Los amantes errados

Ella era el horario de oficina, él era la eternidad. A pesar de sus purezas cristalinas, no tenían nada de que hablar. Ella siempre tenía prisa, él nunca iba a ningún lado. No me preguntes cómo ni cuándo, pero sé que terminaron juntos. Ella soñaba contando, él le contaba sus sueños, y como siempre la rutina terminó llevándose el velo del misterio. Ella ganaba mucho dinero, él gastaba más de la cuenta. Para ejercer presión sobre él, ella lo obligó a pagar la renta. Ella trataba de cuidar su organismo, él empezó a perder el sentido. Ella se fue con alguien con un futuro sólido, él se quedó durmiendo muy solo. Ahora sabemos que el amor engaña, y nos hace alabar cosas extrañas. Poco es claro cuando estamos en ese estado, y a veces es muy tarde cuando queremos rectificarlo. Ella murió de úlcera y de cáncer, él murió de frío y de hambre. Nadie sabe en dónde están sepultados, pero todos los conocen como los amantes errados.

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Olfato callejero

Huele a muerto, como el rancio ranchero musical de antaño al que todos recordaron sólo por que se murió, al morir resucitó del olvido. Apesta a perro sucio, pues a los viejos canes de la casa jamás los bañan. Hiede a anciano, un vejete que espera sentado en el lado del conductor de esa gran camioneta último modelo, en la que espera con impaciencia a que descienda su esposa. La misma de siempre. Huele a naftalina, la ropa bien limpia de la añosa mujer que baja, como la economía de mi país. Apesta a diferencia la humilde sirvienta indígena que les abrió la reja de la cochera, para que los dos viejos opulentos metieran su gran camioneta. Hiede a un pasado negro, pero ahora ambos viejos se ven tan inofensivos, sin embargo uno se pregunta ¿cómo es que esos viejecitos vivan en una mansión  digna de un joven poderoso? Apestas a crítico, parece decirme la vieja con su mirada al verme pasar. Huele a humedad o al menos eso dijo alguien recientemente acerca de mí. Yo puedo oler a muchas cosas, pero no a humedad. Los viejos entran en su casa seguidos de su sirvienta, y sus perros pestilentes duermen la siesta mientras yo paso de largo por una calle familiar que probablemente no vuelva a recorrer más. Aunque el olfato funcione, el tiempo no se detiene y el destino sigue trabajando. ¿A alguien le importaría realmente que los viejos bañen a sus perros? ¿A alguien de verdad le importa a qué huele un anciano? ¿A alguien realmente le interesa que yo huela a humedad? Vaya manera de despedirme de esta calle tantas veces recorrida.

Jalogüí y día de muertos

“Mi calaverita tiene hambre y no ha comidooo, ¿no tiene un dulce por ai? No se los acabén todos ¡déjennos la mitá! Quereeemos jalogüí. Quereeemos jalogüí, Ouí ouí ouí!” Combinación de culturas en mi México a veces no tan lindo pero aún querido, supongo que por ciertas personas más que por el lugar en sí. Tan cerca de los USA y tan lejos de Dios. Crecí en una zona arribista, clasemediera, un suburbio submental que mira a los EE. UU. como ejemplo de nación sin importar qué tan ajenas nos sean las ideas, las formas o las realidades. No digo que el admirado país del Norte sea malo, ni que sea bueno, sólo diferente a esta caricatura rara del Sur. El lugar donde crecí es una zona donde de repente les dio por rescatar valores culturales propios, nacionles, pero sin dejar de admirar al jefe mundial. Eso se nota más entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, pues se hace una verdadera mezcla de fiestas entre el día de muertos nacional tradicional y el Halloween, divertido pero importado. Así los niños salen a la calle a pedir su “calaverita-jalogüí”. Y por si la mezcla fuera poca, crecí en un lugar donde la clase media y la pobreza casi extrema conviven como vecinos potencialmente mortales. Desde el 31 de octubre las calles de mi colonia se llenan de niños disfrazados de fantasmas, duendes, brujas, demonios y piratas, con disfraces Made in China, aunque algunos traídos de los Estados Unidos. También los pobres se contagian, de este carnaval en clima frío, y dejan de ser muy tradicionalistas, cambian las ofrendas a sus difuntos por el disfraz que busca asustar, y sin querer sonar cruel, se ven por las calles muchos “niños calaveritas” que no requieren de disfraz pidiendo la acostumbrada limosna que durante esos días se llama “calaverita” o jalogüí. Después del 2 de noviembre vuelven a ser simples humanos descarnados que piden limosna. Es curioso vivir en este país que presume de tanta autenticidad y se ufana ridículamente de glorias pasadas, de las que ya no queda nada más que el exagerado recuerdo; un país que es una encrucijada, un tanto servil para mi gusto, donde en el fondo se imita lo que se quiere pero que por naturaleza no se puede tener. Donde se deífica al Míster Dólar y se pondera la limpieza de las calles del vecino poderoso, mientras la nación propia es una pocilga que se inuna por el exceso de basura, donde incluso es grandioso contaminar el lenguaje propio con extranjerismos que parecen proporcionar una estúpida satisfacción (así la gente se siente cosmopolita, ciudadana del mundo o de plano gringa). Ya lo dije, no somos ni menos ni más, sólo diferentes. ¡Quereeemos jalogüí. Quereeemos jalogüí, Ouí ouí ouí!

Mi divorcio

Conexión rota sueño irreal, imposibles destinos y silencio al final. Era de esas adicciones que restan, de ese tipo de relaciones tan constantes como el tiempo pero tan cambiantes de dirección como el viento. Nada por aquí, nada por allá, y sin embargo eso era su TODO. Magia que tan pronto se realizaba, se perdía, energía que no se conservaba, contradiciendo cualquier necedad de ley física universal. Fuga constante de todo, hasta del cariño que los ataba, el mejor acto de circo, realizado sin espectadores. Ser vivo formado de varios trozos, destazado en un par de buenas imaginaciones. Mentes centradas en lo ideal y perfecto, manos que sólo sabían dibujar círculos rectos. Castillos de humos, sólidos como mantequilla bajo el sol de medio día, derrumbados a causa de una duda microscópica, o por el más leve acento de ironía. Cuando las necesidades apremiantes subían temperaturas, un gran cañón entre azul y colorado se interponía creando una insoslayable separación. Sexo por sexo es treintaiséis una simple ecuación matemática con cola de reproches. Labores como de oficina, efectuadas con ritual distanciamiento exagerado. Esas precipitaciones siempre tan desfasadas, jamás sincronizadas. Dos frecuencias similares pero que no lograron sintonizase. Relación que nunca se aceptó a sí misma, quería que el espejo le mintiera. Juegos de manos hechos por mancos y aspiraciones altas realizadas por enanos sin narices. Al final se murió, sin cruces ni tumbas, mucho menos un ratón de sacristán. Suspiros de paredes, lágrimas que salen de las piedras, con estos sucesos no se conmueve ni un flan. Se cierra el libro, se sopla a la vela y se toca la campana. Eso suele sucederle a seres imperfectos que se obsesionan con la perfección. Jamás dije nada.