Escatología (el escribidor chino)

Totalmente en contra de su voluntad, el equilibrista chino fue la comprobación viviente de esa ley de Newton inspirada por una manzana. Tras su caída, en desgracia, el chino fue relegado, renqueando, a limpiar los servicios sanitarios del Mesón de los Mimos. No más alturas para el equilibrista.

A partir de que le encargaron la limpieza de inmundicias mundanas, el chino se convirtió en escribidor. La inspiración le llegó, en dosis modestas y morbosas, con las pintas obscenas y de moralidad obscura que había en las paredes de cada cubículo de inodoros y mingitorios, en las que los mimos se expresan escribiendo las palabras que su profesión no les permite proferir.

El escribidor chino, ex-equilibrista, notó que también los mimos eran seres soeces y procaces en los sanitarios, en especial cuando el signo de sagitario estaba a la alza condescendiente de occidente. “Cada quien su paja”, escribió en silencio frente al mingitorio un progenitor mimo para educar a su vástago mudo, mientras ambos tenían en la mano sendos pájaros figurados, de esos que no pueden volar ni en cientos.

Amalgamando sus observaciones letrínicas y añadiendo observaciones existenciales, el escribidor chino creó un inmenso volumen capaz de dejar chica la búsqueda del tiempo perdido de Marcel (Proust, no Marceau), donde revelaba los universales significados de la pícara indecencia con connotaciones sexuales y la falsa censura del buen gusto.

En su obra enriquecida, el chino incluyó anexos sobre los flatos escapistas de ancianos que los domingos comen hamburguesas del rey en áreas de comida rápida de los centros comerciales favorecidos por la burguesía arribista, otros sobre los diversos tipos de sustos capaces de sublevar los esfínteres y desrrellenar las tripas en los momentos más inapropiados, culminando con la sublime descripción girondina de orgasmos sádico-escatológicos usando palabras tan blandas como el queso untado a los nachos inspirados en los relojes de Dalí.

En un paréntesis que más parecía un oasis entre un gran desierto de mierdas y demás secreciones y desviaciones, el escribidor chino hablaba de los abrazos que unen a los pechos, tanto los de afecto sincero del corazón, como los falsos y utilitarios que son dados a cambio de judosas recompensas en monedas de plata.

Pero ¡ay!, la humanidad jamás tendrá tiempo suficiente para lamentarse apropiadamente así viva otros improbables mil años de la pérdida de esa voluminosa y valiosa obra maestra del escribidor chino, quien una funesta mañana la dejó sobre un excusado sin perdón, para mientras tanto dedicarse a limpiar con ambas manos el espejo opaco de los lavabos. La obra (literaria, no intestinal) cayó accidentalmente en el remolino acuoso que se alimenta de excreciones humanas. Dejemos correr una furtiva lágrima en señal de duelo.

El culpable de esta pérdida fue un mimo miope, que presuroso por deshacerse de su carga de Dairy Queen® marrón, cubrió accidentalmente el volumen con sus heces y demás desechos, desequilibrándolo por completo del borde del trono y de inmediato oprimió el botón que hizo que todo el trabajo de años del ex-equilibrista se fuera por el caño hacia el canal democrático que no distingue razas, religiones ni ideologías, el canal donde la justicia es la misma para todos los productos finales, entrañables, de la humanidad. La equidad más completa solo se consigue entre la mierda.

Claro que en realidad al valioso volumen únicamente se le adelantó su destino, pues todo y todos, sin excepción, tenemos ese final, real y metafísicamente hablando.

equilibrista edificios

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Abandono

Hace décadas el hombre apocado llegó al suburbio, cuando esta colonia residencial estaba muy separada de la ciudad… claro, de lo contrario no se habría llamado suburbio. Llegó con su esposa y dos hijos: una niña y un niño. Dicen que él era contador y su esposa una glamorosa ama de casa.

El tipo diariamente se despertaba preguntándose cómo una mujer así, tan llamativa y radiante, se había fijado en un ser tan gris como él, y como no encontraba respuesta a su duda diaria es quizá por eso que fuera tan celoso. Para preservar su bien más preciado y misterioso, levantó una barda alta rodeando su jardín trasero, para que nadie pudiera mirar hacía su casa, y también levantó otra casi muralla en el frente, para que nadie supiera lo que en el interior de su hogar pasaba.

Las discusiones matrimoniales eran frecuentes, no importaba que las compras cotidianas de abastecimiento las hiciera él, siempre acusaba a su esposa de estarse viendo a alguien. Pero ella únicamente salía de la prisión residencial para ir al salón de belleza.

El tiempo siguió su marcha militar e inmisericorde, la niña se convirtió en mujer, y tan pronto alcanzó la mayoría de edad se casó con el primero que le propuso matrimonio y se largó de la casa paterna. Ya no se supo más de ella en la colonia, que poco a poco se pobabla más y más, adquieirndo de esta manera mayores problemas: suciedad rampante y delincuencia creciente.

Al poco tiempo también se fue la esposa, harta de las actitudes del marido, de esos celos sin fundamento. “Me arreglo porque así me quisiste, así te gusto”, le decía ella constantemente. Pero él insistía en que ella se embellecía por cornamentarle su viril y hueca cabeza. Igual al no tener la compañía de su hija, la mujer ya no tuvo de dónde sacar fuerzas para aguantar más la imbecilidad de su esposo. Simplemente un día se largó. Ya no se supo más de ella en la colonia.

El hijo permaneció unos años más al lado de su padre, para retenerlo el hombre le compraba perros, y el hijo estaba encantado con los canes, intentó hacer un criadero canino, pero no resultó, aunque desde entonces la casa siempre tenía al menos tres perros.

El hijo terminó la universidad y se casó, se fue de la casa y el hombre quedó solo, acompañado de tres perros.

A partir de entonces todo fue abandono. El jardín no fue arreglado de nuevo y se convirtió en maleza, las paredes de la casa no fueron pintadas, las ventanas no volvieron a ser lavadas, y el hogar se convirtió como por arte de magia en una ruina. El hombre removió su tanque de gas una vez que hubo una fuga que alarmó a los vecinos, y ya no instaló uno nuevo. Calentaba el agua en hornillas eléctricas, y se bañaba arrojándose tazas de agua caliente, en las hornillas eléctricas también calentaba su comida enlatada, único alimento que consumía desde que vivía solo. Los tres perros murieron de hambre y de sed.

La casa no se limpiaba por dentro y poco a poco fue invadida por torres de papel periódico, que se convirtieron en montañas. El hombre compraba tres o cuatro periódicos cada día, y los conervaba en su casa, hasta que tuvo que dejar de comprarlos para poder tener un estrecho camino dentro de su hogar por el cual poder deambular. Para entonces ya no trabajaba y vivía de su pensión.

En la colonia los vecinos se fueron convirtiendo todos en ancianos, los policías eran igual de imbéciles que siempre, solo que ahora más prepotentes y corruptos, resentidos con la sociedad, bichos que maldecían sus puestos de trabajo y se desquitaban con los viejos residentes de la colonia encontrando mil y una formas de molestarlos.

El hombre salía ocasionalmente de su casa para ir a un parque, sentarse a mirar a la nada, y regresaba a casa. No hablaba con nadie, no conocía a sus vecinos, nunca lo había hecho, ¿para qué empezar ahora?

Los robos a las casas se incrementaron, los policías estaban las más de las veces involucrados en los delitos… ya era demasiado tarde para retomar el orden. El destino cobra muy caro los pecados de indolencia y cobardía.

El hombre no tenía nada que le robaran. Su casa, de hecho, parecía abandonada. Nadie notaba realmente sus salidas al parque, bueno, nadie excepto la vecina de enfrente, que se la vivía asomada a la ventana de su casa, mirando pasar la vida y atestiguando la decadenciasin freno de la calle.

Un día de un mayo, un hedor imposible de ignorar emanó de la casa del hombre. Los vecinos, quizá por pudor o por mera idiotez, no dijeron nada, nunca decían nada, nunca hacían nada, ni en su propio beneficio, así que soportaron la pestilencia quejándose solamente para sus adentros, siempre guardando silencio respecto al insulto olfativo que salía de la casa en ruínas y pensando que las cosas iban cada día peor en la colonia.

Cinco años después de la pestilencia, cuando el otrora suburbio ya había sido engullido por la voraz ciudad, el hijo regresó a la casa paterna, pues su esposa lo había corrido del hogar porque no soportó ya más sus celos. El hijo llamó a la puerta, pero nadie acudió. El hijo aún tenía la llave y abrió. Todo estaba cubierto de polvo, y al fondo del pasillo vio un bulto tirado, descompuesto, emulando la figura de un hombrecillo en el suelo.

La vecina de la ventana confirmó que, efectivamente, hacía mucho, muchísimo tiempo, aquel hombre no salía de su casa.

La justicia suele ser una utopía

Era un perro mediano. No tan grande como un san Bernardo, pero de un tamaño que le permitiría comerse completo a un chihuahueño, sin problema. Ignoro de qué raza era el perro en cuestión, desconozco las razas caninas así como los modelos de autos, aunque puedo identificar un san Bernardo, un chihuahua y los perros salchicha (a estos últimos porque parece que me odian, siempre quieren atacarme sin razón e incluso uno de ellos me mordió recientemente, por el simple hecho de que lo estaba ignorando).

Era un perro mediano de color negro, siempre tranquilo viviendo en la azotea de una casa de dos pisos. Sus dueños jamás jugaban con él, nadie vio que alguna vez lo bañaran y nunca lo sacaban a pasear. Desde muy pequeño lo subieron a ese techo y allí se quedó, quizá resignado. Sus propietarios le subían agua y alimento, pero eso era todo, ninguna convivencia, ignoro si tenía siquiera nombre. Desde esa modesta altura, el perro negro siempre miraba el mundo pasar, con sus ojos llenos de melancolía. Parecía un gurú en desgracia zen arriba de una colina.

Jamás ladraba. Nunca le ladró a la anciana demente que caminaba todas las tardes por esa calle, la viejecita que usaba lentes con cristales de fondo de botella y que llevaba largas agujas de tejer entre su pelo y su gorro de estambre en tonos grises, para “defenderse de cualquiera que intentara violarla”. El perro negro tampoco le ladró al vejete perezoso que vivía a dos cuadras de distancia, ese que en su desempleada juventud robaba dinero a los niños que encontraba y que ya de viejo siempre pasaba frente a la casa del perro, temprano por las mañanas, para ir hasta la gran avenida y sentarse afuera del templo de santa Ana para pedir limosna a los piadosos que salían de misa. Jamás me ladró a mí, que solía caminar diario por allí para que no se me atrofiaran las piernas (el pinche salchicha que me atacó vivía a diez calles de distancia). Nunca le ladró al cartero, ni a los repartidores de agua, tampoco a los recolectores de basura ni a los repartidores de publicidad impresa, que al final terminaba siendo más basura que nadie recogía.

Un día, un niño rubio de 10 años que vivía en la casa contigua a la del perro negro, y que siempre miraba al can de la azotea vecina con añoranza, pues sus papás se negaban a que tuviera una mascota propia, decidió subir sigilosamente al techo de su casa y de allí pasar al del perro negro para jugar con él. El perrito lucía siempre tan tranquilo…

Cuando el niño pasó al techo vecino, el perro negro sintió que su espacio estaba siendo invadido, y no sólo ladró por primera vez a un humano, sino que se avalanzó hacia el pequeño con furia, lanzándole dentelladas a los brazos y al rostro, empujando con sus ataques al niño hasta el borde de la azotea.

Los gritos del infante y los ladridos y gruñidos del atacante hicieron que el dueño del perro negro se alarmara, y al notar lo que pasaba prácticamente arriba de su cabeza le dijo al niño que no se moviera, que no gritara, subió al techo de su casa y sin mucho esfuerzo controló a su perro, quien recuperó como por arte de magia la paz que solía caracterizarlo.

El niño fue llevado al hospital, se le administró la vacuna antirrábica, creo que la antitetátina también, y varias puntadas fueron necesarias para suturar sus heridas. En su rostro quedaron cicatrices, no muy desfigurantes, que le harían recordar esa experiencia el resto de su vida.

Basándose en el principio que acabó con el último tigre de Sumatra, que dice: “una bestia que ha probado sangre humana, jamás se saciará hasta matar a todos los hombres [o mujeres] que pueda”, el perro negro fue sacrificado.

La justicia suele ser una utopía.

Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Pide un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre. Si vieras los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior lo podrías comprobar. Y nada qué decir de la mugre en sus ropas, en sus brazos y en su cara. Llevaba su mugre como si de una fiel compañera se tratara.
Tenía que ser un niño desgraciado, al menos en apariencia, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?
“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no estuviera obstruyendo el paso de nadie, simplemente para propinarle un puntapié.
“Malditas dos monedas, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.
“¿Por qué tenía el niño padrastro y madrastra?”, quizá te estés preguntando ahora. La respuesta es simple, nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera de una iglesia. El párroco de ese templo fingió no ver la caja, y se dispuso a dejarla donde estaba, para que alguna alma caritativa pudiese practicar la piedad.
La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la madrastra vio una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.
El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.
No era una idea religiosa, porque de religión no sabía nada. No era que se lo inculcaran sus padrastros, quienes se revolvían todos los días en amargura, y cuyos pensamientos no iban más lejos que el color de una botella o la redondez de tres monedas. No era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó del maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno, ninguna idea de cualquier otra clase.
El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.
Una tarde, después de haber recibido tres monedas en la zona comercial de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.
Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.
Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz del sol. Y todo allí era, sin embargo sombra.
El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa, cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.
“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un sola vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.
“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.
“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.
El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar a los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.
“Que ya no haya maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.
El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue una cegadora luz y quietud. Los edificios desaparecieron, como desapareció el bullicio.
Al recobrar la vista por segunda vez en el callejón, el niño se encontró de repente en un bosque, nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales salvajes.
Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.
De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso. Y al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

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El tercer twinky

Hacer un testamento no significa que uno piense que morirá pronto, que tenga planeado adquirir un boleto de ida al más allá, para no regresar jamás a Lagrimalandia. No debe ser así. Hay gente que realiza su testamento antes de empezar a notar buitres sobrevolando en círculo sobre su cabeza, con la anticipación suficiente, porque uno nunca sabe cuando llegará al límite de su historia personal, y para no dejarle nada al Estado o al pútrido gobierno en turno (todo pueblo tiene el gobierno que se merece, y en general los pueblos son unos jodidos ignorantes que no saben ni jota, sobre todo en América Latina) lo mejor es realizar un testamento. De paso, el testamento significa también no dejar problemas a los supervivientes que seguirán respirando, para el cuando nosotros no lo hagamos más.

Así pensaba un tipo mientras iba a recoger su testamento recién elaborado, para guardarlo y que estuviera a la mano de la gente que él quería, para cuando él muriera. Por ley del menor esfuerzo fue a dictar su testamento en la misma notaría en que lo hizo su padre, en esa zona oficinística donde el tipo susodicho solía trabajar. Hacía años que por una de las periódicas crisis económicas de la globalización él había sido despedido, por lo que esa zona era ahora algo ajena para él, pero lo suficientemente familiar para dictar por esos rumbos el documento de su legado.

Recogió su testamento una fría mañana de diciembre y salió feliz y tranquilo de con el notario, ahora el tipo podía morir sin preocupación, aunque no planeara hacerlo pronto.

Como le sobraba tiempo, decidió dar un recorrido por esa zona que solía conocer tan bien.

Cuatro años y todo parecía cambiado, los pequeños negocios de antes, que cuando el tipo trabajaba ya teníab más de 30 años de historia, habían quebrado, y ahora todo era comida rápida, sucursales de restaurantes trasnacionales y caras tiendas para gente pudiente (políticos y ladrones, en su mayoría). Los trabajadores de la zona parecían la misma de antes, jóvenes en su mayoría, vistiendo para parecer lo más gringo posible. Globalización.

El tipo notó que las historias, dramas o comedias parecen ser siempre los mismos, y que lo único que cambia son los escenarios. La gente envejece, pero siempre hay gente naciendo cada día, que también envejecerá a cada hora.

El tipo decidió entrar en una tienda y ver si aún vendían los twinkys. Sí, de hecho allí estaban, twinkys de vainilla. Él llevaba cerca de 30 años de no probar uno. ¿por qué recordó esos pastelillos cremosos, rellenos y secos? Mantecosos y grasientos, nada saludables. Quizá a veces los recuerdos se agolpan sin orden ni discernimiento, y llegan así para aplastarnos sin consideración alguna. Puede uno estar recordando algo que sucedió hace 4 años, y la memoria se revuelve con recuerdos de la universidad o quizá de la primera infancia. Si te llega a suceder algo así, podrás presumir que ya se te puede llamar viejo.

El tipo compró una bolsa de twinkys, sorpendiénose un poco de que ahora se incluyeran tres, pues cuano él los consumía, siempre venían dos. Nunca le gustó el sabor de esos pastelillos, pero el placer que le producían era algo que siempre consideró extraño y extravagante. Solía de niño comerlos de uno en uno, lentamente, masticándolos hasta hacer el bolo masudo adecuado para que bajara por la traquea, un bolo seco que al descender hacia el estómago se iba atorando un poco por el camino, ocasionando una especia de asfixia momentánea, que el niño de antaño siempre consideró placentera.

Cuando el niño se hizo hombre nunca le dio por practicar esas piruetas o sensaciones amatorias que tienen que ver con asfixias. No, la asfixia sólo la había buscado en los asexuados twinkys, pero de eso ya hacía mucho tiempo.

Y ahora allí estaba él, en un escenario de un pasado no muy remoto, con una bolsa de twinkys recién comprada y como traída de un lejano ayer. Decidió ir a sentarse en una parada suprimida de autobús (curioso que aún estuviera allí esa banca, cuando hacía muchos años se había prohibido el paso de autobuses en esa calle), la misma banca en la que cuando trabajaba por allí, se sentaba a leer durante su hora de comida.

Se sentó, nadie más estaba allí, ¿qué caso tiene ponerse a esperar autobuses en un lugar por el que estos jamás pasarán? El tipo miró un par de anuncios en la parada, curioso que aunque suprimida hacía tanto tiempo, en la parada había carteles de publicidad reciente. El nuevo producto de Apple por un lado y Miranda Kerr anunciando diamantes en el otro.

Al ver el rostro de la modelo, aún de moda por ese entonces, un tanto lejos de ser otra top Model más en el cementerio de las olvidadas, de las anianas de 40 años que dejan de ser contratadas. El tipo, mientras miraba a Miranda Kerr recordó a una chica de la zona lagunera, llamada Sofía.

Otro recuerdo, pero éste era de hacía unos 13 años. Sofía tenía un rostro dulce, angelical e infantil, como el de Miranda Kerr, bastante parecido al menos, lo cuál hizo pensar al tipo que las apariencias suelen engañar. ¿No lo cantaba Elvis? Hay mujeres que son demonios disfrazados. Miranda Kerr quizá era como Sofía, una mujer calculadora y peligrosa, con disfraz de ángel inocente, dispuesta a reventar pelotas y bolsillos.

El tipo casi olvida sus twinkys. Pensando en Sofía/Miranda Kerr, abrió la bolsita y se zampó el primer pastelillo. Sí, la sensación seguía allí, la masa masticada se atoraba un poco al bajar por el tracto. Pero no resultó tan placentero como lo recordaba. Había que intentarlo de nuevo.

Así se echo a la boca el segundo twinky, el sabor también era distinto. ¿Será que el tiempo además de ajarnos y jodernos, también se roba el gusto, tanto de la lengua como de la vida? ¡Mierda!

El twinky segundo se atoró más que el  primero, ocasionando una asfixia leve, pero no placentera. Al sentir que se atoraba el alimento, el tipo miró a un par de guardaespaldas que vigilaban las compras de su ama en una tienda de joyas (precisamente la que anunciaba Miranda Kerr en el cartel). ¿Quién sería la mujer que los dos guarros cuidaban? ¿La esposa o la hija de un político prepotente (valga la redundancia)? ¿La amante en turno de un vejete mejor parado entre su pandilla de bandidos que su miembro bajo las sábanas? ¿Qué tal si era Miranda Kerr comprando algo por aquel lugar?

El pensamiento hizo reír al tipo que mientras se distraía mirando a los guardaespaldas. Recordó el tercer twinky, ese extra que lo retaba a romper con la tradición de los dos pastelillos atorados. Decidió tragar el tercer twinky, sin dejar de reír. La asfixia en esta ocasión fue más marcada, quizá la risa había atorado al segundo twinky mientras el tercero bajaba y en la tráquea se hizo un obstáculo insalvable al colisionar los dos pasteles. El tipo cayó de la banca, con las manos en su garganta. Sus pulmones exigían el aire que de repente les fue negado. Imposible hablar, imposible gritar, pataleaba en el suelo, mientras surostro enrojecía.

Los guardaespaldas lo miraron de reojo. Pero fingieron no verlo, su trabajo era cuidar a su ama, quien salió de la joyería. Era una mujer de unos 50 años con aspecto de hastío, con cara deformada por operaciones mal hechas, o quizá bien hechas, pero que por haber sido muchas le destrozaron las facciones humanas, vestida con caras pieles de animales en extinción y con una pulsera que brillaba hermosamente bajo el sol.

Lo último que vio el tipo del twinky, morado totalmente, abandonado sin que nadie fuera a ayudarle y antes de pasar al lugar donde todos tarde o temprano llegamos, fue que la fulana no era Miranda Kerr y que las piedras preciosas de la pulsera brillaban bellamente bajo el sol.

Fue un error que el tipo hubiera comido el tercer twinky, pero un acierto que hubiera hecho su testamento.

tuinki