Cuando la indiferencia duele

Ella tan ordinaria y yo tan poco especial,

ella tan hueca y yo con tan mal relleno.

Dialogar con ella era monologar con el alto vacío,

y sin embargo la buscaba, con desesperación de náufrago.

Ella era la mar de bruta y yo el océano de estupidez,

no te dejes confundir con mi altivez, caigo bajo, muy muy bajo,

a niveles subterráneos, incluso inferiores a mí.

Ella no te roba nada, pero te aporta menos.

No puede tomar postura, ni siquiera en el espacio que ocupa.

Su opinión es lo que está de moda, puede ser judía un día y nazi al siguiente amanecer.

Y allí estaba yo, tratando de unirme a la incompatibilidad más absurda.

No fue enculamiento, no fue brujería, simplemente es que todos estamos bailando al borde de la pendejada.

Quizás yo esperaba algo, no sé, el Pigmalión pignorante que no sabe nada, aunque diga que sí.

O quizá estaba tan solo que elevé mis ilusiones a la estratósfera con el impulso de una simple mirada.

No lo sé, igual la estupidez es injustificable, y es el trago que debe uno pasar así, sin agua y sin banana, sin pensar ni cuestionar.

Trato de ser indiferente, pero cuando la indiferencia duele es que aún importa la cosa.

Al tiempo entonces…

pendu

 

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No me esperes a cenar (violencia intrafamilar)

“Jodido e inútil animal, no servirías ni en un maldito circo del carajo…”, me gritaste con tu chirriante voz de patito castrato de hule y tu cara pintarrajeada como infernal payaso triste, ayer me hiciste lo mismo, pero tenías mascarilla de aguacate en tu faz. Y luego me lanzaste a la cabeza el costoso tarro de esa crema humectante que no te funciona en absoluto. Así comenzaste a discutir otra vez.

Nada te agrada, nada te convence, de nada me ha servido que te haya dejado por completo el control de la caja idiota, que tengas en tu poder las únicas copias de todas las llaves de nuestro hogar, que administres todo el dinero que yo produzco sin que me proporciones ni una mísera mesada mensual, en nada ayuda que siempre seas tú la que conduce el coche (de todos modos eliges los destinos de todas nuestras salidas) y que te permita determinar todos los alimentos que me tengo que tragar.

De nada sirve que lo único que escuchamos sean las aberraciones musicales que te gustan, que sólo veamos las películas para subnormales que tanto te agradan, que me vista con las ropas que detalladamente seleccionas para mí, ni que haya condescendido ayer a que apretaras con un agujero más el collar de la correa con la que me sacas a pasear.

Todo esto lo he permitido para vivir contigo en paz, pero nunca te es suficiente; cuando creo que ya deberías estar satisfecha vas y exiges algo más, y todo te exaspera.

Cada uno de nuestros intercambios de palabras se convierte en una vociferación de tu gaznate, tu boca escupiendo tonos elevados e insultos bajos, ya no lo soporto. No creo que esto sea sano, aunque nos sea cotidiano.

Empiezo a sospechar que lo nuestro no es amor, que mienten los que dicen que el amor es dolor y sacrificio, y que todo debe ser soportado en aras de seguir juntos hasta que la muerte nos separe.

Por eso me desvanezco, saldré a comprar unos cigarros, a pesar de que no fumo. No me esperes a cenar, no esta noche, ni nunca jamás.

correa

Historias comunes

Había una mujer que tenía sueños e ilusiones en cada momento de su vida.
Había un hombre que parecía expresar claramente todo lo que sentía.
Sueños y palabras, son tan similares en el hecho de que a veces ambos distan demasiado de las acciones y corren el riesgo de convertirse en semillas de decepciones.
Hay cierto tipo de historia, que es más fecuente de lo que creemos, que conjuga personajes como los arriba mencionados.
Una mujer que prácticamente suspiraba en cada respiro y un hombre que jugaba con diversas palabras para decir lo mismo.
Se encontraron, se emocionaron y más temprano que tarde alguien se cansó del juego, igual las dos partes, y comenzaron a experimentar lo que se conoce como soledad en compañía. A ese baldío desolado no tardó en llegar una tercera persona.
Pudieron optar por la indiferencia puntual, por la negociación resignada o por las guerras con distinto grado de violencia (de la verbal a la puñetera, que no es igual a la autosatisfactoria), pero sin importar el camino que hayan decidido recorrer en su extravío sadomasoquista, hubieran terminado siempre en el mismo punto.
Mientras tanto, alguien en algún otro sitio, que soñaba, se ilusionaba o jugaba con las palabras, reinició el juego, dando comienzo a otra historia similar a la arriba esbozada. Sonrisas, besos, regalos y compromisos, halagos, caricias, perfumes, posiciones… hasta agotar las variaciones, para darse cuenta de que no había nada más que eso y llegar a puntos comunes, la misma película.
Historias con diversos principios, con leves variaciones, historias que comparten el final similar.

Del amor y del olvido

En un principio todo era como vivir en el paraíso por adelantado.

Las endorfinas deforman nuestra percepción. Ojalá todo siguiera así por el resto de la historia, pero eso es imposible.

Las más de las veces se llega a la encrucijada de la resignación o del autoengaño unilateral. Seres tan necios y empecinados como tú y yo, sólo tenemos la segunda opción.

Si el paraíso se convierte en infierno, y no se sale a tiempo, sabe a manicomio.

Esas altas murallas que uno mismo construyó por seguridad, pueden terminar siendo una prisión, pues son muy difíciles de saltar.

Uno no quiere dejar ir, eso significaría perder, y tan clavado queda ese sentimiento de derrota que se ignora cualquier ganancia posible en otro lado. Todo parece pérdida cuando duele el corazón.

Si te dije que te quiero fue en serio, es una frase con la que no me gusta jugar.

Todo lo que hago por amor, tiene factura que intento cobrar más tarde. Se convierte el asunto en una lucha de poder, hasta que alguien se hunde en la impotencia.

Quizás fui demasiado sincero y me diste por hecho; quizás en mi ilusión seguí sin poder ver la realidad. Quizá me mentí desde un principio y creí vivir lo que mi imaginación dictaba.

Ilusión no compartida es como la mitad de una mentira.

Lo bueno es magnificado, y por lindo se intenta prolongar, en una estructura de decorado cinematográfico.

Lo malo, se va al no-me-acuerdo voluntario.

Lo feo es el pan de cada día.

Quizás nada nunca fue completo, en ningún momento. Muy tarde me enteré de que lo mejor es cortar las amarras a tiempo.

Dicen que las reglas del amor se parecen al olvido, quizás sea cierto, pero siento que no es lo mismo.

Se acaba un amor apache

Al principio sólo palabras disparadas como flechas envenenadas hacia la cabeza del alma. Después acciones que alebrestan la furia. Para terminar con golpes que van lastimando al cuerpo. Todo para que al final ambos se pidieran perdón.

Dicen que la paz se valora más en los tiempos de guerra, pero no es válido pelear sólo para valorar la paz. Por desgracia la violencia parece ser la constante de tu vida, cuando faltan los golpes no crees que sea amor.

Vueltas sobre el mismo eje, un mareo con sabor a impotencia. ¿Eso es tu forma de vivir o es una mala costumbre? ¡Y me dices creer en un Dios de amor y paz!

De nuevo la rutina en la mañana y una dosis de recriminaciones por la tarde; para alcanzar, a  veces, una tregua nocturna. Al salir el sol volver a empezar, una vez más.

Para amar, como supuestamente se debe, se necesitan al menos dos, lo mismo pasa, curiosamente, si lo que se quiere es pelear. Por favor no te pongas el vestido de víctima y me salgas con que la situación se agotó. Cada quién gira en donde quiere.

El cerrojo fue echado por última vez, cada uno dando la espalda a sendas caras opuestas de la puerta.

Mi divorcio

Conexión rota sueño irreal, imposibles destinos y silencio al final. Era de esas adicciones que restan, de ese tipo de relaciones tan constantes como el tiempo pero tan cambiantes de dirección como el viento. Nada por aquí, nada por allá, y sin embargo eso era su TODO. Magia que tan pronto se realizaba, se perdía, energía que no se conservaba, contradiciendo cualquier necedad de ley física universal. Fuga constante de todo, hasta del cariño que los ataba, el mejor acto de circo, realizado sin espectadores. Ser vivo formado de varios trozos, destazado en un par de buenas imaginaciones. Mentes centradas en lo ideal y perfecto, manos que sólo sabían dibujar círculos rectos. Castillos de humos, sólidos como mantequilla bajo el sol de medio día, derrumbados a causa de una duda microscópica, o por el más leve acento de ironía. Cuando las necesidades apremiantes subían temperaturas, un gran cañón entre azul y colorado se interponía creando una insoslayable separación. Sexo por sexo es treintaiséis una simple ecuación matemática con cola de reproches. Labores como de oficina, efectuadas con ritual distanciamiento exagerado. Esas precipitaciones siempre tan desfasadas, jamás sincronizadas. Dos frecuencias similares pero que no lograron sintonizase. Relación que nunca se aceptó a sí misma, quería que el espejo le mintiera. Juegos de manos hechos por mancos y aspiraciones altas realizadas por enanos sin narices. Al final se murió, sin cruces ni tumbas, mucho menos un ratón de sacristán. Suspiros de paredes, lágrimas que salen de las piedras, con estos sucesos no se conmueve ni un flan. Se cierra el libro, se sopla a la vela y se toca la campana. Eso suele sucederle a seres imperfectos que se obsesionan con la perfección. Jamás dije nada.