La mañana de la tormenta

En ocasiones el invierno decide prolongar su gélido imperio, sin importarle que la primavera sienta demasiada urgencia en la sala de espera, y por eso adornaba con fuertes fríos esa mañana.

El galán bronceado con el torso desnudo para lucir su musculatura de gimnasio y sustancias antinaturales y presumir su tatuaje en el hombro (un sol medieval con simbología azteca, lo que sea que esa mezcla signifique), vistiendo solamente los pantalones del pijama, golpea la ventana de la gran camioneta negra último modelo, pagada a plazos por los próximos seis años, y le grita a alguien que está dentro del vehículo. “¡Abre por favor!”, con autoridad no carente de súplica.

Las 8 de la mañana y el frío cala. Se trata de un matrimonio joven, la esposa abordo de la camioneta era la belleza en su escuela preparatoria, todos querían salir con ella, y él el galán deportista de neuronas flojas que todas las chicas admiraban, no fue sorpresa que se hicieran novios y pocos años después se casaran.

Pero él, según sus palabras, es hombre, macho alfa y cazador, el matrimonio no le implicaba necesariamente fidelidad. “El estar a dieta no significa dejar de mirar el menú”, le decía con cinismo cuando su esposa lo sorprendía deleitándose con las curvas de otras mujeres. Pero un macho alfa no se limita a ver el menú, lo tiene que probar todo, y por eso él tuvo sus aventuras, creyendo siempre que su mujer no se percataba, y ella paciente no tejía, pero sentía que se avecinaba la tormenta mayor.

Esa mañana fría ella se preparaba como siempre para ir al gimnasio, para no perder la línea que entonces aún magnetizaba miradas en las calles, ¿para ser el menú que otros solamente admiran?, mientras él dormía todavía, pues la noche anterior se había quedado hasta tarde “trabajando en la oficina”.

La joven señora necesitaba cambio para el ballet parking (son individuos que visten tutús y aparcan tu auto afuera del gimnasio a ritmo del Lago de los Tiznes) y se le hizo fácil buscar monedas en el saco que él usaba la noche anterior. La prenda apestaba a perfume de mujer, pero no de la esposa curiosa, y en vez de monedas encontró una tarjeta con un beso estampado (no por los labios de la señora) y la frase “Gracias amor” escrita con caligrafía de esas en las que se pone un corazón pequeño sobre la “i” en vez del punto.

La tarjeta desató la tormenta anticipada, la mujer golpeó con furia la cabeza de su esposo dormido con el saco (Prueba A de la infidelidad) y le arrojó en la cara la tarjeta (Prueba B) gritándole “eres un cerdo”, dicho lo cual salió corriendo de la casa y se metió a su gran camioneta negra que estaba estacionada en la calle. Pero no se fue, esperó a que el marido llegase.

El esposo medio dormido no tardó en llegar tambaleándose hasta la camioneta y le dijo, “no es nada, mira que no es nada”, ella siguió bien parapetada en la camioneta, pero no se fue. Él le gritó “¡abre por favor!”, pero ella no respondió y lloró ante el volante, pero no se fue.

El tipo se cagaba de frío, y golpeaba con delicadeza la ventana de la camioneta (no era tan idiota, sabía que si rompía el cristal le saldría muy caro, literalmente hablando). La mujer sollozó a moco tendido.

Él sentía las miradas que le lanzaban las jóvenes madres que llevaban a sus hijos al jardín de niños contiguo a su casa, reafirmó su seguridad pues sabía que siempre tendría poder de seducción (así es, nadie concibe la propia decadencia hasta que esta ha comenzado a hacer estragos). La esposa, desde dentro de la camioneta, sintió que era injusto lo que le pasaba, era feminista (en realidad es una fascista sexual de las que no tratan de buscar la igualdad de derechos, sino la supremacía femenina y el sometimiento masculino, sea lo que eso signifique), y por esa razón esto no deberían hacérselo a ella, pero en verdad lo amaba, por eso se casó con él ¿no?

Al final ganó el corazón a la lucha contra la supuesta razón, ella abrió la puerta y se dejó convencer, entraron a la casa pasa hacer las paces de manera física, sin explicación, ni una palabra.

Escenas similares se repitieron por décadas hasta que ella, cansada, optó por tolerar las infidelidades del marido, tal como lo hacía su mamá con las aventuras de papá. Había hijos, que fueron los rehenes de la cohesión, y además, esas aventurillas no eran más que relaciones casuales, y la esposa oficial era ella. Y sí, su feminismo recalcitrante fue deslavándose junto con el atractivo de él.

Al final se divorciaron cuando el macho ya fláccido (el sol medievo-azteca era ya un garabato incomprensible en un arrugado pergamino) encontró a una mujer (30 años menor que él) que de verdad lo comprendía y a la que le fue fiel a pesar del dolor que las infidelidades de ella le ocasionaba.

La ex, en su soledad, se lamentaba haber entregado los mejores años de su vida al desperdicio. Pero hizo lo que quizo, ¿o no?

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Para siempre

Solemos temer a las enfermedades mortales, olvidando que al nacer contraemos una, irreversible, incurable e irremediable, ocasionada por el inclemente paso del tiempo. Ese mismo tiempo que dizque es relativo, pero que a pesar de su falta de característica absoluta nos marca y nos mata con una decadencia que, por más que se intente retrasar, llega tarde o temprano. Ese pensamiento lo tuvo él presente a lo largo de su vida, por eso mismo postergó tanto sus revisiones médicas, hasta el día en que las molestias y dolores fueron insufribles. El doctor, acostumbrado a los postergadores temerosos y sin esperar lo mejor, le pidió hacerse revisiones generales y un par de análisis específicos.

Esperando una de esas curiosidades de la vida, producto de la mala enseñanza, de las películas y series de TV o de las fantasías esotéricas románticas, él, al mirar los resultados de sus análisis, nefastos y nada prometedores (excepto para la extinción), esperó la llamada de ella, aunque no le había comunicado a ndie su desdicha; pero el teléfono permaneció mudo. De parte de ella no hubo llamadas, ni visitas, ni mensajes, ni recados enviados por mediación de terceros, cuartos ni quinos que no son malos, vamos ni una barata postal de cortesía o un mensaje de mecánica red social.

Es cierto que hacía ya muchos años que ambos habían perdido contacto, ignorando de forma olímpicamente áurea lo que le sucedía al otro. Pero es que…

Ella y él se conocieron hacía ya demasiados años, en esos tiempos en que ya había computadoras y teléfonos móviles, pero aún no existía la teletransportación. En esa época en que el bien común era una cosa rarísima y no se había extinguido la hambruna en África. Fue hace mucho tiempo.

No sé si fue amor a primera vista, pero en ese primer encuentro, accidental, que ellos tuvieron, tan pronto se miraron fue como si se hubieran conocido desde hacía tres vidas y media.

Clic y química.

Las conversaciones sin sentido entre ellos tenían toda la lógica del mundo, hablaban el mismo lenguaje y compartían similares gustos, no tan idénticos como para hartarse mutuamente a los cinco minutos, pero sí lo suficientemente coincidentes como para sentirse bien una al lado del otro. Presentíana cuando a uno le pasaba algo, o cuando a una le invadía la melancolía, entonces era inmediata la llamada, la charla y la doma y aplacamiento de los feos sentimientos. Eran las mitades platónicas hechas realidad, cuajando como gelatina fina. “Somos almas gemelas”, solía decir ella. “juntos somos como eternos”, le respondía él.

Romance breve, compromiso casi inmediato, cohabitación y alegría.

Pero un día, pasados 11 meses después del año de conocerse, a ella le dejaron de hacer gracias las tonterías de él (que antes la mataban de risa), ella dejó de ser muy dulce para él y comezó a parecerle nauseabundamente posesiva y amarga. Poco después los besos el sabor del papel Bond, James Bond.

Hubo cada vez más silencios entre ellos, ya ni siquiera comentaban las películas, que con más frecuencian veían cada quien por su lado.

Decidieron cumplir el acuerdo que establecieron poco después de enamorarse: “cuando sientas que no me amas, sólo dímelo, y sin drama nos separamos para siempre”.

Ella dio el primer paso, le dijo que ya no lo amaba, y él, con el hercúleo trabajo que cuesta tratar de romper esa costumbre que no suele quebrarse por completo, cumplió su palabra dada y no rogó por una oportunidad.

La separación no ocurrió en un puente medieval con faroles tristes y un viejo saxofón sonando a la distancia; fue en la casa de ella, cuando le entregó a él las maletas listas para la salida. Él recogió los infelices velices, equipaje para un viaje que no se quiere realizar y que solo tiene un boleto de ida.

Se dieron el frío beso doloroso de compromiso, ese que se le da en la mejilla a quien se solía besar en la boca. Se dijeron adiós. Esa fue su última palabra.

Así pasaron los años, cada quien su vida, en lejanía mutua. Él pensaba constantemente en ella, comparándola morbosamente con las mujeres que conoció después y a quienes olvidaba al poco tiempo. A ella siempre la llevaba incrustada en la memoria, tatuaje con tinta de recuerdo. Solo que ¿para qué contactarla? El contrato verbal de alejamiento y silencio se mantuvo por ambas partes.

Así, en la libertad de una calle insensible, cuando al mirar él los resultados de los análisis médicos a los que por fin se había sometido, al sentir el impacto de la sentencia de muerte vía médica, notó que el mundo seguía su ritmo habitual y que a nadie parecía importarle que él pronto dejaría de ser parte del caos. Ella no le llamó.

Ella no le llamó las semanas siguientes ni los meses que a él le restaron de vida, aunque supo lo que él tenía por algún comunicativo amigo mutuo del lejano pasado.

Él, firme dentro del convenio tampoco hizo nada por buscarla. Sólo la recordó.

Ella no fue a su funeral, no visitó su tumba, ni fue a saludarlo durante el atribulado día del Juicio Final. Ella no volvió a hablarle jamás.

Hay gente que cumple su palabra para siempre.

Pequeños perros (adiós adjetivado)

El séptimo enano saca de paseo con demasiada frecuencia a su perro miniatura, pues hay muy poco espacio en su departamento, ubicado en el vertiginoso piso 47 del edificio Lilliput, diseñado por la arquitecta Lilith del Edén, máxima exponente del postmodernismo tardío. Yo los observo, tratando de evadirme del momento y de tus palabras, mientras soy observado con indecorosa avidez, digna de caníbales, por un trío de policías corruptos.

Cocodrílicas lágrimas brotan de tus precámbricos ojos, mientras baratamente me dices adiós, a mí, a quien indiscriminadamente llamabas amor.

Tu ártica sangre fluye por tu gimnástico cuerpo, que ahora gira exclusivamente en torno a una primitiva fisiología, a la que sólo tienen acceso esas nóveles manos de quien perjuramente te promete ser absolutamente sincero. Es ese nuevo alguien que avariciosamente posee en el presente tu hirviente corazón, y todo lo demás de ti.

Totalmente obnubilado, debido a la sinrazón incandescente de tus palabras hirientes, te digo adiós, deseándote suerte. Y cuando con parsimonia te alejas, los policíacos agentes sagaces se acercan sigilosamente a mí para sacarme el difícilmente ganado dinero, por haber aparcado erróneamente el auto en un lugar estrictamente prohibido.Culpa meada.

Así es la vida, son gajes desgajados del oficio.

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