Abandono

Hace décadas el hombre apocado llegó al suburbio, cuando esta colonia residencial estaba muy separada de la ciudad… claro, de lo contrario no se habría llamado suburbio. Llegó con su esposa y dos hijos: una niña y un niño. Dicen que él era contador y su esposa una glamorosa ama de casa.

El tipo diariamente se despertaba preguntándose cómo una mujer así, tan llamativa y radiante, se había fijado en un ser tan gris como él, y como no encontraba respuesta a su duda diaria es quizá por eso que fuera tan celoso. Para preservar su bien más preciado y misterioso, levantó una barda alta rodeando su jardín trasero, para que nadie pudiera mirar hacía su casa, y también levantó otra casi muralla en el frente, para que nadie supiera lo que en el interior de su hogar pasaba.

Las discusiones matrimoniales eran frecuentes, no importaba que las compras cotidianas de abastecimiento las hiciera él, siempre acusaba a su esposa de estarse viendo a alguien. Pero ella únicamente salía de la prisión residencial para ir al salón de belleza.

El tiempo siguió su marcha militar e inmisericorde, la niña se convirtió en mujer, y tan pronto alcanzó la mayoría de edad se casó con el primero que le propuso matrimonio y se largó de la casa paterna. Ya no se supo más de ella en la colonia, que poco a poco se pobabla más y más, adquieirndo de esta manera mayores problemas: suciedad rampante y delincuencia creciente.

Al poco tiempo también se fue la esposa, harta de las actitudes del marido, de esos celos sin fundamento. “Me arreglo porque así me quisiste, así te gusto”, le decía ella constantemente. Pero él insistía en que ella se embellecía por cornamentarle su viril y hueca cabeza. Igual al no tener la compañía de su hija, la mujer ya no tuvo de dónde sacar fuerzas para aguantar más la imbecilidad de su esposo. Simplemente un día se largó. Ya no se supo más de ella en la colonia.

El hijo permaneció unos años más al lado de su padre, para retenerlo el hombre le compraba perros, y el hijo estaba encantado con los canes, intentó hacer un criadero canino, pero no resultó, aunque desde entonces la casa siempre tenía al menos tres perros.

El hijo terminó la universidad y se casó, se fue de la casa y el hombre quedó solo, acompañado de tres perros.

A partir de entonces todo fue abandono. El jardín no fue arreglado de nuevo y se convirtió en maleza, las paredes de la casa no fueron pintadas, las ventanas no volvieron a ser lavadas, y el hogar se convirtió como por arte de magia en una ruina. El hombre removió su tanque de gas una vez que hubo una fuga que alarmó a los vecinos, y ya no instaló uno nuevo. Calentaba el agua en hornillas eléctricas, y se bañaba arrojándose tazas de agua caliente, en las hornillas eléctricas también calentaba su comida enlatada, único alimento que consumía desde que vivía solo. Los tres perros murieron de hambre y de sed.

La casa no se limpiaba por dentro y poco a poco fue invadida por torres de papel periódico, que se convirtieron en montañas. El hombre compraba tres o cuatro periódicos cada día, y los conervaba en su casa, hasta que tuvo que dejar de comprarlos para poder tener un estrecho camino dentro de su hogar por el cual poder deambular. Para entonces ya no trabajaba y vivía de su pensión.

En la colonia los vecinos se fueron convirtiendo todos en ancianos, los policías eran igual de imbéciles que siempre, solo que ahora más prepotentes y corruptos, resentidos con la sociedad, bichos que maldecían sus puestos de trabajo y se desquitaban con los viejos residentes de la colonia encontrando mil y una formas de molestarlos.

El hombre salía ocasionalmente de su casa para ir a un parque, sentarse a mirar a la nada, y regresaba a casa. No hablaba con nadie, no conocía a sus vecinos, nunca lo había hecho, ¿para qué empezar ahora?

Los robos a las casas se incrementaron, los policías estaban las más de las veces involucrados en los delitos… ya era demasiado tarde para retomar el orden. El destino cobra muy caro los pecados de indolencia y cobardía.

El hombre no tenía nada que le robaran. Su casa, de hecho, parecía abandonada. Nadie notaba realmente sus salidas al parque, bueno, nadie excepto la vecina de enfrente, que se la vivía asomada a la ventana de su casa, mirando pasar la vida y atestiguando la decadenciasin freno de la calle.

Un día de un mayo, un hedor imposible de ignorar emanó de la casa del hombre. Los vecinos, quizá por pudor o por mera idiotez, no dijeron nada, nunca decían nada, nunca hacían nada, ni en su propio beneficio, así que soportaron la pestilencia quejándose solamente para sus adentros, siempre guardando silencio respecto al insulto olfativo que salía de la casa en ruínas y pensando que las cosas iban cada día peor en la colonia.

Cinco años después de la pestilencia, cuando el otrora suburbio ya había sido engullido por la voraz ciudad, el hijo regresó a la casa paterna, pues su esposa lo había corrido del hogar porque no soportó ya más sus celos. El hijo llamó a la puerta, pero nadie acudió. El hijo aún tenía la llave y abrió. Todo estaba cubierto de polvo, y al fondo del pasillo vio un bulto tirado, descompuesto, emulando la figura de un hombrecillo en el suelo.

La vecina de la ventana confirmó que, efectivamente, hacía mucho, muchísimo tiempo, aquel hombre no salía de su casa.

Anuncios

La carta

Tras haber estado posada en la ciudad durante toda una irrespirable semana, como de repente desapareció la nube de contaminantes (ocasionada por los combustibles fósiles ya digeridos, constantemente expulsados por los rectos metálicos de miles de vehículos automotores con una insistencia kepleriana). La razón no fue ninguna medida de las “autoridades” para impedir el uso de dichos combustibles, ni para alentar las energías verdes, sino un fuerte viento que soplaba de distintos puntos cardinales (principalmente el Este, y no del Aquel) con un ritmo frenético que hacía bailar a basura y árboles por igual.

A la entrada del edificio donde vivía, parado como estatua encantada junto a su buzón, David podía sentir cómo el viento abofeteaba su rostro, pero la mente de este joven estaba concentrada en otra cosa muy ajena al clima.

La mano izquierda de David sostenía una carta que Eolo quería arrebatarle. Su rostro tenía un gesto similar al que seguramente tuvo Paul Gauguin cuando se enteró del suicidio de Vincent Van Gogh o al de Jesús (el Cristo) cuando leyó todo el guión de la tragedia que había aceptado interpretar. Por causa de esa carta David experimentaba la sensación de irrealidad que provoca un brusco suceso inesperado que se presenta como dicen que llegará el Fin del Mundo: como muñequito de resorte en caja sorpresa. David sentía que por fin comprendía bien esas frases que había escuchado en tantos programas de televisión y de bocas de algunos conocidos suyos: “No puede ser”, “esto no me puede pasar A MÍ”, “es como un mal sueño”.

Hacía tan sólo unos instantes que David se sentía bien. Su vida era normal y los segundos de su tiempo transcurrían con la misma monótona exactitud y periodicidad de siempre, sin que nada le advirtiese del próximo desequilibrio de su cotidianidad.

Se había despertado a la hora de siempre, sintonizó el mismo noticiario superficial e insustancial (pero divertido) de siempre, desayunó los alimentos sintéticos de costumbre, defecó (en tiempo y forma) como casi todos los días y se bañó de manera automática, como siempre. Ya listo para largarse a su oficina a realizar su detestado trabajo de siempre, David, recién salido del elevador, estaba cruzando el oscuro pasillo hacia la salida del edificio donde vivía cuando…

Mecánicamente volteó su mirada a su buzón y distinguió que de éste sobresalía un gran sobre. Varias posibilidades cruzaron por su mente: “Debe ser el catálogo de algún almacén o la invitación a que participe gratis en el sorteo millonario de alguna revista (tras comprarles una suscripción anual, por supuesto). Igual son recibos a pagar, una tarjeta de crédito que jamás solicité o quizás una carta de mi amiga argentina felicitándome por mi cumpleaños… que fue hace un mes y medio. Pero no, seguramente es la publicidad de algo que no me interesará comprar”. Todo esto se decía David mientras con su mano izquierda sacaba el sobre del buzón.

Un intenso escalofrío recorrió su espalda, como si Jack Torrance lo hubiera alcanzado con su hacha al final del largo pasillo de un hotel vacío, pero la sensación no era debida a un hacha asesina sino al descubrir el emblema impreso en la esquina superior derecha del gran sobre.

Una encorvada anciana, en una verticalidad como de bastón pandeado, abrió repentinamente la puerta principal del edificio y penetró al oscuro pasillo acompañada de un fuerte viento proveniente de la calle. A pesar de la espectacular entrada, la mujer no era la bruja Maléfica (que ahora según Hollywood no es mala, sino una bonachona en mala racha) sorprendiendo a la corte de los papás de Aurora, sino una simple anciana recién llegada que olvidó cerrar la puerta tras de sí, en un descuido que acostumbraba y por el que la dama era famosa entre los habitantes del edificio. La vieja, vecina contigua de David, lanzó una breve mirada al espectralmente pálido rostro del joven y, sin dedicarle ni el más mísero saludo, lo ignoró como solía ignorar a los buzones (ella nunca esperaba recibir nada y si algo llegaba a su buzón, dejaba que se quedara allí hasta que el tiempo lo pudriera) y se siguió de largo a paso lento hasta el elevador.

David ni siquiera notó la fugaz presencia de su vecina, de hecho también solía ignorarla salvo en las ocasiones en que le mentaba la madre mentalmente cuando tenía que bajar a cerrar la puerta de entrada que ella había dejado abierta, por motivos de seguridad (seis asaltos dentro del edificio era el saldo que hasta ese día les había costado a los condóminos el descuido de la anciana). Abrió el sobre con gran nerviosismo y torpeza, nacidos ambos de la incertidumbre. Por fin sacó la carta. La impersonalidad del estilo con que estaba redactada la misiva hicieron que David se helara más; el contenido fue el tiro de gracia para su ya de por sí tambaleante estado de ánimo.

Al terminar la breve pero impactante lectura, David comenzó a maldecirse por su accidental negligencia y torpe descuido. Maldijo al Estado de su país por el estado en que el país se encontraba, maldijo a esos gobernantes que exigían impuestos que no se reflejaban más que en sus corruptas cuentas bancarias, maldijo desde al más ambicioso y minúsculo chupatintas burocrático hasta al mayor vampiro que se sentaba en la oficina presidencial del país. Definitivamente el frío aire que provenía de la calle no ayudaba en nada para que el cerebro de David funcionara de manera óptima ante esta situación. El coraje del joven contra sí mismo y contra los que le enviaron la carta iba en aumento. A la carta no se la llevó el viento, y aunque fuera así, de nada serviría.

Claro que todos nos sentiríamos como David en una situación similar; aunque, por otro lado, no todos necesitamos de una carta emitida por el Departamento de Recaudación de Impuestos u Oficina Hacendaria Estatal o Sistema de Administración Tributaria o Secretaría de Hacienda Pública, o como sea que se llame la odiada oficina hoy en día, para enterarnos de que no realizamos nuestra declaración anual a tiempo y que por ello somos acreedores a una increíblemente alta e insultante multa que de no pagar se incrementará y nos privará de nuestra supuesta libertad. ¡Bienvenido al mundo real David!

Payaso espectacular (la tragedia del anuncio)

Como primer impulso pudiéramos pensar que el responsable de la tragedia fue el creativo de la agencia de publicidad, autor de los dos anuncios involucrados, pues para empezar su cabeza empolló la idea brillante de utilizar la imagen de un payaso vestido de bombero para publicitar seguros contra incendios, en una campaña cuya frase era “No es cosa de risa”. En realidad el creativo no debió tomar las cosas tan a la ligera, ni ignorar la naturaleza melancólica de los payasos, tampoco debió pasar por alto el hecho de que estos, como las mujeres que se maquillan exageradamente, tienen siempre algo que ocultar.

El mismo creativo fue también responsable de la campaña del champú Sedosidad®, que incluía a una chica linda de cabellera castaña y, por supuesto, sedosa. Pero no es cuestión de culpar a nadie, en el fondo todos sabemos que en este mundo nadie tiene la responsabilidad absoluta de nada, o no quiere tenerla, incluyendo a Dios, pues ¿entonces para qué creó al diablo y le permite hacer y deshacer a su antojo?

La historia inicia realmente la mañana de un martes cotidiano en la gran ciudad. Ese día la gente iba y venía hacia y desde los mismos lugares de siempre con las acostumbradas prisas, presiones e histerias. Se respiraba el constante aire producto de la mezcla de la soledad acompañada, la indiferencia urbana y la fría sombra de que proyectaban esos grandes edificios, sedes de trasnacionales y oficinas de los gobernantes opresores.

Hasta arriba de un alto poste publicitario, esa mañana estaba un grupo de hombres instalando un nuevo anuncio enorme, espectacular (de esos que los primermundistas del quinto mundo llaman con orgullo billboards).

Los habitantes de la ciudad suelen elevar sus miradas al cielo principalmente por dos motivos: para suplicar el fin de sus mortificaciones privadas al Dios que generalmente tienen guardado en sus recónditos olvidos, o para dar un vistazo a los nuevos anuncios espectaculares que se instalan periódicamente en las alturas. El segundo era el motivo por el que los habitantes miraban hacia arriba esa mañana.

El anuncio en cuestión era el de los seguros, y era simple y francamente feo, mostrando al payaso bombero en primer plano, tras el cual aparecía una casa en llamas, arriba en letras amarillas decía “No es cosa de risa”. A pesar de su simpleza toda la gente volteaba a verlo pues resultaba ser una pitera novedad que destacaba sobre la aplastante rutina gris de toda la semana. Al día siguiente, el anuncio de los seguros se perdió entre la sobrepoblación de publicidades que saturaba el cielo de esa siempre congestionada avenida.

Una vez instalado, el payaso impreso en el anuncio cobró consciencia de su existencia. A su inherente inseguridad payasa, se le sumó un complejo de inferioridad reforzado por los demás carteles gigantes que habitaban en otros postes y azoteas de los edificios adyacentes. Se sintió empequeñecido ante los colores alegres de un anuncio de refresco de cola, se sintió repugnante ante el porte valiente y arrojado de un vaquero que recomendaba cigarrillos, se sintió intimidado por la adusta cara del gorila protagonista del próximo estreno cinematográfico veraniego, vigilado sin misericordia por aquellos grandes ojos que parecían mirarlo todo desde el anuncio de una internacional cadena de optometristas y asqueado al ver al anciano gesticulante que aparecía en bikini publicitando una tienda de música.

El pobre payaso sentía su corazón de papel sobrecogido y agobiado por el ambiente grotesco que lo rodeaba. Su vida a cuatro tintas era poco menos que miserable.

Así pasaron los días, las semanas y dos meses, y lo único constante era el ánimo subterráneo del payaso.

Una mañana de domingo, un grupo de hombrecillos llegó a quitar el recién censurado anuncio del viejo en bikini, pues había caído de la gracia de los publicistas y del público, porque era un insulto al buen gusto.

Y sucedió un milagro: el payaso se alegró. No fue feliz debido a la retirada de su antiguo vecino en bikini que tenía enfrente, sino por la llegada de un espectacular que promulgaba los beneficios del champú Sedosidad® (que es champú y acondicionador al mismo tiempo). “¡Bellísima!”, se dijo el payaso al ver a la modelo en el anuncio que sonreía satisfecha por los resultados del champú.

Durante la instalación del anuncio del champú, uno de los hombrecillos trabajadores consideró que no era necesario aislar el cable de iluminación del gran cartel . “Total, ¿qué puede pasar?”, pensó el negligente y se fue a comer con su amante, quien casualmente era prima hermana y confidente de su abnegada esposa. El tiempo se encargó de demostrar que la indolencia del trabajador holgazán y adúltero, cuyo lema era “todo debe quedar en familia”, ocasionó algo que se pudo evitar.

La mujer que publicitaba Sedosidad® parecía sonreírle exclusivamente al miserable payaso, pues por un efecto de la óptica los ojos de la chica apuntaban directamente a los del clown. Ella tenía un rostro encantador y de sus expresivos ojos almendrados se asomaba un alma pura, su delicada boca invitaba a ser besada con delicadeza, amor y respeto, su sonrisa era inteligente y bondadosa… una mujer pensante y con el equilibrio justo de inocencia y malicia… bueno, todo eso pensaba el payaso que era un poco ignorante del mundo; y no debe sorprendernos que alguien con esos pensamientos se enamore de manera fulminante en tan solo tres segundos.

La mayoría de los demás anuncios, principalmente el del vaquero fumador, envidiaban la privilegiada ubicación del payaso, quien embelesado contemplaba día y noche a la mujer que tenía ante sí, solo a la distancia de un cruce de avenida. Por más envidia que tuvieran los demás anuncios, no decían nada, pues la vida de un espectacular se limita a ver en silencio y ser contemplados. Claro que esa imposibilidad de expresarse también limitaba al payaso comunicar a su amada lo que por ella sentía, aunque de todos modos la chica le sonreía, encantada.

El payaso experimentó en esos días la mayor felicidad que su condición le podía conceder; pero fue precisamente durante estos momentos de euforia modesta que se desató la tragedia.

Era una cálida noche de mayo, mes como cualquier otro en que suelen nacer grandes figuras a la vez que anodinos personajes, cuando el extasiado payaso bombero se vio forzado a hacer una pausa en su contemplación devota  al notar la primera chispa que saltó de la parte inferior derecha del cartel donde estaba impresa su impresionante amada. Fue cuestión de segundos para que el anuncio de champú Sedosidad® se convirtiera en una gran pira donde amor platónico más se consumió, como tantos otros de su tipo, sin jamás tener la menor oportunidad de comenzar a convertirse en amor real.

En pocos instantes, la hermosa modelo fue un émulo de Juana de Arco en el universo mercadológico, y el payaso se sintió sometido a la mayor impotencia posible, a la vez que víctima de una grotesca ironía. Él allí, vestido de bombero sin poder hacer nada para salvar de la hoguera a su musa; sollozando sin lágrimas viendo impotente cómo volaban las cenizas de su amor y de su amada.

Una vez consumida la pasión, literalmente, el lugar que esta dejó vacante fue ocupado por la decepción. El gorila y el vaquero fumador esbozaban una ligera sonrisa burlona por la desgracia de su vecino, quien con su recobrada infelicidad volvió a ser un payaso en toda la extensión de la palabra.

Más días siguieron a los días, como una cadena monótona de tiempo, y al clown se le comenzaron a ocurrir descabelladas ideas que, aunque de haber podido hacerlo, no hubiese expresado a nadie. Su plan estaba trazado, solo hacía falta esperar por el momento justo. Mientras tanto, en el sitio que ocupara la amada de Sedosidad® fue instalado un anuncio de alarmas para el hogar, protagonizado por un perro bravo de gesto furioso y dientes afilados.

Transcurrieron meses y el payaso seguía esperando. Marzo hizo su aparición, acompañado de vientos fuertes, entonces el payaso se sintió vivo de nuevo. Su espera estaba a punto de terminar, casi llegaba el instante perfecto.

Fue precisamente durante la última semana de ese marzo loco, cuando la ciudad comenzó a ser víctima de un viento violento proveniente del Norte, que en su furia elevaba el polvo y la inmundicia a no pocos metros del suelo. Los profesores de biología solían decir entonces en sus clases que si el excremento fuera fosforescente, en la ciudad ya no habría necesidad de energía eléctrica para fines de iluminación.

Las corrientes eólicas dificultaban caminar por las calles y la gente solía terminar sus trayectos muy lejos de sus destinos originales, los perros falderos se convirtieron milagrosamente en criaturas voladoras a voluntad del viento. El payaso aprovechó la oportunidad, y con un gran esfuerzo y dedicación, sacando de su prolongado desencanto las energías necesarias, logró liberar poco a poco las piezas metálicas que sujetaban las bases de su anuncio, para después arrojarse con su soporte de metal al vacío.

Esa noche las noticias de las nueve dijeron que 12 personas habían fallecido y 23 resultaron heridas tras la caída de un anuncio en la importante avenida a la hora pico, en que muchos empleados regresaban a sus casas. El alcalde urbano se dispuso a promulgar una ley que exigiera “instalar esos anuncios de forma segura para que ninguna situación climática los pueda desprender”… la gente estuvo de acuerdo con él, ya que pues la retrospectiva es una ciencia exacta y cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Fue un suceso triste en la historia de la ciudad. Los deudos y las víctimas intentaron demandar a la empresa que administraba los anuncios, pero no tuvieron éxito, porque era en realidad un negocio del mismo alcalde, ejercido a través de un prestanombres. Nadie fue procesado y al final nadie supo la verdadera causa de la tragedia.

Pero tú y yo sabemos que no hubo responsables, y que todo se debió a la desesperación de un payaso espectacular.

s150

El blues de la ambulancia

UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…. La sirena de la ambulancia a mucha velocidad.
No importa que te tapes los oídos con cera, aún sin cera o mentirosa, ella jamás te seducirá.
Llora más fuerte cuando la ambulancia se integra, completa, de repente al embotellamiento de hora pico. Pico de ave de mal agüero.
El enfermo que viaja dentro, alcanza a escuchar como entre sueños la sirena, nada serena, y respira cada vez menos.
Paramédicos preocupados.
Más rápido que la ambulancia avanza una tortuga con las patas amputadas.
¡Puta madre!, dice quien conduce el vehículo de emergencias.
Los conductores de los otros autos se estresan cada vez más, al notar que la ambulancia no tiene por donde pasar.
UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena a todo pulmón canta su jodida canción.
Los conductores se preocupan porque no encuentran hacia dónde moverse para ceder paso, no hay espacios vacíos para dónde arrimarse.
Las ventas de autos este año se han incrementado, las facilidades para hacerse de uno son más fáciles que la ninfómana sin moral que sufre de mucha comezón, o que el adicto al sexo que no pone reparos mientras se descompone. Hay necesidades de todo tipo en este mundo.
Todo mundo tiene un auto, pero cada vez hay menos lugares para moverlo, e incluso para estacionarlo. Deberían inventar unos que quepan en el hoyo trasero, culo entre los amigos, de quienes permiten la sobreproducción vehicular.
¡Puta madre!, parece que es lo único que sabe decir quien conduce la ambulancia. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena canta y grita su enervante canción.
Como milagro del Cielo, -enviado de repente al mundo de los neumáticos de hule, del CO2 de escapes, del combustible quemado que hará que los polos sean cada vez más calientes y las parejas cada vez más indiferentes, de los rosados pulmones que al respirar en esta ciudad se hacen negros como el carbón o como el cabrón que se armó de valor y comenzó la rebelión Zulu…-, como enviado del Cielo aparece frente a la ambulancia un hueco por el cual pasar.
Breve resquicio, entre tanta bestial máquina, por donde la ambulancia se hace camino al andar. Y pasó, pero también lo hizo el impaciente paciente.
La ambulancia pudo avanzar, pasó entre los demás autos. El paciente mientras tanto, dando su último suspiro, pasó, pero a mejor vida. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…

traffic

Vida

Laberinto con paredes de espejo, atiborrado como el tren subterráneo en hora pico. Ratones en insensata carrera y minotauros con furia o diarra. Así es la vida en la ciudad.

Despedidas de gente que quisieras que no se fuera, permanencias insistentes de personas cuya cercanía ya no deseas. He visto mucho, igual no demasiado aún, pero he notado que a pesar de los cambios aparentes, todo en el fondo es igual. Así es la vida en general.

Cinco mueren mientras otros diez nacen, quinientos mienten mientras uno dice media verdad. Nos quejamos de los gobernantes, pero en el fondo casi todos diríamos que sí si se nos ofreciera el poder, y con algarabía nos corromperíamos en mil pedazos. Así es la vida en nuestro interior.

Los viajeros cansados dejan empolvar sus maletas y los sedentarios se ufanan de haber viajado por todo el mundo desde su computadora o su televisión. La gente es la misma aquí y en China, sólo varían las complexiones y los colores. Nadie es superior, nadie inferior en tanto a razas, todos somos la misma moneda de cara sublime y cara jodida echada a suertes en la vida.

Las conductas y las ilusiones sólo cambian de apariencia, en tanto que el tiempo es circular. Ya olvidé quién dije que sería yo, tampoco recuerdo las personas que fui. He visto rostros lozanos ajarse con los años y también los he visto volver a nacer. Aunque nada cambie y me diga a mí mismo en momentos que todo es igual, descubro que todas las cosas son variaciones mágicas de una sola maravilla y sólo por eso vuelvo a respirar.

Ya nada es como antes

Quisiera plasmar fielmente en palabras los buenos sentimientos,

pero lo que me falla no es la pluma, sino el corazón.

Mi alma no dice ya nada bueno, se ahoga en frases ajenas y silencios,

ideas repetidas, compradas, y no se me ocurre algo que proponer.

Me siento encadenado a esa ermita rodeada por la multitud citadina,

víctima constante de la contagiosa indiferencia, infectado de indolencia

simulo ignorar a quien me llama, y aún más a aquel que me pide ayuda.

Trato de recordar algunos momentos felices,

pero ya ni siquiera puedo acordarme de las permanentes desgracias.

El futuro me parece un indefinible manchón de ilusiones

en esta tierra de asesinos, suicidas y ladrones.

La verdad no sé si continuo en el muno por inercia

o simplemente por llevarle la contraria a la moda.

Ya no hay vino que se transforme en sangre

y la sabiduría fue reducida a publicidad que carcome los sesos.

Con todos esos bombardeos, ¿cómo podría conservar lo que realmente importa?

La gente “civilizada” es la que comete los actos de la peor barbarie

y los que se sienten salvajes, tratan de civilizarse en la misma forma.

Ojalá en vez de quejas pudiera volver a escribir historias e ideas,

pero creeme, en mí ya nada funciona como antes.

Abril 2015

sack

Bajo el reloj del andén (metro CDMX exDF)

Bajo el reloj del andén, el clásico punto de encuentro dentro del metro. Allí puedes ser testigo de muchas citas frustradas, allí donde dan inicio dos que tres aventuras prohibidas, día tras día, donde la diversidad se hace patente.

Puntual esta mañana llega la banda de cinco músicos ciegos, que no incluye a los tres ratones del cuento, y de inmediato se disponen a afinar sus instrumentos.

Sin inmutarse por los sonidos de los invidentes, cuatro estudiantes de secundaria, fugados de su institución académica, planifican la pinta del día.

Un desempleado, peinado con agua y limón, tal como su mamá le enseñó, ojea la sección de avisos de empleo en el diario deportivo, que sin falta adquiere cada mañana. Una vez que ha leído con sumo cuidado los análisis y resultados de todos los partidos del pasado domingo, las estadísticas y pronósticos para los encuentros cancheriles del próximo Día del Señor, comienza a encerrar en óvalos de tinta las dos vacantes laborales que prometen oportunidades para él.

El quinteto de ciegos, satisfechos ellos de haber sacado de sus instrumentos las notas apropiadas, aborda el vagón que recién ha llegado, dando inicio a su estudiada rutina: cantar para subsistir. Del mismo vagón descienden un par de individuos con rostros de comadreja, ilusionados por lo que puedan encontrar en la billetera que recién robaron.

El vagón se va y la ilusión de los rateros se esfuma, una vez que, bajo el reloj del andén, descubren en la cartera solamente seis tarjetas de presentación en papel barato, un condón más barato que las tarjetas y un pedazo de servilleta descartable con algunos teléfonos anotados de prisa.

Una mujer, maquillada y peinada con ese esmero que pretende agradar, mira su reloj de pulso para comprobar que la hora del reloj del andén no miente. Los estudiantes de secundaria se van rumbo al parque de Chapultepec, para remar un rato en el lago verde neón que luce siempre tan radiactivo. Tanta deliberación de los adolescentes, para terminar eligiendo la opción más común y corriente en su situación.

El espacio que los cuatro estudiantes dejan, es prontamente ocupado por un hombre que lleva consigo un pesada caja metálica de herramientas, cuyo transporte le hace sudar gotas gordas de Adán en busca del pan. Deja la caja en el piso y espera a su compañero de labor para irse a realizar el trabajito que consiguieron para hoy.

Tap, tap tap… Haciendo resonar contra el piso las delgadas tiras de metal adheridas a las suelas de sus zapatos  (para que no se desgasten de tanto caminar), llega un galán presuroso y ligero, sudando por el esfuerzo de su lucha contra el tiempo; viste su mejor suéter, perfumado con una loción pirata que en vano intenta emular el aroma de una fragancia de marca. El recién llegado dibuja una sonrisa de cocodrilo alegre en su rostro y abraza a la mujer de esmerado aspecto, y desesperado gesto, que lo estaba esperando debajo del reloj. Discuten brevemente, pero terminan en un público beso que muestra a los testigos que todo está bien entre ellos, y se van de aquí unidos en un romántico abrazo que les dificulta no poco su andar.

El sitio que dejaron vacante los enamorados reconciliados es de inmediato ocupado por un campesino de rasgos indígenas, su rostro es el como el de los héroes prehispánicos de las estampas y monumentos oficiales en la éoca de los muralistas, de esos personajes del ayer remoto cuya rancia cultura y actos admirables hacen sentir tan orgullosos a los mexicanos de tener un gran pasado. Ignorado por todos, si no es que incluso despreciado, el campesino cargaba un bulto más voluminoso y pesado que la caja de herramientas metálica. Dejando en el piso su bestial carga, el humilde heredero de los nativos descansa un poco bajo el reloj del andén. En eso llega el compañero del tipo de la caja metálica y ambos parten, algo retrasados para su cita, en el siguiente tren.

El campesino, mientras mira sus huaraches desgastados a punto de romperse, piensa en su mujer y en sus siete hijos, piensa en el octavo que viene en camino, pero no piensa en el futuro, sino en cómo sacar adelante el presente. Quizá hoy sea mejor día que el de ayer, quizá hoy la policía lo deje en paz y los turistas le compren al menos dos sarapes coloridos.

Al lado del campesino que ruega la bendición de la Virgen Morena, llega un ser que parece escapado de la corte de los milagros, emanando de su sucia vestimenta roída un intenso olor a orines. Se detiene a contar las monedas que ha recolectado al inspirar pena en algunos desconocidos. En eso, otro Romeo hace acto de presencia con una rosa en la mano, cuyo tallo está envuelto en papel de celofán. El nuevo galán mira su reloj y se recarga en la pared a esperar. Un anciano camina por el anden a paso de tortuga, a su edad ya no hay ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

El campesino recoge su gran bulto, se lo coloca sobre su encorvada espalda y camina rumbo a la salida de la estación. El desempleado, aburrido, mira la hora y piensa que ya es muy tarde para acudir a los lugares donde solicitan gente, mañana irá más temprano. Al reloj no parece importarle nada y sigue mostrando la marcha del tiempo.

cigarros

 

Julio 1996

Acero y papel

Imponentes estructuras de metal adornando la moderna avenida

Firmeza y solidez percibe todo el que las ve o quien las admira

Algunas de ellas empiezan a oxidarse, pero no te preocupes, están bien hechas

Algunas muestran curvaturas delirantes, mientras otras sólo líneas rectas

El testigo caminante se siente débil y pequeño al pasar cerca de ellas

Las mira y algo le recuerda que jamás tendrá suficiente fuerza

Sin embargo, fui testigo de un personaje que decidió retar a esas estructuras

Que pretenden ser un eterno homenaje de nuestra extraña cultura

Y con la destreza manual que caracteriza al hombre desde mucho antes de la Eretz Israel

Ese individuo dejó sobre el frío acero su modesta obra: un barquito de papel

Me recordó la historia de David y Goliath, y me sentí bien, porque hice una apuesta correcta.

Septiembre 2005

boat

En la verde pradera

Una tarde de extrema timidez solar, en la verde pradera, las nubes se divertían imitando caprichosamente diversas formas: caballos, ogros, damas y descarriados caballeros grises, dragones y sueños de quienes jamás quisieron ser gerentes.

Abajo, en la tierra, un gusano jugaba a ser gallina, mientras el zorro dormía en su madriguera y soñaba que esa noche por fin saciaría su hambre, pues en vez de gallinas se proponía comer gusanos.

A la distancia se distinguían los ladridos de varios perros, que se incomodaban con las campanadas de la lejana iglesia de pueblo, eran como hijos olvidados de Pavlov.

Ningún niño retozaba por la pradera, pues todos los niños eran para entonces adultos completamente desarrollados que se habían mudado a la gran ciudad.

Como sabes, ninguna persona que se precie de madura gusta de retozar por las praderas. Por eso en este campo sólo juegan las nubes y los gusanos.

¿Por que la gente deja de jugar? ¿Por qué decide permanecer en la ciudad? Mejor dejemos de preguntarnos cosas absurdas y busquemos una tarde de timidez solar en la verde pradera.

Foto de Rocío Pardos, el uso de la imagen fue gentilmente autorizado por su autora. Visita el estupendo blog de Rocío en http://fotografiarocioph.com/
Foto de Rocío Pardos, el uso de la imagen fue gentilmente autorizado por su autora. Visita el estupendo blog de Rocío en http://fotografiarocioph.com/

Al caer el sol

Al caer el sol, los ángeles de terciopelo negro comienzan a deambular, mientras los viejos usan sus últimas energías para caminar e ir al templo. La última misa de la gente que casi ha dejado de reír. A veces se encuentran en la calle aquellas almas camino a la perdición con esas que oran suplicando perdón.

Al caer el sol tenemos ya muy pocos recuerdos del amanecer, las tiendas se cierran y Dios empieza a emitir sus comunicados a través de los sueños. En sueños también volamos sin necesidad de máquina, a veces besamos y yacemos con quien el destino nos niega, o a quien nuestra propia personalidad aleja.

Al caer el son puede agravarse la tos, al filósofo le acometen las ganas de pensar y se ensimisma, los enfermos del hospital dan gracias por haber terminado otro día.El bebedor se siente más a gusto con su vicio y las ideas peligrosas atormentan más al suicida.

Al caer el sol los gatos son pardos de nuevo, vuelve a hacer frío en el desierto y algunas personas empiezan a despertar. Hay prostitutas éticas que inician su jornada en los puntos rojos del rumbo y más de una adolescente arranca a llorar, sobre el retrato de su galán.

Al caer el sol los miedos se arman de valor y salen de sus rincones, yo denuevo tengo nostalgia por los autocinemas y para muchos la soledad empieza a tener su peor sabor. Al caer el sol el horizonte se pierde poco a poco, la rutina es vencida por la evasión y Eva termina de comerse su manzana. Al caer el sol es que escribí esta descomposición.

https://www.flickr.com/photos/134136645@N04/
https://www.flickr.com/photos/134136645@N04/