Escatología (el escribidor chino)

Totalmente en contra de su voluntad, el equilibrista chino fue la comprobación viviente de esa ley de Newton inspirada por una manzana. Tras su caída, en desgracia, el chino fue relegado, renqueando, a limpiar los servicios sanitarios del Mesón de los Mimos. No más alturas para el equilibrista.

A partir de que le encargaron la limpieza de inmundicias mundanas, el chino se convirtió en escribidor. La inspiración le llegó, en dosis modestas y morbosas, con las pintas obscenas y de moralidad obscura que había en las paredes de cada cubículo de inodoros y mingitorios, en las que los mimos se expresan escribiendo las palabras que su profesión no les permite proferir.

El escribidor chino, ex-equilibrista, notó que también los mimos eran seres soeces y procaces en los sanitarios, en especial cuando el signo de sagitario estaba a la alza condescendiente de occidente. “Cada quien su paja”, escribió en silencio frente al mingitorio un progenitor mimo para educar a su vástago mudo, mientras ambos tenían en la mano sendos pájaros figurados, de esos que no pueden volar ni en cientos.

Amalgamando sus observaciones letrínicas y añadiendo observaciones existenciales, el escribidor chino creó un inmenso volumen capaz de dejar chica la búsqueda del tiempo perdido de Marcel (Proust, no Marceau), donde revelaba los universales significados de la pícara indecencia con connotaciones sexuales y la falsa censura del buen gusto.

En su obra enriquecida, el chino incluyó anexos sobre los flatos escapistas de ancianos que los domingos comen hamburguesas del rey en áreas de comida rápida de los centros comerciales favorecidos por la burguesía arribista, otros sobre los diversos tipos de sustos capaces de sublevar los esfínteres y desrrellenar las tripas en los momentos más inapropiados, culminando con la sublime descripción girondina de orgasmos sádico-escatológicos usando palabras tan blandas como el queso untado a los nachos inspirados en los relojes de Dalí.

En un paréntesis que más parecía un oasis entre un gran desierto de mierdas y demás secreciones y desviaciones, el escribidor chino hablaba de los abrazos que unen a los pechos, tanto los de afecto sincero del corazón, como los falsos y utilitarios que son dados a cambio de judosas recompensas en monedas de plata.

Pero ¡ay!, la humanidad jamás tendrá tiempo suficiente para lamentarse apropiadamente así viva otros improbables mil años de la pérdida de esa voluminosa y valiosa obra maestra del escribidor chino, quien una funesta mañana la dejó sobre un excusado sin perdón, para mientras tanto dedicarse a limpiar con ambas manos el espejo opaco de los lavabos. La obra (literaria, no intestinal) cayó accidentalmente en el remolino acuoso que se alimenta de excreciones humanas. Dejemos correr una furtiva lágrima en señal de duelo.

El culpable de esta pérdida fue un mimo miope, que presuroso por deshacerse de su carga de Dairy Queen® marrón, cubrió accidentalmente el volumen con sus heces y demás desechos, desequilibrándolo por completo del borde del trono y de inmediato oprimió el botón que hizo que todo el trabajo de años del ex-equilibrista se fuera por el caño hacia el canal democrático que no distingue razas, religiones ni ideologías, el canal donde la justicia es la misma para todos los productos finales, entrañables, de la humanidad. La equidad más completa solo se consigue entre la mierda.

Claro que en realidad al valioso volumen únicamente se le adelantó su destino, pues todo y todos, sin excepción, tenemos ese final, real y metafísicamente hablando.

equilibrista edificios

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La realidad depende de cada quien

Los músicos callejeros, familia escuálida que vino del campo a la ciudad huyendo del hambre en busca de una oportunidad, miraron con cierta admiración y envidia el auto último modelo que dio vuelta en la esquina.

El auto, conducido por un anciano acompañado de su esposa, aceleró, pues el matrimonio emocionado iba retrasado a su importante cita con la hija y la nieta de ambos. La hija, tan admirada por la pareja, recientemente divorciada, y la nieta, adolescente insoportable que se convertía en autista en presencia de sus abuelos, por fin habían aceptado comer con ellos.

Cuando los viejos entraron en el restaurante con un poco de retraso respecto a la hora acordada, se percataron de que la hija y la nieta aún no habían llegado, así que pasaron a una mesa y se dispusieron a revisar sus redes sociales para sobrellevar la espera.

Tiempo después, hartos los dos de contemplar tanta estupidez en sus dispositivos, decidieron leer la carta del restaurante, aunque cada quien sabía de antemano lo que iba a ordenar: el platillo favorito de su hija. Tras leer dos veces la carta de la alfa a la omega y de la seca a la meca, la anciana preguntó a su marido: “¿y si le llamo?”. El viejo asintió con parsimonia de tortuga vieja, esperando basado en la experiencia lo peor: la cancelación de la cita.

La vieja llamó, luego le dijo a su esposo: “se les hizo tarde, pero ya casi llegan”. Satisfechos los dos, volvieron de nuevo a revisar sus redes sociales. Los comensales del restaurante ya se habían renovado un par y media de veces, cuando por fin se apersonaron la hija y la nieta, esta con sus inseparables audífonos oyendo música a todo lo que daba el volumen de su aparato.

La hija saludó a sus padres, como Mussolini saludaba a sus tropas, y después ordenó que se cambiaran de mesa porque esa que habían elegido los viejos no le agradaba. Todos se cambiaron a una mesa al fondo del restaurante. Una vez que tomaron asiento en sus nuevos lugares, la hija dijo a sus padres que ella y la nieta ya habían comido, y que tendrían que irse pronto porque tenían otro compromiso.

En breves palabras todos se dijeron que estaban bien, y cuando llegaron los platillos que los felices ancianos habían ordenado, la hija y la nieta se despidieron y se fueron. Los viejos comieron solos, pero muy contentos de haber visto a las dos añoradas ausentes.

Esa misma noche el viejo murió de un infarto fulminante, nada relacionado con lo que había comido en el restaurante. La viuda tuvo que vender el auto último modelo para pagar los gastos del hospital que nada pudo hacer por el anciano, y para el hacerse cargo apropiadamente de los restos del viejo. Ella no tardará mucho en acompañarlo en el más allá.

La hija en el funeral no se cansó de repetir a quien la oyera, abrazando a su madre, que ella siempre había estado muy unida a su padre, y que de hecho había convivido mucho con él hasta el último día de su vida (“literalmente”, remarcaba ufana). La anciana asentía, mientras la nieta permancía en el fondo de la funeraria, oyendo su música e importándole todo un carajo, así será hasta que deba conseguir trabajo.

Mussolini Saludando

 

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática… para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, estos pseudoherederos de las gloras de antiguas civilizaciones que suelen rimar con “mantecas”, cuyo honor principal es dizquehaber inventado el 0. Para los mexicanos posthispánicos “ojos rasgados son ojos rasgados”, “chinito-japonés, come caca y no me des”, al menos esto último era antes del buenismo hipócrita actual. Y supongoo que, de manera similar, para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes, que ni Marco Polo podría unir definitivamente.

La chica asíática es estudiante de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado para crecer, debido gran parte a los propios nacionales, pues no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida.

La familia mexicana, clasemediera alta, le enseñó a su visitante a comer tortillas y tacos como lo manda Dios, no de esos burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos. Pero la nipona adolescente quiso conocer más, ver la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y así tener bases para comprometerse a cambiar el mundo.

La familia, como dije, es acomodada y habitante en la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F. (hoy CDMX, contradiciendo las leyes de la simplicidad), y supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, para no tener ellos que arriesgarse a ser robados, ni mancharse las manos o ni los pies al entrar en contacto con esa gente sucia y desarrapada, ” que da lástima, pero que debería bañarse, pues la pobreza no está peleada con la higiene”… se la llevaron pues a un crucero víal con semáforo, enclavado entre tiendas dignas del Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, ya  que allí seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva, a saber escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad, esperanza y compromiso para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos, suma elevada para una limosn callejera en México.

Así la chica extranjera llegó con la familia local al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió como por arte de magia, hada meada de cuento triste, a mendigar una decrépita  y apergaminada anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza al cumplir los 30, a más tardar).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón, ya que no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción de la chica, aunque la verdad es que no quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo.

“Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sor-pre-sa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado en la mano la vieja morena.

Lo de la “sorpresa” lo enfatizó para que se entendiera que había algo de verdadero valor en el sobre.

La vieja paupérrima presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con una cadena de 15 Dios la bendiga, a cada uno de los cuales la japonesa responde con un “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, o cualquier paraíso en el que ella crea… sonríe y casi llora de emoción.

La familia anfitriona, conmovida ante el cuadro de beneficencia heróica, llama a la japonesa. Fin de la función, fin de la buena acción, ahora “vamos a celebrarlo comiendo tacos en el restaurante Califa”, y todos hacen un feliz mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo, tras esta escena, de pedirle limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del obsequi a la calle. Total, esta mujer ni siquiera sabe leer.

Abandono

Hace décadas el hombre apocado llegó al suburbio, cuando esta colonia residencial estaba muy separada de la ciudad… claro, de lo contrario no se habría llamado suburbio. Llegó con su esposa y dos hijos: una niña y un niño. Dicen que él era contador y su esposa una glamorosa ama de casa.

El tipo diariamente se despertaba preguntándose cómo una mujer así, tan llamativa y radiante, se había fijado en un ser tan gris como él, y como no encontraba respuesta a su duda diaria es quizá por eso que fuera tan celoso. Para preservar su bien más preciado y misterioso, levantó una barda alta rodeando su jardín trasero, para que nadie pudiera mirar hacía su casa, y también levantó otra casi muralla en el frente, para que nadie supiera lo que en el interior de su hogar pasaba.

Las discusiones matrimoniales eran frecuentes, no importaba que las compras cotidianas de abastecimiento las hiciera él, siempre acusaba a su esposa de estarse viendo a alguien. Pero ella únicamente salía de la prisión residencial para ir al salón de belleza.

El tiempo siguió su marcha militar e inmisericorde, la niña se convirtió en mujer, y tan pronto alcanzó la mayoría de edad se casó con el primero que le propuso matrimonio y se largó de la casa paterna. Ya no se supo más de ella en la colonia, que poco a poco se pobabla más y más, adquieirndo de esta manera mayores problemas: suciedad rampante y delincuencia creciente.

Al poco tiempo también se fue la esposa, harta de las actitudes del marido, de esos celos sin fundamento. “Me arreglo porque así me quisiste, así te gusto”, le decía ella constantemente. Pero él insistía en que ella se embellecía por cornamentarle su viril y hueca cabeza. Igual al no tener la compañía de su hija, la mujer ya no tuvo de dónde sacar fuerzas para aguantar más la imbecilidad de su esposo. Simplemente un día se largó. Ya no se supo más de ella en la colonia.

El hijo permaneció unos años más al lado de su padre, para retenerlo el hombre le compraba perros, y el hijo estaba encantado con los canes, intentó hacer un criadero canino, pero no resultó, aunque desde entonces la casa siempre tenía al menos tres perros.

El hijo terminó la universidad y se casó, se fue de la casa y el hombre quedó solo, acompañado de tres perros.

A partir de entonces todo fue abandono. El jardín no fue arreglado de nuevo y se convirtió en maleza, las paredes de la casa no fueron pintadas, las ventanas no volvieron a ser lavadas, y el hogar se convirtió como por arte de magia en una ruina. El hombre removió su tanque de gas una vez que hubo una fuga que alarmó a los vecinos, y ya no instaló uno nuevo. Calentaba el agua en hornillas eléctricas, y se bañaba arrojándose tazas de agua caliente, en las hornillas eléctricas también calentaba su comida enlatada, único alimento que consumía desde que vivía solo. Los tres perros murieron de hambre y de sed.

La casa no se limpiaba por dentro y poco a poco fue invadida por torres de papel periódico, que se convirtieron en montañas. El hombre compraba tres o cuatro periódicos cada día, y los conervaba en su casa, hasta que tuvo que dejar de comprarlos para poder tener un estrecho camino dentro de su hogar por el cual poder deambular. Para entonces ya no trabajaba y vivía de su pensión.

En la colonia los vecinos se fueron convirtiendo todos en ancianos, los policías eran igual de imbéciles que siempre, solo que ahora más prepotentes y corruptos, resentidos con la sociedad, bichos que maldecían sus puestos de trabajo y se desquitaban con los viejos residentes de la colonia encontrando mil y una formas de molestarlos.

El hombre salía ocasionalmente de su casa para ir a un parque, sentarse a mirar a la nada, y regresaba a casa. No hablaba con nadie, no conocía a sus vecinos, nunca lo había hecho, ¿para qué empezar ahora?

Los robos a las casas se incrementaron, los policías estaban las más de las veces involucrados en los delitos… ya era demasiado tarde para retomar el orden. El destino cobra muy caro los pecados de indolencia y cobardía.

El hombre no tenía nada que le robaran. Su casa, de hecho, parecía abandonada. Nadie notaba realmente sus salidas al parque, bueno, nadie excepto la vecina de enfrente, que se la vivía asomada a la ventana de su casa, mirando pasar la vida y atestiguando la decadenciasin freno de la calle.

Un día de un mayo, un hedor imposible de ignorar emanó de la casa del hombre. Los vecinos, quizá por pudor o por mera idiotez, no dijeron nada, nunca decían nada, nunca hacían nada, ni en su propio beneficio, así que soportaron la pestilencia quejándose solamente para sus adentros, siempre guardando silencio respecto al insulto olfativo que salía de la casa en ruínas y pensando que las cosas iban cada día peor en la colonia.

Cinco años después de la pestilencia, cuando el otrora suburbio ya había sido engullido por la voraz ciudad, el hijo regresó a la casa paterna, pues su esposa lo había corrido del hogar porque no soportó ya más sus celos. El hijo llamó a la puerta, pero nadie acudió. El hijo aún tenía la llave y abrió. Todo estaba cubierto de polvo, y al fondo del pasillo vio un bulto tirado, descompuesto, emulando la figura de un hombrecillo en el suelo.

La vecina de la ventana confirmó que, efectivamente, hacía mucho, muchísimo tiempo, aquel hombre no salía de su casa.

Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Nadie sabe para quién trabaja (los 7 onanos)

Los siete onanos recibieron en su casa a Blancavienes, hogar repleto de mil aromas machos y 10 mil fantasías sexuales por cumplir. La muy joven Blancavienes huía de una madrastra que disfrutaba de la crueldad y la vanidad en cantidades similares, salvaje mujer madura que quería desangrar a la chica en fuga para darse un rejuvenecedor baño de plasma carmín en su tina del destino.

Los siete onanos jamás actuaron desinteresadamente con Blancavienes, motivados principalmente por la descomunal fuerza de sus hormonas y el llamado de la selva de su instinto, vieron en la joven una gran oportunidad de perder sus virginidades, lastres que venían arrastrando desde sus adolescencias. Pero no es lo mismo una para todos que yo voy antes que los demás, esta la ley impuesta de la territorialidad, base del contrato social y la propiedad privada. Es mí mujer y yo la vi primero, decía cada onano. Así, entre peleas, discusiones y refriegas preservaron, muy en contra de sus siete imperiosas voluntades con fiebre del logro, la pureza de la blanca doncella, quien se durmió de mero aburrimiento ante las batallas que los onanos en celo sostenían entre sí, por ella, un nevado objeto del deseo. Mujer de todos es en realidad dama de nadie.

La buena chica durmió sola e inmaculada, intacta y con su pureza preservada hasta que llegó a despertarla el no invitado príncipe desflorador, quien pasando por allí vendiendo filtros de agua, se la robó en un descuido de los apasionadamente ciegos onanos que seguían peleando.

Y así fue que los siete siguieron en su onanismo prístino y virginal, mientras el príncipe se alejaba domando la lujuria de la suave grupa albina de Blancavienes, para vivir felizmente infelices para siempre.

Al menos, en lo que se refiere al sexo, muchas veces nadie sabe para quién trabaja.

enanos

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

Pide un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre. Si vieras los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior lo podrías comprobar. Y nada qué decir de la mugre en sus ropas, en sus brazos y en su cara. Llevaba su mugre como si de una fiel compañera se tratara.
Tenía que ser un niño desgraciado, al menos en apariencia, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?
“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no estuviera obstruyendo el paso de nadie, simplemente para propinarle un puntapié.
“Malditas dos monedas, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.
“¿Por qué tenía el niño padrastro y madrastra?”, quizá te estés preguntando ahora. La respuesta es simple, nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera de una iglesia. El párroco de ese templo fingió no ver la caja, y se dispuso a dejarla donde estaba, para que alguna alma caritativa pudiese practicar la piedad.
La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la madrastra vio una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.
El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.
No era una idea religiosa, porque de religión no sabía nada. No era que se lo inculcaran sus padrastros, quienes se revolvían todos los días en amargura, y cuyos pensamientos no iban más lejos que el color de una botella o la redondez de tres monedas. No era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó del maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno, ninguna idea de cualquier otra clase.
El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.
Una tarde, después de haber recibido tres monedas en la zona comercial de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.
Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.
Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz del sol. Y todo allí era, sin embargo sombra.
El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa, cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.
“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un sola vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.
“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.
“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.
El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar a los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.
“Que ya no haya maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.
El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue una cegadora luz y quietud. Los edificios desaparecieron, como desapareció el bullicio.
Al recobrar la vista por segunda vez en el callejón, el niño se encontró de repente en un bosque, nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales salvajes.
Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.
De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso. Y al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

gnome

El recuerdo

Los fuertes golpes sin ritmo que atormentaban a la madera indefensa de la puerta pusieron al doctor prejuiciosamente en contra de quien los producía. Todo ese día había sido infernal para médico, demasiados pacientes y poca su paciencia, además se había enterado de las persecuciones desatadas desde que explotó la violencia en la ciudad y, sin embargo, en lo referente a los disturbios, estaba tranquilo, pues su consultorio se encontraba muy lejos de ese rojo huracán de fuerzas políticas que comenzaban a disputarse el poder.

Los ruidosos golpes se intensificaron con desesperación. Con tanta insistencia, seguramente la gruesa y sólida puerta terminaría siendo derribada, si es que el doctor no la hubiera abierto.

Apenas una abertura de milímetros bastó para que de inmediato se desatara una fuerza animal que permitió que se precipitaran al interior del consultorio dos hombres de humilde aspecto. Uno de ellos con rostro gobernado por la adrenalina, y con una pistola en la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía a su compañero, un individuo que además de encontrarse embarrado de excremento sangraba profusamente del costado izquierdo.

“Doctor, tiene que ayudar a mi hermano”, dijo el de la pistola, apuntándola, junto con su mirada, a los ojos del galeno, “al cobarde le dispararon y hasta se cagó del miedo”.

Al doctor no le impresionó la pistola, ni la mirada, ni el herido, ni la hediondez, lo que le impresionó es que “esos malditos muertos de hambre” no sólo entraban en su consultorio, sino que se atrevían además a darle órdenes. ¡A él!, que era el famoso médico de la alta sociedad y del sector adinerado de la baja suciedad que se conoce como ‘políticos’. Era el prestigiado médico de la ‘gente bien’. ¡Venir a darle órdenes a él, que tanto había estudiado y tanto se había esforzado por alejarse de la ‘gente como ésta’! Indios hambrientos que llegaban de repente a su consultorio como ‘malditos mensajeros del pasado’. No necesitó del prejuicio ocasionado por los golpes a la puerta para odiarlos.

“Yo no puedo curar este tipo de heridas”, dijo fríamente el médico mientras que con un rápido vistazo vio que la herida no era de gravedad.

“Usted lo va a curar porque lo va a curar doctorcito”, dijo amenazante con cólera contenida el hombre de la pistola, mientras ésta emitía un metálico amartillamiento que anunciaba un potencial disparo fatal.

Ante un argumento tan contundente e irrebatible el doctor dijo: “está bien, lo haré, pero deja de apuntarme con tu pinche pistola. ¡Anda, o se te muere tu hermano!”

El tipo armado dejó la pistola sobre una lujosa cómoda, incómoda hasta para alegrar la vista, y el médico le dio unas toallas para que fuera a limpiar a su hermano en el sanitario. El individuo armado decidió no perder de vista al doctor y tomando las toallas limpió a su hermano allí mismo, mientras el médico preparaba sus instrumentos para la intervención.

El doctor observaba con asco la piel cobriza de los otros dos que, a juzgar por sus huaraches y sus cicatrices, eran campesinos; preparó todo y cuando se acercó al herido comprobó que su primer diagnóstico había sido por demás acertado. “Esto no es grave”, pensó el doctor, manteniendo su silencio.

Extrajo la bala con facilidad e hizo la sutura, pero entre ambas acciones decidió romper su juramento hipocrático una vez más, sólo que esta vez no por dinero, sino para vengarse de lo que percibía como una de las peores ofensas que había sufrido en su vida. Durante la intervención, metió cuidadosamente el bisturí, que al igual que los otros instrumentos no había esterilizado, e hizo varias incisiones en el colon del herido. “Con esto cabrón saldrás de aquí, pero no durarás mucho”, pensó el médico al terminar los cortes.

Mientras duró la operación, el tipo de la pistola dio al doctor un discurso sobre la injusticia. “Pos sí doctorcito, usted seguro ni se imaginaba que esto pasaría. Tan lejos de donde ‘orita está la matadera, usté en su casita, en un lugar tan bonito. Pero ‘ire así de fácil como llegamos aquí, vamos a llegar al gobierno. Y ‘ora sí se acabaron las injusticias, se acabaron los pobres. Ya verá cómo los pinches ricos nos van a rogar a nosotros cuando séamos el gobierno. Pero yo a usté no lo voy a olvidar por lo de hoy”.

El médico no decía nada, simulando estar concentrado en su labor, pero pensó: “seguro te vas a acordar de mí, hijo de tu chingada madre, seguro te vas a acordar”. Al final, cuando dijo que la operación había concluido, el revolucionario de la pistola decidió irse de allí inmediatamente con su convaleciente hermano.

“Gracias doctor”, dijo el de la pistola como despedida, “siempre me acordaré de usté”. El doctor no dijo nada y los vio escaparse en el auto de lujo último modelo del galeno, que éste había comprado con las curaciones que le hizo a un secretario de Estado.

El herido no vivió por mucho tiempo.

El doctor no fue testigo presencial del triunfo de la revolución pues, al igual que todos los demás ricos, huyó a tiempo del país mientras los pobres seguían siendo pobres, a pesar del cambio de gobernantes y de las nuevas promesas, viendo cómo unos cuantos indigentes ocupaban los lugares del gobierno que los adinerados habían abandonado, y poco a poco empezaban a cometer las mismas faltas que sus antecesores.

El doctor huyó a los EE. UU., desde donde se desentendió por completo de los sucesos de su país. No tardó en ser una persona destacada en la comunidad de inmigrantes latinoamericanos. Siempre presente en los mejores eventos y requerido con frecuencia en conferencias. Seguía siendo el médico de la gente bien, sólo que ahora de la gente bien exiliada.

Gracias a su fama y su reputación, el doctor fue uno de los invitados de honor en una recepción, a la que también asistiría el actual Ministro de salud del país del que el famoso galeno había emigrado. La lujosa recepción se llevaría a cabo en Chicago y el médico no dudó en asistir, no por envanecerse, sino para ir a mofarse de sus compatriotas.

“Ya me imagino la clase de indio pendejo que debe ser el ministrucho ese”, seguía pensando el doctor en su lujosa habitación de hotel en Chicago, antes de volver a ensayar el discurso que daría esa noche en la recepción. Pero alguien tocó a la puerta de su cuarto, delicada y rítmicamente, suaves tonos en la madera de la puerta, interrumpiendo así el solitario ensayo del médico. Éste fue a abrir y su sonrisa se desdibujó cuando dos hombres entraron violentamente en la habitación.

“Buenas noches doctor, soy el Ministro de salud…”, dijo uno de los dos recién llegados, quien tenía una pistola muy desgastada en su mano derecha, la cual medio cubría con una almohada. “A que no me recuerda. Pinche doctorcito, no estoy aquí pa’ contar historias, sino pa’ que vea que yo sí me acuerdo de usté”, dijo y de inmediato disparó a la cabeza del doctor, quien cayó muerto como si fuera un bulto de papas arrojado de un camión.

El acompañante del Ministro, un pandillero en ropa elegante, tomó el arma que le ofrecía el asesino mientras éste le decía: “Dale otros tres disparos y ya sabes, nunca me conociste. Si me fallas cabrón, no sólo no le va a ir bien a tu familia, sino que primero te carga la chingada a ti y luego se los carga a todos ellos peor que a ti. Así que ya sabes”.

“No, no le fallaré Ministro, y créame que siempre me acordaré de usted”, dijo el pandillero en disfraz de elegancia mientras propinaba otros dos balazos al cadáver del galeno y el Ministro de salud desaparecía por el elevador.

revolver