La justicia suele ser una utopía

Era un perro mediano. No tan grande como un san Bernardo, pero de un tamaño que le permitiría comerse completo a un chihuahueño, sin problema. Ignoro de qué raza era el perro en cuestión, desconozco las razas caninas así como los modelos de autos, aunque puedo identificar un san Bernardo, un chihuahua y los perros salchicha (a estos últimos porque parece que me odian, siempre quieren atacarme sin razón e incluso uno de ellos me mordió recientemente, por el simple hecho de que lo estaba ignorando).

Era un perro mediano de color negro, siempre tranquilo viviendo en la azotea de una casa de dos pisos. Sus dueños jamás jugaban con él, nadie vio que alguna vez lo bañaran y nunca lo sacaban a pasear. Desde muy pequeño lo subieron a ese techo y allí se quedó, quizá resignado. Sus propietarios le subían agua y alimento, pero eso era todo, ninguna convivencia, ignoro si tenía siquiera nombre. Desde esa modesta altura, el perro negro siempre miraba el mundo pasar, con sus ojos llenos de melancolía. Parecía un gurú en desgracia zen arriba de una colina.

Jamás ladraba. Nunca le ladró a la anciana demente que caminaba todas las tardes por esa calle, la viejecita que usaba lentes con cristales de fondo de botella y que llevaba largas agujas de tejer entre su pelo y su gorro de estambre en tonos grises, para “defenderse de cualquiera que intentara violarla”. El perro negro tampoco le ladró al vejete perezoso que vivía a dos cuadras de distancia, ese que en su desempleada juventud robaba dinero a los niños que encontraba y que ya de viejo siempre pasaba frente a la casa del perro, temprano por las mañanas, para ir hasta la gran avenida y sentarse afuera del templo de santa Ana para pedir limosna a los piadosos que salían de misa. Jamás me ladró a mí, que solía caminar diario por allí para que no se me atrofiaran las piernas (el pinche salchicha que me atacó vivía a diez calles de distancia). Nunca le ladró al cartero, ni a los repartidores de agua, tampoco a los recolectores de basura ni a los repartidores de publicidad impresa, que al final terminaba siendo más basura que nadie recogía.

Un día, un niño rubio de 10 años que vivía en la casa contigua a la del perro negro, y que siempre miraba al can de la azotea vecina con añoranza, pues sus papás se negaban a que tuviera una mascota propia, decidió subir sigilosamente al techo de su casa y de allí pasar al del perro negro para jugar con él. El perrito lucía siempre tan tranquilo…

Cuando el niño pasó al techo vecino, el perro negro sintió que su espacio estaba siendo invadido, y no sólo ladró por primera vez a un humano, sino que se avalanzó hacia el pequeño con furia, lanzándole dentelladas a los brazos y al rostro, empujando con sus ataques al niño hasta el borde de la azotea.

Los gritos del infante y los ladridos y gruñidos del atacante hicieron que el dueño del perro negro se alarmara, y al notar lo que pasaba prácticamente arriba de su cabeza le dijo al niño que no se moviera, que no gritara, subió al techo de su casa y sin mucho esfuerzo controló a su perro, quien recuperó como por arte de magia la paz que solía caracterizarlo.

El niño fue llevado al hospital, se le administró la vacuna antirrábica, creo que la antitetátina también, y varias puntadas fueron necesarias para suturar sus heridas. En su rostro quedaron cicatrices, no muy desfigurantes, que le harían recordar esa experiencia el resto de su vida.

Basándose en el principio que acabó con el último tigre de Sumatra, que dice: “una bestia que ha probado sangre humana, jamás se saciará hasta matar a todos los hombres [o mujeres] que pueda”, el perro negro fue sacrificado.

La justicia suele ser una utopía.

Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Pide un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre. Si vieras los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior lo podrías comprobar. Y nada qué decir de la mugre en sus ropas, en sus brazos y en su cara. Llevaba su mugre como si de una fiel compañera se tratara.
Tenía que ser un niño desgraciado, al menos en apariencia, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?
“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no estuviera obstruyendo el paso de nadie, simplemente para propinarle un puntapié.
“Malditas dos monedas, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.
“¿Por qué tenía el niño padrastro y madrastra?”, quizá te estés preguntando ahora. La respuesta es simple, nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera de una iglesia. El párroco de ese templo fingió no ver la caja, y se dispuso a dejarla donde estaba, para que alguna alma caritativa pudiese practicar la piedad.
La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la madrastra vio una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.
El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.
No era una idea religiosa, porque de religión no sabía nada. No era que se lo inculcaran sus padrastros, quienes se revolvían todos los días en amargura, y cuyos pensamientos no iban más lejos que el color de una botella o la redondez de tres monedas. No era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó del maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno, ninguna idea de cualquier otra clase.
El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.
Una tarde, después de haber recibido tres monedas en la zona comercial de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.
Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.
Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz del sol. Y todo allí era, sin embargo sombra.
El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa, cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.
“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un sola vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.
“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.
“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.
El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar a los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.
“Que ya no haya maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.
El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue una cegadora luz y quietud. Los edificios desaparecieron, como desapareció el bullicio.
Al recobrar la vista por segunda vez en el callejón, el niño se encontró de repente en un bosque, nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales salvajes.
Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.
De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso. Y al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

gnome

El tercer twinky

Hacer un testamento no significa que uno piense que morirá pronto, que tenga planeado adquirir un boleto de ida al más allá, para no regresar jamás a Lagrimalandia. No debe ser así. Hay gente que realiza su testamento antes de empezar a notar buitres sobrevolando en círculo sobre su cabeza, con la anticipación suficiente, porque uno nunca sabe cuando llegará al límite de su historia personal, y para no dejarle nada al Estado o al pútrido gobierno en turno (todo pueblo tiene el gobierno que se merece, y en general los pueblos son unos jodidos ignorantes que no saben ni jota, sobre todo en América Latina) lo mejor es realizar un testamento. De paso, el testamento significa también no dejar problemas a los supervivientes que seguirán respirando, para el cuando nosotros no lo hagamos más.

Así pensaba un tipo mientras iba a recoger su testamento recién elaborado, para guardarlo y que estuviera a la mano de la gente que él quería, para cuando él muriera. Por ley del menor esfuerzo fue a dictar su testamento en la misma notaría en que lo hizo su padre, en esa zona oficinística donde el tipo susodicho solía trabajar. Hacía años que por una de las periódicas crisis económicas de la globalización él había sido despedido, por lo que esa zona era ahora algo ajena para él, pero lo suficientemente familiar para dictar por esos rumbos el documento de su legado.

Recogió su testamento una fría mañana de diciembre y salió feliz y tranquilo de con el notario, ahora el tipo podía morir sin preocupación, aunque no planeara hacerlo pronto.

Como le sobraba tiempo, decidió dar un recorrido por esa zona que solía conocer tan bien.

Cuatro años y todo parecía cambiado, los pequeños negocios de antes, que cuando el tipo trabajaba ya teníab más de 30 años de historia, habían quebrado, y ahora todo era comida rápida, sucursales de restaurantes trasnacionales y caras tiendas para gente pudiente (políticos y ladrones, en su mayoría). Los trabajadores de la zona parecían la misma de antes, jóvenes en su mayoría, vistiendo para parecer lo más gringo posible. Globalización.

El tipo notó que las historias, dramas o comedias parecen ser siempre los mismos, y que lo único que cambia son los escenarios. La gente envejece, pero siempre hay gente naciendo cada día, que también envejecerá a cada hora.

El tipo decidió entrar en una tienda y ver si aún vendían los twinkys. Sí, de hecho allí estaban, twinkys de vainilla. Él llevaba cerca de 30 años de no probar uno. ¿por qué recordó esos pastelillos cremosos, rellenos y secos? Mantecosos y grasientos, nada saludables. Quizá a veces los recuerdos se agolpan sin orden ni discernimiento, y llegan así para aplastarnos sin consideración alguna. Puede uno estar recordando algo que sucedió hace 4 años, y la memoria se revuelve con recuerdos de la universidad o quizá de la primera infancia. Si te llega a suceder algo así, podrás presumir que ya se te puede llamar viejo.

El tipo compró una bolsa de twinkys, sorpendiénose un poco de que ahora se incluyeran tres, pues cuano él los consumía, siempre venían dos. Nunca le gustó el sabor de esos pastelillos, pero el placer que le producían era algo que siempre consideró extraño y extravagante. Solía de niño comerlos de uno en uno, lentamente, masticándolos hasta hacer el bolo masudo adecuado para que bajara por la traquea, un bolo seco que al descender hacia el estómago se iba atorando un poco por el camino, ocasionando una especia de asfixia momentánea, que el niño de antaño siempre consideró placentera.

Cuando el niño se hizo hombre nunca le dio por practicar esas piruetas o sensaciones amatorias que tienen que ver con asfixias. No, la asfixia sólo la había buscado en los asexuados twinkys, pero de eso ya hacía mucho tiempo.

Y ahora allí estaba él, en un escenario de un pasado no muy remoto, con una bolsa de twinkys recién comprada y como traída de un lejano ayer. Decidió ir a sentarse en una parada suprimida de autobús (curioso que aún estuviera allí esa banca, cuando hacía muchos años se había prohibido el paso de autobuses en esa calle), la misma banca en la que cuando trabajaba por allí, se sentaba a leer durante su hora de comida.

Se sentó, nadie más estaba allí, ¿qué caso tiene ponerse a esperar autobuses en un lugar por el que estos jamás pasarán? El tipo miró un par de anuncios en la parada, curioso que aunque suprimida hacía tanto tiempo, en la parada había carteles de publicidad reciente. El nuevo producto de Apple por un lado y Miranda Kerr anunciando diamantes en el otro.

Al ver el rostro de la modelo, aún de moda por ese entonces, un tanto lejos de ser otra top Model más en el cementerio de las olvidadas, de las anianas de 40 años que dejan de ser contratadas. El tipo, mientras miraba a Miranda Kerr recordó a una chica de la zona lagunera, llamada Sofía.

Otro recuerdo, pero éste era de hacía unos 13 años. Sofía tenía un rostro dulce, angelical e infantil, como el de Miranda Kerr, bastante parecido al menos, lo cuál hizo pensar al tipo que las apariencias suelen engañar. ¿No lo cantaba Elvis? Hay mujeres que son demonios disfrazados. Miranda Kerr quizá era como Sofía, una mujer calculadora y peligrosa, con disfraz de ángel inocente, dispuesta a reventar pelotas y bolsillos.

El tipo casi olvida sus twinkys. Pensando en Sofía/Miranda Kerr, abrió la bolsita y se zampó el primer pastelillo. Sí, la sensación seguía allí, la masa masticada se atoraba un poco al bajar por el tracto. Pero no resultó tan placentero como lo recordaba. Había que intentarlo de nuevo.

Así se echo a la boca el segundo twinky, el sabor también era distinto. ¿Será que el tiempo además de ajarnos y jodernos, también se roba el gusto, tanto de la lengua como de la vida? ¡Mierda!

El twinky segundo se atoró más que el  primero, ocasionando una asfixia leve, pero no placentera. Al sentir que se atoraba el alimento, el tipo miró a un par de guardaespaldas que vigilaban las compras de su ama en una tienda de joyas (precisamente la que anunciaba Miranda Kerr en el cartel). ¿Quién sería la mujer que los dos guarros cuidaban? ¿La esposa o la hija de un político prepotente (valga la redundancia)? ¿La amante en turno de un vejete mejor parado entre su pandilla de bandidos que su miembro bajo las sábanas? ¿Qué tal si era Miranda Kerr comprando algo por aquel lugar?

El pensamiento hizo reír al tipo que mientras se distraía mirando a los guardaespaldas. Recordó el tercer twinky, ese extra que lo retaba a romper con la tradición de los dos pastelillos atorados. Decidió tragar el tercer twinky, sin dejar de reír. La asfixia en esta ocasión fue más marcada, quizá la risa había atorado al segundo twinky mientras el tercero bajaba y en la tráquea se hizo un obstáculo insalvable al colisionar los dos pasteles. El tipo cayó de la banca, con las manos en su garganta. Sus pulmones exigían el aire que de repente les fue negado. Imposible hablar, imposible gritar, pataleaba en el suelo, mientras surostro enrojecía.

Los guardaespaldas lo miraron de reojo. Pero fingieron no verlo, su trabajo era cuidar a su ama, quien salió de la joyería. Era una mujer de unos 50 años con aspecto de hastío, con cara deformada por operaciones mal hechas, o quizá bien hechas, pero que por haber sido muchas le destrozaron las facciones humanas, vestida con caras pieles de animales en extinción y con una pulsera que brillaba hermosamente bajo el sol.

Lo último que vio el tipo del twinky, morado totalmente, abandonado sin que nadie fuera a ayudarle y antes de pasar al lugar donde todos tarde o temprano llegamos, fue que la fulana no era Miranda Kerr y que las piedras preciosas de la pulsera brillaban bellamente bajo el sol.

Fue un error que el tipo hubiera comido el tercer twinky, pero un acierto que hubiera hecho su testamento.

tuinki

Deseo

La fecha del festejo anual hizo de nuevo su aparición. Qué diferente es ahora su llegada, comparándola con los felices tiempos de tu infancia que, por su despreocupación, siempre consideras los mejores de tu vida. Antes esperabas emocionada esta fecha, ahora lo que quisieras es omitirla para siempre. Hoy no habrá pastel con velitas, pues por medio de argumentos dignos de la peor película de acción, y excusas que pareciste haber extraído de la chistera de un mago fracasado, mandaste diplomáticamente al cuerno a todas tus amistades y conocidos. Esta noche, por iniciativa propia, no habrá celebración de cumpleaños para ti.

Quizá si contaras con una pareja permanente tu humor sería distinto… pero el caso es que hasta el momento ningún ‘caballero’ ha querido asumir tal compromiso. ¿Acaso es realmente imposible encontrar un hombre correcto en el mundo?, por lo menos la respuesta que das, basada en tu propia experiencia, resulta afirmativa. Lo peor no es que tu paciencia se esté acabando, sino que tu reloj biológico está a punto de detonar la bomba del embarazo riesgoso, y de ahí al embarazo imposible sólo hay un paso.

Para colmo de males, sabes bien que tu piel ya no se ‘recupera’ tan rápidamente como antaño y que con las tendencias estéticas obligadas que pronto adoptará tu figura deberás renunciar a ciertos caprichos de la moda que solías seguir con religiosa fe. ¿Cuánto tardarán en aparecer esas temidas manchas en los dorsos de tus manos? Esas como pecas que tanto tu abuela como tu madre tuvieron cuando entraron de lleno al otoño de sus vidas. Ellas por lo menos contaron con hijos que las distrajeran un poco y no se concentraran en la conciencia de sus propias decadencias. Pero tú…

De repente sientes que es un tanto ingrato quejarte, pues puede decirse, sin engaño alguno, que eres una mujer exitosa. Solitaria, sí, pero exitosa. ¿Habrá sido así la vida de la reina de Saba?… ¡No!, acuérdate que el mismo Salomón anduvo perdido tras ella, y ese rey no es conocido precisamente por haber sido un idiota, ¿verdad? Así que la reina de Saba tuvo sin duda mucha suerte (o por lo menos más que tú).

¿Cómo podrás olvidar la fecha de hoy?, enterrarla lejos del alcance de tu memoria. ¿Cómo puedes ignorar que hoy cumples otro año más? Nada de alcoholizarte, eso está descartado, es demasiado patético hacerlo sola y a la larga terminaría empeorando tu estado emocional. Te conoces muy bien. ¿Qué te parece salir a dar la vuelta?, mezclarte anónimamente entre las masas de desconocidos, entre todo ese ejército que ignora que hoy cumples años. No importa que noten tu soledad, pues tú notarás también la de ellos y lo más probable es que no te los vuelvas a encontrar de nuevo –y si los vuelves a topar, lo más seguro es que ni siquiera recuerdes sus facciones y ellos desconozcan las tuyas–.

¡Al diablo con todos!, ¿qué importa que noten tu soledad? Pides un taxi. Sólo una retocada de maquillaje antes de salir. Aunque no lo aceptes, siempre estás ilusionada con que sorpresivamente conozcas a tu príncipe azul. No lo aceptas, porque la desilusión es peor cuando regresas con las manos vacías. Pero arreglas tu apariencia porque esa esperanza silenciosa por un encuentro milagroso persiste muy dentro de ti.

En el espejo observas tus magistrales trazos de maquillaje que, sin embargo, no pueden ocultar del todo la crudeza del presente. Nada puede evitar que notes que ya no eres la misma, que el tiempo realmente pasa con rapidez y se lleva la lozanía con él. ¡Mira esas marcas de expresión!, antes solían ser parte de un gesto efímero y encantador, ahora están decididas a permanecer en tu rostro como grietas en la roca.

¡Carajo!, lo que más te duele es que no eres fea, nunca lo has sido, y tu belleza tardará un buen tiempo en marchitarse completamente. Entonces, ¿por qué fregados no has encontrado al hombre correcto? Una de dos: o todos los hombres son realmente unos hijos de la mierda o tú tienes el peor tino que haya existido en la historia para encontrar pareja. Eso te recuerda la idea que planteaste una vez con ciertas amigas: “Eva fue la mujer más suertuda de todas las que han existido o fue la más resignada. Todo depende de cómo haya sido realmente Adán”. En fin, hora de salir, el taxi llama a tu puerta.

Extraño espectáculo el de la ciudad de noche. Ignoras completamente al conductor que pretende iniciar una plática contigo y prefieres mirar al exterior hundida en el silencio. Desde el auto observas problemas por todos lados, espacios vitales invadidos, olor a podredumbre. A pesar de todo seguimos aquí hacinados, y no sólo eso, sino que la mayoría tiene el descaro de reproducirse. Claro que aceptas que tú no te has reproducido, no porque te falten ganas. Recordar el asunto de la reproducción ensombrece aún más tu mente.

Ahora consideras que la vida es absurda, ¿qué razón hay de continuar con ella? ¡Hey!, mejor cállate, cambia tus ideas. No te vayas a deprimir como la otra vez. Recuerda esos días de melancolía constante, los medicamentos, el tratamiento, ¡un verdadero infierno! Todo por culpa de ese imbécil que te hizo construir grandes expectativas. Ese idiota que tras jurar amor se largó tras conseguir lo que buscaba. ¡Carajo!, de haber querido recordar tantas desdichas mejor te hubieras quedado en casa.

Bajas del taxi y piensas que sería bueno conocer, aunque sea por unos segundos, los más íntimos pensamientos de las demás personas. Saber qué piensa cada ser que deambula por esta importante avenida de comercios finos donde se venden productos de caras firmas internacionales y tan grandes como lujosos edificios habitacionales. ¡Qué curioso!, no todos los transeúntes están al nivel socioeconómico del rumbo. Por ejemplo, observa a ese limosnero que lleva en su mano izquierda un objeto dorado (de seguro el recipiente que utiliza para que la gente de buen corazón, o de gran culpa, deposite las limosnas). El hombre tiene una mirada tan perdida que parece realmente profunda, aunque descubres en ella algo más… Imposible que este pobre individuo pueda entrar en la tienda de la esquina y mucho menos tendrá la más ligera oportunidad de habitar en uno de los departamentos que hay por aquí. ¡Ja!, ni siquiera podría ser admitido como sirviente.

Ahora tienes la certeza de que él te mira y se aproxima a ti, ¿qué diablos querrá contigo este miserable? Lo único que te faltaba es ser importunada por un pordiosero, así que mejor desvías tu rumbo y por seguridad entras en el lobby del edificio más cercano. El guardia de la puerta te permite la entrada sin preguntarte nada, limitándose a saludarte cortésmente (tal y como lo aleccionaron en la compañía donde labora). Todo porque deduce, por tus ropas, que perteneces al círculo de gente que tiene derecho a darle órdenes, grupo del que automáticamente excluye al limosnero. Desde el lobby alcanzas a observar cómo el guardia deja de ser el sumiso portero, para convertirse en un déspota que utiliza todo el poder que tiene a la mano para humillar al pordiosero y ordenarle groseramente que se largue de allí. Decides esperar en ese sitio un tiempo razonable como para que el indigente se haya alejado.

Es curioso, pero no puedes olvidar la mirada del pordiosero, había en ella algo que iba más allá de la infelicidad (casi todos lo pobre son infelices, aunque, pensándolo bien, los ricos no se quedan muy atrás, sólo que éstos compran las posibilidades para disimularlo). ¿Quién sabe qué sería lo que te inquietaba de esa mirada?, pero no escapaste de los probables festejos de tu cumpleaños para divagar acerca de las diferencias económicas ni para descifrar las amarguras de un indigente. Ves que el portero abre la puerta servicialmente –quizás debieras decir ‘servilmente’– a una parejita de jóvenes pudientes. Él es muy apuesto, aunque en honor a la verdad debes aceptar que ella es muy hermosa. Te llaman la atención porque ambos parecen estar embriagados por algo mucho más banal y material que el amor, incluso te atreverías a apostar que vienen bastante drogados. A pesar de su estado químicamente alterado, se esfuerzan en mostrar al mundo su cariño mutuo. Hay algo de falso en esa efusividad casi violenta. La imagen te resulta insoportable y optas por largarte de allí. El mendigo ya debe estar lejos.
Das al guardia una sonrisa condescendiente que él te regresa deseándote buenas noches (aunque no dudas que bajo esa cortesía te odie por motivos meramente clasistas) y sales a la calle. Tu mirada es atraída hacia un costado de la gran puerta, donde descubres un objeto metálico. Es, sin duda, el artefacto que cargaba el pordiosero. Lo levantas y te sorprende descubrir que se trata de una lámpara como aquellas que aparecen en los cuentos infantiles. Una lámpara metálica, en cuyo interior se colocaba aceite para alumbrar la oscuridad en las mil y una noches. ¡Vaya regalo de cumpleaños!

Es en verdad curioso encontrar una de estas cosas hoy en día. ¿Y si…?, no, ¡qué pendejadas se te ocurren! Qué ridícula te verías frotando la lámpara en espera de un genio, ya eres una adulta para siquiera pensar en semejantes ridiculeces… Aunque, ¿quién sabe? Miras a tu alrededor y sigues viendo a gente pasar, cada quien clavado en sus propios pensamientos (¡ah, la típica frialdad urbana!). Nadie te está viendo, ni siquiera parecen enterarse que estás allí. ¡Frota la lámpara!, total, no pierdes nada. Aquí vas, una pequeña frotadita y…

¡Diablos!, todo lo que te rodea se detiene, como si hubieras puesto ‘pausa’ en una película. Todo está quieto, los pasos de los peatones se congelaron en el momento preciso en que frotaste la lámpara, incluso el humo del cigarro de aquella mujer forma una escultura en apariencia permanente. Quietud absoluta, todo permanece estático, excepto tú y ese humo violeta que sale de la lámpara que paulatinamente se transforma en un gigante de tres metros vestido a la vieja usanza oriental.

“No te sorprendas por mis atuendos”, te dice el gigante con una sonrisa sarcástica en el rostro, “pero los uso únicamente para dar el dramatismo cursi que se espera de esta situación. Ahora, supongo que imaginarás qué sigue. Por lo tanto me ahorraré las explicaciones y me concentraré en decirte que cuentas con un deseo, SÓLO UNO, el cual te será cumplido. Así que te recomiendo que lo formules CON SABIDURÍA”.

Tras sus palabras, el genio cruza sus musculosos brazos y dirige su mirada al cielo, como si con esta acción procurara no apresurarte en la toma de tu decisión. Curiosamente tú no estás muy sorprendida, es como si esto no fuera extraordinario, después de todo, cuando eras niña creías en ello. Miras hacia la gente estática, como buscando inspiración y las ideas comienzan a galopar en tu cerebro como desbocados obesos hambrientos en un festín.

Te preguntas qué puedes pedir. ¡Dinero!, supones que esa es la primera opción que se les ocurre a quienes enfrentan esta situación, o por lo menos eso cuenta la tradición. Pero no, no la riqueza, hace unos momentos pensaste que los ricos no son felices; además, ya tienes las cosas materiales que necesitas, y hasta te sobran. Debes pedir algo que… ¡concebir un hijo!, ¡eso es! Después de todo, es lo que más ansías. Sí, un pequeño… aunque, ¿de qué te serviría un niño sin que tú cuentes con un compañero que te ayude a criarlo? Entonces decides pedir un hombre al que puedas entregar tu vida, sin restricciones. Sientes que el genio te mira, y descubres que es así. Él parece adivinar tus pensamientos y con una sonrisa parece indicarte que te tomes tu tiempo, que la decisión no debe hacerse tan a la ligera, que esta oportunidad jamás se repetirá.
De súbito se te ocurre que hay algo aún mejor. Tu deseo será no envejecer, detener de una vez por todas ese fastidioso proceso de decadencia en tu cuerpo. Con ello consideras que lo obtendrás todo: encontrar por ti misma al hombre adecuado, sin importar lo que esto tarde y tener un hijo (o los que quieras) cuando se te pegue la gana. ¡Ese es un verdadero deseo para pedir a un genio!
Abres los labios emocionada y dices al genio: “Mi deseo es jamás envejecer”. Él como respuesta suelta una gran carcajada, cargada de dramatismo (sin duda lo que la tradición dicta en estas situaciones), y chasquea los dedos de su mano derecha, para desaparecer en el acto tras decir: “Concedido”. La calle recobra todo su movimiento como si nada hubiese pasado.

Esperas ansiosa algo, un destello, una gran explosión, algo espectacular que te indique el cumplimiento de tu deseo (el genio tenía razón con respecto al efectismo cursi al que estamos acostumbrados), pero no sucede nada fuera de lo normal. De repente escuchas gritos de terror y notas que la gente detiene su paso y todos miran hacia arriba de tu persona. Tú decides no voltear y cerrando los ojos esperas que una fuerza sobrenatural recorra tu cuerpo, algo así como una energía que impida que tu organismo envejezca. Lo único que obtienes es un fuerte golpe que de sopetón termina con todos tus signos vitales, y quiebra la mayoría de tus huesos. No más esperanzas de vida, este es tu adiós para con el mundo cruel.

***

El día siguiente fue jueves, y como tal, toda la gente continuó con su rutina en espera de que llegara el viernes. Claro que dentro de toda rutina deben existir situaciones que rompan con la monotonía, pues de no ser así, la humanidad realizaría tarde o temprano un suicidio colectivo y la Tierra tendría que esperar varios millones de años para que las cucarachas evolucionen y ocupen el sitio dejado vacante por los hombres. Ese jueves, la rutina fue alterada por una curiosa noticia acerca del fallido intento de suicidio de un apuesto joven pudiente, quien tras pelear brevemente con su prometida decidió saltar desde la ventana de su lujoso departamento.
Quién sabe si el joven hubiera intentado tal acción de haberse encontrado sobrio, pero el caso es que, tanto él como su novia, estaban bajo los efectos de ciertas drogas ‘duras’ mezcladas con alcohol. Pero esto no fue lo más curioso, sino que el joven resultó totalmente ileso tras su salto. Lamentablemente no se pudo decir lo mismo de la mujer que estaba en la acera, sobre la que él cayó y la cual murió en el acto. Ella era de mediana edad y su cuerpo amortiguó la caída del suicida. En la necropsia se descubrió que la mujer sacrificada se encontraba con tres semanas de embarazo.

Lo que siempre se preguntarán los testigos del suceso es por qué la víctima no se apartó del punto donde se hallaba, a pesar de que todos le gritaron que así lo hiciera y, en vez de correr, sólo cerró los ojos con una dulce sonrisa en el rostro.

***

En algún lugar de la ciudad, dentro de una vieja lámpara de latón, un genio sonríe satisfecho de haber cumplido tres deseos en uno solo, y descansa mientras espera que otra persona afortunada deje a un lado los prejuicios y se atreva a frotar la lámpara.

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Afuera de la estación Bellas Artes (la artista de la Alameda)

Saliendo de la estación del metro Bellas Artes, por esa salida que tiene una donación francesa, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero, de los pocos logares en pleno centro de la ciudad DeFectuosa donde hay más de seis árboles juntos.

Es un lunes por la tarde, una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos del parque y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato, que garantizan una diarrea ideal.

Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso de los compositores sordos está Ella, acompañada de su grabadora de baterías, la cual toca a todo volumen los éxitos de una pseudoestrella de la música pop cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente.

Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudoestrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y le permite mostrar sus delgadas piernas cubiertas de medias negras algo rasgadas y más corridas que la pista del Derby de Kentucky Fried Chicken, calza zapatos negros de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente.

Ella, la mujer, tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora. Lipsync de ruido rítmico con palabras ininteligibles. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, como una casta ignorancia para no hacerla sentir ridícula, pero que realmente la ven de reojo.

Algunos recatados mirones son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo se escuchan dentro de su cabeza, diciendo: “Gracias, son todos muy amables…”

Un viejo con pinta extraña, sucia como charco citadino, es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención lasciva. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en un museo de arte moderno.

Comienza otra canción de la pseudoestrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida.

Mira a la mujer bailarina con mucha atención, que no se preocupa de disimular. Pero en sus ojos no está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde. Pero no todo en él es la apremiante necesidad de la sexualidad contenida, en su mirada también se nota la soledad y la compasión.

La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apretable para bebé.

La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles. Los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción.

Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y el abandono en la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión.

Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe su actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora.

De repente se hizo de noche, y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse.

El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El embriagado par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la sonrisa. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él.

El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa.

Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella sólo distingue la lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía.

Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”.

Otra cosa rara: el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación.

La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas.

En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños estúpidos y malcriados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.

Foto de http://www.fotolog.com/moed_eliel/98580947/
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El recuerdo

Los fuertes golpes sin ritmo que castigaban la madera de la puerta pusieron al doctor prejuiciosamente en contra de quien los producía. Todo ese día había sido infernal para él, demasiadas consultas y poca su paciencia, además se había enterado de las persecuciones desatadas desde que explotó la violencia; y sin embargo, en lo referente a los disturbios, estaba tranquilo, pues su consultorio se encontraba muy lejos de ese rojo huracán de fuerzas políticas que comenzaban a disputarse el poder.

 

Los ruidosos golpes se intensificaron con desesperación. Con tanta insistencia la gruesa y sólida puerta terminaría siendo derribada, si es que el doctor no la hubiera abierto.

Apenas una abertura de milímetros bastó para que de inmediato se desatara una fuerza animal que permitió que se precipitaran al interior del consultorio dos hombres de humilde aspecto. Uno de ellos con rostro gobernado por la adrenalina, y con una pistola en la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía a su compañero, un hombre que además de encontrarse embarrado de excremento sangraba profusamente del costado izquierdo.

“Doctor, tiene que ayudar a mi hermano”, dijo el de la pistola, apuntándola, junto con su mirada, a los ojos del galeno, “al cobarde le dispararon y hasta se cagó del miedo”.

Al doctor no le impresionó la pistola, ni la mirada, ni el herido, ni la hediondez, lo que le impresionó es que “esos malditos indios” no sólo entraban en su consultorio, sino que se atrevían además a darle órdenes. ¡A él!, que era el famoso médico de la alta sociedad y del sector adinerado de la baja suciedad que se conoce como ‘políticos’. Era el prestigiado médico de la ‘gente bien’. ¡Venir a darle órdenes a él que tanto había estudiado y tanto se había esforzado por alejarse de la ‘gente como ésta’! Indios que llegaban de repente a su consultorio como ‘malditos mensajeros del pasado’. No necesitó del prejuicio nacido de los golpes a la puerta para odiarlos.

“Yo no puedo curar este tipo de heridas”, dijo fríamente el médico mientras que con un rápido vistazo vio que la herida no era de gravedad.

“Usted lo va a curar porque lo va a curar doctorcito”, dijo amenazante con cólera contenida el hombre de la pistola, mientras ésta emitía un metálico clic que anunciaba un potencial disparo fatal.

Ante un argumento tan contundente e irrebatible el doctor dijo: “está bien, lo haré, pero deja de apuntarme con tu pinche pistola. ¡Anda, o se te muere tu hermano!”

El tipo armado dejó la pistola sobre una lujosa cómoda, incómoda hasta para alegrar la vista, y el médico le dio unas toallas para que fuera a limpiar a su hermano en el sanitario. El individuo armado decidió no perder de vista al doctor y tomando las toallas limpió a su hermano allí mismo, mientras el médico preparaba sus instrumentos para la intervención.

El doctor observaba con asco la piel cobriza de los otros dos que, a juzgar por sus huaraches y sus cicatrices, eran campesinos. Preparó todo y cuando se acercó al herido comprobó que su primer diagnóstico había sido por demás acertado. “Esto no es grave”, pensó.

Extrajo la bala con facilidad e hizo la sutura, pero entre ambas acciones decidió romper su juramento hipocrático una vez más, sólo que esta vez no por dinero, sino para vengarse de lo que percibía como una de las peores ofensas que había sufrido en su vida. Durante la ‘curación’, metió cuidadosamente el bisturí, que al igual que los otros instrumentos no había esterilizado, e hizo varias incisiones en el colon del herido. “Con esto cabrón saldrás de aquí, pero no durarás mucho”, pensó el médico al terminar los cortes.

Mientras duró la intervención, el tipo de la pistola dio al doctor un discurso sobre la injusticia. “Pos sí doctorcito, usted seguro ni se imaginaba que esto pasaría. Tan lejos de donde ‘orita está la matadera, usté en su casita, en un lugar tan bonito. Pero ‘ire así de fácil como llegamos aquí, vamos a llegar al gobierno. Y ‘ora sí se acabaron las injusticias, se acabaron los pobres. Ya verá cómo los ricos nos van a rogar a nosotros cuando séamos el gobierno. Pero yo a usté no lo voy a olvidar por lo de hoy”.

El médico no decía nada, simulando estar concentrado en su labor, pero pensó: “seguro te vas a acordar de mí, hijo de tu chingada madre, seguro te vas a acordar”. Al final, cuando dijo que la operación había concluido, el revolucionario de la pistola decidió irse de allí inmediatamente con su convaleciente hermano.

“Gracias doctor”, dijo el de la pistola como despedida, “siempre me acordaré de usté”. El doctor no dijo nada y los vio escaparse en su auto de lujo último modelo que había comprado con las curaciones que le hizo a un secretario de Estado.

El herido no vivió por mucho tiempo.

El doctor no fue testigo presencial del triunfo de la revolución pues, al igual que todos los demás ricos, huyó a tiempo del país mientras los pobres seguían siendo pobres, viendo cómo unos cuantos indigentes ocupaban los lugares del gobierno que los adinerados habían abandonado, y poco a poco empezaban a cometer las mismas faltas que sus antecesores.

El doctor huyó a los EEUU, desde donde se desentendió por completo de los sucesos de su país. No tardó en ser una persona destacada en la comunidad de inmigrantes latinoamericanos. Siempre presente en los mejores eventos y requerido con frecuencia en conferencias. Seguía siendo el médico de la gente bien, sólo que ahora de la gente bien exiliada.

Tanta fue su fama y su reputación, que el doctor fue uno de los invitados de honor en una recepción, a la que también asistiría el actual Ministro de salud del país del que el famoso galeno había emigrado. La lujosa recepción se llevaría a cabo en Chicago y el médico no dudó en asistir, no por envanecerse, sino para ir a mofarse de sus compatriotas.

“Ya me imagino la clase de indio pendejo que debe ser el ministrucho ese”, seguía pensando el doctor en su lujosa habitación de hotel en Chicago, antes de volver a ensayar el discurso que daría esa noche en la recepción. Pero alguien tocó a la puerta de su cuarto, delicada y rítmicamente, interrumpiendo el plan ensayístico del médico. Él fue a abrir y su sonrisa se desdibujó cuando dos hombres entraron violentamente en la habitación.

“Buenas noches doctor, soy el Ministro de salud…”, dijo uno de los dos recién llegados, quien tenía una pistola muy desgastada en su mano derecha, la cual medio cubría con una almohada. “A que no me recuerda. Pinche doctorcito, no estoy aquí pa’ contar historias, sino pa’ que vea que yo sí me acuerdo de usté”, dijo y de inmediato disparó a la cabeza del doctor, quien cayó muerto como si fuera un bulto de papas arrojado de un camión.

El acompañante del Ministro, un pandillero en ropa elegante, tomó el arma que le ofrecía el asesino mientras éste le decía: “Dale otros tres disparos y ya sabes, nunca me conociste. Si me fallas cabrón, no sólo no le va a ir bien a tu familia, sino que primero te carga la chingada a ti y luego se los carga a todos ellos”.

“No, no le fallaré Ministro, y créame que siempre me acordaré de usted”, dijo el pandillero en disfraz de elegancia mientras propinaba otros dos balazos al cadáver y el Ministro de salud desaparecía por el elevador.

elevador

Dedicación y paciencia

Basado en un suceso verídico.

La víctima: Takoguro Sameshima, 77 años de edad, profesor emérito de la Universidad de Kyoto.

El acusado: Yositeru Kamikahara, 39 años de edad, frustrado existencial.

En 1974, Kamikahara se dirigía con un desbordante júbilo a ver el resultado de su examen de admisión, aunque más que verlo, él sentía que iba a corroborarlo, pues tenía una extrema seguridad de haber aprobado el difícil examen. Para él era un hecho que estaría estudiando el próximo periodo en la prestigiada Universidad de Kyoto. Por ello entró silbando al Departamento de Agricultura del recinto de la sabiduría, pero al llegar a la pizarra de resultados, el silbido fue sustituido por un silencio salido de una cara que representaba excelentemente la palabra ‘sorpresa’.

Kamikahara, sintiendo lo que seguramente experimentaron los diseñadores del Titanic cuando la gran nave comenzó a hundirse,  no encontraba su nombre en la lista de admitidos. Sin embargo pronto recobró la seguridad y pensó: “debe haber una equivocación”. Armado de la frase ‘errare humanum est’, se encaminó a la oficina correspondiente para hacerles notar algo que él llamaba ‘gran error administrativo’.

Con la tradicional cortesía japonesa saludó a la encargada, y amablemente le hizo notar la ‘omisión’ en la lista. “¿Puede usted por favor, señorita, revisar los resultados y proporcionarme mi número de matrícula en la Universidad?”, dijo Kamikahara con una sonrisa digna del mejor comercial de pasta de dientes.

“¿¡QUÉ!?, ¿PERO QUÉ DICE? ¿NO HAY NINGÚN ERROR?”, explotó Kamikahara furibundo, dejando de lado la sonrisa y la cortesía después que la mujer le informara que todo en la lista estaba correcto y corroborado. Él NO había sido admitido en la Universidad de Kyoto. Recobrando un poco la cortesía, y con una espantosa sonrisa carente de cualquier encanto, el joven dijo: “Nadie es perfecto, lo sé, seguramente se equivocaron, por favor sea tan amable de revisar otra vez señorita”.

La encargada volvió a revisar sólo para decir a Kamikahara: “todo está correcto honorable señor Kamikahara, su nombre no aparece en los registros de personas admitidas. Pero si aún conserva sus dudas al respecto, yo le sugiero que acuda con el profesor Sameshima, quien es la máxima autoridad en estos asuntos y también la persona que puede emitir la última palabra en caso de controversia”. Kamikahara, con el rostro desencajado de nuevo, pensando en lo más sagrado que su ateísmo le permitía, respondió: “Por Hiroito que lo haré”. Y salió de la oficina convertido en una tromba que daba trompicones, riendo sardónicamente.

En el trayecto, el enojo de Kamikahara se enrabiaba más a cada paso, y todo empeoró cuando al llegar al despacho del profesor Sameshima le informaron que éste no se encontraba allí en ese momento. “Son las 10:05 horas”, murmuró Kamikahara al ver su reloj, “puedo esperar”. Sentado en la sala de espera, hizo un esfuerzo sobrehumano para calmarse. “No hay que perder los estribos”, se decía, “todo se puede solucionar con calma. Soy japonés, soy civilizado, todo se arreglará…”. A pesar de todo, Kamikahara estaba resbalando en el borde de ese abismo que solemos llamar ‘crisis nerviosa’.

El tiempo en la sala de espera no corría, sino que se arrastraba con insoportable pereza, tal como suele andar mientras está uno en el sillón del dentista. A las 13:00 horas, puntual como un fino reloj cucú, el profesor Sameshima hizo una nada espectacular entrada en la sala.

El profesor admitió a Kamikahara en su pequeño despacho, pero en ningún momento le dirigió ni la más insignificante mirada al joven mienbtars éste exponía su problema. Sameshima asentía con la cabeza a las palabras de Kamikahara, en lo que daba rápidos vistazos a diversos papeles que tenía sobre su escritorio. Después de que Kamikahara terminó su prolongado monólogo, el profesor por fin le dignó el honor de su mirada al estudiante y con una calma casi aturdida, en voz muy baja y suave, a la vez que gélida, le dijo: “honorable joven, no hay ningún error, usted no ha sido admitido. Que tenga una buena tarde”, tras lo cual sacó una estilográfica y empezó a firmar algunos de los papeles que tenía ante sí.

Kamikahara hizo una reverencia antes de salir del despacho, silencioso como ratón. Una vez afuera, decidió mandar al diablo todo su lado japonés y civilizado, quiso gritar, pero le resultó imposible. Conteniendo involuntariamente toda su ira dentro de sí, deambuló por la ciudad como si fuera un velero a merced del caprichoso viento de las circunstancias. A las 21:30 horas llegó a su casa, con una fiebre intensa y completamente agotado.

Pero en vez de intentar dormir, tomó el directorio telefónico y buscó… “¡Aquí está! SAMESHIMA”, procediendo a marcar cuidadosamente el número telefónico del profesor, quien no tardó en contestar.  Kamikahara conservó un silencio sepulcral, Sameshima preguntó tres veces “¿Quién es?, ¿quién llama?”, pero el joven permaneció en su mutismo y decidió colgar.

Pero Kamikahara no colgó definitivamente, sino que volvió a marcar el número del profesor, quien al contestar se enfrentó al silencio profundo, aunque de repente éste fue roto por las maldiciones en injurias más variopintas del idioma japonés gritadas a todo pulmón por el frustrado joven quien, cuando sintió que se le acababa el aire de los pulmones, colgó el auricular con furia. Una vez recuperada la respiración, Kamikahara llamó a Sameshima de nuevo para repetir la escena. Así, lo repitió una y otra vez, alternando macabros silencios con injurias impropias imposibles de describir, hasta llegar a un total de diez llamadas esa noche.

De esa manera ocurrieron las llamadas, noche tras noche. Noches que se fueron acumulando en semanas, semanas en meses hasta llegar a 14 años de llamadas insultantes diarias. Todo un récord.

Por fin, en marzo de 1999, el profesor Sameshima pareció cansarse de ser molestado con tanta insistencia y acudió a la policía para denunciar el acoso telefónico. El 17 de mayo del mismo año, Kamikahara fue arrestado y confesó haber sido responsable del constante delito.

Tras la confesión y la condena del juicio, durante su traslado a la celda que sería su hogar por unos cuantos años, Kamikahara seguía pensando en la idea que se le ocurrió cuando escuchó su sentencia: “bueno, al menos tengo derecho a realizar una llamada telefónica al día”.

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Cuento de Navidad: la Nochebuena de la Familia Araña

Una fría mañana de 24 de diciembre, muchos en el mundo se habían levantado de la cama dispuestos a prepararse para celebrar la gran cena familiar. Los demás (incluyendo a solitarios, amargados existenciales, enemigos acérrimos de la cristiandad o del comercialismo insensato, no cristianos o por los suicidas con motivo) se disponían a sufrir, a fingir o a sentir que esta fecha no significaba NADA para sus individualidades. Poco a poco, los que sí celebran comenzarían sus visitas a los seres que estiman, o a los que no estiman pero que sienten la obligación de visitar; otros saldrían presurosos a realizar las compras de último minuto mientras los menos realizarían sus cultos religiosos para conmemorar esa fecha. Entre los que celebraban la Nochebuena estaba la familia Araña (en realidad el nombre de la familia era Epeira diademata, pero llamémosles sólo Araña).

Los Araña habitaban en la gran telaraña de un jardín. Mamá Araña había sufrido mucho por el intenso frío de la madrugada y la primera idea que le cruzó por la mente al levantarse (teniendo mucho cuidado de iniciar el día pisando con sus cuatro patas derechas tras abandonar su pequeña cama) fue reñir a Papá porque éste no daba indicios de buscar un mejor sitio dónde trasladar a su familia. Pero, “es 24 de diciembre y sería impropio que inicie este día peleando con Papá”, se dijo Mamá posponiendo para otro día la recriminación a su marido.

Papá conocía muy bien a la artópoda con quien había contraído matrimonio, y con sólo mirar los múltiples ojos de su esposa esa mañana, adivinó al instante lo que pasaba por la mente de ésta. Papá sonrió con una picardía poco común entre las arañas. “Antes de prepararnos todos para los festejos de la noche, me gustaría entregarles a todos mi regalo por adelantado”, dijo Papá a su esposa, “así que despierta a los niños y llama al Abuelo. Diles que empaquen sus pertenencias rápidamente y se reúnan conmigo, incluyéndote a ti, querida, dentro de media hora en la vieja ventana rota”. Tras decir esto, Papá se despidió y se dirigió hacia la vieja ventana. Éste era el lugar por donde las arañas ingresaban a la gran casa cuando salían de paseo (o mejor dicho, entraban de paseo) para divertirse un poco en la cocina de los humanos.

Mamá también conocía perfectamente a su esposo, por lo que la noticia la emocionó mucho, antes de saber concretamente en qué consistía la sorpresa de Papá. Así que con mucha excitación, Mamá fue a despertar a los demás miembros de la familia.

La primera a quien despertó fue a Hija Araña, ella había pasado gran parte de la noche sollozando por la discusión que había tenido con su padre antes de retirarse a dormir. Al ser despertada dulcemente por su madre, Hija se sintió feliz, pero tras recordar los incidentes nocturnos, su rostro volvió a ensombrecerse y decidió actuar de manera adolescente de acuerdo a las circunstancias, esto es, de mal humor.

La escena de la noche anterior había sido más o menos así.

Hija (acercándose cariñosamente a su Papá y con una voz melosa): Papaíto ¿verdad que me quieres mucho?

Papá (casi cayendo en la trampa, pero encendiendo de inmediato su sistema arácnido de protección): Sí hijita, ya lo sabes bien que sí.

Hija: Oye, me preguntaba si yo… eh… yo…

Papá (pensando que un preámbulo tan dubitativo presagiaba una difícil petición): ¿qué es lo que mi hija querida quiere pedir a su Papaíto?

Hija: Bueno es que… Escarabajo Cara de Niño me invitó a pasar la noche del 24 en su departamento-agujero y yo quisiera ver si tú me lo permites.

(Escarabajo Cara de Niño era el novio en turno de Hija Araña, un ‘bueno para nada’, según la opinión de Papá, que sólo sabía manipular excrementos ajenos).

Papá: Lo siento hijita, pero ya sabes muy bien que la celebración del 24 de diciembre es una celebración FAMILIAR y que por eso se debe realizar en la casa de la FAMILIA. Ya tendrás otra ocasión de salir con Escarabajo en el futuro.

Hija: Pero Papá, es que tú no entiendes. Él ya avisó a su familia para que yo asista a su reunión…

Papá: Pues que les avise ahora que no vas a poder asistir.

Hija: Pero, tú sabes bien que eso no es correcto. No seas injusto…

Papá: Espera, espera… En primer lugar esto no tiene nada que ver con asuntos calificables de correctos o incorrectos. Tú le dirás que avise que no puedes ir y punto. En segundo lugar, tampoco percibo que mi decisión sea injusta en lo absoluto; así que por favor póngase a pensar un poco en su actitud, señorita, y asimile que usted pasará con SU FAMILIA la noche del 24.

Hija: Pero es que siempre todo tiene que ser de acuerdo a lo que TÚ decides…

Papá: Ya sabes bien que mientras TÚ vivas en MI telaraña se hará lo que YO diga y si no te parece, la rama que conduce al muro es lo suficientemente fuerte para soportar tu salida.

Tras el uso de la famosa frase que utilizan todas las arañas progenitoras cuando se ven en una situación similar, a Hija no le quedó de otra más que dar la media vuelta y retirarse a dormir. Dando inició a las lágrimas y a los pensamientos del tipo: ya verá cuando yo sea independiente, entonces podré hacer lo que YO quiera de mi vida.

Regresemos al presente. La familia completa, Mamá, Hija, Hijo, Bebé y Abuelo se reunieron a la hora acordada con Papá en la vieja ventana rota. De allí Papá los condujo al interior de la cocina y no se detuvieron hasta llegar a un gran sitio cerrado y oscuro.

“Este es nuestro nuevo hogar”, anunció Papá inflando con orgullo su voluminoso abdomen.

“Pero, esto… esto es…”, respondía Mamá conmovida.

“Papá es maravilloso”, exclamó Hija olvidando todo el malhumor y vislumbrando un futuro dorado, digno de ser presumido, habitando en esa gran vivienda cálida y acogedora.

“¿Pero, qué no es este el hogar de los Cucaracha?”, dijo el Abuelo, rompiendo las ilusiones y la alegría familiar.

“Sí, lo era, pero ayer me lo vendió Cuco Cucaracha por muy poco…”, le respondió Papá sabiendo de antemano que el Abuelo haría una observación semejante y por ello llevaba ya preparada su respuesta, “…con el vicio al juego que tiene Cuco Cucaracha tuvo que malbaratar su vivienda”.

“Por eso era tan importante para mí que pasaras esta noche con nosotros Hija”, expresó dulcemente Papá mientras abrazaba a su Hija.

“Es maravilloso, parece un sueño. Soy la Araña más feliz del mundo”, dijo por fin Mamá. “gracias Papá”.

El nuevo hogar era en verdad amplio, limpio, seco y, sobre todo, cálido. Las lisas paredes metálicas eran un ejemplo perfecto de la limpieza. Cuando Mamá comenzó a acomodar sus pertenencias y tejer las camitas, no cesaba de repetir: “¡Un sitio así solo para nosotros! Pobre Cuco Cucaracha, tener que haberlo abandonado por su vicio al juego”. La última frase fue dicha por Mamá con un énfasis especial, quizás porque Hijo Araña era quien estaba escuchándola en esos momentos.

Mamá Araña construía las camas junto a un grueso tubo con varios orificios pequeños. “Este tubo servirá para albergar a los futuros miembros de nuestra familia”, se decía Mamá feliz.

Bebé Araña dormía tranquilamente, sin temblores de frío, colgado de una de las múltiples tiras paralelas de metal cromado que atravesaban el interior del nuevo hogar de extremo a extremo. “Estas barras me servirán de gimnasio privado”, pensaba Hijo Araña proyectándose a sí mismo en su imaginación como una fornida tarántula.

Abuelo Araña se encontraba sentado en una esquina, retomando sus actividades habituales: comer, dormir, comer, dormir, comer, etc.

Alrededor del mediodía, Mamá Araña terminó de elaborar las camas, tras lo cual procedió a fabricar esferitas de seda para ambientar el hogar. Hija Araña estaba pensando en la cara que pondrían sus amigas al ver su nueva casa; aunque también dudaba de si sería conveniente seguir saliendo con Escarabajo Cara de Niño, pues con el nuevo estatus adquirido tal vez hasta podría reconquistar el corazón de Alacrán Galán. Papá Araña miraba a su hija y dibujaba de nuevo otra pícara sonrisa en su rostro.

“Es hora de que cada uno de nosotros vaya por los obsequios que nos entregaremos por la tarde”, anunció Papá. Una tradición peculiar de las Arañas es entregarse sus presentes por la tarde del 24 de diciembre; esto con el fin de tener toda la noche libre para celebrar y colgarse felices por todos lados; para al final, exhaustos, esperar la llegada de Ponzo Clós (la gran Tarántula Roja que hace obsequios a los arácnidos que se portan bien).

“¡Sí!, ¡Viva!, “¡Moscas!, ¡Yuppy!”, gritaban emocionados los miembros de la familia tras la sugerencia de Papá. Y cada uno, por su lado, abandonó el nuevo hogar para ir por los respectivos presentes a regalar.

A las 4:30 de la tarde ya todos estaban de vuelta dentro de su flamante vivienda.

“Muy bien”, les dijo Papá, “demos inicio a la entrega de regalos”.

El Abuelo fue el primero en entregar su obsequio; esto por dos razones muy importantes: 1) era el miembro más viejo de la familia y 2) era el que siempre se quedaba dormido de la manera más repentina posible.

“Este es para Bebé Araña”, dijo el Abuelo entregando a su joven nieto un bultito envuelto en un pedazo de hoja de maple.

Bebé Araña abrió el bulto para descubrir que se trataba del famoso Manual de Paredes escrito por el doctor Tarantela (reconocido internacionalmente por sus aportes a la Paredología).

“Gracias Abuelo”, decía emocionado el Bebé, demostrando con ello a su familia que ya estaba lo suficientemente crecido como para hacer uso correcto del lenguaje, “me servirá de mucho este libro”. El Abuelo no alcanzó a escuchar la última frase, pues ya para entonces se encontraba dormido.

Mamá dejó a un lado la emoción que le inspiraba estar viviendo esos felices momentos dentro de esa maravillosa y nueva vivienda, para decir: “Este es mi regalo para toda la familia”. Entonces, con la habilidad de un mago carterista, sacó de quién sabe dónde un gran paquete envuelto en seda de gusano.

Papá, por ser el jefe de la familia, fue el responsable de abrir el paquete. El regalo produjo grandes exclamaciones de asombro entre todos los miembros de la familia, pues era, ni más ni menos, una gigantesca mosca panteonera lista para ser devorada. “Menudo festín tendremos hoy Mamá”, dijo Papá besando a su esposa.

“Ahora es mi turno”, dijo Papá, “mi obsequio es para Hija. ¡Feliz Nochebuena cariño!, tras decir esto, Papá lanzó una misteriosa señal a una esquina del hogar. Los ojos de hija se iluminaron al ver salir de esa esquina al Alacrán Galán con un ramo de florecillas en una de sus tenazas, diciéndole conmovido a Hija: “Perdona mis errores, ¡Te Amo!”. Ella corrió a sus tenazas y ambos se fundieron en un abrazo digno de la narración más cursi posible.

En ese momento, un sonido como de voz humana se escuchó afuera de la flamante casa de los Araña (ellos, de ese sonido, sólo entendieron algo asó como: “E OOOO, EEEE E E O O”).

“Bien, es el momento de tomar nuestros asientos y comenzar a devorar esta deliciosa mosca que…”, dijo Papá ignorando por completo el sonido humano. Pero su frase fue interrumpida por una gran luz proveniente de la súbita apertura de una de las paredes del hogar.

La familia se llenó de terror ante el también repentino olor a gas que salía del grueso tubo de varios orificios, y al ver acercarse a este una gran mano humana con una cerilla encendida.

Lo último que vieron los miembros de la familia Araña (exceptuando al Abuelo quien descansaba sin sospechar que su sueño repentino se convertiría en su sueño eterno) fueron grandes y apocalípticas lenguas de fuego, escapadas de los orificios del tubo. El libro de Bebé Araña fue consumido casi tan rápido como su propio dueño. Mamá Araña apenas y fue consciente de la gran desgracia. En pocos segundos lo único que quedó en ese hogar fueron restos carbonizados de la familia Araña, un buen fuego y un gran pavo horneándose.

Esa noche la familia de Pedro disfrutó una deliciosa cena cuyo platillo principal fue un pavo que quedó listo un poco tarde. El 25 de diciembre Cuco Cucaracha regresó a su hogar, felizmente aliviado de haber podido pagar todas sus deudas y tratando de decidir a quién le haría la misma broma macabra el próximo año.

NOTA: La frase humana que escucharon los miembros de la familia Araña poco antes de morir fue: “Pedroooo, preeeende el horno”; pero, como es bien sabido por todo aquel que ha vivido dentro de un horno, las consonantes expresadas desde el exterior son imposibles de escuchar dentro de tales artefactos.