La catástrofe

La súbita catástrofe nos hace sentir unidos, que somos hermanos, solidarios, que todos nuestros corazones palpitan al mismo ritmo. Despertamos al llamado de los necesitados.

La catástrofe nos saca de nuestras rutinas, nos impele a ayudar a todos los afectados. La cohesión y la buena voluntad llegan de inmediato a su clímax.

Pero un catástrofe deja muy pronto de ser novedad y, en poco tiempo, es sustituida por otro encabezado a ocho columnas o titular destacado en la página principal. Las conciencias se sienten satisfechas con lo que hicieron en dos días. La catástrofe se convierte en anécdota y en comentario para el resumen noticioso de fin de año.

Los afectados de repente son abandonados a su mala suerte o lenta muerte. Regresan las indiferencias y los rencores anteriores, vuelven también los días comunes, y respecto a los semejantes se impone de nuevo la indiferencia. El brillo de las almas se apaga ante los escombros internos de lo cotidiano. Los borregos vuelven al redil danzando la canción impuesta.

La unidad se viene abajo, y de nuevo todo al carajo. Mientras no seas un damnificado, todo lo ajeno te vuelve a importar un bledo. Solos de nuevo… naturalmente.

Naturaleza humana, aquí y en China.

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Esa parte de ti

Soy esa parte de ti que no soportas, que te hace sentir mal, que destruye todos tus logros, pero que permites estar contigo, contra tu voluntad, no me puedes exiliar.

Soy tu profana inquisición personal, que no busca ninguna verdad pura, solamente la tortura y el tormento.

Soy la que te hace pedir perdón mil y una veces hasta que no haya nadie ante quien disculparte.

Soy tu mayor tontería, la fuente de tus lamentos, eres un Job gratuito, sin ningún objetivo.

Crees alejarme, pero como el Viejo de la Montaña te prometo el Paraíso, y estúpidamente me crees, a pesar de que sabes que lo único que te entrego es el Infierno.

Soy el viento rencoroso que tira con sencillez la personalidad ideal que te has construido, como si se tratara de una endeble torre de naipes. Carezco de verdad, y trato de hacerte creer que soy tu esencia.

Soy lo que te hace sentir como personaje de Dostoyevski, el desequilibrio de tu paz, tu signo de los tiempos, la abjuración de tu naturaleza, el vaho oscuro y putrefacto que empaña tu pureza, hasta aniquilar tu poca nobleza.

Pateo tu castillo de arena y me burlo cruelmente de tu debilidad.

Tengo límites, no cometo delitos contra terceros, sólo busco tu autodestrucción. Exploto tu talón de Aquiles, y siempre caes, siempre.

Soy tu único apego, lo único que te quedará en la soledad absoluta que te he creado. Soy el creador de tus lamentos, dolor y rechinar de dientes, el disparo a tu propio pie. Autodestrucción, el empujón en el borde del precipicio, explotando tu inquietud por volar.

Acéptalo, no tienes remedio.

Hasta la derrota siempre.