Abandono

Hace décadas el hombre apocado llegó al suburbio, cuando esta colonia residencial estaba muy separada de la ciudad… claro, de lo contrario no se habría llamado suburbio. Llegó con su esposa y dos hijos: una niña y un niño. Dicen que él era contador y su esposa una glamorosa ama de casa.

El tipo diariamente se despertaba preguntándose cómo una mujer así, tan llamativa y radiante, se había fijado en un ser tan gris como él, y como no encontraba respuesta a su duda diaria es quizá por eso que fuera tan celoso. Para preservar su bien más preciado y misterioso, levantó una barda alta rodeando su jardín trasero, para que nadie pudiera mirar hacía su casa, y también levantó otra casi muralla en el frente, para que nadie supiera lo que en el interior de su hogar pasaba.

Las discusiones matrimoniales eran frecuentes, no importaba que las compras cotidianas de abastecimiento las hiciera él, siempre acusaba a su esposa de estarse viendo a alguien. Pero ella únicamente salía de la prisión residencial para ir al salón de belleza.

El tiempo siguió su marcha militar e inmisericorde, la niña se convirtió en mujer, y tan pronto alcanzó la mayoría de edad se casó con el primero que le propuso matrimonio y se largó de la casa paterna. Ya no se supo más de ella en la colonia, que poco a poco se pobabla más y más, adquieirndo de esta manera mayores problemas: suciedad rampante y delincuencia creciente.

Al poco tiempo también se fue la esposa, harta de las actitudes del marido, de esos celos sin fundamento. “Me arreglo porque así me quisiste, así te gusto”, le decía ella constantemente. Pero él insistía en que ella se embellecía por cornamentarle su viril y hueca cabeza. Igual al no tener la compañía de su hija, la mujer ya no tuvo de dónde sacar fuerzas para aguantar más la imbecilidad de su esposo. Simplemente un día se largó. Ya no se supo más de ella en la colonia.

El hijo permaneció unos años más al lado de su padre, para retenerlo el hombre le compraba perros, y el hijo estaba encantado con los canes, intentó hacer un criadero canino, pero no resultó, aunque desde entonces la casa siempre tenía al menos tres perros.

El hijo terminó la universidad y se casó, se fue de la casa y el hombre quedó solo, acompañado de tres perros.

A partir de entonces todo fue abandono. El jardín no fue arreglado de nuevo y se convirtió en maleza, las paredes de la casa no fueron pintadas, las ventanas no volvieron a ser lavadas, y el hogar se convirtió como por arte de magia en una ruina. El hombre removió su tanque de gas una vez que hubo una fuga que alarmó a los vecinos, y ya no instaló uno nuevo. Calentaba el agua en hornillas eléctricas, y se bañaba arrojándose tazas de agua caliente, en las hornillas eléctricas también calentaba su comida enlatada, único alimento que consumía desde que vivía solo. Los tres perros murieron de hambre y de sed.

La casa no se limpiaba por dentro y poco a poco fue invadida por torres de papel periódico, que se convirtieron en montañas. El hombre compraba tres o cuatro periódicos cada día, y los conervaba en su casa, hasta que tuvo que dejar de comprarlos para poder tener un estrecho camino dentro de su hogar por el cual poder deambular. Para entonces ya no trabajaba y vivía de su pensión.

En la colonia los vecinos se fueron convirtiendo todos en ancianos, los policías eran igual de imbéciles que siempre, solo que ahora más prepotentes y corruptos, resentidos con la sociedad, bichos que maldecían sus puestos de trabajo y se desquitaban con los viejos residentes de la colonia encontrando mil y una formas de molestarlos.

El hombre salía ocasionalmente de su casa para ir a un parque, sentarse a mirar a la nada, y regresaba a casa. No hablaba con nadie, no conocía a sus vecinos, nunca lo había hecho, ¿para qué empezar ahora?

Los robos a las casas se incrementaron, los policías estaban las más de las veces involucrados en los delitos… ya era demasiado tarde para retomar el orden. El destino cobra muy caro los pecados de indolencia y cobardía.

El hombre no tenía nada que le robaran. Su casa, de hecho, parecía abandonada. Nadie notaba realmente sus salidas al parque, bueno, nadie excepto la vecina de enfrente, que se la vivía asomada a la ventana de su casa, mirando pasar la vida y atestiguando la decadenciasin freno de la calle.

Un día de un mayo, un hedor imposible de ignorar emanó de la casa del hombre. Los vecinos, quizá por pudor o por mera idiotez, no dijeron nada, nunca decían nada, nunca hacían nada, ni en su propio beneficio, así que soportaron la pestilencia quejándose solamente para sus adentros, siempre guardando silencio respecto al insulto olfativo que salía de la casa en ruínas y pensando que las cosas iban cada día peor en la colonia.

Cinco años después de la pestilencia, cuando el otrora suburbio ya había sido engullido por la voraz ciudad, el hijo regresó a la casa paterna, pues su esposa lo había corrido del hogar porque no soportó ya más sus celos. El hijo llamó a la puerta, pero nadie acudió. El hijo aún tenía la llave y abrió. Todo estaba cubierto de polvo, y al fondo del pasillo vio un bulto tirado, descompuesto, emulando la figura de un hombrecillo en el suelo.

La vecina de la ventana confirmó que, efectivamente, hacía mucho, muchísimo tiempo, aquel hombre no salía de su casa.

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¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Después de muertos (bienvenido a la nada)

“Bienvenido a la nada”, le dijo con una sonrisa el agradable anciano de túnica blanca, beatíficas facciones y llaves en el cinto, cuando abría la gran puerta dorada, ubicada en medio de la intensidad vacía de color negro perpetuo.

“Gracias, ¿pero dónde estoy?”, preguntó el recién llegado, algo atolondrado y temblando como gelatin mal cuajada, tratando de recuperar sus recuerdos más recientes.

“En la Nada”, le dijo el viejo de bonachona estampa, cerrando la gran puerta con una de sus muchas llaves.

“Pero no entiendo”, dijo el extraño, “lo último que recuerdo es que iba rumbo a la sala de operaciones en una camilla y sintiendo cómo la anestesia surtía efecto…”

De repente se interrumpió. Empezó a atar cabos (tan sueltos como los efectos del cólera). La operación, según le habían dicho, era complicada, con pocas probabilidades de éxito, pero necesaria. El seguro no cubría ningún gasto y su familia naufragaría en las deudas después de eso. Sin embargo, era una intervención necesaria para que él pudiera vivir más de sus 72 años, no hace mucho cumplidos.

“No hay nada que entender”, dijo el viejo de la túnica blanca haciendo tintinear sus llaves con algarabía desatada. “¡Estás en la nada!, el lugar al que todas las almas llegan, sin importar su comportamiento ni sus acciones en la Tierra. Esto es la aternidad querido, vivir en la inmensa negrura sin tiempo, sin principio ni final, sin menos y sin más.

“¿Y la Gloria?, ¿Y el Infierno (de todos tan temido)? ¿Dónde están las demás almas?”, dijo el recién llegado, preguntando con esa preocupación que nace del temor a la sentencia adivinada.

“Gloria fue una mujer, el Infierno un cuento y el resto fue una especie de sueño del que ahora estás despierto”, contestó el portero de la túnica blanca dejando de mover las llaves y desvancecindose poco a poco de la vista del recién llegado, “y los demás están por ahí, pero nadie ve a nadie, ni siquiera se presienten, cada quien permanece aislado en su propia dimensión oscura, una isla sin límites, enclavada en el cero absoluto, sin arriba, sin abajo, sin compañía; pero eso sí, con tu individualidad tan querida por siempre jamás. No hay nada, o mejor dicho, la nada es todo”.

El viejo de la túnica blanca desapareció por completo, y la puerta también. El recién llegado se quedó solo, completamente abandonado, varado en la nada, sintiendo que todo había sido un timo.

nada

 

Nadie sabe para quién trabaja (los 7 onanos)

Los siete onanos recibieron en su casa a Blancavienes, hogar repleto de mil aromas machos y 10 mil fantasías sexuales por cumplir. La muy joven Blancavienes huía de una madrastra que disfrutaba de la crueldad y la vanidad en cantidades similares, salvaje mujer madura que quería desangrar a la chica en fuga para darse un rejuvenecedor baño de plasma carmín en su tina del destino.

Los siete onanos jamás actuaron desinteresadamente con Blancavienes, motivados principalmente por la descomunal fuerza de sus hormonas y el llamado de la selva de su instinto, vieron en la joven una gran oportunidad de perder sus virginidades, lastres que venían arrastrando desde sus adolescencias. Pero no es lo mismo una para todos que yo voy antes que los demás, esta la ley impuesta de la territorialidad, base del contrato social y la propiedad privada. Es mí mujer y yo la vi primero, decía cada onano. Así, entre peleas, discusiones y refriegas preservaron, muy en contra de sus siete imperiosas voluntades con fiebre del logro, la pureza de la blanca doncella, quien se durmió de mero aburrimiento ante las batallas que los onanos en celo sostenían entre sí, por ella, un nevado objeto del deseo. Mujer de todos es en realidad dama de nadie.

La buena chica durmió sola e inmaculada, intacta y con su pureza preservada hasta que llegó a despertarla el no invitado príncipe desflorador, quien pasando por allí vendiendo filtros de agua, se la robó en un descuido de los apasionadamente ciegos onanos que seguían peleando.

Y así fue que los siete siguieron en su onanismo prístino y virginal, mientras el príncipe se alejaba domando la lujuria de la suave grupa albina de Blancavienes, para vivir felizmente infelices para siempre.

Al menos, en lo que se refiere al sexo, muchas veces nadie sabe para quién trabaja.

enanos

El recuerdo

Los fuertes golpes sin ritmo que atormentaban a la madera indefensa de la puerta pusieron al doctor prejuiciosamente en contra de quien los producía. Todo ese día había sido infernal para médico, demasiados pacientes y poca su paciencia, además se había enterado de las persecuciones desatadas desde que explotó la violencia en la ciudad y, sin embargo, en lo referente a los disturbios, estaba tranquilo, pues su consultorio se encontraba muy lejos de ese rojo huracán de fuerzas políticas que comenzaban a disputarse el poder.

Los ruidosos golpes se intensificaron con desesperación. Con tanta insistencia, seguramente la gruesa y sólida puerta terminaría siendo derribada, si es que el doctor no la hubiera abierto.

Apenas una abertura de milímetros bastó para que de inmediato se desatara una fuerza animal que permitió que se precipitaran al interior del consultorio dos hombres de humilde aspecto. Uno de ellos con rostro gobernado por la adrenalina, y con una pistola en la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía a su compañero, un individuo que además de encontrarse embarrado de excremento sangraba profusamente del costado izquierdo.

“Doctor, tiene que ayudar a mi hermano”, dijo el de la pistola, apuntándola, junto con su mirada, a los ojos del galeno, “al cobarde le dispararon y hasta se cagó del miedo”.

Al doctor no le impresionó la pistola, ni la mirada, ni el herido, ni la hediondez, lo que le impresionó es que “esos malditos muertos de hambre” no sólo entraban en su consultorio, sino que se atrevían además a darle órdenes. ¡A él!, que era el famoso médico de la alta sociedad y del sector adinerado de la baja suciedad que se conoce como ‘políticos’. Era el prestigiado médico de la ‘gente bien’. ¡Venir a darle órdenes a él, que tanto había estudiado y tanto se había esforzado por alejarse de la ‘gente como ésta’! Indios hambrientos que llegaban de repente a su consultorio como ‘malditos mensajeros del pasado’. No necesitó del prejuicio ocasionado por los golpes a la puerta para odiarlos.

“Yo no puedo curar este tipo de heridas”, dijo fríamente el médico mientras que con un rápido vistazo vio que la herida no era de gravedad.

“Usted lo va a curar porque lo va a curar doctorcito”, dijo amenazante con cólera contenida el hombre de la pistola, mientras ésta emitía un metálico amartillamiento que anunciaba un potencial disparo fatal.

Ante un argumento tan contundente e irrebatible el doctor dijo: “está bien, lo haré, pero deja de apuntarme con tu pinche pistola. ¡Anda, o se te muere tu hermano!”

El tipo armado dejó la pistola sobre una lujosa cómoda, incómoda hasta para alegrar la vista, y el médico le dio unas toallas para que fuera a limpiar a su hermano en el sanitario. El individuo armado decidió no perder de vista al doctor y tomando las toallas limpió a su hermano allí mismo, mientras el médico preparaba sus instrumentos para la intervención.

El doctor observaba con asco la piel cobriza de los otros dos que, a juzgar por sus huaraches y sus cicatrices, eran campesinos; preparó todo y cuando se acercó al herido comprobó que su primer diagnóstico había sido por demás acertado. “Esto no es grave”, pensó el doctor, manteniendo su silencio.

Extrajo la bala con facilidad e hizo la sutura, pero entre ambas acciones decidió romper su juramento hipocrático una vez más, sólo que esta vez no por dinero, sino para vengarse de lo que percibía como una de las peores ofensas que había sufrido en su vida. Durante la intervención, metió cuidadosamente el bisturí, que al igual que los otros instrumentos no había esterilizado, e hizo varias incisiones en el colon del herido. “Con esto cabrón saldrás de aquí, pero no durarás mucho”, pensó el médico al terminar los cortes.

Mientras duró la operación, el tipo de la pistola dio al doctor un discurso sobre la injusticia. “Pos sí doctorcito, usted seguro ni se imaginaba que esto pasaría. Tan lejos de donde ‘orita está la matadera, usté en su casita, en un lugar tan bonito. Pero ‘ire así de fácil como llegamos aquí, vamos a llegar al gobierno. Y ‘ora sí se acabaron las injusticias, se acabaron los pobres. Ya verá cómo los pinches ricos nos van a rogar a nosotros cuando séamos el gobierno. Pero yo a usté no lo voy a olvidar por lo de hoy”.

El médico no decía nada, simulando estar concentrado en su labor, pero pensó: “seguro te vas a acordar de mí, hijo de tu chingada madre, seguro te vas a acordar”. Al final, cuando dijo que la operación había concluido, el revolucionario de la pistola decidió irse de allí inmediatamente con su convaleciente hermano.

“Gracias doctor”, dijo el de la pistola como despedida, “siempre me acordaré de usté”. El doctor no dijo nada y los vio escaparse en el auto de lujo último modelo del galeno, que éste había comprado con las curaciones que le hizo a un secretario de Estado.

El herido no vivió por mucho tiempo.

El doctor no fue testigo presencial del triunfo de la revolución pues, al igual que todos los demás ricos, huyó a tiempo del país mientras los pobres seguían siendo pobres, a pesar del cambio de gobernantes y de las nuevas promesas, viendo cómo unos cuantos indigentes ocupaban los lugares del gobierno que los adinerados habían abandonado, y poco a poco empezaban a cometer las mismas faltas que sus antecesores.

El doctor huyó a los EE. UU., desde donde se desentendió por completo de los sucesos de su país. No tardó en ser una persona destacada en la comunidad de inmigrantes latinoamericanos. Siempre presente en los mejores eventos y requerido con frecuencia en conferencias. Seguía siendo el médico de la gente bien, sólo que ahora de la gente bien exiliada.

Gracias a su fama y su reputación, el doctor fue uno de los invitados de honor en una recepción, a la que también asistiría el actual Ministro de salud del país del que el famoso galeno había emigrado. La lujosa recepción se llevaría a cabo en Chicago y el médico no dudó en asistir, no por envanecerse, sino para ir a mofarse de sus compatriotas.

“Ya me imagino la clase de indio pendejo que debe ser el ministrucho ese”, seguía pensando el doctor en su lujosa habitación de hotel en Chicago, antes de volver a ensayar el discurso que daría esa noche en la recepción. Pero alguien tocó a la puerta de su cuarto, delicada y rítmicamente, suaves tonos en la madera de la puerta, interrumpiendo así el solitario ensayo del médico. Éste fue a abrir y su sonrisa se desdibujó cuando dos hombres entraron violentamente en la habitación.

“Buenas noches doctor, soy el Ministro de salud…”, dijo uno de los dos recién llegados, quien tenía una pistola muy desgastada en su mano derecha, la cual medio cubría con una almohada. “A que no me recuerda. Pinche doctorcito, no estoy aquí pa’ contar historias, sino pa’ que vea que yo sí me acuerdo de usté”, dijo y de inmediato disparó a la cabeza del doctor, quien cayó muerto como si fuera un bulto de papas arrojado de un camión.

El acompañante del Ministro, un pandillero en ropa elegante, tomó el arma que le ofrecía el asesino mientras éste le decía: “Dale otros tres disparos y ya sabes, nunca me conociste. Si me fallas cabrón, no sólo no le va a ir bien a tu familia, sino que primero te carga la chingada a ti y luego se los carga a todos ellos peor que a ti. Así que ya sabes”.

“No, no le fallaré Ministro, y créame que siempre me acordaré de usted”, dijo el pandillero en disfraz de elegancia mientras propinaba otros dos balazos al cadáver del galeno y el Ministro de salud desaparecía por el elevador.

revolver

José y Mateo (historia de jardín)

Todo sucedió en el jardín de una casa, ni grande ni pequeño, pero un jardín siempre verde bajo el cielo azul.
Allí vivía un gato, tan negro como la tinta que se chorreó en mi camisa una vez. El minino se llamaba Mateo, y sus amos le dejaban alimento para felinos en un pequeño plato color de rosa, más o menos del tono que pinta la pena en un rostro pudoroso de blanca piel.
En las ramas de un árbol de ese mismo jardín, vivía un gran pájaro, café como la bebida que mucha gente toma por las mañanas para despertarse. Los ojos del ave eran tan rojos y brillantes como lo es un camión de bomberos. El pájaro decía llamarse Bernardín, pero en realidad se llamaba José.
Un día José despertó al alba, y el alba despertó al mundo; esa mañana el ave, por misteriosas razones, decidió cambiar su dieta y probar algo distinto a lo que comía siempre. Por eso se aventuró a averiguar qué gusto tenía ese alimento para felinos que había en el plato rosado de Mateo.
Esa misma mañana, Mateo hubiera querido dormir profundamente hasta ya bien entrada la tarde, pero al acomodarse escuchó un ruido de picoteo en su plato de comida. Abriendo sus grandes ojos, tan verdes como las esmeraldas, Mateo vio cómo José estaba comiendo del plato rosa. “Vaya, qué pájaro tan descarado”, pensó Mateo sin envidia, pero con pereza (que no tiene parentesco alguno con ninguna persona apellidada Pérez que puedas conocer), “¡mira que venir a comerse mi alimento, así como si nada frente a mí!” Dicho lo cual, el gato cerró de nuevo sus ojos para regresar a sus sueños multicolores.
José siguió comiendo sin preocuparse de nada, y le gustó tanto el alimento de Mateo que desde ese día decidió no probar ninguna otra cosa que no fuera el contenido de aquel plato rosa.
Pasaron los días y Mateo observaba cómo José se alimentaba de su comida felina. “Vaya pájaro tan descarado y de pico tan largo”, dijo Mateo cuando perdió la paciencia, “¡mira que acabarse mi alimento y no dejarme más opción que nutrirme con las semillas y plantitas que él solía comer!”
Así fue que cuando Mateo decidía interrumpir sus sueños, comía semillas, hierbas y gusanos; en tanto que José, siempre tras despertar al alba, llenaba su barriga con alimento para felino. Esta costumbre terminó convirtiéndose en la rutina de todos los días.
Una mañana, tan brillante como los ojos de los enamorados, José quiso cantar, pero en vez de armoniosos silbidos sólo pudo emitir roncos maullidos. ¿Y qué crees que sucedió con Mateo?, pues que cada que su amo le acariciaba el lomo, en vez de ronrroneos el gato emitía gorjeos, tan perfectos que hasta el canario más amarillo se los hubiera envidiado.
A pesar de esos cambios, ambos continuaron su costumbre de alimentarse con lo que en apariencia no les correspondía, y las cosas siguieron cambiando. José empezó a dormir enroscado a la sombra del árbol, mientras Mateo subía a las ramas para acomodarse en el nido que José abandonó. Cuando José despertaba, afilaba sus garras en un viejo tronco, mientras Mateo subía a los cables de luz y desde allí se ponía a silbar.
El colmo fue cuando José dejó de despertar al alba, y el alba ya no despertó jamás en ese jardín, donde desde entonces siempre es de noche.
Si decides visitar el verde jardín de esta historia, verás al pájaro José dormido y ronrroneando a los pies del gran árbol, mientras el gato Mateo le silba bellas tonadas a la luna, blanca como una gran lámpara, o trata de volar hacia ella, sin conseguirlo.

Jubilado

El campanario de la centenaria catedral cantó las ocho de la mañana.

Frente al templo de alto rango se encuentra el palacio municipal, donde personas de la peor ralea supuestamente trabajan y abusan del poder, pues allí se ubican las oficinas del gobierno local, cuyas puertas abiertas de par en par permiten admirar las desgastadas escaleras que conducen a demasiadas puertas burocráticas dignas de una pesadilla de Kafka con fiebre.

Allí podemos admirar también las gruesas columnas, las baldosas rosadas, la placa conmemorativa y al encorvado Don Joselo, vejete enfundado en la chamarra de cuero negro que siempre utiliza en mañanas tan frías como la de hoy. Don Joselo piensa en su único hijo, ese que no le llamó ayer para felicitarlo por su cumpleaños número 70. “Gnña gni gnpogg engso gnme hangbla”, susurra tristemente para sí el ajado personaje enchamarrado que, debido a un accidente, quedó gangoso de por vida. Sí, recuerda a su hijo, de quien nada ha sabido en 35 años, bien podría hasta estar muerto, como su madre, y el viejo ni por enterado.

Su cerebro le muestra en la memoria la lápida de su mujer, en la que, debajo el nombre de ella (Margarita Sosa de Pérez) y los años que vivió (1935-1971), se encuentra grabada la frase: ‘Su esposo e hijo la recuerdan’. A Joselo se le hace curioso el hecho que recuerde tan bien esa lápida, pues sólo la vio el mero día del sepelio; así como el que justo hoy, esa frase suene tan cierta.

El campanario anuncia las fellinianas 8 y media, y el sonido de los tacones de un par de zapatos baratamente plateados delatan el presuroso andar de quien los calza. Es una “glamorosa” secretaria de la oficina de gobierno, de quien nadie sabe exactamente a qué se dedica pero nadie duda que se encuentra registrada en la abultada nómina de la dependencia. Don Joselo voltea en dirección a las pisadas como lo haría un perro ansioso tras identificar la aproximación de su amo. Su sorpresa es grata tras descubrir que se trata de Meche, la mujer de gruesas piernas, gelatinoso trasero, breve minifalda y escote desbordante de cortesana del Rey Sol, cuyas facciones naturales son imposibles de distinguir debido a las gruesas capas de maquillaje que cubren su rostro.

Meche tiene prisa por introducir su tarjeta a tiempo en el reloj checador de la oficina de recepción de rentas, y largarse de allí cuanto antes para regresar puntualmente a las 5 de la tarde para registrar el término de su jornada. A ella le encanta ser saludada por los hombres, pero “este viejo, aquí paradote todos los días”, le es verdaderamente repugnante. Por ello, siempre que puede, hace su máximo esfuerzo por esquivarlo. Pero hoy Joselo se encuentra en el punto preciso desde donde le es posible interrumpir el camino de todo aquel que pretenda ingresar al edificio municipal.

“Gngüenos gndías gnpgreciosa”, le dice cortésmente el septuagenario extendiendo caballerosamente su mano derecha a la mujer que ahora se encuentra a poca distancia. La dama -cuyas partes púbicas son consideradas públicas por el personal masculino de la oficina- le responde con un gélido desdén de sangre azul: “buenos días Joselo, ¿cómo te amaneció?…” Tratando de no detenerse para esperar la respuesta, ella le ofrece distraídamente su mano al viejo . El saludo pretende ser tan escurridizo como una sanguijuela aceitada, pero la pseudosonrisa fingida de Meche se convierte en mueca de incomodidad cuando trata de zafar su diestra del desesperado apretón con el que el anciano la aprisiona, a la vez que trata de acercar esos cinco dedos femeninos a sus resecos labios de hombre viejo para regalarles un casto beso.

“Gnmugñeca gnquédagte ugn gratito cognmiggo”, le ruega el viejo a Meche una vez que ésta logra liberar su mano con un jalón enérgico y definitivo. “No puedo Joselo”, le responde la mujer con sequedad y enfado, “tengo que checar, pero te juro que ‘orita regreso”. Mal acaba de terminar la última palabra cuando entra presurosa al palacio municipal y su imagen se pierde en un largo pasillo por donde va maldiciendo a Don Joselo y a la madre que lo parió.

El orgullo del viejo resiente el rechazo con amargura. “Gnhola gmargtita”, saluda Joselo cuando descubre que junto a él pasa otra mujer, ahora de aparentes 60 años (quien en realidad no llega ni a 50). “Hola Joselo”, es la fría respuesta de Martita, la cual mantiene su mandíbula cerrada con una dureza que produce pequeños latidos de sus sienes.

Ella también lleva mucha prisa por llegar a checar y se pasa de largo sin estrechar la mano del viejo que se queda esperando el apretón de manos. Los demás burócratas comienzan a arribar como carroñeros en parvada (el reloj checador juega el papel de cadáver reciente en esta farsa). Todos tienen la misma intención que las dos mujeres que lograron apersonarse a tiempo. Algunos saludan a Joselo como si fuese parte de su rutina, pero nadie permanece más de 10 segundos con él.

“Don Joselo”, le dice una voz jovial que se aproxima, “usted tan puntual como siempre, aunque ya ni trabaje aquí”. Se trata de Tomás, el actual encargado de la ventanilla de ‘aclaraciones’ -la misma que durante 40 años fue la responsabilidad laboral del anciano personaje. Honestamente Tomás no hace ni más ni menos cosas de las que Joselo solía realizar, antes de jubilarse, cuando atendía a la gente que llegaba hasta esa ventanilla para aclarar algún cobro injustificado o para denunciar alguna falla administrativa. Tomás, Joselo y todos los demás trabajadores del Estado que desempeñan trabajos similares en ventanillas similares, se limitan a encogerse de hombros ante cualquier queja llevada hasta su ventanilla y a expresar frases de un escuálido vocabulario compuesto por: ‘orita no puedo atenderle’, ‘la persona encargada no está y es la única que ve estas cosas’ y la escasísima ‘eso es todo’.

“Gnhola gntogmasito”, responde Joselo al saludo de su sucesor laboral y, para retenerlo un poco, le pregunta: “¿gnvio el gnfutgbol agnoche?” Tomás, conservando la sonrisa saludadora, sólo emite un “ajá” como respuesta y desaparece por el largo pasillo. Meche aprovechó la distracción que Tomás provocó en el viejo y se escabulló por una puerta lateral. Lleva mucha prisa, pues va a desayunar y luego tiene una cita con un empleado ‘nuevo’ -quien recién entro el lunes pasado a trabajar-, con el que practicará su bien ganada experiencia erótica.

“¡Ah qué Joselo”, dice un policía de unos 65 años a su antiguo conocido mientras se le aproxima, “tú siempre aquí tan temprano!” “¿Gnqué gnquieres gnpagquito? ¡Gno gntegngo gnada gqué hagcer!”, responde el aludido con resignación consciente otra vez de la mirada que lo ha atormentado durante esta mañana. “Nomás me acuerdo que cuando trabajabas no hallabas la forma de largarte de aquí lo más pronto posible como todos estos cabrones. Y mírate ‘ora: te la pasas aquí todos los santos días, parado y tratando de platicar con todos. Te dije que no te jubilaras, pero te ardía el andar de huevón. Todo para esto… Hasta creo que cuando te mueras (¡que Dios no quiera que sea pronto!) tu alma va a estar penando por aquí por muchos años; nomás por la pura costumbre”, le dijo el policía concluyendo con una carcajada tan sonora como sincera, y llevándose a la espalda su oxidada ametralladora fue a ocupar su sitio de guarda en el banco que está cruzando la calle.

Joselo rió, pero muy adentro sintió lo triste de su realidad. Si su mujer viviera… ella ya le habría perdonado todos los golpes e insultos que le propinó, tanto sobrio como borracho, durante su breve matrimonio. De seguro ella tampoco se acordaría de las múltiples infidelidades de Joselo “Gnal gfin ngy al cagbo gtodas las ngviejas con las que engagñé a gnmargarita estagban horrigbles”. A lo mejor lo que más le hubiera costado a ella perdonarle eran las frecuentes golpizas que él le solía propinar al niño (Joselito). Pero sí, el viejo cree sinceramente que su mujer ya le habría perdonado hasta eso. ¿Quién iba imaginar que algún día llegará a extrañar a Margarita? Pero ella está muerta y Joselito quién sabe en dónde diablos (“Gnmégdigo gndesangradecigdo ngya gni ngpor que gnyo gle gdaba de ngtragar”). A Don Joselo únicamente le queda seguir con el tren de vida que conoce.

El viejo voltea su alargada cabeza y se encuentra con Martín (el vendedor de tamales), uno de los pocos con los que sostiene verdaderas conversaciones, y ambos comienzan a discutir acerca de lo que debe hacer el presidente de la República para sacar adelante al país. Mientras Joselo y el tamalero discutían acerca de los fraudes electorales, en el pecho de Joselo nació un agudo dolor, haciendo que el viejo dibujara en su rostro un perfecto rictus de mártir católico, mientras la cara del tamalero mostró una repentina preocupación.

Joselo sólo dijo “Gngaaay Gncangrajo”, mientras con las manos se oprimía con fuerza el pecho y se desplomó para no volver a levantarse. El lunes siguiente todos los burócratas comentaban entre sí de lo buena persona que era el viejo Joselo, de lo buen amigo que era de todos y de lo mucho que lo extrañaban. “Mira que venir a morir justo aquí”, decía en su mejor ‘tono sabio’ el policía de 65 años. Dos semanas después, todos tenían las mismas prisas de siempre para ir a “checar” sus entradas y sus salidas y nadie, nadie salvo en esporádicas borracheras de oficina, volvió jamás a acordarse del viejo Joselo.

Deseo

La fecha del festejo anual hizo de nuevo su aparición. Qué diferente es ahora su llegada, comparándola con los felices tiempos de tu infancia que, por su despreocupación, siempre consideras los mejores de tu vida. Antes esperabas emocionada esta fecha, ahora lo que quisieras es omitirla para siempre. Hoy no habrá pastel con velitas, pues por medio de argumentos dignos de la peor película de acción, y excusas que pareciste haber extraído de la chistera de un mago fracasado, mandaste diplomáticamente al cuerno a todas tus amistades y conocidos. Esta noche, por iniciativa propia, no habrá celebración de cumpleaños para ti.

Quizá si contaras con una pareja permanente tu humor sería distinto… pero el caso es que hasta el momento ningún ‘caballero’ ha querido asumir tal compromiso. ¿Acaso es realmente imposible encontrar un hombre correcto en el mundo?, por lo menos la respuesta que das, basada en tu propia experiencia, resulta afirmativa. Lo peor no es que tu paciencia se esté acabando, sino que tu reloj biológico está a punto de detonar la bomba del embarazo riesgoso, y de ahí al embarazo imposible sólo hay un paso.

Para colmo de males, sabes bien que tu piel ya no se ‘recupera’ tan rápidamente como antaño y que con las tendencias estéticas obligadas que pronto adoptará tu figura deberás renunciar a ciertos caprichos de la moda que solías seguir con religiosa fe. ¿Cuánto tardarán en aparecer esas temidas manchas en los dorsos de tus manos? Esas como pecas que tanto tu abuela como tu madre tuvieron cuando entraron de lleno al otoño de sus vidas. Ellas por lo menos contaron con hijos que las distrajeran un poco y no se concentraran en la conciencia de sus propias decadencias. Pero tú…

De repente sientes que es un tanto ingrato quejarte, pues puede decirse, sin engaño alguno, que eres una mujer exitosa. Solitaria, sí, pero exitosa. ¿Habrá sido así la vida de la reina de Saba?… ¡No!, acuérdate que el mismo Salomón anduvo perdido tras ella, y ese rey no es conocido precisamente por haber sido un idiota, ¿verdad? Así que la reina de Saba tuvo sin duda mucha suerte (o por lo menos más que tú).

¿Cómo podrás olvidar la fecha de hoy?, enterrarla lejos del alcance de tu memoria. ¿Cómo puedes ignorar que hoy cumples otro año más? Nada de alcoholizarte, eso está descartado, es demasiado patético hacerlo sola y a la larga terminaría empeorando tu estado emocional. Te conoces muy bien. ¿Qué te parece salir a dar la vuelta?, mezclarte anónimamente entre las masas de desconocidos, entre todo ese ejército que ignora que hoy cumples años. No importa que noten tu soledad, pues tú notarás también la de ellos y lo más probable es que no te los vuelvas a encontrar de nuevo –y si los vuelves a topar, lo más seguro es que ni siquiera recuerdes sus facciones y ellos desconozcan las tuyas–.

¡Al diablo con todos!, ¿qué importa que noten tu soledad? Pides un taxi. Sólo una retocada de maquillaje antes de salir. Aunque no lo aceptes, siempre estás ilusionada con que sorpresivamente conozcas a tu príncipe azul. No lo aceptas, porque la desilusión es peor cuando regresas con las manos vacías. Pero arreglas tu apariencia porque esa esperanza silenciosa por un encuentro milagroso persiste muy dentro de ti.

En el espejo observas tus magistrales trazos de maquillaje que, sin embargo, no pueden ocultar del todo la crudeza del presente. Nada puede evitar que notes que ya no eres la misma, que el tiempo realmente pasa con rapidez y se lleva la lozanía con él. ¡Mira esas marcas de expresión!, antes solían ser parte de un gesto efímero y encantador, ahora están decididas a permanecer en tu rostro como grietas en la roca.

¡Carajo!, lo que más te duele es que no eres fea, nunca lo has sido, y tu belleza tardará un buen tiempo en marchitarse completamente. Entonces, ¿por qué fregados no has encontrado al hombre correcto? Una de dos: o todos los hombres son realmente unos hijos de la mierda o tú tienes el peor tino que haya existido en la historia para encontrar pareja. Eso te recuerda la idea que planteaste una vez con ciertas amigas: “Eva fue la mujer más suertuda de todas las que han existido o fue la más resignada. Todo depende de cómo haya sido realmente Adán”. En fin, hora de salir, el taxi llama a tu puerta.

Extraño espectáculo el de la ciudad de noche. Ignoras completamente al conductor que pretende iniciar una plática contigo y prefieres mirar al exterior hundida en el silencio. Desde el auto observas problemas por todos lados, espacios vitales invadidos, olor a podredumbre. A pesar de todo seguimos aquí hacinados, y no sólo eso, sino que la mayoría tiene el descaro de reproducirse. Claro que aceptas que tú no te has reproducido, no porque te falten ganas. Recordar el asunto de la reproducción ensombrece aún más tu mente.

Ahora consideras que la vida es absurda, ¿qué razón hay de continuar con ella? ¡Hey!, mejor cállate, cambia tus ideas. No te vayas a deprimir como la otra vez. Recuerda esos días de melancolía constante, los medicamentos, el tratamiento, ¡un verdadero infierno! Todo por culpa de ese imbécil que te hizo construir grandes expectativas. Ese idiota que tras jurar amor se largó tras conseguir lo que buscaba. ¡Carajo!, de haber querido recordar tantas desdichas mejor te hubieras quedado en casa.

Bajas del taxi y piensas que sería bueno conocer, aunque sea por unos segundos, los más íntimos pensamientos de las demás personas. Saber qué piensa cada ser que deambula por esta importante avenida de comercios finos donde se venden productos de caras firmas internacionales y tan grandes como lujosos edificios habitacionales. ¡Qué curioso!, no todos los transeúntes están al nivel socioeconómico del rumbo. Por ejemplo, observa a ese limosnero que lleva en su mano izquierda un objeto dorado (de seguro el recipiente que utiliza para que la gente de buen corazón, o de gran culpa, deposite las limosnas). El hombre tiene una mirada tan perdida que parece realmente profunda, aunque descubres en ella algo más… Imposible que este pobre individuo pueda entrar en la tienda de la esquina y mucho menos tendrá la más ligera oportunidad de habitar en uno de los departamentos que hay por aquí. ¡Ja!, ni siquiera podría ser admitido como sirviente.

Ahora tienes la certeza de que él te mira y se aproxima a ti, ¿qué diablos querrá contigo este miserable? Lo único que te faltaba es ser importunada por un pordiosero, así que mejor desvías tu rumbo y por seguridad entras en el lobby del edificio más cercano. El guardia de la puerta te permite la entrada sin preguntarte nada, limitándose a saludarte cortésmente (tal y como lo aleccionaron en la compañía donde labora). Todo porque deduce, por tus ropas, que perteneces al círculo de gente que tiene derecho a darle órdenes, grupo del que automáticamente excluye al limosnero. Desde el lobby alcanzas a observar cómo el guardia deja de ser el sumiso portero, para convertirse en un déspota que utiliza todo el poder que tiene a la mano para humillar al pordiosero y ordenarle groseramente que se largue de allí. Decides esperar en ese sitio un tiempo razonable como para que el indigente se haya alejado.

Es curioso, pero no puedes olvidar la mirada del pordiosero, había en ella algo que iba más allá de la infelicidad (casi todos lo pobre son infelices, aunque, pensándolo bien, los ricos no se quedan muy atrás, sólo que éstos compran las posibilidades para disimularlo). ¿Quién sabe qué sería lo que te inquietaba de esa mirada?, pero no escapaste de los probables festejos de tu cumpleaños para divagar acerca de las diferencias económicas ni para descifrar las amarguras de un indigente. Ves que el portero abre la puerta servicialmente –quizás debieras decir ‘servilmente’– a una parejita de jóvenes pudientes. Él es muy apuesto, aunque en honor a la verdad debes aceptar que ella es muy hermosa. Te llaman la atención porque ambos parecen estar embriagados por algo mucho más banal y material que el amor, incluso te atreverías a apostar que vienen bastante drogados. A pesar de su estado químicamente alterado, se esfuerzan en mostrar al mundo su cariño mutuo. Hay algo de falso en esa efusividad casi violenta. La imagen te resulta insoportable y optas por largarte de allí. El mendigo ya debe estar lejos.
Das al guardia una sonrisa condescendiente que él te regresa deseándote buenas noches (aunque no dudas que bajo esa cortesía te odie por motivos meramente clasistas) y sales a la calle. Tu mirada es atraída hacia un costado de la gran puerta, donde descubres un objeto metálico. Es, sin duda, el artefacto que cargaba el pordiosero. Lo levantas y te sorprende descubrir que se trata de una lámpara como aquellas que aparecen en los cuentos infantiles. Una lámpara metálica, en cuyo interior se colocaba aceite para alumbrar la oscuridad en las mil y una noches. ¡Vaya regalo de cumpleaños!

Es en verdad curioso encontrar una de estas cosas hoy en día. ¿Y si…?, no, ¡qué pendejadas se te ocurren! Qué ridícula te verías frotando la lámpara en espera de un genio, ya eres una adulta para siquiera pensar en semejantes ridiculeces… Aunque, ¿quién sabe? Miras a tu alrededor y sigues viendo a gente pasar, cada quien clavado en sus propios pensamientos (¡ah, la típica frialdad urbana!). Nadie te está viendo, ni siquiera parecen enterarse que estás allí. ¡Frota la lámpara!, total, no pierdes nada. Aquí vas, una pequeña frotadita y…

¡Diablos!, todo lo que te rodea se detiene, como si hubieras puesto ‘pausa’ en una película. Todo está quieto, los pasos de los peatones se congelaron en el momento preciso en que frotaste la lámpara, incluso el humo del cigarro de aquella mujer forma una escultura en apariencia permanente. Quietud absoluta, todo permanece estático, excepto tú y ese humo violeta que sale de la lámpara que paulatinamente se transforma en un gigante de tres metros vestido a la vieja usanza oriental.

“No te sorprendas por mis atuendos”, te dice el gigante con una sonrisa sarcástica en el rostro, “pero los uso únicamente para dar el dramatismo cursi que se espera de esta situación. Ahora, supongo que imaginarás qué sigue. Por lo tanto me ahorraré las explicaciones y me concentraré en decirte que cuentas con un deseo, SÓLO UNO, el cual te será cumplido. Así que te recomiendo que lo formules CON SABIDURÍA”.

Tras sus palabras, el genio cruza sus musculosos brazos y dirige su mirada al cielo, como si con esta acción procurara no apresurarte en la toma de tu decisión. Curiosamente tú no estás muy sorprendida, es como si esto no fuera extraordinario, después de todo, cuando eras niña creías en ello. Miras hacia la gente estática, como buscando inspiración y las ideas comienzan a galopar en tu cerebro como desbocados obesos hambrientos en un festín.

Te preguntas qué puedes pedir. ¡Dinero!, supones que esa es la primera opción que se les ocurre a quienes enfrentan esta situación, o por lo menos eso cuenta la tradición. Pero no, no la riqueza, hace unos momentos pensaste que los ricos no son felices; además, ya tienes las cosas materiales que necesitas, y hasta te sobran. Debes pedir algo que… ¡concebir un hijo!, ¡eso es! Después de todo, es lo que más ansías. Sí, un pequeño… aunque, ¿de qué te serviría un niño sin que tú cuentes con un compañero que te ayude a criarlo? Entonces decides pedir un hombre al que puedas entregar tu vida, sin restricciones. Sientes que el genio te mira, y descubres que es así. Él parece adivinar tus pensamientos y con una sonrisa parece indicarte que te tomes tu tiempo, que la decisión no debe hacerse tan a la ligera, que esta oportunidad jamás se repetirá.
De súbito se te ocurre que hay algo aún mejor. Tu deseo será no envejecer, detener de una vez por todas ese fastidioso proceso de decadencia en tu cuerpo. Con ello consideras que lo obtendrás todo: encontrar por ti misma al hombre adecuado, sin importar lo que esto tarde y tener un hijo (o los que quieras) cuando se te pegue la gana. ¡Ese es un verdadero deseo para pedir a un genio!
Abres los labios emocionada y dices al genio: “Mi deseo es jamás envejecer”. Él como respuesta suelta una gran carcajada, cargada de dramatismo (sin duda lo que la tradición dicta en estas situaciones), y chasquea los dedos de su mano derecha, para desaparecer en el acto tras decir: “Concedido”. La calle recobra todo su movimiento como si nada hubiese pasado.

Esperas ansiosa algo, un destello, una gran explosión, algo espectacular que te indique el cumplimiento de tu deseo (el genio tenía razón con respecto al efectismo cursi al que estamos acostumbrados), pero no sucede nada fuera de lo normal. De repente escuchas gritos de terror y notas que la gente detiene su paso y todos miran hacia arriba de tu persona. Tú decides no voltear y cerrando los ojos esperas que una fuerza sobrenatural recorra tu cuerpo, algo así como una energía que impida que tu organismo envejezca. Lo único que obtienes es un fuerte golpe que de sopetón termina con todos tus signos vitales, y quiebra la mayoría de tus huesos. No más esperanzas de vida, este es tu adiós para con el mundo cruel.

***

El día siguiente fue jueves, y como tal, toda la gente continuó con su rutina en espera de que llegara el viernes. Claro que dentro de toda rutina deben existir situaciones que rompan con la monotonía, pues de no ser así, la humanidad realizaría tarde o temprano un suicidio colectivo y la Tierra tendría que esperar varios millones de años para que las cucarachas evolucionen y ocupen el sitio dejado vacante por los hombres. Ese jueves, la rutina fue alterada por una curiosa noticia acerca del fallido intento de suicidio de un apuesto joven pudiente, quien tras pelear brevemente con su prometida decidió saltar desde la ventana de su lujoso departamento.
Quién sabe si el joven hubiera intentado tal acción de haberse encontrado sobrio, pero el caso es que, tanto él como su novia, estaban bajo los efectos de ciertas drogas ‘duras’ mezcladas con alcohol. Pero esto no fue lo más curioso, sino que el joven resultó totalmente ileso tras su salto. Lamentablemente no se pudo decir lo mismo de la mujer que estaba en la acera, sobre la que él cayó y la cual murió en el acto. Ella era de mediana edad y su cuerpo amortiguó la caída del suicida. En la necropsia se descubrió que la mujer sacrificada se encontraba con tres semanas de embarazo.

Lo que siempre se preguntarán los testigos del suceso es por qué la víctima no se apartó del punto donde se hallaba, a pesar de que todos le gritaron que así lo hiciera y, en vez de correr, sólo cerró los ojos con una dulce sonrisa en el rostro.

***

En algún lugar de la ciudad, dentro de una vieja lámpara de latón, un genio sonríe satisfecho de haber cumplido tres deseos en uno solo, y descansa mientras espera que otra persona afortunada deje a un lado los prejuicios y se atreva a frotar la lámpara.

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Afuera de la estación Bellas Artes (la artista de la Alameda)

Saliendo de la estación del metro Bellas Artes, por esa salida que tiene una donación francesa, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero, de los pocos logares en pleno centro de la ciudad DeFectuosa donde hay más de seis árboles juntos.

Es un lunes por la tarde, una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos del parque y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato, que garantizan una diarrea ideal.

Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso de los compositores sordos está Ella, acompañada de su grabadora de baterías, la cual toca a todo volumen los éxitos de una pseudoestrella de la música pop cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente.

Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudoestrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y le permite mostrar sus delgadas piernas cubiertas de medias negras algo rasgadas y más corridas que la pista del Derby de Kentucky Fried Chicken, calza zapatos negros de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente.

Ella, la mujer, tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora. Lipsync de ruido rítmico con palabras ininteligibles. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, como una casta ignorancia para no hacerla sentir ridícula, pero que realmente la ven de reojo.

Algunos recatados mirones son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo se escuchan dentro de su cabeza, diciendo: “Gracias, son todos muy amables…”

Un viejo con pinta extraña, sucia como charco citadino, es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención lasciva. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en un museo de arte moderno.

Comienza otra canción de la pseudoestrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida.

Mira a la mujer bailarina con mucha atención, que no se preocupa de disimular. Pero en sus ojos no está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde. Pero no todo en él es la apremiante necesidad de la sexualidad contenida, en su mirada también se nota la soledad y la compasión.

La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apretable para bebé.

La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles. Los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción.

Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y el abandono en la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión.

Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe su actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora.

De repente se hizo de noche, y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse.

El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El embriagado par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la sonrisa. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él.

El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa.

Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella sólo distingue la lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía.

Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”.

Otra cosa rara: el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación.

La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas.

En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños estúpidos y malcriados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.

Foto de http://www.fotolog.com/moed_eliel/98580947/
Foto de http://www.fotolog.com/moed_eliel/98580947/

El recuerdo

Los fuertes golpes sin ritmo que castigaban la madera de la puerta pusieron al doctor prejuiciosamente en contra de quien los producía. Todo ese día había sido infernal para él, demasiadas consultas y poca su paciencia, además se había enterado de las persecuciones desatadas desde que explotó la violencia; y sin embargo, en lo referente a los disturbios, estaba tranquilo, pues su consultorio se encontraba muy lejos de ese rojo huracán de fuerzas políticas que comenzaban a disputarse el poder.

 

Los ruidosos golpes se intensificaron con desesperación. Con tanta insistencia la gruesa y sólida puerta terminaría siendo derribada, si es que el doctor no la hubiera abierto.

Apenas una abertura de milímetros bastó para que de inmediato se desatara una fuerza animal que permitió que se precipitaran al interior del consultorio dos hombres de humilde aspecto. Uno de ellos con rostro gobernado por la adrenalina, y con una pistola en la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía a su compañero, un hombre que además de encontrarse embarrado de excremento sangraba profusamente del costado izquierdo.

“Doctor, tiene que ayudar a mi hermano”, dijo el de la pistola, apuntándola, junto con su mirada, a los ojos del galeno, “al cobarde le dispararon y hasta se cagó del miedo”.

Al doctor no le impresionó la pistola, ni la mirada, ni el herido, ni la hediondez, lo que le impresionó es que “esos malditos indios” no sólo entraban en su consultorio, sino que se atrevían además a darle órdenes. ¡A él!, que era el famoso médico de la alta sociedad y del sector adinerado de la baja suciedad que se conoce como ‘políticos’. Era el prestigiado médico de la ‘gente bien’. ¡Venir a darle órdenes a él que tanto había estudiado y tanto se había esforzado por alejarse de la ‘gente como ésta’! Indios que llegaban de repente a su consultorio como ‘malditos mensajeros del pasado’. No necesitó del prejuicio nacido de los golpes a la puerta para odiarlos.

“Yo no puedo curar este tipo de heridas”, dijo fríamente el médico mientras que con un rápido vistazo vio que la herida no era de gravedad.

“Usted lo va a curar porque lo va a curar doctorcito”, dijo amenazante con cólera contenida el hombre de la pistola, mientras ésta emitía un metálico clic que anunciaba un potencial disparo fatal.

Ante un argumento tan contundente e irrebatible el doctor dijo: “está bien, lo haré, pero deja de apuntarme con tu pinche pistola. ¡Anda, o se te muere tu hermano!”

El tipo armado dejó la pistola sobre una lujosa cómoda, incómoda hasta para alegrar la vista, y el médico le dio unas toallas para que fuera a limpiar a su hermano en el sanitario. El individuo armado decidió no perder de vista al doctor y tomando las toallas limpió a su hermano allí mismo, mientras el médico preparaba sus instrumentos para la intervención.

El doctor observaba con asco la piel cobriza de los otros dos que, a juzgar por sus huaraches y sus cicatrices, eran campesinos. Preparó todo y cuando se acercó al herido comprobó que su primer diagnóstico había sido por demás acertado. “Esto no es grave”, pensó.

Extrajo la bala con facilidad e hizo la sutura, pero entre ambas acciones decidió romper su juramento hipocrático una vez más, sólo que esta vez no por dinero, sino para vengarse de lo que percibía como una de las peores ofensas que había sufrido en su vida. Durante la ‘curación’, metió cuidadosamente el bisturí, que al igual que los otros instrumentos no había esterilizado, e hizo varias incisiones en el colon del herido. “Con esto cabrón saldrás de aquí, pero no durarás mucho”, pensó el médico al terminar los cortes.

Mientras duró la intervención, el tipo de la pistola dio al doctor un discurso sobre la injusticia. “Pos sí doctorcito, usted seguro ni se imaginaba que esto pasaría. Tan lejos de donde ‘orita está la matadera, usté en su casita, en un lugar tan bonito. Pero ‘ire así de fácil como llegamos aquí, vamos a llegar al gobierno. Y ‘ora sí se acabaron las injusticias, se acabaron los pobres. Ya verá cómo los ricos nos van a rogar a nosotros cuando séamos el gobierno. Pero yo a usté no lo voy a olvidar por lo de hoy”.

El médico no decía nada, simulando estar concentrado en su labor, pero pensó: “seguro te vas a acordar de mí, hijo de tu chingada madre, seguro te vas a acordar”. Al final, cuando dijo que la operación había concluido, el revolucionario de la pistola decidió irse de allí inmediatamente con su convaleciente hermano.

“Gracias doctor”, dijo el de la pistola como despedida, “siempre me acordaré de usté”. El doctor no dijo nada y los vio escaparse en su auto de lujo último modelo que había comprado con las curaciones que le hizo a un secretario de Estado.

El herido no vivió por mucho tiempo.

El doctor no fue testigo presencial del triunfo de la revolución pues, al igual que todos los demás ricos, huyó a tiempo del país mientras los pobres seguían siendo pobres, viendo cómo unos cuantos indigentes ocupaban los lugares del gobierno que los adinerados habían abandonado, y poco a poco empezaban a cometer las mismas faltas que sus antecesores.

El doctor huyó a los EEUU, desde donde se desentendió por completo de los sucesos de su país. No tardó en ser una persona destacada en la comunidad de inmigrantes latinoamericanos. Siempre presente en los mejores eventos y requerido con frecuencia en conferencias. Seguía siendo el médico de la gente bien, sólo que ahora de la gente bien exiliada.

Tanta fue su fama y su reputación, que el doctor fue uno de los invitados de honor en una recepción, a la que también asistiría el actual Ministro de salud del país del que el famoso galeno había emigrado. La lujosa recepción se llevaría a cabo en Chicago y el médico no dudó en asistir, no por envanecerse, sino para ir a mofarse de sus compatriotas.

“Ya me imagino la clase de indio pendejo que debe ser el ministrucho ese”, seguía pensando el doctor en su lujosa habitación de hotel en Chicago, antes de volver a ensayar el discurso que daría esa noche en la recepción. Pero alguien tocó a la puerta de su cuarto, delicada y rítmicamente, interrumpiendo el plan ensayístico del médico. Él fue a abrir y su sonrisa se desdibujó cuando dos hombres entraron violentamente en la habitación.

“Buenas noches doctor, soy el Ministro de salud…”, dijo uno de los dos recién llegados, quien tenía una pistola muy desgastada en su mano derecha, la cual medio cubría con una almohada. “A que no me recuerda. Pinche doctorcito, no estoy aquí pa’ contar historias, sino pa’ que vea que yo sí me acuerdo de usté”, dijo y de inmediato disparó a la cabeza del doctor, quien cayó muerto como si fuera un bulto de papas arrojado de un camión.

El acompañante del Ministro, un pandillero en ropa elegante, tomó el arma que le ofrecía el asesino mientras éste le decía: “Dale otros tres disparos y ya sabes, nunca me conociste. Si me fallas cabrón, no sólo no le va a ir bien a tu familia, sino que primero te carga la chingada a ti y luego se los carga a todos ellos”.

“No, no le fallaré Ministro, y créame que siempre me acordaré de usted”, dijo el pandillero en disfraz de elegancia mientras propinaba otros dos balazos al cadáver y el Ministro de salud desaparecía por el elevador.

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