Hasta que la muerte nos separe

Firmemos el pacto de nuestra unión para siempre, y no nos alejemos nunca jamás.

Demos un paso adelante, más allá del enamoramiento efímero, que suele comenzar en verano, pero que no sobrevive al invierno.

Anestesiémonos en serio con series, películas y deportes, y cuando nuestros ojos se pongan rojos como semáforos en alto, tomémonos mecánicamente de las manos y deambulemos sin sentido ante los aparadores del centro comercial.

Ingiramos todos los días nuestros alimentos rápidos, juntos y en silencio. El verdadero cariño no necesita de palabras. Lo juro.

Vayamos al templo cada semana, para mostrarles a todos lo unidos que estamos y la solidez de nuestra fe verdadera. Así sea.

Aburrámonos juntos, pues el tedio es parte de una relación, sin sacrificio nunca hay amor.

Durmamos todas las noches en la misma cama y acompañémonos a todas las fiestas, hasta que estas sean únicamente funerales.

Construyamos con nuestras 4 manos un sólido futuro, a prueba de toda contingencia, fortalezcamos este engaño hasta tener la certeza de que es posible un mañana así.

Convenzámonos de que la inminente soledad que trae el tiempo es solo un cuento, el Lobo de Pedro, el cielo de Henny Penny, y de que estaremos acompañándonos hasta el final.

Hasta que la muerte nos separe.

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Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

“Esta es mi película”

“Luces, cámara e inacción…”

La película era completamente suya: idea, dirección y producción.

Cinta del género experimental porque carecía de guión y se iba creando sobre la marcha. Esas cosas raras de los 1960 revividas 40 años después.

“Esta es mi película, así que harás lo que yo diga”, dijo tiránicamente, autoritaria, sin esperar otra respuesta que la sumisa obediencia

Su resto del mundo éramos sus personajes secundarios y toda geografía mundana e inmunda era la locación.

Monigotes entraban y salían, escenarios extravagantes, viajes desperdiciados y diálogos en su mayoría malos.

La improvisación dependía del humor que ella tuviera en la jornada. A veces era un drama, otras una comedia, las más de las veces era nada, un vil sinsentido, y todo pareció ser una montaña rusa sin diversión y que provocaba náuseas.

“Corte, se repite”.

Va de nuevo, la escena que no salía, y que cada vez que se repetía resultaba peor que el intento anterior.

A veces, se hacían breves ensayos, sobre la marcha.

Los extras desfilaban y los protagónicos perdían fuerza, algunos se quedaban nomás por ese amor al arte, ya mentado, pero el cansancio fue alimentándoles el desamor.

Los personajes se confundían, la personalidad de la víctima se mezclaba con la del verdugo y la verdura era más roca que fruta. “¡Aghhhh!”, era el cotidiano grito de su frustración.

No hubo reemplazos de intérpretes mientras estuvo vigente el tácito contrato que nadie firmó. Todo había sido por amor.

Ningún estudio hollybodriense ni independiente quiso dar su apoyo tras oler el inminente fracaso asegurado y el abismo sin fondo en que se metió el último patrocinador que se ambaucó en el proyecto. “Corte y queda”, era la frase que menos se escuchaba durante la filmación.

Todos envejecieron y abandonaron el sueño.

El resultado fueron kilómetros y kilómetros de pietaje enlatado en alguna bodega perdida que no visitaría ni el Indiana Jones más desesperado. No hubo estreno ni alfombra roja, mucho menos osos en Berlín, palmas en Cannes ni Oscars en Hollywood.

El orgullo se perdió.

Pero bueno, fue su película.

film

Sin (¿quién eres?)

Sin la bisutería color turquesa, sin el común aroma de tu perfume, sin esos zapatos con marca de nombre afamado, sin esos alimentos chatarra, sin esos programas de TV que resecan cerebros, sin esa religión que no es más que opio, sin esas necesidades creadas, sin el sexo tal como lo venden y lo compras, sin esa seudoexcelencia laboral, sin ese centro comercial donde no hay relojes, sin el deseo por tener el auto del año, sin hacer larga filas para poseer el último grito de la tecnología, sin ese éxito al que todos aspiran esperando que les caiga del cielo o muriendo en el intento de alcanzarlo, sin la música que está de moda en el momento, sin la película efectista que impera en las taquillas, sin el despertador, sin las opiniones de los líderes, sin la cuenta bancaria, sin el anhelo de tener hijos sólo porque eso se dice que debe ser, sin esas playas abarrotadas en semana santa, sin desear los cinco minutos de fama, sin esas ansias por destacar y ocupar el trono de los que oprimen, sin querer llamar la atención, sin algo que te permita ignorar tu propia voz…

Sin todo eso, ¿quién eres realmente?

Estatua de ceniza

Satélite que girando sobre su propio eje, jejeje, en el lento vacío del espacio como derviche borracho, llega hasta el ardiente sol inclemente y se convierte en ceniza de miércoles. Sputnik estúpido y desechado, monje autoinmolado con menos causa que la del Dean, rebelandose contra todo para caer en la cruel sumisión del afecto unilateral, el suyo, dirigido a una divinidad celosa que jamás mira hacia al suelo, salvo para la foto sexy del calentario Pirelli.

Tu grandeza potencial queda reducida a la absoluta nada, por nada, y ni las gracias te dio tu falsa deidad. Dados cargados en el recuadro del margen, y tú ya estás demasiado afuera. Dicen que no se puede perder lo que nunca se ha tenido, sin embargo te sientes el perdedor de un juego que tomaste demasiado en serio. Arlequín maniqueo, prestidigitador sin manos, pulpo sin visión ni abrazos. Demasiados libros en tu mente, demasiada poesía y cinematografía, y muy poca dosis de realidad.

Los años acortaron tu futuro y encorvaron tu espalda, lo que no pudiste aprender ni siquiera podrás hoy digerirlo. Llevo mucho tiempo diciéndote lo mismo. Ahora no solo es tarde ya, es el ocaso y un declarado desperdicio de existencia, es oficial, con un historial de escasas sonrisas. La prisa ya da comezón y el séptimo año se multiplicó por seis. No busques el tiempo perdido ni por los caminos del cisne.

La energía no solo se transforma, también se puede desperdiciar. Hay mejores maneras de redactar un epitafio, mira si lo sé, pero es lo único que sale para esta noche. Se requiere el réquiem para aquel que no vivió realmente. Así de absurdo y nadie quiso escuchar la confesión, el fénix se quedó hecho cenizas en el cenicero del consultorio geriátrico. Por volar cerca de un sol que se autoproclamaba divino, que decidió ignorar las reglas e inventarse las suyas propias, muy contradictorias.

Para que las mentiras sean efectivas, se requiere de alguien que quiera creerlas, las creíste porque te las dijeron a tu medida. Efímera estatua de ceniza.

Abril 2008

sputnik

 

El cine de “arte”

Es probable que yo haya tenido demasiada sobredosis (válgame el cielo y la redundancia) de ‘ritmo Hollywoodense’ en cine y TV, y que por ese motivo las películas ‘de Arte’ europeas me sepan a tediosa eternidad.

Soy muy ignorante, y sinceramente me cuesta mucho aguantar estoico y sin repasar mentalmente mi catálogo de malas palabras, una secuencia como la siguiente.

Película blanco y negro. Escenario: el interior de una cabaña solitaria con ventanas cubiertas de nieve, lugar donde habita de campesino humilde, madera vieja, el viento invernal sopla fuerte, no hay música de fondo; silencio total que sólo es roto por esos lamentos o aullidos que produce el viento.

Vemos a un viejo de traje oscuro y raído, atemporal, podría ser un miserable hoy o de hace cien años, barbas blancas y cejas hirsutas, ¿antenas dobladas para percibir más claramente el dolor que el universo le envía?

El viejo se halla sentado en una silla ante su vieja mesa de madera. Al parecer los tiempos de gloria de todo lo que vemos en pantalla se esfumaron hace varias décadas. Corte a un close-up extremo, acercamiento incómodo a la arrugada cara del anciano (pongamos que se llama Günterhandt, vamos, es una película de arte, no se iba a llamar Hans, ni Fritz; pero seguro come salchichas, tiene cara de ‘comesalchichas’). Por el acercamiento notamos (algo que sinceramente ya habíamos notado) que el anciano es pobre, arrugado y de semblante triste (dos minutos y medio mirando su cara de cerca, cómo parpadea cansado, cómo tiene una expresión melancólica, parece que mastica algo, pero igual se está pasando la lengua por las partes donde le faltan dientes –yo me pregunto si podrá comer manzanas).

De repente rompe su silencio para decir, en voz baja, en un susurro no más sonoro que el flato urgente de una hormiga, en una voz cascada por los años: “el frío es mucho”. Otros dos minutos fijos en el acercamiento a su cara, como para que podamos digerir el sentido absoluto de sus palabras.

Comienza a abrirse la toma, lenta, lentamente, para que veamos el interior de la cabaña y al anciano sentado (por si no hubiéramos notado que es un viejo sentado en una cabaña solitaria durante los últimos 14 minutos de nuestra existencia). Percibimos que aparte de la mesa casi no hay nada allí dentro.

Al final, la cámara se queda quieta y somos testigos obligados del gran esfuerzo que el anciano realiza para ponerse trabajosamente de pie. Supongo que con esto empieza la “acción” en la cinta. El ocioso que se fija en detalles, pues no hay nada más qué hacer en esta película, notará que la pierna derecha del viejo tiembla levemente (¿un símbolo del director para hacernos recordar que el capitalismo hace tambalear a los pobres?, ¿significará que el viejo está más sentado que de pie porque no tiene trabajo?, ¡Uf!, todo un mundo de posibilidades; pero igual al actor se le entumió la pierna de tanto estar sentado). Escuchamos, además del viento, la silla arrastrarse.

El viejo una vez parado, se pone a buscar lentamente algo en el fondo de la cabaña. Oímos sus pasos arrastrados, en su andar que alcanza una vertiginosa velocidad de 30 cms. por hora. Se rasca el trasero (alguien del público se ríe, seguro una de esas personas que quieren encontrar algo gracioso en todo lugar… no, no fui yo, no soy de esas personas, yo pienso que el actor igual quiso darle más realismo a su papel, o de plano tuvo comezón en su cabús).

Por fin, el hombre saca un hacha de algún rincón, y suspira lentamente, todo lentamente. Se dirige a la puerta de la cabaña, la abre, entra nieve, hay una tormenta afuera, sale y cierra la puerta. Nosotros nos quedamos adentro, en silencio, acompañados por el aullido del aire. Algún cleptómano entre el público sentirá las ansias de robar al estar la cabaña abandonada ahora, pero no hay nada que tomar de esta pocilga. Estamos así, abandonados espectadores en el interior de la cabaña, cuando un minuto después  escuchamos de lejos golpes de hacha contra madera. Asumimos que el anciano está cortando leña, bueno eso es lo que asumo yo, igual el tipo que busca algo gracioso en todos lados, se envalentona pues ya se río una vez, se vuelve a reír porque igual se imagina que el viejo es un asesino serial de pavos y fue a saciar su sed de sangre, se fue a autocircuncidar o bien es su hora de sus ejercicios cardio o aeróbicos para estar en forma.

Así pasa un rato, “toc, toc, toc” hachazos y hachazos, no hay corte, nosotros dentro de la cabaña podemos observar que no hay nada que observar en ese lugar más que la pobreza. Oramos porque el director de la cinta se apiade del público, pues ya tenemos la idea clara de que el viejo es un paupérrimo habitante de alguna comarca o del bosque, que camina lento, que cree que nadie lo observa y se rasca sus partes pudendas, y que lo único que parece importarle es el clima.

Tras un buen rato, cesan los golpes de hacha. Seguimos dentro de la cabaña, esperando, no sé si con ansia, el regreso del anciano, sólo se escucha el viento. ¡Nuestra soledad es insoportable! ¡Viejo regresa, ya no soporto mirar expectante la maldita puerta! 125 segundos y no pasa nada, de repente descubrimos la emoción que puede producir que alguien abra una puerta. Es el viejo, lo acepto me da algo de felicidad, peor sería que no regresara; pero la felicidad se desvanece pronto.

Entra algo de nieve a la cabaña, la tormenta continúa. Él trae su hacha y tres leños. El pobre debe ser leñador detallista al máximo, porque ¡tanto tiempo para traer sólo tres miserables leñitos! (¿Se habrá autorcircuncidado en realidad?) Acercamiento medio de cámara y cinco minutos más para ver cómo el tipo echa la leña a la chimenea y enciende el fuego. Cuesta trabajo encenderlo, porque los leños parecen estar algo húmedos. Somos testigos completos de esa dificultad. Al fin enciende.

Ya estoy algo resignado a perder la mitad de mi vida en esta película. Por un lado detestaría salirme y perder el dinero que pagué por la entrada. Soy testarudo. Insisto en que algo debe suceder. El tipo saca un flautín de madera y toca una tonadita absurda por medio minuto. Luego dice: “está mejor”.

Por fin se corta la escena a una toma de un campo cubierto de nieve, en el centro una cabaña solitaria, muy jodida. Así, tenemos dos minutos de una toma que nos demuestra aislamiento y soledad. Lejanía, y que podría durar 10 segundos y al final significaría lo mismo, ahorrándole el tedio al espectador.

Y así la película que dura cerca de tres horas, en la que uno mira la vida de un anciano pobre en una cabaña abandonada. Nada más. Esa es toda la trama. El vejete sólo dijo 17 palabras en toda la cinta, se sentó, se puso de pie, se rascó el trasero un par de veces y molestó a las lineares de su entrepierna con lentos rascamientos en tres ocasiones (el tarado que ríe, igual de testarudo que yo, pensó que eso era muy gracioso y tres veces se carcajeó).

Sale uno del cine pensando qué rayos quiso decir el director con esa película. Posiblemente pensar eso es aceptar que soy un vil ignorante. Todos los críticos aplauden la cinta, se desviven en elogiar la forma en que una angustia existencial, el tedio, es representada de forma tan artística y “maravillosa”.

Yo me asumo un ignorante que no sabe apreciar lo bueno, y que prefiere la comida chatarra y las películas de acción. Pero ya sé cómo vivían los viejos pobres en Alemania a finales del siglo XVIII (aunque es algo que no me importa en lo absoluto).

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