En tu habitación

En tu habitación, como alquimista medieval, realizas conjuros extraños, guiando corazones a tu manantial. El fin es bueno, no hay rastros de malicia, te creo, y esta es parte importante de lo que me atrae más de ti. No somos perfectos, de hecho soy una completa colección de errores. Mi fuerte son las palabras y la imaginación, y bastantes veces las dos juegan en mi contra.

En tu habitación, como alquimista medieval, te comunicas a media noche con quien te adora, con quien te admira por tu belleza total, natural, y que espera no pisar en falso para caer en el precipicio de las equivocaciones. Nada está garantizado, y es probable que me vuelva a desbocar. No es pedirte disculpas por anticipado, es simple aceptación de mi humanidad.

En tu habitación, como alquimista medieval, te llega el cansancio y decides poner a dormir tu piedra filosofal. Se acaba la charla con tu despedida, tu admirador se queda pensando en ti, y escribo esto. Ojalá que lo nuestro, de existir, llegue a buen puerto.

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Miré con respeto más allá de tu belleza

Miré con respeto más allá de tu belleza,

y vi un lugar donde el bien y el mal cohabitan en paz.

Luego entendí que la noche es tan tuya como lo es el día

y que eres tan mujer como aún eres niña.

No te sentí como ideal, y tampoco perfecta,

pero sí como ejemplo de humanidad libre y natural.

Quise conocer tu historia y agradecerte todo lo que obtuve de ti,

antes de que me abandonaran las palabras.

Posiblemente dije demasiado, hasta abrumarte y cansarte.

Ahora ya me cuesta trabajo incluso hablar.

Quizá desde el principio debí quedarme callado y limitarme a

mirar con respeto más allá de tu belleza.

 

 

Tan libre

Ella era del tipo de mujeres libres, así se autoetiquetaba, libre como el aire, como las aves y, a veces, como las olas del mar.

Reía de manera contagiosa, pero hueca y estudiada, decía no tener un objetivo preciso, pero en realidad su finalidad era tener el bolso repleto, es estómago satisfecho, un techo siempre y el futuro asegurado. ¿Quién la puede culpar por eso?

Llamaba la atención, aprendió a hacerlo desde muy temprano, ya con el tiempo era algo que se le daba en automático.

Imán de reflectores, encanto en el ambiente, todos se peleaban por cederle el asiento, con tal de obtener siquiera una tenue sonrisa de parte de ella, como de gratitud obligada. ¿Quén la puede culpar de que se haya acostubrado a todo eso?

El problema fue que insistiese tanto conmigo con eso de la libertad y de no tener un camino. Esa era mi línea, no la suya. Yo lo vivo, ella sólo lo presumía.

El problema fue alentar a mi gemelo, el enemigo interno, que siempre gustó de autoboicotearme. Lo alimentó, lo engrandeció, hasta que fue imposible controlar la situación. Alguien se tuvo que ahogar en el mar.

Y ella va, como la nave de Fellini, acumulando éxitos en los umbrales de su otoño. Yo de nuevo feliz en mi extravío, de extraviado pingüino estepario, contento de que en la lejanía de su cercania le esté yendo a ella bien.

La moraleja es que no se recomienda pretender ser otra persona con tal de agradar a un cangrejo, ni tratar de ir hacia el frente cuando el futuro relativo corre hacia atrás.