Úsese y tírese

Ella salió de la ducha y diestramente se vistió, con el corazón latiéndole a la velocidad de un conejo blanco perseguido por el galgo hambriento. En la parte superior se puso un holgado suéter que resaltaba la redondez de sus abundantes senos y en la inferior esos mallones que alguna vez la hicieron lucir muy bien, pero que ahora sólo le ajustaban correctamente en un recuerdo de marco dorado dentro de su mente. Quizá valoraba esos mallones porque cuando se los ponía aún seguía detonando piropos guarros al andar por la calle o quizás porque era la prenda que a él siempre le había gustado tanto que ella se pusiera.

Tras la ropa no podía faltar el maquillaje, que a últimas fechas aumentaba en cantidad. 20 años no habían pasado en balde, pero ella se vestía igual, se sentía igual que cuando tenía 21. Ella ignoraba que nadie luce bien cuando trata de aparentar dos décadas menos de las que han pasado.

De prisa llegó a la esquina del café de las reconciliaciones, y con nerviosismo gelatinoso hurgó en su bolso hippie, buscando su teléfono celular.

Ella parecía haber olvidado el categórico: “vete al carajo para siempre, infeliz, ya no quiero saber nada de ti”, que hacía apenas dos días antecedió a un portazo ‘definitivo’, cuando ella se fue del departamento clandestino que ocasionalmente había compartido con él, a lo largo de 20 años de rutinaria decadencia conflictiva. Tras ese portazo, ella agregó gritos de “cabrón, tú destrozaste mi vida” y un, hasta entonces inédito, “te di los mejores años de mi juventud”.

En el fondo del pintoresco bolso encontró el teléfono, en el fondo de su alma encontró la esperanza, y llamó, marcando ese número que tan marcado estaba en su mente por el rojo vivo de una añeja pasión sadomasoquista. Mientras sus ojos bailaban, mirando a todo ese entorno de asfalto, concreto y vidrio, sin fijarse realmente en nada, esperó con impaciencia que su amante contestara.

Él, en su cómoda y elegante oficina de triunfador, oyó su teléfono sonar. Sabía que era
ella, para pedirle perdón de nuevo. Decidió no contestar, total, le volvería a llamar después, más desesperada.

Ella colgó violentamente el teléfono, maldiciendo al destino y al amor que le tenía a ese
‘desgraciado hijoputa’. Maldijo necesitarlo tanto, amarlo tanto. Su ilusión y esperanza dejaron de palpitar un segundo, pero fue un infarto momentáneo, pues volvió a marcar. “Igual y marqué mal o se cruzaron las líneas”, se dijo sabiendo en el fondo que nada de eso era cierto.

Él volvió a sonreír tras escuchar el segundo intento de comunicación y, decidido, contestó con un gélido “Hola”. Al escuchar la voz de él, la mujer sintió que el corazón se le quería fugar por la boca y sus ojos comenzaban a ser víctimas de una inundación salada. Una mezcla de furia, alegría y desesperación la hizo disparar como metralla sus primeras palabras: “que poca madre tienes cabrón infeliz”, seguido del “si yo no te hablo a ti, tú ni me hablas, ¿verdad culero de mierda?”, y de allí sin escalas al “te dije que me largaba y tú nada hiciste por detenerme”.

Él pensó que era momento de hacer su segunda intervención de la comunicación y sólo dijo: “¿Hola?, ¿quién habla?”.

Furias reales y mitológicas cabalgaron veloces desde el recóndito triperío ella para que, alzando el tono de su voz, dijera sin elegancia alguna: “¿cómo que quién, hijo de la chingada?, ¿cómo que quién?”, y sin poder evitarlo regresaron las recriminaciones acumuladas durante 20 años de burlas, de ‘estira y afloja’. “¿Es que nunca te he importado cabroncísimo? Tengo 20 años esperando tu jodido divorcio. Primero, tus hijos eran muy pequeños, después tu mujer estaba enferma, luego no fue tiempo, ahora la maldita imbécil está enferma de nuevo. ¿Y yo qué? Estoy enferma de ti”.

Él sonreía y sonreía, mientras ella le decía:“Nunca te he importado, cabrón”, tras lo cual él respondió tranquilo: “Si eso fuera cierto, ¿por qué seguiste conmigo?”.

Ella, desarmada, no pudo evitar un visceral “porque te amo, infeliz”, y siguieron sus
recriminaciones con menos molestia, pero con más dramatismo.

Él recordó lo bien que ella hacía el amor, lástima que su cuerpo no fuera ya ni la sombra de lo que había sido, làstima que ella en general tampoco lo era. Cuando ella le dijo: “sabes bien que desprecié a muchos por ti”, el sonrió con más intensidad y pensó “¡pobre pendeja!”.

Tras 10 minutos de un discurso monólogo, ella empezó a repetir sus recriminaciones, mezclándolas con sinceros “te amo”. Fue cuando él decidió poner el punto final al
asunto diciendo: “Yo jamás te engañé, siempre te dije que no podía divorciarme, discúlpame si alguna vez te dije que lo haría; pero te di el departamento y todo el dinero que quisiste para tus gastos. Si no aceptaste el departamento para ti sola, y no supiste administrarte, no es mi problema. Búscate a otro, total aún eres atractiva, a mí ya no me importas nada, ya estoy harto y cansado de tus pendejadas y reproches, y mira que te
he aguantado muchas idioteces. Tienes una semana para recoger tus cosas, y después cambiaré las cerraduras y prohibiré tu entrada al edificio. Si no tienes más que decir, que te vaya bien, te deseo suerte. ¡Ah!, y por favor ni se te ocurra buscarme de nuevo, ya déjame en paz, no me obligues a tomar medidas legales para ponerte en tu lugar. Sabes bien de lo que soy capaz”.

Dicho lo cual, él colgó el teléfono, y con esa mirada de sátiro que tanto le encantaba a ella, verificó que su peinado estuviese correcto, rodeó su escritorio y fue a ver que en el minibar oculto de su oficina todo estuviera en orden.

Ella, sola en la esquina del café de las reconciliaciones, se quedó inmóvil ante la inesperada conclusión. Un frío interno le recorrió todo el cuerpo y unas ganas de vomitar se apoderaron de ella mientras guardaba el teléfono en su bolso hippie. Temblaba ahora por un motivo muy distinto al del inicio de la llamada, se alejó de la esquina sin ilusiones ni esperanzas.

En el mismo momento en que ella se detuvo a vaciar el estómago en plena calle, algo lejos del que era el café de las reconciliaciones, él terminaba de llenar un par de vasos del minibar de su lujosa oficina y le prometía a su joven secretaria todo su amor, procediendo de inmediato a levantarle la falda con destreza.

Dic 2002 – Marzo 2005 – Marzo 2018

usese y tirese

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La justicia suele ser una utopía

Era un perro mediano. No tan grande como un san Bernardo, pero de un tamaño que le permitiría comerse completo a un chihuahueño, sin problema. Ignoro de qué raza era el perro en cuestión, desconozco las razas caninas así como los modelos de autos, aunque puedo identificar un san Bernardo, un chihuahua y los perros salchicha (a estos últimos porque parece que me odian, siempre quieren atacarme sin razón e incluso uno de ellos me mordió recientemente, por el simple hecho de que lo estaba ignorando).

Era un perro mediano de color negro, siempre tranquilo viviendo en la azotea de una casa de dos pisos. Sus dueños jamás jugaban con él, nadie vio que alguna vez lo bañaran y nunca lo sacaban a pasear. Desde muy pequeño lo subieron a ese techo y allí se quedó, quizá resignado. Sus propietarios le subían agua y alimento, pero eso era todo, ninguna convivencia, ignoro si tenía siquiera nombre. Desde esa modesta altura, el perro negro siempre miraba el mundo pasar, con sus ojos llenos de melancolía. Parecía un gurú en desgracia zen arriba de una colina.

Jamás ladraba. Nunca le ladró a la anciana demente que caminaba todas las tardes por esa calle, la viejecita que usaba lentes con cristales de fondo de botella y que llevaba largas agujas de tejer entre su pelo y su gorro de estambre en tonos grises, para “defenderse de cualquiera que intentara violarla”. El perro negro tampoco le ladró al vejete perezoso que vivía a dos cuadras de distancia, ese que en su desempleada juventud robaba dinero a los niños que encontraba y que ya de viejo siempre pasaba frente a la casa del perro, temprano por las mañanas, para ir hasta la gran avenida y sentarse afuera del templo de santa Ana para pedir limosna a los piadosos que salían de misa. Jamás me ladró a mí, que solía caminar diario por allí para que no se me atrofiaran las piernas (el pinche salchicha que me atacó vivía a diez calles de distancia). Nunca le ladró al cartero, ni a los repartidores de agua, tampoco a los recolectores de basura ni a los repartidores de publicidad impresa, que al final terminaba siendo más basura que nadie recogía.

Un día, un niño rubio de 10 años que vivía en la casa contigua a la del perro negro, y que siempre miraba al can de la azotea vecina con añoranza, pues sus papás se negaban a que tuviera una mascota propia, decidió subir sigilosamente al techo de su casa y de allí pasar al del perro negro para jugar con él. El perrito lucía siempre tan tranquilo…

Cuando el niño pasó al techo vecino, el perro negro sintió que su espacio estaba siendo invadido, y no sólo ladró por primera vez a un humano, sino que se avalanzó hacia el pequeño con furia, lanzándole dentelladas a los brazos y al rostro, empujando con sus ataques al niño hasta el borde de la azotea.

Los gritos del infante y los ladridos y gruñidos del atacante hicieron que el dueño del perro negro se alarmara, y al notar lo que pasaba prácticamente arriba de su cabeza le dijo al niño que no se moviera, que no gritara, subió al techo de su casa y sin mucho esfuerzo controló a su perro, quien recuperó como por arte de magia la paz que solía caracterizarlo.

El niño fue llevado al hospital, se le administró la vacuna antirrábica, creo que la antitetátina también, y varias puntadas fueron necesarias para suturar sus heridas. En su rostro quedaron cicatrices, no muy desfigurantes, que le harían recordar esa experiencia el resto de su vida.

Basándose en el principio que acabó con el último tigre de Sumatra, que dice: “una bestia que ha probado sangre humana, jamás se saciará hasta matar a todos los hombres [o mujeres] que pueda”, el perro negro fue sacrificado.

La justicia suele ser una utopía.

Leonardo

Cuando era niño, yo tenía como todos esa maldad innata y aparentemente inocente que produce actos de increíble maldad. En mi grupo de primaria, mis seis amigos y yo nos sentíamos normales y creíamos que nuestra forma de comportamiento era la correcta. Pobre de aquél que no cuadrara en nuestro universo, porque se lo hacíamos pagar muy caro. Por eso tuvimos que tomar cartas en el asunto cuando llegó un niño nuevo al salón. Se llamaba Leonardo y era muy estudioso, además tenía unas maneras muy delicadas de comportarse. No estoy diciendo que fuera homosexual, no lo sé, era muy temprano para saberlo, pero para mi grupo de amigos él parecía raro y eso era algo intolerable. Para colmo de los males de Leonardo, él tenía comportamientos demasiado extravagantes y solía hablar de cosas que los demás desconocíamos (generalmente de tramas y personajes de novelas clásicas), también le gustaba mucho imitar animales que veía en documentales por televisión. ¡El tipo jamás veía caricaturas! Un día mis amigos y yo planeamos darle una buena lección a Leonardo. Era un día soleado, niños y niñas corríamos por el gran patio de la escuela en la hora del recreo. Algunos comían las cosas que con cariño, o por obligación, les habían preparado sus madres. Otros jugaban con pelotas y otros se perseguían y sorprendían con el único fin de espantarse y gritar sin sentido. Leonardo entonces se estaba paseando por el patio moviendo los brazos como si fueran alas, emitiendo agudos chillidos. “Soy un pterodáctilo”, gritaba mientras continuaba su vuelo. Uno de mis compañeros, simulando curiosidad, detuvo a Leonardo en el centro del gran patio. “¿Qué es un pterodáctilo?”, le preguntó a Leonardo, y a éste se le iluminó el rostro con alegría. Imagino que creyó que por fin podría empezar a compartir sus intereses con alguien. Entonces con dulce voz aleccionadora y la prestancia de un gran conocedor respondió: “Los pterodáctilos eran dinosaurios voladores de alas membranosas…” En ese momento, los otros cinco de mi grupo de amigos, incluyéndome por supuesto, nos acercamos a Leonardo por la espalda y lo tomamos de sorpresa. Agarrándolo con fuerza de los brazos y de las piernas para impedirle defenderse, esperamos a que el que había hecho la pregunta desabrochara los pantalones del pterodáctilo que empezaba a sollozar. Una vez que le quitamos los pantalones, comenzamos a jalarle hacia arriba el resorte de sus calzoncillos, con toda la fuerza de la que éramos capaces a tan tierna edad. Leonardo gritaba, no podía hacer más. Su marca de calzoncillos era muy buena, pues costó mucho trabajo rompérselos. Una vez que el extraño niño quedó vestido como Porky o como el Pato Donald a la mitad del gran patio, nosotros nos alejamos corriendo para que todos los demás contemplaran la vergüenza de Leonardo en todo su esplendor. Aún recuerdo cómo las carcajadas de todos los niños ahogaron el llanto de Leonardo. Las risas acabaron cuando todos fuimos llamados a la acostumbrada clase de religión post recreo. A nadie sorprendió que el niño raro dejara de ir a la escuela el día siguiente. Algunos, los que se habían quedado hasta tarde porque sus mamás siempre se retrasaban demasiado para recogerlos, dijeron que el mismo día de la vergüenza pública de Leonardo, la madre de éste había ido, muy indignada,  a la escuela para sacar de allí a su hijo, quien fue alumno de tan religiosa escuela por sólo una semana. Ignoro qué fue de Leonardo. Me gustaría decir, para tener un final feliz, que llegó a ser un gran poeta o una estrella de rock que supo explotar al máximo sus traumas. Quizá haya crecido con crisis de identidad y durante su adolescencia vio una película de James Dean que cambió su vida, y actualmente es posible que vista de chamarra de cuero negro y use el cabello encopetado. Aunque lo más probable es que Leonardo sea el fundador y presidente de una importante empresa trasnacional de software, mientras yo me la paso de trabajo en trabajo, preocupado por el dinero para más o menos mantener a mi familia y a mis dos ex esposas. Hay gente que paga la vida por adelantado.