Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.

Mala inversión

Sacando un largo cigarrillo blanco de la cajetilla, que tras ser fumado dejará más negra la mancha de sus pulmones, para enfocar su atención en una fijación oral y evadir así el pensamiento de que no se puede hacer mucho ni poco para ocultar su avanzada calvicie, que está a punto de declarar la conquista total de su cabeza, el guapo de ayer suspira desesperado.

“¿Qué quieres que haga?”, le pregunta a la joven secretaria curvilínea que furtivamente se ha citado con él en un café alejado de los rumbos cotidianos de los dos. No deja de ser una osada movida mientras la esposa madura del caballero avejentado está comprando ropa nueva de marca, lo mejor que puede conseguir con el dinero que le sobra, a únicamente dos calles de distancia.

En su juventud él era tan apuesto y viril como aparentaban serlo los galanes del Hollywood de la década de 1940, ahora a él le queda algo de apostura, pero sinceramente sin su dinero nadie le apostaría mucho.

Los años le han demostrado que hay hombres a los que les sucede lo que a las mujeres bellas que confían demasiado en su físico: tratan de regresar desesperadamente el tiempo, el resto se resigna en la total indiferencia. Él está en la frontera entre ambas actitudes.

Las bolsas bajo sus ojos, parecidas a las papadas de los pelícanos, podrían ser arregladas con una pequeña operación, al igual que el poco amistoso tejido adiposo que lo rodea cariñosa y gelatinosamente a la altura de lo que antes fue una cintura.

La secretaria, que podría ser la hija de su esposa, y de él también, le dispara de nuevo la exigente pregunta de los últimos meses: “¿cuándo te vas a divorciar?”

Maldito el momento en que él apasionadamente le dijo a esta idiota que la amaba y que por ella estaba dispuesto a dejar a la decadente arpía con la que llevaba casado 30 años. Él ahora sólo quiere paz. Está cansado. Su vieja lo deja tranquilo mientras él le proporcione el dinero suficiente. En cambio esta mujer, ardiente pero siempre exigente, en todo sentido, le cuelga al cuello la pesada piedra del enamoramiento unilateral, el yugo con el que se paga la efímera pasión casi invernal, y él ni siquiera se quería sentir joven, sólo se dejó llevar por voluptuosidades que aún están lejos de ser derrotadas por la ley de la gravedad.

El tabaco quemado ya no le sabe ¿será que los fabrican con menor calidad que antes o que está perdiendo el gusto y el olfato? Divaga sobre tabacos y papilas mientras la joven exige y demanda, manotea y vocifera.

Él mira el rostro de un joven bien parecido que pasa por ahí y le desea mentalmente suerte y una mejor administración de su físico. Piensa que hace mucho que no lee un libro y se pregunta si realmente existirán las ballenas blancas. Recuerda que debe pagar cuentas y más cuentas, la universidad de su hija y las vacaciones de sus gemelos.

La secretearía se pone más seria, calla y espera una respuesta. Ante el silencio él despierta de su divagación con ojos abiertos y la mira. “¿Y bien?” Le pregunta ella.

Él, como única respuesta, se pone de pie, sabe que es un ultimátum, sabe que es la encrucijada y que el paso que dé es hacia un punto sin retorno, si es que realmente la chica es tan fuerte como presume.

Da una chupada a su cigarrillo y lo tira, con una mueca de desdén que mezcla una sonrisa de Monalisa sarcástica y el cansancio por una historia muy escuchada, la mira una vez más con todo y sus bolsas oculares y dando media vuelta en silencio se aleja de allí tosiendo secamente sin voltear una sola vez.

El próximo lunes la secretaria voluptuosa ya no tendrá el trabajo que le proporcionaba un salario (su jefe ha cortado todo tipo de relación, de la sentimental a la laboral), pero sí tendrá mucho trabajo para esforzarse en aceptar que muchas veces el amor no es una inversión que rinde frutos.

Amor

El amor es el virtuoso distractor, rayo cegador en el mundo de las sombras.

Sirve para poder soportar los absurdos de la existencia, para olvidar por unos momenos las injusticias, lo negro de las almas. Sirve para inyectar energía a los cada vez más débiles recuerdos de nuestra inocencia. Nos permite mirar hacia otro lado, para dejar de preocuparnos. Es caer, acompañados, en un grato vacío.

El amor es trabajo de equipo, el burladero de la soledad.

Aunque en el fondo siempre estamos solos (el amor hace que nos neguemos neciamente, por momentos, esa brutal verdad) creemos tener un cómplice en nuestra pareja, alguien que estará con nosotros cuando el Sheriff tense la cuerda con la que castigará nuestro crimen. Es una droga que nos eleva a lugares que ninguna otra sustancia o acción puede siquiera permitirnos atisbar.

El amor es el escapista, la evasión hecha obra maestra.

Llena nuestra mente de sueños que supuestamente se encuentran enraízados en lo cotidiano. Nos eleva a esos cielos que ni Dante pudo describir. Nos porpociona la locura necesaria para creer que el día de mañana será mejor.

El amor no dura para siempre, y cuando se agota nos duele.

Quizá cuando se acaba el amor es que morimos nuestra primera muerte, la no definitiva. Es cuando sufrimos para el resto de nuestra vida o nos autoengañamos en una conformidad del calendario. Su agotamiento suele ser el principio del negocio de mutua conveniencia.

Eso creemos.

Yo no te olvido. Los ecos de tus ideas hechas palabras aún resuenan en mi cabeza, mi boca sigue esperando el reenuentro con la tuya (a pesar de que busqué en otras, jamás fue igual). No te culpo de nada, quizá de seguir contigo hubiéramos cabado peor, pero quizá no me fijaría hoy tanto en todo lo aberrante e insultante.

Es un quizá, y perdona que aparentemente me haya desviado de tema, pues me proponía hablar del amor. Solo que al final el amor y tú siguen siendo para mí lo mismo. Aunque hace tanto nos hayamos perdido.

Nadie sabe lo que tiene…

Qué orgullosa lucías cuando caminabas a mi lado, en los tiempos que yo te miraba por encima de mis hombros.

Qué brillantes sonrisas iluminaban tu rostro siempre que estábamos juntos, antes de que descubrieras que yo estoy tan incompleto.

Qué voracidad se veía en tus ojos cuando preguntabas por mi vida, cuando querías descubrir todo de mí, apreciando incluso las fallas que no se pueden ocultar.

Pero sólo fui capaz de ver todo eso en ti hasta después de separarnos, cuando seguimos diferentes rutas y ya no había manera de volver.

Qué poco valoré tus ideas cuando estuvimos cerca, entonces nunca presté atención a tus palabras, salvo a aquellas que eran elogios o preguntas sobre mí.

Qué insoportables me resultaban tus amistades, de quienes te aislé durante nuestra relación. En un principio simulé que eran agradables, pero estaba tan seguro de ti que las desterré, haciendo que sólo giraras en torno a mí.

Ya no estás, y es ahora cuando más te aprecio e incluso te necesito. Mi pozo seguirá abierto aunque ya no se ahogará nadie en él. Ya no estás, y no hay forma de rellenar este hueco en mi alma, pues tiene tu figura y nadie más puede encajar. De ti sólo me queda el eco de tu voz en mi mente y la memoria de tu hermosura. Un gélido frío usurpó el puesto de la grata calidez.

No sé qué hubiera sido de nosotros de haberte yo valorado desde el inicio, pero igual todo se hubiese desgastado y termináramos igual de distanciados como ahora.

De nada sirve formular hipótesis con tela de fantasía. Quizá lo mejor sea olvidar.

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Pequeños perros (adiós adjetivado)

El séptimo enano saca de paseo con demasiada frecuencia a su perro miniatura, pues hay muy poco espacio en su departamento, ubicado en el vertiginoso piso 47 del edificio Lilliput, diseñado por la arquitecta Lilith del Edén, máxima exponente del postmodernismo tardío. Yo los observo, tratando de evadirme del momento y de tus palabras, mientras soy observado con indecorosa avidez, digna de caníbales, por un trío de policías corruptos.

Cocodrílicas lágrimas brotan de tus precámbricos ojos, mientras baratamente me dices adiós, a mí, a quien indiscriminadamente llamabas amor.

Tu ártica sangre fluye por tu gimnástico cuerpo, que ahora gira exclusivamente en torno a una primitiva fisiología, a la que sólo tienen acceso esas nóveles manos de quien perjuramente te promete ser absolutamente sincero. Es ese nuevo alguien que avariciosamente posee en el presente tu hirviente corazón, y todo lo demás de ti.

Totalmente obnubilado, debido a la sinrazón incandescente de tus palabras hirientes, te digo adiós, deseándote suerte. Y cuando con parsimonia te alejas, los policíacos agentes sagaces se acercan sigilosamente a mí para sacarme el difícilmente ganado dinero, por haber aparcado erróneamente el auto en un lugar estrictamente prohibido.Culpa meada.

Así es la vida, son gajes desgajados del oficio.

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Incompatibilidad (desconocidos artificiales)

El tiempo que he vivido desde que te conocí ha sido dictado autoritariamente, pero sin exigencia aparente ni comprobable, por el ritmo de tu propio reloj tiranológico nuclear.

Las rutas que he tratado de seguir han sido las indicadas por tu brújula, cuya aguja parece la hélice del biplano del Barón Rojo, enriquecida con metanfetamina.

Por ti he esperado, haciendo de la paciencia un desastre y de la desesperación un arte.

Tú, tan fijada en el pasado, dejas morir el presente, pudriendo de antemano los posibles frutos del mañana.

Y yo, tan tarado, que me sigo mareando por seguir dando vueltas en tu círculo vicioso.

Llegó el tan nefasto día de las recriminaciones, decir “yo todo te lo di” y oír la respuesta de “yo jamás te pedí nada”.

Bien pagados los dos.

Uno quiso saber quién iba a escribir la historia de lo que pudo suceder, la otra siempre quiso escribir la historia de lo que fue y lo que jamás sería.

Así sucede que tras quererse tanto, dos nuevos extraños artificiales, se separan con amarga espuma del mar de la rabia y la comezón irrascable del rencor. Se separan heridos, ardidos bajo el quinto sol y como viviendo en el sexto infierno.

Dos seres con visiones distintas, ahora esforzándose en desconocerse, breves compañeros de viaje, que al descubrir el mutuo cobre se dieron cuenta de que no tenían nada en común, ni la corriente eléctrica de sus impulsos.

De aquel cariño forzado, convertido en adicción, sólo quedará, si bien les va, la indiferencia y el mal sabor. Ojalá hubiesen visto a tiempo los signos en la carretera de la incompatibilidad.

Reinicio

No es lo que tienes, sino lo que eres. No es lo que piensas, sino lo que sientes.
Los verdaderos colores no se ven con los ojos, sino con el alma que los usa de ventanas.
No soy una buena persona, lo que pasa es que contigo trato de ser mejor. Pero mejor no intento nada más y trataré de ser quien soy.
El tiempo es relativo, y para muchos no existe. A veces fui yo mismo, pero se que mañana y los subsecuentes amaneceres quizá seré el mismo de ayer.
Tanto quiero preguntarte, mientras que no encuentro las palabras para responderte.
Ojalá no esperes tanto de mí, para no correr el riesgo de defraudarte. Por favor recuerda que no soy más que un hombre.
Igual el día en que salde mis cuentas pueda al fin conocer la verdad. Dejaré de cuestionarte y te trataré con todo respeto, pues es la única manera real para llegar a alguien.
Si me alejo y regreso ojalá me disculpes, es que necesito desesperadamente encontrar la verdad, y dicen que ésta se encuentra allá afuera. Nadie nace sabiendo y echando a perder se aprende. Y no quiero sabiduría a costa de perjudicarte.
A veces siento que la vida es redonda, y uno la comienza de nuevo al llegar al final; sin embargo, el principio nunca suele ser el  mismo.

Foto de Rocío Pardos, el uso de la imagen fue gentilmente autorizado por su autora. Visita el estupendo blog de Rocío en http://fotografiarocioph.com/
Foto de Rocío Pardos, el uso de la imagen fue gentilmente autorizado por su autora. Visita el estupendo blog de Rocío en http://fotografiarocioph.com/

 

Ilusiones y posibles reencuentros

El auto de luz que trazabas en tus sueños lo dibujaste junto a una presidencia nacional o un palacio real sin ventanas, mezclados en tu mente con viejas escenas de Casablanca. Eso era tu vida aún cuando no dormías: películas e ilusiones de neón. Príncipes sin rostro y rostros de padres potenciales, esos eran tus ideales que ninguna escalera al cielo podría alcanzar. Confundida entres las adúlteras sin amor con abrigos de curiosidad, tuviste suerte de nacer aquí, esto te salvó de ser blanco de piedras arrojadas por manos morenas. No puedo decir si esto está bien o está mal, eso puede que lo descubramos ambos si es que existe el más allá. Transmites en la calle, en grandes pantallas, los interiores del templo de la esperanza para que cualquier vagabundo sueñe con él. No hay de dónde agarrarse, ni de dónde sostenerse; si hasta Greta Garbo se desgarbó por la vejez ¿qué podemos esperar nosotros? El ruedo está vacío y ya no quedan toros, sólo bailarines de flamenco que te emulan. La vela se apaga y la pluma se queda sin palabras. Es tiempo de que nuestro camino se bifurque sin que sepamos si nos volveremos a encontrar, eso lo sabemos los dos.

Junio 2002

neon

Sólo gente como nosotros

Sólo seres como nosotros pueden convertir el oro en amargura, las bendiciones en llanto y hacer ruinas las ternuras.

Sólo gente como tú y yo puede pervertir lo bueno, convertir en mentiras lo verdadero y al final no preguntarse ni un por qué.

Al principio fuimos los mejores amigos, pero nos empeñamos en destruirlo; ahora ni siquiera puedo estar contigo, si volviéramos a empezar haríamos de nuevo lo mismo.

Sólo gente como nosotros, que en el fondo no es tan mala, convierte el amor en tedio y el azúcar en cizaña.

Quizás nuestra historia termine con nuestros cuerpos, igual no volvemos a encontrarnos, pero estoy seguro de que si lo hacemos, habrá remordimientos al mirarnos.

Sólo gente como nosotros decide ignorar lo que estaba escrito. Sólo alguien como yo reza por volver a verte aunque sepa que no coincidimos.

Letras

Letras, como si hubiera necesidad de presumir una nueva combinación de ellas.

Como si de verdad pudieran reflejar los sentimientos, acercar a la persona que más se quiere y alejar a quien ya no se desea ver más.

A veces funcionan y son el conjuro correcto, pero no parecen ser efectivas para los inseguros, para los testarudos y para los que dudan (que con ellas quieren comprobar que existen).

Una correspondencia no correspondida e interrumpida porque ya no me importan las respuestas que se me puedan dar por la relación irreverente y totalmente carcomida. Olvidemos las palabras cuyo sentido está hoy extraviado.

Letras, como si hubiera necesidad de enterarse de vidas ajenas, de imaginaciones de otras personas, de sueños de otros dueños o de ideas distintas a las de uno mismo.

Palabras, sólo palabras, se habla y se las lleva el viento, se escribe y se cubren de olvido; así como les pasa a algunos sentimientos.

Letras que no quedarán grabadas para siempre, ni las de mi lápida, ni las de la tumba de nadie; al final todo está escrito en arena.

Sin embargo nos empeñamos en hablar, en escribir, en presumir lo que pensamos.

El mundo no cambia y este mal no tiene cura (ni sacerdote). Yo por eso te doy estas letras de cambio, para que cambiemos nuestras vidas, no por otras, sino que tomemos los rumbos que nos corresponden y que cada quien siga su destino, ya que juntos los caminos no hacen uno, debido a la incompatibilidad inherente e incoherente.

Otra despedida, sin adiós, para nadie.

Me quedo con las letras para describir fantasías privadas y exhibirlas en un aparador electrónico, como en una casa de cristal, en la que no se revela nada realmente.

Cierro las cartas abiertas y reabro la mezcla mágica de sonidos silenciosos en papel (o en pantalla).

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