ¿para tener a quien poder recriminar por teléfono?, ¿para competir con alguien y descubrir quién tiene el grito más elevado del vecindario?, ¿alguien para medir fuerzas y voluntades y saber qué tanto podemos aguantar antes de de caer en la violencia verbal y luego en la física? Hay que tener cuidado porque el egoísmo prolongado puede ocasionar la pérdida de la capacidad de amar. Otro problema es que cada vez me produce más pereza conocer a alguien (para lo que sea). Ya no se me ocurre qué decir después del primer “hola”. Y la verdad eso me tiene sin cuidado. ¿Me convertí en lo que temía? Pavor me daba ser un materialista aislado del mundo, centrado en sus posesiones más que en sus posiciones. No, realmente no soy el Jeckyl de ese Hyde (igual soy el Hyde del Jeckyl). No soy tan materialista, sólo un comodino indolente que se queja en su pasividad, pero que no quiere ya dar ningún paso. Me la paso pasando en el juego de la vida. Aún podría despertar de nuevo, reinventarme otra vez, aunque no estoy convencido de ello, pero ya también me cansé de estar dormido. No hay sangre ni vino que puedan redimirme de este tedio, no hay cielo ni infierno que me motiven o asusten. Es el vacío con todo, o la nada llena, da igual. ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué sigue? Ya ni la curiosidad me alienta. Mi voz suena cansada. Hay cada vez menos qué decir. Me creí hasta mis mentiras y ahora ya no puedo creer. No puedo dejar de pensar en Dios, pero ¿hasta cuándo se mantendrán apilados los guijarros de mi fe? Esto me recuerda a la estación de trenes de Torreón, pero con la diferencia que entonces conocía la hora aproximada en la que llegaría el último tren. Bien, tengo el boleto en la mano, por lo menos eso creo, veamos qué tan lejos llega mi paciencia. El cielo comienza a nublarse, iré a protegerme antes de que empiece la tormenta. ¿Cuánto tardará en llegar el tren? Si ves en los clasificados un anuncio que solicite Toros, Tontos o Sanchos, no lo respondas, lo más seguro es que se trate de un potencial ladrón de tu tiempo.