Bajo el reloj del andén

En la estación del metro Tacuba, justo debajo el reloj del andén, el clásico punto de encuentro en cualquiera de las estaciones de la línea, llega puntual esta mañana la banda de cinco músicos ciegos, que no incluye a tres ratones de cuento. Los invidentes rítmicos afinan de inmediato sus instrumentos y cuatro estudiantes de secundaria, fugados de su institución académica, llegan al mismo lugar para planificar la pinta del día.

Cerca de los estudiantes planificadores está un desempleado, peinado con agua y limón, tal como su mamá le enseñó cuando cursaba la primara, que muy atento ojea la sección de avisos de empleo del diario deportivo que sin falta adquiere al salir de su casa. Una vez que ha leído con sumo cuidado los análisis y resultados de todos los partidos de la jornada pasada, las estadísticas y pronósticos para los encuentros cancheriles del día, el desempleado comienza a encerrar en óvalos de tinta verde las dos vacantes laborales que prometen oportunidades para él. Sin embargo piensa que a la que vaya invariablemente le dirán: “gracias, nosotros le llamamos”.

El quinteto de ciegos, satisfechos de haber sacado de sus instrumentos las notas apropiadas, aborda el vagón que recién llega, dando inicio a su estudiada rutina de cantar para subsistir. Del mismo vagón descendieron un par de individuos con rostros de comadreja, ilusionados por lo que puedan encontrar en la billetera que acaban de robar.

El vagón se va y la ilusión de los rateros se esfuma una vez que, bajo el reloj del andén, descubren en la cartera solamente seis tarjetas de presentación en papel barato, un condón más económico que las tarjetas y un pedazo de servilleta descartable con algunos teléfonos anotados de prisa. El par de malandros arrojan con enojo la billetera al suelo y se disponen a esperar el próximo vagón para repetir su acto.

El lugar que dejan libre los ladrones bajo el reloj, es de inmediato ocupado por una mujer, maquillada y peinada con ese esmero que busca agradar, ella mira su reloj de pulso chino para comprobar que la hora del reloj del andén no miente. Los estudiantes de secundaria deciden por fin irse a remar al lago de Chapultepec, donde las aguas son más verdes que la espada de la luz de Yoda. ¡Tanta deliberación de los adolescentes, para terminar eligiendo la opción más común y corriente en su situación!

El espacio que los cuatro estudiantes dejan, es prontamente ocupado por un hombre moreno que lleva consigo un pesada caja metálica de herramientas, cuyo transporte le hace sudar las gotas gordas de Adán en busca del pan. Deja la caja en el piso y se dispone a esperar a un compañero de labor para irse juntos a trabajar.

Tap, tap tap… Haciendo resonar contra el piso las delgadas tiras de metal adheridas a las suelas de sus zapatos  (para que no se desgasten por tanto caminar), llega un galán presuroso y ligero, sudando por el esfuerzo de su lucha contra el tiempo; viste su mejor suéter, perfumado con una loción barata y pirata que en vano intenta emular el aroma de una fragancia de marca. El recién llegado dibuja una sonrisa de cocodrilo alegre en su rostro y abraza a la mujer de esmerado aspecto que espera con su reloj chino y un gesto de impaciencia. Discuten brevemente tras las reclamaciones de ella, pero terminan en un público beso que muestra a los testigos que todo está bien entre ambos, luego se van de aquí unidos en un romántico abrazo que dificulta su andar.

El sitio que dejaron vacante los enamorados reconciliados es de inmediato ocupado por un campesino de rasgos indígenas, su rostro es el como de los héroe prehispánico de las estampas y los monumentos oficiales, cara como de esos personajes del ayer remoto cuya rancia cultura y actos admirables hacen sentir a los mexicanos un gran orgullo por tener un gran pasado (remoto y lejado, pero muy suyo). El campesino, ignorado por toda la gente, e incluso despreciado, trae a cuestas un bulto más voluminoso y pesado que la caja de herramientas metálica del moreno. El humilde heredero de los nativos deja en el piso su bestial carga y descansa un poco bajo el reloj del andén. En eso llega el compañero del moreno de la caja metálica y ambos parten, algo retrasados para su cita, en el siguiente tren.

El campesino mira sus huaraches desgastados a punto de romperse, piensa en su mujer y en sus siete hijos, piensa en el octavo que viene en camino, pero no piensa en el futuro, sino en cómo sacar adelante el presente. Quizá hoy sea mejor día que ayer, quizá hoy la policía lo deje en paz vender sus artesanía y los turistas le compren al menos dos de sus sarapes coloridos.

Al lado del campesino que ruega el amparo de la Virgen Morena, se coloca un ser que parece escapado de la corte de los milagros, con sucia vestimenta roída que despide un intenso olor a orines rancios. El mendigo se detiene a contar las monedas que recolectó inpirando pena en algunos desconocidos. En eso, un Romeo nuevo hace acto de presencia con una rosa en la mano, cuyo tallo está envuelto en papel de celofán. El nuevo galán mira su reloj, verifica la hora también con un vistazo al reloj del andén y se dispone a esperar. Un anciano, como de 8 décadas, camina por allí a paso de tortuga, a su edad ya no hay ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

El campesino recoge su enorme bulto, se lo coloca sobre su encorvada espalda y camina rumbo a la salida de la estación. El desempleado, aburrido, mira la hora y piensa que ya es muy tarde para acudir a alguno de los lugares donde solicitan gente, mañana irá más temprano. Al reloj del andén en el metro no parece importarle nada y sigue exhibiendo y atestiguando la marcha del tiempo.

Julio 1996

Anuncios

El hambre y el orgullo

Llego a la esquina. Luz intermitente ámbar. Freno porque ahora la luz es fija y es roja. Alto total y mirada periférica, alerta. La inseguridad epidémica de esta ciudad me obliga a tener siempre cuidado, aún dentro del auto.

Miro por la ventanilla de mi izquierda. Como títere arrumbado en un rincón descuidado, sobre el camellón sentado, bajo la sombra de un mísero árbol, está un esqueleto vivo revestido de pellejos, y sobre estos una playera arrugada color pistache derretido lejos del frío, sus pantalones son azules y roídos, y en la cabeza lleva una desgastada gorra de algodón.

El individuo escuálido tiene a su lado una caja con chicles, chocolates y cajetillas de cigarrillos, todas abiertas para venderlos sueltos. Pero hace tres días que el pobre hombre no vende nada, hace dos días que no se lleva un bocado a la boca. Su cara de calavera al estilo Keith Richards lo hace un sobreviviente, pero no te engañes, es un yonqui de la mala nutrición, y está en el nivel más urgente de la desesperación.

La mirada del humilde varón está perdida, y cavila, piensa en si debe llegar al extremo, o no. Aún tiene orgullo, aún conserva el decoro. “El hambre es canija”, suele decirse hasta la saciedad. Sólo los pobres, marginales totales, comprenden toda la verdad de esta frase.

Su mirada perdida se cruza con la mía, y parece que eso lo decide. “Al diablo con el orgullo”, piensa, “el orgullo no me da de comer”.

Con esfuerzo el flaco debilitado se pone de pie. Y con las pocas energías que le quedan, realiza una pirueta circense de la peor clase. Chueca, incompleta, vacilante, mal ejecutada… descorazonadora.

El hombre se incorpora como puede. La luz de repente es verde y los autos arrancamos, despertamos del mal sueño que tenemos enfrente, a ojos abiertos.

El esqueleto en movimiento, a mitad de la calle, se quita la gorra para pedir la limosna, pero nadie se detiene, todos aceleramos. Los autos esquivan cuidadosamente al mendigo para seguir adelante. Él se queda parado en medio de la avenida, como una señal de mal agüero, como el leproso sin campana, como la profecía maldita, ignorada por todos.

Allí se queda él, con la gorra en mano, suplicante y tan vacía como su estómago, pensando: “ni esto fue suficiente”.

Sismo en Viernes Santo

La amarga viejecilla que imparte catecismo en mi colonia, en pleno ayuno de Viernes Santo y con la espalda aún irritada por los flagelos matutinos, miraba inspirada en su casa la transmisión por TV del santo rosario. Santa María Madre de Dios…

La mujer suele tener sintonzado el canal de pago Catolictoon Network las 24 horas de todos los días, a través de una señal restringida que se roba. Ella se hace la occisa cuando alguien le dice: “al César lo que es del César”, una cita de aquel en quien ella jura y perjura creer.

De repente, en medio de otro Santa María Madre de…, los santos, nichos, altarcitos, cuadritos, cuadrotes, retratos, estampas, medallas, colguijes y lámparas votivas que sobrepoblaban la casa de la vieja, comenzaron a bailotear a ritmo de frenéticos crujidos conga-mambo que emitían las paredes de la casita. Tan fuerte era el movimiento tectónico, que el cuadro 3D del Cristo crucificado comenzó a parpadear como princesita de Disney enamorada.

cuadro de Cristo crucificado en 3D parpadeando

“¡¡¡Este es el FIN DEL MUNDO!!!!”, gritó aterrada la beata anciana y salió a la calle corriendo, ignorando la reuma y la siática.

Una vez en la vía pública, la beata rugía: “Se los dije bola de PE-CA-DO-RES, que llegaría el fin del mundo cuando menos se lo esperaban, y hoy en Viernes Santo es el día indicado en que todos estarán quemándose en las llamas del infierno, donde todo es LA-MEN-TOS y harto RE-CHI-NAR de dientes”.

Mucha gente salió de sus casas. El Viernes Santo es día de asueto en México, dedicado a la reflexión, la continencia y para realizar los ritos correspondientes a la fecha, pero usado realmente para salir a vacacionar, sobrepasarse en antros, atiborrar moteles o quedarse vegetando en casa, razón por la cual, a pesar de ser casi las 9:29 de la mañana, muchos salían despavoridos a la calle en ropa de dormir, no faltando quien apareció cubierto únicamente con una especie de taparrabo mohicano.

“Ahora sí quieren ir a la Iglesia ¿verdad?, pero ya es muy tarde pecadores, las puertas no se les abrirán más”, decía la santa anciana, como jueza autoimpuesta de la moral en la comunidad, “ahora pagarán todas sus maldades, sus calenturas y que no iban nunca a la iglesia, y si iban no comulgaban los domingos”.

El sismo se prolongaba y el temor de la gente aumentaba. No faltó el súbito arrepentmiento de dos personas que se arrodillaron en llanto y levantando sus manos al cielo pedían perdón al Creador.

Pero nada, no pasó nada más. Después de 37 segundos de ajetreo telúrico tongololeánte, todo volvió a la insípida normalidad.

Tongolele

Los caripálidos vecinos regresaron poco a poco a sus casas, para encender la TV y ver las noticias, que en esos momentos dejaban de hablar de la reciente muerte de Gabriel García Márquez (de quien todos hablaban, a quien todos llamaban Gabo y a quien casi nadie había leído), y comenzaron a saturar las transmisiones con el sismo de intensidad 7 que recién se había sentido en la Ciudad.

La beata regresó decepcionada a su hogar. Lamentaba que no hubiese aparecido ningún carro de fuego entre las nubes, que no se abriera el suelo a sus pies y que no se encendieran las llamas perpetuas ni se desatara el Santo Infierno. Sin embargo, aunque la vieja seguía sin notarlo, el infierno sigue aquí, como siempre, incluidos los la-men-tos y el harto re-chi-nar de dientes, y al parecer seguirá mientras los siglos se multipliquen por los siglos. Amén.

 

Abril, 2014

Mamita querida

Las dos entraron en la oscura sala 10 minutos después de que empezó la película.

Una de ellas, la hija, de entre 40 y 50 décadas de vida, llevaba encendida la pantalla de su dispositivo móvil a toda la potencia del brillo, para iluminar su camino, encandilando a varios espectadores durante su trayecto.

La otra, la madre, era una anciana de entre 70 y 80 décadas de vida, que seguía a su hija trabajosamente cargando una gran bandeja de plástico con un mega-combo de dos litros de refresco y nachos con queso y chiles jalapeños, combinación culinaria que despedía un hedor similar al de los pies hongosos y raramente lavados.

“Ay’hija espérame, no vayas tan rápido”, suplicaba la madre con urgencia. “Apúrale mamá que ya empezó”, respondió bruscamente la hija acelerando el paso.

Cuando por fin llegaron a sus butacas asignadas (los asientos 2 y 3 de la fila D, para quien quiera detalles), se sentaron, y tan pronto los asientos tomaron la forma de sus sendas nalgas, flácidas como la Mancha voraz,  la madre volvió a suplicar a la hija: “Ay’hija. estamos muy cerca de la pantalla”.

La hija, volteando la cabeza hacia atrás como Linda Blair en El Exorcista, vio que había dos butacas libres a tres filas de distancia. Gruñendo le espetó a su progenitora: “A ver, carajo, ven”. Encendió de nuevo su móvil, y presurosa se dirigió a las butacas divisadas, seguida por su madre lo más aprisa que la pobre vieja podía pues cargaba de nuevo la bandeja de infernales nachos.

La hija rápidamente se aposentó en la nueva butaca, pero la pobre anciana, como Sinatra en el Expreso de Von Ryan, casi a punto de llegar a la nueva fila, tropezó y se le cayeron en el pasillo los mega vasos de refresco y el mega-combo de nachos con podobromhidrosis (hedor a pies).

La hija la reprendió: “¡Carajo, nomás haces puras pendejadas mamá!”. La anciana pidiéndole perdón se sentó en la butaca libre. “Ay’hija, es que no vi y me tropecé, perdóname, pero es que no vi…”. “¡YA CÁLLATE ¿qué no ves que hay gente viendo la película?”, le gritó la hija, irritada como el bromista Joe Pesci en Buenos muchachos. “Pero es que no vi”, decía contrita la madre. “Siempre son las mismas pendejadas contigo, no sé ni por qué te saco, dondequiera que vamos haces PU-RAS PEN-DE-JA-DAS”, decía la hija colérica. “Pero hija, es que no ví y me tropecé”. “SHHHHHH”, “SHHH”, “SHHHHHHHH”, “¡silencio”!”, empezaban a decir los demás espectadores en la sala de cine.

“¡Que te calles!”, dijo más molesta la hija bajando un poco la voz, “¿no ves que hay gente viendo la película?”. “Lo sé hija, pero es que no vi”, dijo la vieja y ambas guardaron silencio.

10 minutos después la madre dijo: “Ay’hija, no me gusta la película, mejor vámonos”. A lo que la vástaga iracunda respondió: “¡No me chingues!, primero estás chingue y jode que quieres venir a ver esta pinche película, y ahora te quieres largar, ¡te jodes! Aquí nos quedamos”. La pobre vieja, en un inesperado acto de rebeldía, con voz apenada dijo: “si quieres quédate hija, yo ya me voy… me regreso a la casa en taxi”. Dicho lo cual, sin necesidad de que le alumbraran el camino, la pobre ancianita se largó de la sala velozmente y sin tropezarse.

20 minutos después de haberse quedado sola, la hija supuso que ya no se encontraría a su madre en el complejo cinematográfico, pues ya estaría muy lejos de allí, y decidió también largarse de la sala, mucho antes de que finalizara la película. Total, a ella tampoco le había gustado esta chingadera violenta y sin sentido de Joaquin Phoenix.

Suceso verídico acaecido en algún complejo cinematográfico de la CDMX (exDF)

Mayo 2018

Reconocimiento e inseguridad

El tiempo no perdona, eso lo sabemos todos, pero lo que pocos quieren saber o reconocer es que el tiempo también se ensaña y castiga severamente. Por eso es que vemos a gente de 35 años que aparenta 55 o seres de 37 que lucen de 69.

El otro día asistí a un concierto callejero. Casi no recuerdo la calidad musical de tal suceso (así de malo habrá sido, o igual no fue un género de mi agrado). De ese día sólo quedaron en mi memoria dos cosas, y quizás tres, pero la tercera es una experiencia que olvidaré selectivamente si no resulta como yo espero o la atesoraré privadamente si acontece lo que deseo.

Primero recuerdo el lento principio de una conversación de dos adolescentes, desconocidos entre sí, la iniciaron a tres metros de distancia una del otro. Ambos recubiertos de la poderosa soledad urbana. Ella fue la que dio el primer paso, preguntándole a él la hora. Sesenta minutos después sólo estaban separados por 50 centímetros de aire y ya habían intercambiado impresiones acerca de sus respectivos problemas.

En su segunda parte, el concierto fue interpretado por instrumentos de viento, que sonaban a flatulencias infernales. Yo estaba sentado en una de las sillas de la última fila (hasta atrás, siempre hasta atrás) con mi atención puesta más en los adolescentes que en la música. Cinco filas adelante descubrí a un individuo que volteaba en dirección a mí, como buscando ver más allá a otra persona. De entrada sólo me sorprendió su fealdad (por ser superior a la mía), pero nada más. Entonces yo saqué mi cuaderno y empecé a tratar de escribir algo que no tuviera que ver con la última ruptura de mi corazón.

Pero de nuevo me distrajo ese cuasimodo sin joroba que me miraba. De repente percibí algo familiar en el fulano. “A este tipo lo conozco”, me dije usando la palabra que por entonces tenía yo de moda para referirme a la gente que de alguna manera me molestaba. Podría tratarse del hermano de un amigo, del vendedor de alguna tienda en la que acostumbraba comprar cigarros, de alguien con quien me topaba a diario en mis rutas rutinarias, como me topo cada día con los árboles familiares y fachadas vecinas.

Trataba yo de recordar al tipo, pero sin éxito. Así dio inicio una lucha dentro de mí: el ego contra la curiosidad. Mi ego es tan grande que no me permite saludar a alguien (exceptuando a mis seres queridos) que no me salude primero (lo admito, esto no es más que un estúpido acto de inseguridad). ¿Quién carajos era este tipo?, él a la vez parecía reconocerme, pero procurando no dar señales de ello. Seguramente otro inseguro de mi calaña.

El anárquico archivo patas arriba que se guarda en mi mente desquiciada seguía tratando de encontrar la identidad del fulano, sin resultado. Paulatinamente empecé a sentir más incomodidad por causa de él. ¿Habrá sido alguien que en alguna ocasión ocupó mi lugar en el afecto de alguna mujer? No, quizás lo recordaría por eso. ¿Qué me molestaba tanto del tipo? Así mi búsqueda tuvo un elemento más preciso: el fulano me resultaba molesto.

Hmmm, él me molestaba tanto como una cadena gringa de supermercados. ¡Eso era! El tipo era alguien con quien yo había trabajado antes hacía tres años en una cadena gringa de supermercados. Cumplía con todas las características, sólo que nadie puede envejecer 18 años en tan sólo 36 meses. Bueno, quizás sí.

Me distraje un poco con el concierto, con los adolescentes y con el verdadero motivo que me tenía allí enraizado. Pero de nuevo el tipo me volteaba a ver. Estaba casi seguro que era el antiguo compañero del supermercado, aunque luciera como su propio padre.

Los adolescentes ya no me interesaban y mi timidez, tras diez años de haberme dejado en paz, regresaba a mí con nuevos bríos. No me atrevía acercarme a la bella morena menuda que me tenía atado a este lugar. ¡Qué cuerpo, qué sonrisa y qué mirada! De repente me armé de valor y me dirigí a la hermosa mujer, pero a pocos pasos de ella las mariposas de mi estómago revolotearon salvajemente y empecé a temblar. Cambié de rumbo y me dirigí hacia el tipo que me incomodaba.

Como a bocajarro, y con algo de coraje por no haber tenido el valor de dirigirme a la morenita, le disparé: “oye, ¿no trabajabas tu en un supermercado?” Él, un poco sobresaltado, me respondió: “no”, con una voz que reconocí inmediatamente. Sin duda era él, mi antiguo compañero de trabajo. Mi bien conocida mirada de desprecio se encendió automáticamente mientras pensaba “si negaron a Jesús, ¿qué le podía esperar a un tipo como yo?”, recordé que esta era la segunda vez que me habían negado en esa semana. ¿A la tercera cantaría un gallo, o de perdida un guajolote o un pavo irreal?

Tras la negativa del tipo sólo le respondí con un desairado “¡ah!”. Antes de alejarme alcancé a mirar una de sus manos, los dedos encogiéndose para formar un semi puño tal y como recuerdo que se encogían cada que le hablaba yo a la mujer que tanto le gustaba a él en el supermercado. Sin duda era el mismo tipo, pero ¿cómo puede alguien envejecer tanto en tan poco tiempo? Siempre me quedaré con la duda, a menos que me pase lo mismo a mí.

Quisiera terminar aquí pero hay un Cabo suelto (su Capitán le dio cátsup echada a perder en el desayuno y el estómago del cabo se aflojó sin piedad). Por puro orgullo fui y le hablé a la morenita guapa. No puedo decir qué pasó después, porque eso me lo guardo para mí. Pero cuando nos fuimos del concierto la morena y yo, los dos adolescentes seguían enfrascados en una charla que no parecía tener un final próximo.

Ciudad de México, Junio 2002

Día de muertos en el panteón de Xoco

En un día de muertos, un vagabundo entró por curiosidad al panteón de Xoco, que se ubica al sur de la Ciudad de México. El hombre se asombró al ver tantas flores amarillas por doquier, al ver tantos vivos activos en un lugar dedicado al descanso de los muertos, asombrado al mirar tanta comida y bebida sobre las tumbas (en tradicionales “ofrendas” que se hacen a los difuntos durante ese día tan especial). La perplejidad del vagabundo llegó al límite cuando notó que unos visitantes llevaban mariachis ‘a sus muertitos’, que otros más se quedaban a ‘platicar con sus difuntos’ y que no pocos elevaban brindis de alcohol barato en honor de aquellos que ‘se les habían adelantado’, hasta alcanzar sobrehumanos niveles de borrachera.

Xoco es un cementerio en donde se respira humildad. No hay ni un sepulcro lujoso, nada de mármol, ni una bella escultura de ángeles llorones. Lo que hay son lápidas de cemento y cruces sencillas del mismo material o de madera, y alguna que otra cripta, pero de modestas paredes y con una simple puertita.

En el cementerio de Xoco hay una tumba que llamó mucho la atención del vagabundo, pues ésta no era más que un montón de tierra que no contaba ni con una cruz hecha con dos palos, ni con una placa que dijera quién estaba allí sepultado. Era únicamente un vil montón de tierra.

La tumba vecina a la del anónimo montón de tierra, era otro humilde montón de tierra, pero al menos éste se hallaba delimitado con ladrillos semienterrados, que en su conjunto formaban un rectángulo del que en un extremo sobresalía una cruz elaborada con un par de varillas de construcción. La cruz de varillas estaba ese día adornada con flores amarillas, de las que colgaba el nombre de la difunta y los años que había respirado con los demás vivos.

El vagabundo sintió pena por el anónimo montón de tierra, que ni varilla ni ladrillo tenía y en un impulso piadoso robó una flor amarilla de la tumba vecina, para dejarla donde yacía el ser sin-nombre, al hacer esto susurró: “para que veas que te recuerda algien que ni siquiera te conoció”.

El vagabundo se fue de Xoco pensando que el día en que se muriera ojalá a él lo echaran a la fosa común.

Voladores de Papantla en la Ciudad de México

Mira hacia arriba, hacia ese espacio que es el ambiente natural de las aves, donde debería estar Superman supervisando (si él existiera claro). Mira hacia allá arriba, pues esta mañana verás a cinco criaturas bípedas, sin alas, desaladas y muy reales.

Allá en lo más alto de un poste, están cinco hombres vestidos a la moda Mexican Curious, dispuestos a realizar un antiguo ritual, solo que ahora en vez de hacerlo por una añeja religión, en la que ya nadie cree, lo hacen por la más moderna creencia en la que casi todos ponemos nuestra fe: el dinero.

Allí, cerquita de Dios (si Él existiera claro), donde las copas de los árboles te harían recordar al brócoli, los cinco voladores de Papantla miran hacia abajo, a todos los espectantes individuos que los contemplan boquiabiertos, la mayoría de los cuales son turistas extranjeros que han ido llegando poco a poco por curiosidad.

Hoy, el fondo del escenario no es azul, sino un cielo gris cargado de nubes que cantan su pigmea victoria ante el sol, anunciando una próxima tormenta, que quizás no será perfecta.

Como buenos artistas, los voladores hacen esperar a su público, esperando a su vez que lleguen más personas para ver su actuación. Pero no abusan, pues saben que no es bueno excederse con la paciencia del irrespetuoso, y deciden comenzar su descenso giratorio.

Los tiempos han cambiado, ahora los voladores están más afianzados que sus antepasados, quienes solo dependian de su equilibrio. El que tocará el tambor y la flauta en la punta del poste, como un eje para los que girarán, se sujeta firmemente, aunque no deja de ser arriesgado lo que ellos hacen.

Se comienza a escuchar el sonido de los instrumentos desde el cielo, y cuatro personajes, bien atados a cuerdas, se arrojan al vacío y comienzan a dar vueltas, girando y girando por el aire, bajando un poco más con cada giro alrededor del poste; convirtiéndose en una comprobación real de las fuerzas centrífuga y de gravedad.

Los turistas se sienten transportados brevemente a tiempos previos al momento en que Colón se lo pensó mejor y decidió utilizar un huevo de gallina, en vez de sus propios testículos, para ejemplificar a Isabel la Católica la redondez del mundo y convencerla de que le patrocinara su proyecto. Tiempo después, Colón usaría otro huevo para demostrar otra cosa.

Pero hoy, los voladores siguen descendiendo mientras sus cuerdas se van liberando del poste. Los niños y ciertas mujeres del público temen, incluso algunos desean que algo salga mal y que uno de los voladores se proyecte disparado hacia afuera del círculo que dibujan en el aire. Pero el acto ocurre sin incidentes.

Cuando los cuatro llegan a tierra firme, y el de la flauta y el tambor comienza a descender por los peldaños discretos del poste, la gente les aplaude asombrada, los habitantes de la Ciudad de México que se detuvieron por curiosidad a mirar el espectáculo, abandonan el lugar rápidamente antes de que los voladores comiencen a pasar el sombrero.

El dinero que recolectan los artistas, como casi siempre, es en su mayoría proporcionado por los turistas extranjeros.

Echando un vistazo al cielo, los voladores determinan que aún hay tiempo para repetir una vez más el acto, así que comienzan pronto a preparar de nuevo las cuerdas en el poste, antes de que la lluvia suspenda sus actividades.

Pero de todas formas, ellos estarán aquí mañana por la mañana para volver a girar y girar, para asombrar a propios, ajenos, conocidos y extraños, aunque solo los fuereños sean los que les dan dinero.

Afuera del Museo Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México

24/sept/2017

Voladores de Papantla_Superman