Los que la deben estan afuera…

“Todos los que la deben están afuera, y los que no deben nada están dentro”, dice la mujer fea (tan fea como patear el pesebre del Niño Dios, con el niño vivo dentro) a su comadre flaca (tan flaca como la esperanza del pobre en tiempos de crisis económica), refiriéndose a las prisiones, tan llenas de inocentes mientras los culpables andan libres, y a la injusta justicia que parece imperar en el país.

Ambas se dirigen al mercado ambulante, o “tianguis” como se le llama a esta tradición comercial pública que data desde los aztecas (que por cierto NO tenían estadio), en donde no se vendían corazones humanos (pues esos se agotaban en las ceremonias a los dioses en los templos piramidales), pero sí se comerciaba la carne de perro xoloesculcle. Hoy en día, en los tianguis se vende carne de res, de cerdo, pollo, pescado y quizá gato que se da por liebre o alguno que otro perro, pero nadie lo admitirá.

En este mercado hay un puesto donde venden frijoles, garbanzos, arroz, conservas y demás alimentos secos, no tan frescos (no, ahí no se vende tampoco perro). El dueño del puesto es un gordo monumental sentado en un silla elevada y reforzada, que está como a un metro del piso. El gordo luce como un Buda sin sonrisa, o mejor aún, como Brando interpretando a Kurtz en un trono en pleno corazón de la oscuridad, o quizá como el mismo Marlon haciéndole del Dr. Moreau a punto de preguntarle la ley a un híbrido humano/leopardo.

La mujer fea llega a preguntar por los frijoles, “¿A cuánto el kilo?” le dice al gordo autoentronizado, quien responde: “Hoy a 40 pesos”. La fea eleva su protesta, primero al Cielo que todo lo ve y luego al gordo comerciante a quien le dice que es demasiado. El gordo argumenta que debido al precio internacional de la gasolina y de los combustibles fósiles, además de las políticas proteccionistas que está tomando Trump en los Estados Unidos y al neoliberalismo que acabó con las medidas de apoyo popular es que el frijol está tan caro, pues todos esos factores internacionales, ajenos a México, imposibilitan la buena administración del Estado, así que en pocas palabras el kilo de frijoles está a 40 pesos.

A la mujer fea le importa un carajo la economía internacional, pues “tiene que tragar” y por eso se ve obligada a pagar el precio, pues el gordo se niega al tradicional regateo. Para la mujer la alimentación tiene que ser frijol, no hay opción, pues la carne tiene un costo mucho más elevado, por las mismas rezones sin duda: la gasolina internacional, Trump y el dólar. Cuando se aleja del puesto con su medio kilo de frijol, la mujer fea le susurra a su amiga flaca: “Se lo dije comadre, los que la deben están afuera…”

tianguis

 

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El blues de la ambulancia

UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…. La sirena de la ambulancia a mucha velocidad.
No importa que te tapes los oídos con cera, aún sin cera o mentirosa, ella jamás te seducirá.
Llora más fuerte cuando la ambulancia se integra, completa, de repente al embotellamiento de hora pico. Pico de ave de mal agüero.
El enfermo que viaja dentro, alcanza a escuchar como entre sueños la sirena, nada serena, y respira cada vez menos.
Paramédicos preocupados.
Más rápido que la ambulancia avanza una tortuga con las patas amputadas.
¡Puta madre!, dice quien conduce el vehículo de emergencias.
Los conductores de los otros autos se estresan cada vez más, al notar que la ambulancia no tiene por donde pasar.
UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena a todo pulmón canta su jodida canción.
Los conductores se preocupan porque no encuentran hacia dónde moverse para ceder paso, no hay espacios vacíos para dónde arrimarse.
Las ventas de autos este año se han incrementado, las facilidades para hacerse de uno son más fáciles que la ninfómana sin moral que sufre de mucha comezón, o que el adicto al sexo que no pone reparos mientras se descompone. Hay necesidades de todo tipo en este mundo.
Todo mundo tiene un auto, pero cada vez hay menos lugares para moverlo, e incluso para estacionarlo. Deberían inventar unos que quepan en el hoyo trasero, culo entre los amigos, de quienes permiten la sobreproducción vehicular.
¡Puta madre!, parece que es lo único que sabe decir quien conduce la ambulancia. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena canta y grita su enervante canción.
Como milagro del Cielo, -enviado de repente al mundo de los neumáticos de hule, del CO2 de escapes, del combustible quemado que hará que los polos sean cada vez más calientes y las parejas cada vez más indiferentes, de los rosados pulmones que al respirar en esta ciudad se hacen negros como el carbón o como el cabrón que se armó de valor y comenzó la rebelión Zulu…-, como enviado del Cielo aparece frente a la ambulancia un hueco por el cual pasar.
Breve resquicio, entre tanta bestial máquina, por donde la ambulancia se hace camino al andar. Y pasó, pero también lo hizo el impaciente paciente.
La ambulancia pudo avanzar, pasó entre los demás autos. El paciente mientras tanto, dando su último suspiro, pasó, pero a mejor vida. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…

traffic

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Bajo el reloj del andén (metro CDMX exDF)

Bajo el reloj del andén, el clásico punto de encuentro dentro del metro. Allí puedes ser testigo de muchas citas frustradas, allí donde dan inicio dos que tres aventuras prohibidas, día tras día, donde la diversidad se hace patente.

Puntual esta mañana llega la banda de cinco músicos ciegos, que no incluye a los tres ratones del cuento, y de inmediato se disponen a afinar sus instrumentos.

Sin inmutarse por los sonidos de los invidentes, cuatro estudiantes de secundaria, fugados de su institución académica, planifican la pinta del día.

Un desempleado, peinado con agua y limón, tal como su mamá le enseñó, ojea la sección de avisos de empleo en el diario deportivo, que sin falta adquiere cada mañana. Una vez que ha leído con sumo cuidado los análisis y resultados de todos los partidos del pasado domingo, las estadísticas y pronósticos para los encuentros cancheriles del próximo Día del Señor, comienza a encerrar en óvalos de tinta las dos vacantes laborales que prometen oportunidades para él.

El quinteto de ciegos, satisfechos ellos de haber sacado de sus instrumentos las notas apropiadas, aborda el vagón que recién ha llegado, dando inicio a su estudiada rutina: cantar para subsistir. Del mismo vagón descienden un par de individuos con rostros de comadreja, ilusionados por lo que puedan encontrar en la billetera que recién robaron.

El vagón se va y la ilusión de los rateros se esfuma, una vez que, bajo el reloj del andén, descubren en la cartera solamente seis tarjetas de presentación en papel barato, un condón más barato que las tarjetas y un pedazo de servilleta descartable con algunos teléfonos anotados de prisa.

Una mujer, maquillada y peinada con ese esmero que pretende agradar, mira su reloj de pulso para comprobar que la hora del reloj del andén no miente. Los estudiantes de secundaria se van rumbo al parque de Chapultepec, para remar un rato en el lago verde neón que luce siempre tan radiactivo. Tanta deliberación de los adolescentes, para terminar eligiendo la opción más común y corriente en su situación.

El espacio que los cuatro estudiantes dejan, es prontamente ocupado por un hombre que lleva consigo un pesada caja metálica de herramientas, cuyo transporte le hace sudar gotas gordas de Adán en busca del pan. Deja la caja en el piso y espera a su compañero de labor para irse a realizar el trabajito que consiguieron para hoy.

Tap, tap tap… Haciendo resonar contra el piso las delgadas tiras de metal adheridas a las suelas de sus zapatos  (para que no se desgasten de tanto caminar), llega un galán presuroso y ligero, sudando por el esfuerzo de su lucha contra el tiempo; viste su mejor suéter, perfumado con una loción pirata que en vano intenta emular el aroma de una fragancia de marca. El recién llegado dibuja una sonrisa de cocodrilo alegre en su rostro y abraza a la mujer de esmerado aspecto, y desesperado gesto, que lo estaba esperando debajo del reloj. Discuten brevemente, pero terminan en un público beso que muestra a los testigos que todo está bien entre ellos, y se van de aquí unidos en un romántico abrazo que les dificulta no poco su andar.

El sitio que dejaron vacante los enamorados reconciliados es de inmediato ocupado por un campesino de rasgos indígenas, su rostro es el como el de los héroes prehispánicos de las estampas y monumentos oficiales en la éoca de los muralistas, de esos personajes del ayer remoto cuya rancia cultura y actos admirables hacen sentir tan orgullosos a los mexicanos de tener un gran pasado. Ignorado por todos, si no es que incluso despreciado, el campesino cargaba un bulto más voluminoso y pesado que la caja de herramientas metálica. Dejando en el piso su bestial carga, el humilde heredero de los nativos descansa un poco bajo el reloj del andén. En eso llega el compañero del tipo de la caja metálica y ambos parten, algo retrasados para su cita, en el siguiente tren.

El campesino, mientras mira sus huaraches desgastados a punto de romperse, piensa en su mujer y en sus siete hijos, piensa en el octavo que viene en camino, pero no piensa en el futuro, sino en cómo sacar adelante el presente. Quizá hoy sea mejor día que el de ayer, quizá hoy la policía lo deje en paz y los turistas le compren al menos dos sarapes coloridos.

Al lado del campesino que ruega la bendición de la Virgen Morena, llega un ser que parece escapado de la corte de los milagros, emanando de su sucia vestimenta roída un intenso olor a orines. Se detiene a contar las monedas que ha recolectado al inspirar pena en algunos desconocidos. En eso, otro Romeo hace acto de presencia con una rosa en la mano, cuyo tallo está envuelto en papel de celofán. El nuevo galán mira su reloj y se recarga en la pared a esperar. Un anciano camina por el anden a paso de tortuga, a su edad ya no hay ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

El campesino recoge su gran bulto, se lo coloca sobre su encorvada espalda y camina rumbo a la salida de la estación. El desempleado, aburrido, mira la hora y piensa que ya es muy tarde para acudir a los lugares donde solicitan gente, mañana irá más temprano. Al reloj no parece importarle nada y sigue mostrando la marcha del tiempo.

cigarros

 

Julio 1996

La tumba del patriarca

El viejo era un patriarca de veras, de esos que esperan siempre que toda la familia dependa de ellos. De esos que gustan de dictar las direcciones que todos en la familia deben seguir. De esos a quienes les encanta demostrar que son bien machos, capaces de repudiar a un hijo o a una hija por ser ‘diferentes’.

A pesar de ser muy viejo, el patriarca era fuerte como un roble, por eso su agonía se prolongó varios días. Seguramente no quería dar a la muerte su brazo a torcer.

Murió un 20 de noviembre. Fecha en que se conmemora aquella vieja revolución de la que él solía hablar tanto, aunque no tenía ni siquiera cinco años cuando ésta ocurrió. El viejo murió cuando poco le faltaba para cumplir 100 años de edad.

Los 33 familiares del viejo, contados hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y viuda, ignoraron la última voluntad del anciano. No hubo un funeral como el viejo quería, ni mariachis, pues ‘argumentando’ estar en la pobreza la familia decidió que no hubieran siquiera ni lápida ni cruz para la tumba.

El anciano yacía en una caja de pino (hecha por uno de sus nietos) bajo un montón de tierra. Nadie le regaló al difunto ni el pétalo de una flor.

A partir de entonces, cada uno de los 33 miembros de la familia hizo lo que no se atrevió a hacer mientras el viejo vivía. Cada quién jaló para su santo, decían lo que les venía en gana, despilfarraron el dinero (lo del entierro fue sólo un argumento, obviamente), se peleaban unos contra otros; pero eso sí, todos seguían viviendo en la casa del anciano. “Si el viejo se enterara, se revolcaría en la tumba”, decía la gente al ver en lo que se había convertido la familia, que en otro tiempo fue ejemplo de disciplina. Y ¿quién sabe?, igual y el cadáver realmente se estaba revolcando en el panteón de Xoco.

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Un día de muertos, un vagabundo entró por curiosidad al panteón de Xoco. Estaba asombrado de ver tantas flores amarillas por doquier, de ver tantos vivos en un lugar destinado a los muertos, de tantas ofrendas. Estaba asombrado de que unos visitantes llevaran mariachis ‘a sus muertitos’, de que otros se quedaran a ‘platicar con sus difuntos’ y de que no pocos brindaran incluso con los que ‘se les habían adelantado’ hasta alcanzar sobrehumanos niveles etílicos.

Xoco es un cementerio en donde se respira humildad. No hay ni un sepulcro lujoso, ni una bella escultura de ángeles. Hay sobre todo lápidas y cruces sencillas, quizás una que otra cripta, pero de modestas paredes y con una simple puertita. En el cementerio hubo una tumba que sorprendió al vagabundo, pues ésta no era más que un montón de tierra, ni una cruz hecha con dos palos en ella, ni una plaquita que dijera quién estaba allí sepultado. Un vil montón de tierra.

La tumba vecina, que estaba inmediatamente al lado de la que había sorprendido al vagabundo, era también un montón de tierra, pero al menos éste se hallaba delimitado con ladrillos semienterrados, que en su conjunto formaban un rectángulo del que sobresalía una cruz hecha con varillas de construcción. La cruz de varillas estaba ese día adornada con flores amarillas, de las cuáles colgaba el nombre de la difunta y los años que había vivido.

El vagabundo sintió pena por el anónimo montón de tierra, que ni varilla ni ladrillo tenía para destacarla, y en un impulso piadoso robó una flor amarilla de la tumba vecina, para dejarlo donde yacía el ser sin nombre mientras susurraba: “para que veas que te recuerda algien que ni siquiera te conoció”. El vagabundo se fue de Xoco pensando que el día en que se muriera ojalá a él lo echaran en la fosa común.

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Un día después del día de muertos, todos los que conocieron a los familiares del viejo se sorprendieron, pues ni siquiera un miembro de la familia daba signos de vida. Ninguna de las citas y reuniones que tenían para ese día se realizó. Nadie los vio ni en el trabajo, ni en la escuela, ni en la casa. A partir de ese día, nadie supo nada de esa numerosa familia, que solía vivir promiscuamente en el mismo edificio, el cuál quedó lleno de las pertenencias de sus habitantes como si éstos hubieran decidido irse de inmediato a otro lado, como en una emergencia, sin despedirse ni llevarse nada en su mudanza.

Lo último que se supo de ellos fue que precisamente en la noche del día de muertos una anciana vecina escuchó gritos y gemidos lastimeros saliendo de la casa de la familia. Pero nadie quiso creer a la anciana vecina, pues tenía fama de loca y estaba necesitada de atención, eso sin contar que le gustaba pasar el tiempo, con sol o con luna, bebiendo mezcal. Todos dieron por hecho que los gritos y los gemidos eran de la misma naturaleza que los elefantes rosas y las arañas gigantes que ella solía ver.

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El día después de aquel día de muertos en que le vagabundo regaló una flor amarilla, coincidiendo con la misteriosa desaparición de la familia entera, se hizo en el panteón de Xoco un macabro descubrimiento. Una tumba sin lápida, sin cruz y sin nombre amaneció delimitada por 33 cráneos humanos pertenecientes a personas de diversas edades. La tierra de dicha tumba parecía haber sido recientemente removida.

El suceso ha atraído desde entonces la atención del público, al grado de que ahora en el panteón de Xoco ya hasta cobran la entrada.

Ciudad de México, Junio 2006

dirt

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas por luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna entre los autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

Casi en Navidad

El frío era un mensajero que anunciaba la cercanía del fin del año. Algunos seres previsores, precavidos y en ocasiones prevaricosos ya habían terminado de hacer sus compras con la anticipación que de ellos se espera. Se trataba de ese tipo de seres que cuando duermen en un hotel programan dos despertadores por si acaso la operadora no los despierta a tiempo).

En este parque, varios niños corrían y jugaban, sin siquiera imaginar que en algunos años más entenderían y reproducirían en carne propia los rostros aburridos de sus padres.

Un anciano estaba sentado en una banca manchada con excremento de palomas, pensaba en el final del Dr. Zhivago, si este doctor ruso hubierse preferido caminar en vez de viajar en colectivo, quizá no hubiera divisado a Lara y viviría más años. Sí, también si Juárez no hubiera muerto, todavía viviría.

Frente al anciano pasó un vagabundo dando tumbos, haciendo eses y haciendo pensar en heces a quien lo veía. Sus grandes zapatos sin agujetas no llevaban el ritmo de la batería de la canción que un joven presuntuoso escuchaba a todo volumen en el estéreo de su auto último modelo. El joven y el vagabundo estaban incomunicados en islas propias, la principal diferencia entre ellos es que mientras uno hedía a Carolina Herrera, el otro apestaba a orines viejos y alcohol barato.

La cabeza de Albert Einstein miraba todo sin virar, con ojos puestos en el infinito de la nada, pues era de bronce.

En una esquina cercana se subastaban canastas navideñas, cada una de las cuales incluía una botella de bebida cuyo consumo en exceso suele transformar nturalezas y deshinibir lenguas. La hermosa rubia que miraba las canastas pensaba en estos efectos, recordando la fiesta de Fin de Año que se celebró en su oficina el viernes anterior. Allí, uno de los gerentes, con arrojo etílico, le declaró su amor y le propuso cosas que iban desde dejar a su actual esposa, hasta ponerle a la rubia un lindo departamento en una zona cotizada. La rubia sonrió al recordar esa estupides, todos los tipos que ella se topaba eran viles y canallas.

La sonrisa de la rubia era tan natural que en comparación hizo resaltar la grotezca mueca sonriente del gay maduro que sin reparar en gastos (que en realidad no estaban descompuestos) compraba la canasta más cara de las que se vendían. La sonrisa de este hombre era tan artificial como el sueño de una tarjeta de crédito, y todo por causa de lo que él consideraba amor. Hacía apenas tres años se había sometido a una cirugía plástica para rejuvencer su rostro, con un médico de honorarios tan altos como baja su ética. El gay maduro había decidido rejuvenecerse el rostro por agradar a un joven que le agradaba. Al final de la operación los extremos de la boca del maduro casi llegaban a sus orejas, dándole una especie de sonrisa da sardina sardónica perpetua. El joven causante indirecto de esta tranformación, vivió con el maduro un tiempo y luego se largó. Llévandose no poca cosa de la relación. Ahora el maduro intentaba hacerse de un nuevo amor obsequiando cosas caras y evitando la transformación.

El anciano se levantó de su banca, pues la temperatura descendía con el sol y la noche comenaba ya a reclamar sus dominios. Un padre aburrido llamó a sus dos niños, mientras observaba a la linda rubia y se imaginaba  que se aproximaba a ella para prometerle que por su amor era capaz de dejar a su mujer; pero era un simple pensamiento inspirado por las lascivia, ladrido al Quijote emitido por perros que jamás existieron, así que al final no hizo nada más que volverse a casa con sus dos vástagos.

El tiempo siguió su camino y dos días después fue lunes de nuevo.

Viajar en colectivo en el D.F.

Lamento ser miope, como Mr. Magoo o como rinoceronte. Por eso, tratar de encontrar el colectivo, o el bus, correcto al atardecer puede ser una tarea difícil para mí.

No me gusta usar gafas, no es por vanidad sino por evitarme la incomodidad, tener sobre la nariz ese cuerpo extraño me resulta molesto, y lentes de contacto, ni pensarlo, de hecho no me los podría ni colocar (cierro los párpados al ver que algo se aproxima demasiado a la niña de mis ojos… no es metáfora).

En realidad, encontrar el colectivo correcto es una tarea difícil para mí a cualquier hora, no solo al atardecer: se aproxima, se aproxima, y el letrero de extrañas letras flourescentes no lo alcanzo a leer. ¿Qué dirá? Me entero hasta que el vehículo está a tres metros de mí. Si no es el que espero, lo dejo ir, tal como la novia con escrúpulos dejaría ir al novio en el altar cuando no se sient segura de su amor. Si es el colectivo correcto, pues le pido que se detenga y dependo de la generosidad del chofer para ver si se detiene con tan corta solicitud.

Si se detiene, abordo la cosa y pregunto al chafirete cuánto es la tarifa para mi destino. Seis pesos para donde voy.

No sabría decir si sólo soy miope de vista o también he perdido el olfato, quizás ya estoy acostumbrado, pero los colectivos de la ciudad de México ya no huelen tanto a orines como solían apestar en mi juventud. Igual y ya los limpian más… no, no, esos cambios conductuales de una especie no suceden en tan poco tiempo… quizás en mil años, es probable que éste en particular haya sido lavado por la mañana.

Estéreo a todo volumen, canciones repetitivas de mantra hueco y alta lascivia. Banda, tambores y metales, y los mismos lamentos románticos o las mismas motivaciones de alabanza a los narcos. Acelerones y frenazos constantes, ambos diseñados aparentemente para probar los reflejos de los pasajeros. “Aférrense al fierro si quieren conservar su vida”, debiera ser el lema de un chofer de colectivo en el DF. Si lo fuera, seguro lo dirían como burla y con doble sentido.

Si acaso hubiera un asiento disponible en el colectivo, no podría yo tomarlo. No es que sea yo muy alto, pero los asientos parecen estar diseñados para seres sin piernas o para los más pequeños enanos del extinto circo sin animales, que sólo exhibbe enanos. Además, no faltaría el tornillo mal puesto en el asiento capaz de rasgar cualquier prenda, o hacer carreras tipo derby de Kentucky en una media (incluso en una entera) de mujer. Pasaré por alto el riesgo del tétanos para no sonar hipocondriaco.

En el colectivo no se hace esperar el ‘show’ del payaso callejero, que aborda para recibir monedas a cambio de unos chistes malos, algo subidos de tono; tampoco tarda en abordar el exadicto con cara de penitenciario que llega a pedir limosna aclarando que lo hace ‘en buena onda’ porque ya no quiere robar más. Una táctica que seguro tomó de algún manual de viejos gangsters de Chicago.

El tráfico es eterno. En el transporte no puede faltar una imagen de la Guadalupana, o de San Judas Tadeo. Aunque de un tiempo para acá, la Santa Muerte ha ganado muchos adeptos. ¿Será que los choferes de colectivo le surten muchos clientes a la huesuda?

La gente va ensimismada, quisiera creer que está concentrada, pero es más probable que vayan pensando en nada. Mente en blanco, objetivo Yoga que aquí se alcanza aquí sin desearlo. Monotonía de mono tendido en jaula del zoológico. Es antinatural ser tantos en un espacio tan pequeño (y aquí no hablo del colectivo, sino de la ciudad).

Un niño se entretiene mirando pasar el asfalto de la calle a través de varios agujeros que hay en el piso del vehículo, un piso picado, carcomido por el tiempo. Más que nada parece colador. Aún no he sabido de decapitamientos múltiples en un colectivo, porque al ir a gran velocidad el piso se le cayó de repente… sólo espero que éste no sea el primero de esos casos.

Sube un señor que vende golosinas, el chofer le compra un cigarro, y se lo fuma a pesar de que está prohibido, y de que hay más de tres anuncios en el interior que prohíben fumar. Ya me imagino que si alguien le dice algo al chofer, respecto al humo del cigarro, el conductor invitaría al osado a bajarse del colectivo usando un vocabulario capaz de sonrojar  a verduleros y piratas por igual.

Alguien deja escapar subrepticiamente un gas de sus entrañas. El gas es un ninja silencioso cuya presencia es de ofensa sorpresiva, la pestilencia me hace pensar en buitres y demás carroñeros, huele como si el productor del pedo comiera muertos en descomposición. De tan fea manera descubro que no he perdido el olfato. Las ventanas cerradas, y el fijador que consume el culpable sería la envidia de cualquier perfumero. Nadie muestra culpabilidad en su rostro. Maldito pasajero.

Ya casi voy  a bajar, sólo un poco más y descenderé de este vehículo infernal. De repente un giro inesperado, del destino y de las cuatro ruedas, que están tan lisas como la mona. Desviación por arreglos de la calle. Me alejo cada vez más y más del lugar a donde yo iba. Adentrándome a infiernos desconocidos sin un Virgilio que me guíe y sin una Beatriz que me espere. Lugares que ni mis peores sueños (y en verdad llego a tenerlos muy malos) han concebido. El lado feo, nada turístico de la ciudad, donde la pobreza pega de golpe y donde la esperanza jamás hace acto de presencia.

Pasa una hora de incertidumbre y me pongo a pensar si en realidad no se habría despegado el piso hace rato y todos somos ahora conducidos al inframundo sin notar que hemos muerto. El colectivo retoma la ruta original, pero como a 35 calles de mi destino original.

Me acerco a la puerta de salida. Grito al chofer “bajan” y salto del vehículo en movimiento, rara vez lo detienen completamente para que la gente descienda.

Al final salgo vivo, y con una hora de retraso llego a donde tenía que llegar.

Jubilado

El campanario de la centenaria catedral cantó las ocho de la mañana.

Frente al templo de alto rango se encuentra el palacio municipal, donde personas de la peor ralea supuestamente trabajan y abusan del poder, pues allí se ubican las oficinas del gobierno local, cuyas puertas abiertas de par en par permiten admirar las desgastadas escaleras que conducen a demasiadas puertas burocráticas dignas de una pesadilla de Kafka con fiebre.

Allí podemos admirar también las gruesas columnas, las baldosas rosadas, la placa conmemorativa y al encorvado Don Joselo, vejete enfundado en la chamarra de cuero negro que siempre utiliza en mañanas tan frías como la de hoy. Don Joselo piensa en su único hijo, ese que no le llamó ayer para felicitarlo por su cumpleaños número 70. “Gnña gni gnpogg engso gnme hangbla”, susurra tristemente para sí el ajado personaje enchamarrado que, debido a un accidente, quedó gangoso de por vida. Sí, recuerda a su hijo, de quien nada ha sabido en 35 años, bien podría hasta estar muerto, como su madre, y el viejo ni por enterado.

Su cerebro le muestra en la memoria la lápida de su mujer, en la que, debajo el nombre de ella (Margarita Sosa de Pérez) y los años que vivió (1935-1971), se encuentra grabada la frase: ‘Su esposo e hijo la recuerdan’. A Joselo se le hace curioso el hecho que recuerde tan bien esa lápida, pues sólo la vio el mero día del sepelio; así como el que justo hoy, esa frase suene tan cierta.

El campanario anuncia las fellinianas 8 y media, y el sonido de los tacones de un par de zapatos baratamente plateados delatan el presuroso andar de quien los calza. Es una “glamorosa” secretaria de la oficina de gobierno, de quien nadie sabe exactamente a qué se dedica pero nadie duda que se encuentra registrada en la abultada nómina de la dependencia. Don Joselo voltea en dirección a las pisadas como lo haría un perro ansioso tras identificar la aproximación de su amo. Su sorpresa es grata tras descubrir que se trata de Meche, la mujer de gruesas piernas, gelatinoso trasero, breve minifalda y escote desbordante de cortesana del Rey Sol, cuyas facciones naturales son imposibles de distinguir debido a las gruesas capas de maquillaje que cubren su rostro.

Meche tiene prisa por introducir su tarjeta a tiempo en el reloj checador de la oficina de recepción de rentas, y largarse de allí cuanto antes para regresar puntualmente a las 5 de la tarde para registrar el término de su jornada. A ella le encanta ser saludada por los hombres, pero “este viejo, aquí paradote todos los días”, le es verdaderamente repugnante. Por ello, siempre que puede, hace su máximo esfuerzo por esquivarlo. Pero hoy Joselo se encuentra en el punto preciso desde donde le es posible interrumpir el camino de todo aquel que pretenda ingresar al edificio municipal.

“Gngüenos gndías gnpgreciosa”, le dice cortésmente el septuagenario extendiendo caballerosamente su mano derecha a la mujer que ahora se encuentra a poca distancia. La dama -cuyas partes púbicas son consideradas públicas por el personal masculino de la oficina- le responde con un gélido desdén de sangre azul: “buenos días Joselo, ¿cómo te amaneció?…” Tratando de no detenerse para esperar la respuesta, ella le ofrece distraídamente su mano al viejo . El saludo pretende ser tan escurridizo como una sanguijuela aceitada, pero la pseudosonrisa fingida de Meche se convierte en mueca de incomodidad cuando trata de zafar su diestra del desesperado apretón con el que el anciano la aprisiona, a la vez que trata de acercar esos cinco dedos femeninos a sus resecos labios de hombre viejo para regalarles un casto beso.

“Gnmugñeca gnquédagte ugn gratito cognmiggo”, le ruega el viejo a Meche una vez que ésta logra liberar su mano con un jalón enérgico y definitivo. “No puedo Joselo”, le responde la mujer con sequedad y enfado, “tengo que checar, pero te juro que ‘orita regreso”. Mal acaba de terminar la última palabra cuando entra presurosa al palacio municipal y su imagen se pierde en un largo pasillo por donde va maldiciendo a Don Joselo y a la madre que lo parió.

El orgullo del viejo resiente el rechazo con amargura. “Gnhola gmargtita”, saluda Joselo cuando descubre que junto a él pasa otra mujer, ahora de aparentes 60 años (quien en realidad no llega ni a 50). “Hola Joselo”, es la fría respuesta de Martita, la cual mantiene su mandíbula cerrada con una dureza que produce pequeños latidos de sus sienes.

Ella también lleva mucha prisa por llegar a checar y se pasa de largo sin estrechar la mano del viejo que se queda esperando el apretón de manos. Los demás burócratas comienzan a arribar como carroñeros en parvada (el reloj checador juega el papel de cadáver reciente en esta farsa). Todos tienen la misma intención que las dos mujeres que lograron apersonarse a tiempo. Algunos saludan a Joselo como si fuese parte de su rutina, pero nadie permanece más de 10 segundos con él.

“Don Joselo”, le dice una voz jovial que se aproxima, “usted tan puntual como siempre, aunque ya ni trabaje aquí”. Se trata de Tomás, el actual encargado de la ventanilla de ‘aclaraciones’ -la misma que durante 40 años fue la responsabilidad laboral del anciano personaje. Honestamente Tomás no hace ni más ni menos cosas de las que Joselo solía realizar, antes de jubilarse, cuando atendía a la gente que llegaba hasta esa ventanilla para aclarar algún cobro injustificado o para denunciar alguna falla administrativa. Tomás, Joselo y todos los demás trabajadores del Estado que desempeñan trabajos similares en ventanillas similares, se limitan a encogerse de hombros ante cualquier queja llevada hasta su ventanilla y a expresar frases de un escuálido vocabulario compuesto por: ‘orita no puedo atenderle’, ‘la persona encargada no está y es la única que ve estas cosas’ y la escasísima ‘eso es todo’.

“Gnhola gntogmasito”, responde Joselo al saludo de su sucesor laboral y, para retenerlo un poco, le pregunta: “¿gnvio el gnfutgbol agnoche?” Tomás, conservando la sonrisa saludadora, sólo emite un “ajá” como respuesta y desaparece por el largo pasillo. Meche aprovechó la distracción que Tomás provocó en el viejo y se escabulló por una puerta lateral. Lleva mucha prisa, pues va a desayunar y luego tiene una cita con un empleado ‘nuevo’ -quien recién entro el lunes pasado a trabajar-, con el que practicará su bien ganada experiencia erótica.

“¡Ah qué Joselo”, dice un policía de unos 65 años a su antiguo conocido mientras se le aproxima, “tú siempre aquí tan temprano!” “¿Gnqué gnquieres gnpagquito? ¡Gno gntegngo gnada gqué hagcer!”, responde el aludido con resignación consciente otra vez de la mirada que lo ha atormentado durante esta mañana. “Nomás me acuerdo que cuando trabajabas no hallabas la forma de largarte de aquí lo más pronto posible como todos estos cabrones. Y mírate ‘ora: te la pasas aquí todos los santos días, parado y tratando de platicar con todos. Te dije que no te jubilaras, pero te ardía el andar de huevón. Todo para esto… Hasta creo que cuando te mueras (¡que Dios no quiera que sea pronto!) tu alma va a estar penando por aquí por muchos años; nomás por la pura costumbre”, le dijo el policía concluyendo con una carcajada tan sonora como sincera, y llevándose a la espalda su oxidada ametralladora fue a ocupar su sitio de guarda en el banco que está cruzando la calle.

Joselo rió, pero muy adentro sintió lo triste de su realidad. Si su mujer viviera… ella ya le habría perdonado todos los golpes e insultos que le propinó, tanto sobrio como borracho, durante su breve matrimonio. De seguro ella tampoco se acordaría de las múltiples infidelidades de Joselo “Gnal gfin ngy al cagbo gtodas las ngviejas con las que engagñé a gnmargarita estagban horrigbles”. A lo mejor lo que más le hubiera costado a ella perdonarle eran las frecuentes golpizas que él le solía propinar al niño (Joselito). Pero sí, el viejo cree sinceramente que su mujer ya le habría perdonado hasta eso. ¿Quién iba imaginar que algún día llegará a extrañar a Margarita? Pero ella está muerta y Joselito quién sabe en dónde diablos (“Gnmégdigo gndesangradecigdo ngya gni ngpor que gnyo gle gdaba de ngtragar”). A Don Joselo únicamente le queda seguir con el tren de vida que conoce.

El viejo voltea su alargada cabeza y se encuentra con Martín (el vendedor de tamales), uno de los pocos con los que sostiene verdaderas conversaciones, y ambos comienzan a discutir acerca de lo que debe hacer el presidente de la República para sacar adelante al país. Mientras Joselo y el tamalero discutían acerca de los fraudes electorales, en el pecho de Joselo nació un agudo dolor, haciendo que el viejo dibujara en su rostro un perfecto rictus de mártir católico, mientras la cara del tamalero mostró una repentina preocupación.

Joselo sólo dijo “Gngaaay Gncangrajo”, mientras con las manos se oprimía con fuerza el pecho y se desplomó para no volver a levantarse. El lunes siguiente todos los burócratas comentaban entre sí de lo buena persona que era el viejo Joselo, de lo buen amigo que era de todos y de lo mucho que lo extrañaban. “Mira que venir a morir justo aquí”, decía en su mejor ‘tono sabio’ el policía de 65 años. Dos semanas después, todos tenían las mismas prisas de siempre para ir a “checar” sus entradas y sus salidas y nadie, nadie salvo en esporádicas borracheras de oficina, volvió jamás a acordarse del viejo Joselo.

El payaso de crucero (30 segundos)

Luz roja.

Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho).

Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso.

Levantas la vista del volante y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno: un hombre calvo, el poco cabello que le queda, revuelto de forma desagradable, parece reseco, quemado, mal oxigenado, Marylin Monroe tras saltar del Hindenburg en llamas.

El hombre tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente con cigarrillo encendido en la boca.

Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un centro negro en cada uno de ellos. Cada punto negro es del grosor de la punta de un dedo, parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa.¿Molestia existencial? De ser tú o yo él, ¿no estaríamos igual?

Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.

El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es el arco de la derrota, pasos cortos, cabeza gacha, la mirada cargada de odio siempre mirando al frente.

Es un frío día de marzo (el invierno se ha ‘encariñado’ con la ciudad y se niega a partir), la ropa delgada y desgastada del payaso lo protege muy poco de la baja temperatura. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon rosado y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’.

Lo único que distingue al hombre de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.

Luz roja.

Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’ (o lo que le permite su poca destreza en este negocio).

Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así el hombre se pasa lentamente la bola durante veintidós segundos.

Esporádicamente aspira su cigarro, quizás para darle al acto un factor de peligro.

Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad).

El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno.

A veintitrés segundos de que la luz roja de paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.

Luz verde.

Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.

by Unisouth

A modern British LED Traffic Light (Siemens Helios Mk1 LED) in Portsmouth. http://commons.wikimedia.org/wiki/User:Unisouth

22 de marzo de 2008