Desgarbo

Siempre trazabas en tus sueños un lujoso auto dorado como el sol, estacionado en una presidencia nacional o un palacio real con mil celosías. Esas imágenes se mezclaban en tu mente afiebrada con viejas escenas de Casablanca.

Tu romanticismo ideal, producto de novelas baratas y princesas Disney, y tu corazón latiendo al ritmo de mermelada y miel, eran la combinación perfecta para atraer moscas y bichos inmundos.

Eso era tu vida cuando no dormías: películas e ilusiones de neón, príncipes sin rostro, magnates de billeteras herniadas y rostros de padres potenciales; y todo terminaba siendo una cadena de falsas escaleras al Cielo, que jamás te acercaron a tus ideales.

Tus contoneos eran como grandes pantallas que proyectaban los interiores del templo de la esperanza, pero sólo en el gremio de los canallas se imaginaban ser el sacerdote ideal. Margarita que sólo pudo atraer cerdos.

Confundida entre las adúlteras sin amor con abrigos de curiosidad, aceptaste promesas ligeras y perdiste todas tus apuestas. Tuviste suerte de nacer aquí, esto te salvó de ser diana de piedras arrojadas por manos morenas.

No puedo decir si lo que hiciste estuvo bien o mal, eso puede que lo descubramos ambos si existe otra vida.

Hoy tu belleza se deslava, desperidicada. No hay de dónde agarrarse, ni cómo sostenerse. Si hasta Greta Garbo se desgarbó por la vejez, ¿qué podemos esperar nosotros, mortales simplones?

El ruedo está vacío y ya no quedan toros, sólo malos bailarines de flamenco que te emulan. Tu imán ya no atrae ni a la lujuria más desesperada. No hay auto de sol ni palacios, unícamente soledad desnuda.

La vela se apaga y la pluma se queda sin palabras. Hora de que nuestro camino se bifurque sin que sepamos si nos volveremos a encontrar, sólo el tiempo lo dirá; y mira que el tiempo no existe en realidad.

Junio 2002

garbo

Anuncios

Ganas de vivir

Sobre el arcoiris no hubo ni habrá nada que realmente valga la pena, para esto debimos habernos quedado en Kansas, Toto. Al final del túnel hay luz, pero esta sólo nos permite ver más de lo que ya conocíamos.

No es que todo esté mal, tampoco está nada bien. Lestat con ganas de seguir viviendo no comprende cómo hay gente que se cansa, como en Kansas. Debe ser un mal congénito ese de los optimistas, algo tan fuerte que les distorsiona la vista y les hace creer que lo mejor está a la vuelta de la esquina.

El Eclesiastés es sabiduría, la vida es existir día a día; pero llega un momento en que aunque haya muchas cosas por descubrir, ya no tienes energías, no te apetece siquiera verlas o y careces de curiosidad. Entonces ya todo te da igual.

Entérate que no hay ancianos sanos. La vejez en sí misma es una enfermedad, es la decadencia que impone un final a los que quieren más, a esos que se aferran a lo único que conocen, y que tienen más miedo a lo desconocido que amor a seguir respirando.

Y no está mal morir, malo es seguir viviendo cuando la mayor parte de tus dos pies están al borde de la fosa, cuando tu organismo responde como si estuviera debajo del agua y las cosas no saben ya igual, cuando saben, pero te mantienes rodeando tus brazos al cuello de quenes aún tienen entereza natural.

Qué necedad.

El artista que vive más de la cuenta

Triste

el tiempo nos va deslavando, descarando, descarapelando, y nos hace víctimas de la decadencia

el artísta se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas, recurre a la fórmula ante la imposibilidad de reinventarse

los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban

esos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, ahora valen menos que un grano de arroz quemado

los aplausos se apagan, los clubes de fans van cerrando poco a poco, a las presentaciones del artista sólo acuden algunos vejetes calvos que también buscan en el pasado algo que valga más que su jodido presente

así se va poniendo todo gris

así hasta el día de la muerte del artista, antes tan admirado, cuando llega su deceso verdadero (no el primero, ese que experimentó mientras seguía respirando y fue olvidado) es que empezarán los homenajes

el último adiós que le hacen muchos como para expiar las culpas de la desmemoria

un minuto de silencio, el primer instante que es una muestra de lo callado que será el resto del porvenir

Todo pasa, todo se olvida

Abandono

Hace décadas el hombre apocado llegó al suburbio, cuando esta colonia residencial estaba muy separada de la ciudad… claro, de lo contrario no se habría llamado suburbio. Llegó con su esposa y dos hijos: una niña y un niño. Dicen que él era contador y su esposa una glamorosa ama de casa.

El tipo diariamente se despertaba preguntándose cómo una mujer así, tan llamativa y radiante, se había fijado en un ser tan gris como él, y como no encontraba respuesta a su duda diaria es quizá por eso que fuera tan celoso. Para preservar su bien más preciado y misterioso, levantó una barda alta rodeando su jardín trasero, para que nadie pudiera mirar hacía su casa, y también levantó otra casi muralla en el frente, para que nadie supiera lo que en el interior de su hogar pasaba.

Las discusiones matrimoniales eran frecuentes, no importaba que las compras cotidianas de abastecimiento las hiciera él, siempre acusaba a su esposa de estarse viendo a alguien. Pero ella únicamente salía de la prisión residencial para ir al salón de belleza.

El tiempo siguió su marcha militar e inmisericorde, la niña se convirtió en mujer, y tan pronto alcanzó la mayoría de edad se casó con el primero que le propuso matrimonio y se largó de la casa paterna. Ya no se supo más de ella en la colonia, que poco a poco se pobabla más y más, adquieirndo de esta manera mayores problemas: suciedad rampante y delincuencia creciente.

Al poco tiempo también se fue la esposa, harta de las actitudes del marido, de esos celos sin fundamento. “Me arreglo porque así me quisiste, así te gusto”, le decía ella constantemente. Pero él insistía en que ella se embellecía por cornamentarle su viril y hueca cabeza. Igual al no tener la compañía de su hija, la mujer ya no tuvo de dónde sacar fuerzas para aguantar más la imbecilidad de su esposo. Simplemente un día se largó. Ya no se supo más de ella en la colonia.

El hijo permaneció unos años más al lado de su padre, para retenerlo el hombre le compraba perros, y el hijo estaba encantado con los canes, intentó hacer un criadero canino, pero no resultó, aunque desde entonces la casa siempre tenía al menos tres perros.

El hijo terminó la universidad y se casó, se fue de la casa y el hombre quedó solo, acompañado de tres perros.

A partir de entonces todo fue abandono. El jardín no fue arreglado de nuevo y se convirtió en maleza, las paredes de la casa no fueron pintadas, las ventanas no volvieron a ser lavadas, y el hogar se convirtió como por arte de magia en una ruina. El hombre removió su tanque de gas una vez que hubo una fuga que alarmó a los vecinos, y ya no instaló uno nuevo. Calentaba el agua en hornillas eléctricas, y se bañaba arrojándose tazas de agua caliente, en las hornillas eléctricas también calentaba su comida enlatada, único alimento que consumía desde que vivía solo. Los tres perros murieron de hambre y de sed.

La casa no se limpiaba por dentro y poco a poco fue invadida por torres de papel periódico, que se convirtieron en montañas. El hombre compraba tres o cuatro periódicos cada día, y los conervaba en su casa, hasta que tuvo que dejar de comprarlos para poder tener un estrecho camino dentro de su hogar por el cual poder deambular. Para entonces ya no trabajaba y vivía de su pensión.

En la colonia los vecinos se fueron convirtiendo todos en ancianos, los policías eran igual de imbéciles que siempre, solo que ahora más prepotentes y corruptos, resentidos con la sociedad, bichos que maldecían sus puestos de trabajo y se desquitaban con los viejos residentes de la colonia encontrando mil y una formas de molestarlos.

El hombre salía ocasionalmente de su casa para ir a un parque, sentarse a mirar a la nada, y regresaba a casa. No hablaba con nadie, no conocía a sus vecinos, nunca lo había hecho, ¿para qué empezar ahora?

Los robos a las casas se incrementaron, los policías estaban las más de las veces involucrados en los delitos… ya era demasiado tarde para retomar el orden. El destino cobra muy caro los pecados de indolencia y cobardía.

El hombre no tenía nada que le robaran. Su casa, de hecho, parecía abandonada. Nadie notaba realmente sus salidas al parque, bueno, nadie excepto la vecina de enfrente, que se la vivía asomada a la ventana de su casa, mirando pasar la vida y atestiguando la decadenciasin freno de la calle.

Un día de un mayo, un hedor imposible de ignorar emanó de la casa del hombre. Los vecinos, quizá por pudor o por mera idiotez, no dijeron nada, nunca decían nada, nunca hacían nada, ni en su propio beneficio, así que soportaron la pestilencia quejándose solamente para sus adentros, siempre guardando silencio respecto al insulto olfativo que salía de la casa en ruínas y pensando que las cosas iban cada día peor en la colonia.

Cinco años después de la pestilencia, cuando el otrora suburbio ya había sido engullido por la voraz ciudad, el hijo regresó a la casa paterna, pues su esposa lo había corrido del hogar porque no soportó ya más sus celos. El hijo llamó a la puerta, pero nadie acudió. El hijo aún tenía la llave y abrió. Todo estaba cubierto de polvo, y al fondo del pasillo vio un bulto tirado, descompuesto, emulando la figura de un hombrecillo en el suelo.

La vecina de la ventana confirmó que, efectivamente, hacía mucho, muchísimo tiempo, aquel hombre no salía de su casa.

La mujer que se movía como ardilla

Sus movimientos solían ser rápidos y nerviosos, como los de una ardilla. Pero no subía a los árboles ni hacía equilibrios entre las ramas.

Así la recuerdo.

Esa señora era una mujer que vivía de la pensión de su esposo, muerto ya hacía años. Ella no se quejaba de que las cosas necesarias fueran más caras cada año en cualquier mercado, ni de que la pensión sólo tuviera incrementos cada trienio (si es que los dioses falaces de la política y el mal gobierno se dignaban a pensar en los pensionados).

Esta mujer, que se movía como ardilla, nunca había tenido un empleo aparte del de ama de casa.

Tras la muerte de su esposo siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar del hogar, que hacía tiempo se había quedado sin hijos, pues ya todos se habían casado para formar sendos hogares en lugares alejados.

Ella se levantaba temprano diariamente a limpiar la acera y la cochera de su casa, aunque ya estuvieran, las más de las veces, limpias. Después, se ponía a limpiar el interior de la casa aunque, las más de las veces, ya estuviera limpia, porque ella se había aplicado a conciencia en la limpieza el día anterior.

Así pasó los años en la rutina de limpiar la limpieza.

La mujer que se movía como ardilla era saludable. Siempre ocupada en su casa, que sólo se ensuciaba un poco cada vez que la visitaba alguno de sus hijos, lo cual no era nada frecuente. Quizá la visitaban en Navidad, quizá el Día de las Madres, el caso es que no era siempre y nunca todos a la vez.

Un día, mientras con sus movimientos de ardilla recogía la ropa tendida al sol, perdió el equilibrio. Un súbito infarto interrumpió su actividad. La mujer ya nunca pudo volver a ponerse de pie. Su comunicante vecina atestiguó la caída, por mera casualidad (no se piense mal), y tras no recibir respuesta al “¿te encuentras bien?”, llamó a uno de los hijos de la ardilla infartada.

Los hijos llegaron, aunque no todos, pues antes de realizar cualquier otra acción tuvieron que echar a suertes quiénes eran los “elegidos” para acudir y ver qué pasaba con mamá, luego todos deliberaron y la hospitalizaron. Después decidieron pagarle a alguien para que estuviera con ella en el hospital, una enfermera que al menos era cortés, pues todos los hijos eran personas muy ocupadas que no tenían ni poquito tiempo que perder.

Cuando la ardilla fue dada de alta del hospital con la condena de la inmovilidad perpetua, los hijos deliberaron de nuevo y decidieron unánimemente recluir a su madre incapacitada en un basurero de gente vieja. Dijeron que era lo mejor, así su madre no estaría sola, sería muy bien atendida y todas sus conciencias estarían tranquilas.

Pero estar con compañía no necesariamente significa no estar solo.

La mujer que antes se movía como ardilla ya apenas parpadeaba. El mayor movimiento que realizaba cada día, aunque no por sí misma, era cuando las encargadas del asilo le cambiaban el pañal, cosa que sucedía únicamente cuando los receptáculos de desechos ya no soportaban más suciedad.

La mujer que solía moverse como ardilla se limitaba a mirar con gran quietud el techo y las paredes de su habitación mal iluminada, durante horas y horas. Ignoro si llegaba a cuestionarse algo.

Dos de sus hijos fueron a verla un Día de las Madres, otro le habló un par de Navidades. Y después silencio. Los hijos eran personas muy ocupadas, que no podían perder nada de su tiempo. Eso sí, los hijos eran muy responsables y pagaban puntualmente al honorable basurero de personas.

Pasaron unos cuantos años de quieta miseria para la mujer que solía moverse como ardilla, siempre el mismo techo y las mismas paredes, hasta que su organismo decidió encontrar la paz.

Sólo un hijo acudió al entierro, los demás eran demasiado honorables siervos de sus responsabilidades.

Los avances de la medicina permiten que vivamos más años que nuestros antepasados… Y se dice que eso es bueno.

 

La mañana de la tormenta

En ocasiones el invierno decide prolongar su gélido imperio, sin importarle que la primavera sienta demasiada urgencia en la sala de espera, y por eso adornaba con fuertes fríos esa mañana.

El galán bronceado con el torso desnudo para lucir su musculatura de gimnasio y sustancias antinaturales y presumir su tatuaje en el hombro (un sol medieval con simbología azteca, lo que sea que esa mezcla signifique), vistiendo solamente los pantalones del pijama, golpea la ventana de la gran camioneta negra último modelo, pagada a plazos por los próximos seis años, y le grita a alguien que está dentro del vehículo. “¡Abre por favor!”, con autoridad no carente de súplica.

Las 8 de la mañana y el frío cala. Se trata de un matrimonio joven, la esposa abordo de la camioneta era la belleza en su escuela preparatoria, todos querían salir con ella, y él el galán deportista de neuronas flojas que todas las chicas admiraban, no fue sorpresa que se hicieran novios y pocos años después se casaran.

Pero él, según sus palabras, es hombre, macho alfa y cazador, el matrimonio no le implicaba necesariamente fidelidad. “El estar a dieta no significa dejar de mirar el menú”, le decía con cinismo cuando su esposa lo sorprendía deleitándose con las curvas de otras mujeres. Pero un macho alfa no se limita a ver el menú, lo tiene que probar todo, y por eso él tuvo sus aventuras, creyendo siempre que su mujer no se percataba, y ella paciente no tejía, pero sentía que se avecinaba la tormenta mayor.

Esa mañana fría ella se preparaba como siempre para ir al gimnasio, para no perder la línea que entonces aún magnetizaba miradas en las calles, ¿para ser el menú que otros solamente admiran?, mientras él dormía todavía, pues la noche anterior se había quedado hasta tarde “trabajando en la oficina”.

La joven señora necesitaba cambio para el ballet parking (son individuos que visten tutús y aparcan tu auto afuera del gimnasio a ritmo del Lago de los Tiznes) y se le hizo fácil buscar monedas en el saco que él usaba la noche anterior. La prenda apestaba a perfume de mujer, pero no de la esposa curiosa, y en vez de monedas encontró una tarjeta con un beso estampado (no por los labios de la señora) y la frase “Gracias amor” escrita con caligrafía de esas en las que se pone un corazón pequeño sobre la “i” en vez del punto.

La tarjeta desató la tormenta anticipada, la mujer golpeó con furia la cabeza de su esposo dormido con el saco (Prueba A de la infidelidad) y le arrojó en la cara la tarjeta (Prueba B) gritándole “eres un cerdo”, dicho lo cual salió corriendo de la casa y se metió a su gran camioneta negra que estaba estacionada en la calle. Pero no se fue, esperó a que el marido llegase.

El esposo medio dormido no tardó en llegar tambaleándose hasta la camioneta y le dijo, “no es nada, mira que no es nada”, ella siguió bien parapetada en la camioneta, pero no se fue. Él le gritó “¡abre por favor!”, pero ella no respondió y lloró ante el volante, pero no se fue.

El tipo se cagaba de frío, y golpeaba con delicadeza la ventana de la camioneta (no era tan idiota, sabía que si rompía el cristal le saldría muy caro, literalmente hablando). La mujer sollozó a moco tendido.

Él sentía las miradas que le lanzaban las jóvenes madres que llevaban a sus hijos al jardín de niños contiguo a su casa, reafirmó su seguridad pues sabía que siempre tendría poder de seducción (así es, nadie concibe la propia decadencia hasta que esta ha comenzado a hacer estragos). La esposa, desde dentro de la camioneta, sintió que era injusto lo que le pasaba, era feminista (en realidad es una fascista sexual de las que no tratan de buscar la igualdad de derechos, sino la supremacía femenina y el sometimiento masculino, sea lo que eso signifique), y por esa razón esto no deberían hacérselo a ella, pero en verdad lo amaba, por eso se casó con él ¿no?

Al final ganó el corazón a la lucha contra la supuesta razón, ella abrió la puerta y se dejó convencer, entraron a la casa pasa hacer las paces de manera física, sin explicación, ni una palabra.

Escenas similares se repitieron por décadas hasta que ella, cansada, optó por tolerar las infidelidades del marido, tal como lo hacía su mamá con las aventuras de papá. Había hijos, que fueron los rehenes de la cohesión, y además, esas aventurillas no eran más que relaciones casuales, y la esposa oficial era ella. Y sí, su feminismo recalcitrante fue deslavándose junto con el atractivo de él.

Al final se divorciaron cuando el macho ya fláccido (el sol medievo-azteca era ya un garabato incomprensible en un arrugado pergamino) encontró a una mujer (30 años menor que él) que de verdad lo comprendía y a la que le fue fiel a pesar del dolor que las infidelidades de ella le ocasionaba.

La ex, en su soledad, se lamentaba haber entregado los mejores años de su vida al desperdicio. Pero hizo lo que quizo, ¿o no?

Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…