No me gustan las despedidas

No me gustan las despedidas.

Sobre todo no me gustan “esas” despedidas. El adiós de la persona querida que el destino te aleja a muchos kilómetros, esa despedida que ansía el juramento del reencuentro, que rara vez se cumple.

Muchas veces he vivido las despedidas que son el fin de la línea, el “hasta aquí llegamos”, que a su vez se dividen en esas de “que tengas suerte” y en las de “que te vaya bonito, pero no quiero ya saber nada de ti”; la última subdivisión a veces es mero eufemismo cuyo significado real es “vete al carajo”.

El adiós que más duele es precisamente aquel que no se da cuando importa mucho darlo. Ese adiós omitido de las relaciones que quedaron pendientes. La separación de la persona a quien jamás le dijimos “te quiero”, a pesar de llevarla siempre en el corazón, y a quien ya no habrá manera de expresárselo.

Imagino que debe existir la despedida que es cortesía del olvido, la de quienes se fueron, o que a veces ahí siguen, pero que no son nada para nuestras vidas, su presencia es ya en sí una ausencia, presencia que carece de importancia.

Pero insisto: no me gustan las despedidas, de ninguna especie, aunque sean necesarias.

Titanic

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Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.

Adioses no cordiales

La imposibilidad de terminar una relación de manera cordial.

Cerrar las puertas, sellándolas para que jamás abran de nuevo.

Llevarse consigo la bolsa de malvaviscos dulces para asarlos en el infierno.

Dejar libre al Mr. Hyde interno, para que haga el trabajo sucio de poner la pesada piedra encima de la tumba de lo que fue bueno.

Mostrar ese lado oscuro, insolente e indecente, que se asoma después del hartazgo.

Así nunca se llega a ningún lado, así jamás se queda uno atorado.

En el fondo me quisieron, pero ahora cuando me recuerdan eligen no mencionarme.

“Había algo bueno en él”, dicen, “pero lo prefiero a la distancia”.

Vaya forma de irse uno quedando poco a poco solo.

Vaya manera grosera de decir adiós.

Pero no lo puedo evitar. Siempre termino haciéndolo mal.

 

Loneliness. GONCHAROV Andrei Dmitrievich. 1954
Loneliness. GONCHAROV Andrei Dmitrievich. 1954

El parque

Ignoro cuántos primeros pasos se han dado aquí, cuántos niños hicieron sus primeros descubrimientos y cuántos ancianos han dado sus últimos pasos; cuántos enamorados descubrieron en este sitio el universo que se abre con el primer beso. Cuántos recuerdos se forjaron aquí y cuántos momentos que la gente preferiría olvidar. A pesar de todos los recuerdos que se crean en este parque, a pesar de que si me esforzara un poquito podría llenar hojas y hojas de mis memorias, realmente en este lugar siempre me acuerdo de ti. Sé que aquí te dije que te amo, nada original pues en este lugar muchos habrían dicho lo mismo. Sé que aquí sentí más de tres veces que era la última vez que te vería, y sin embargo nos volvimos a ver. Recuerdo la vez del taxi, con tus cajas, recuerdo también la vez que dijiste que lo nuestro carecía de futuro (quizá no en esas palabras, pero así lo entendí), recuerdo cuando dijiste que esperabas un hijo y la primera vez que lo vi. Recuerdo que aquí solucionamos una de nuestras mayores diferencias. Recuerdo haber sentido aquí mismo que mi sombrero de trucos estaba ya vacío y que también se me habían acabado los ases en la manga. Cuando más sentía eso, sin habértelo mencionado, tú me dijiste lo contrario. Lamento decir que si alguna vez hubo aquí un beso, lo he olvidado. Siento a este sitio como el lugar de los adioses y de los holas; de abrazos y de lágrimas, de noticias que podían construir monumentos de esperanza en el alma y de frases que los destruían hasta sus cimientos sin dejar siquiera ruinas. Hoy quise venir sin esperar encontrarte, pero de todas maneras te encuentro. Tengo la sospecha de que si algún día pierdo la memoria, no podré perder esos recuerdos.