¿Por qué?

Quisiera saber por qué se nos obliga a asesinar a nuestro niño interno en nombre de la madurez y la productividad.

Por qué se admira a la gente que dice ser como niños, y en realidad actúan como inconscientes idiotas.

Quisiera que alguien me dijera por qué la tecnología avanza tan rápido mientras seguimos siendo las mismas bestias de siempre, sin importar que a lo largo de la historia se hayan expuesto muchas buenas ideas.

Explíqueme alguien por favor por qué hay amores que fueron brillantes como soles y que terminan siendo tan oscuros como la maldad.

Díganme por qué la gente exige verdades diciendo mentiras, y se ofenden cuando se les dice la verdad.

Por qué la sabiduría está tan anudada con el dolor.

Por qué nos dicen que Dios es amor y a golpes nos intentan convencer de ello. Dime por qué mucha gente termina enganchada a lo que le hace daño.

Por qué es tan difícil rechazar el papel en la gran farsa.

Tengo más preguntas, pero éstas son personales y mejor se las hago a la gente involucrada.

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Alea jacta est (la jalea es de jocoque)

Desechando por completo la apuesta por la resurrección, perdido como el niño que cazaba mariposas en el bosque denso, sin rumbo, me dedico ahora a buscar una puerta, cualquier puerta.
La religión me mintió, como un llanto sin lágrimas, marca registrada, o como colorido comercial. De mil profetas y sus discípulos indisciplinados solo se extrae media verdad.
Me gustaría decirte que hay un camino, pero la verdad ahora estoy más extraviado que tú.
Los dados en el aire y César se jacta de la suerte, busquemos mejor arañas en el techo
hasta que nos sorprenda la muerte, que ojalá llegue como una caja envuelta en papel azul.
El abandono es frío como un beso al mármol, e insisto que el rito desgastado ya no tiene nada que ofrecer. Cada vez más juntos en apariencia y por dentro más alejados en realidad.
La sonrisa no dejó huellas en tu cara. Una guitarra vuela mientras el mentiroso sonríe, y tú le crees sólo por la blancura de su dentadura. ¡Qué impostura! Yo me despido como cuando le decía adiós a mi papá.
Todos terminaremos en el olvido. Te veo partir en el tren de tu decisión y yo me quedo limpiando la estación, carente de ideas, así como de idas y venidas. El desfile de los seres grises carece de música, pero te absorbe aún contra tu voluntad.
De cabeza en el precipicio de la duda te preguntas: ¿dónde está ahora lo que ayer fue certeza? Quizás mañana la habitación se ilumine, quizás también tenga yo algo que decir.
El alcohol saca a flote muchas tonterías y pocas verdades. El dolor cuando es ya muy intenso deja de ser sentido. Quemas tus diarios y borras tus recuerdos. Francamente querida, me importa un bledo. En el fondo ¿a quién pretendemos engañar?
La hoguera de las vanidades arde sin dar calor. Ya es tarde para creer en el amor. Está lista tu ropa blanca para la fiesta de lodo. Los dados vuelan y César se jacta de la suerte, sé que podré olvidarte hasta que me sorprenda la muerte.
Agosto 2001

Dudas eternas

Allí estaba, una abeja sin alas, frente a una escalera escalonada (¿cómo  pudiera ser de otra manera?) que no conducía ni para arriba ni para abajo. “Me pregunto entonces ¿por qué se llama escalera?”, dijo la abeja, de quien yo me pregunto: ¿Por qué se llama abeja si no tiene alas?

El pequeño insecto estaba sentado contemplando el enigma, cuando llegó el elefante rosado que supiestamente es percibido por los amigos íntimos de Baco y que deja sus huellas impresas en los techos.

“Yo me comeré el mundo de dos bocados”, dijo el presuntuoso paquidermo. A lo que la abeja sólo hizo una mueca de incredulidad, había escuchado tantas veces esa misma frase, de bocas suficientemente grandes, acompañadas de cojines suficientemente grandes para cumplirlas, o en su defecto, para descansar en ellos tras el esfuerzo.

Allí estaban sentados estos dos personajes, contemplando unas escaleras que ni subían ni bajaban, cuando de repente, sin visos de arrepentimiento, llegó un loro azul.

“El ejercicio es salud”, dijo el ave celeste, “y por ello es bueno para la vida”.

La abeja sin alas, cuya incredulidad y asombro iban en aumento tomados de la mano, pensó: “será bueno para la vida, pero yo he visto a los atletas más saludables sucumbir y morir de repente”.

El loro y el elefante temblaron de miedo ante el pensamiento de la abeja (sí, tanto el ave como el paquidermo tenían el poder de leer las mentes), como tiembla la mayoría de la gente cuando se menciona a la muerte.

“¿Me llamaban?”, expresó una esquelética figura que salía detrás de una sombra, mientras entregaba una tarjeta de presntación a cada uno de los animales allí reunidos. La tarjeta decía: “La muerte, lo único seguro en la vida, ni buena ni mala, así que ¿para qué temerme?”.

El elefante y el loro se desmayaron desanimados, pues pensaban antes de ese instante que vivirían por siempre. La abeja sonrió y regresó a analizar las escaleras. La muerte, como siempre, tuvo la última palabra, y se limitó a decir “adiós”.

 

 

 

 

Cuestionamientos

“¿Es posible ser un vaquero sin vacas?”, se preguntó el ganadero cuando de su rancho se llevaron los animales para sembrar soya patentada. “¿Acaso puede existir un banquero sin banco?”, se decía el cajero cuando las transacciones comenzaron a realizarse por computadora. “¿Tiene razón de ser un escritor cuando ya nadie lee?”, expresaba el autor con nostalgia mientras observaba una nueva quema de libros. “¿Vale la pena estudiar cuando parece no haber futuro?”, lloraba la linda joven que tiraba sus apuntes a manera de rendición al ver la fila de desempleados en la feria del empleo. “¿Existe realmente un altruista que no quiera ser alumbrado por reflectores?”, cuestionaba antes las multitudes en el exclusivo auditorio el célebre filántropo. “¿Hay acaso médicos cuyo objetivo sea realmente la salud de la humanidad?”, pensó con rapidez un doctor en lo que elegía le palo de golf para su siguiente tiro. “¿Habrá realmente riqueza cuando los pobres conformen la totalidad?”, se dijo el empresario cuyo principal pasatiempo era contar su dinero y buscar países cuya mano de obra fuera cada vez más barata. “¿Hay razón para pensar en un mundo regido sólo por absurdos?”, escribió el filósofo antes de irse a dormir con el fin de escapar de la realidad. “¿Es suficiente orar para que exista un Dios?”, dudaba el sacerdote mientras impartía mecánicamente la comunión. “¿Existen derechos humanos aún para aquellos que se comportan como bestias?”, clamaba un hombre victimado por la brutalidad al servicio del poder. “¿Es acaso quejarse el primer paso para el cambio real?”, me pregunto yo. “Y después de esto… ¿Qué?”, se preguntaba un viejo que sentía cercano el fin.

duda

Un brevísimo instante

Fue un rayo. Un microsegundo. Mil situaciones de la historia personal condensadas en un pequeño momento, en esa maravillosa relatividad del tiempo que existe también en la mente. ¿Qué fue? ¿Duda? ¿Asco? ¿Remordimientos? ¿Escrúpulos?

Río internamente, y su rostro esbozó una discreta sonrisa que por quienes la percibieron fue tomada como orgullo o como un buen augurio.

¿Cómo además del recuento veloz de su vida, de sus acciones, de los sacrificados, los engañados, los comprados y los asociados, podía haber lugar para chispas de dudas?, se preguntó.

Ahogadas de inmediato las preguntas, se afirmó que ya era muy tarde para salir con inseguridades o sentir que había migajitas de moral en él. Nadie llega tan lejos con un número positivo en el gramaje de la moral. Quizá sólo fue temor a lo nuevo, a lo desconocido, a lo imponente. Quizá sólo fue emoción que se experimenta cuando al fin se concreta aquello que siempre se buscó. La realización del anhelo. La meta.

Él, uno en millones, ante un periodo de poder absoluto y después la seguridad y la riqueza por el resto de su vida, protegido en grandes mansiones. Inalcanzable, para cuando se le imputará todo, pero nadie podría hacerle ya nada. Pero eso será más adelante. Ahora…

No, nada de dudas.

Se acercó con arrogancia al micrófono, con voz firme y clara aceptó el cargo de presidente, jurando hacer todo lo posible por el bien de la nación.

Es mejor conservar el misterio

Dios ordenó que se hiciera la luz, y comenzaron los amaneceres, creados para recrearnos y hacernos sentir agradecidos. Pero hubo quien quiso explicarlos, no era suficiente admirarlos. Ahora que sé cómo suceden, creo que hubiera sido mejor conservar el misterio.

El viejo mago que durante años cosechó aplausos, accedió por fin, por una buena suma, a revelar sus secretos. Ahora sé cómo se esconden conejos para que aparezcan misteriosamente y cómo se parte en dos el corazón de una mujer. Preferiría haber seguido asombrado y creyendo en la magia, creo que hubiese sido mejor preservar el misterio.

Me dijiste que todo era mejor cuando sólo sospechabas que yo te amaba, preferías un personaje de novela que se la vivía ignorándote y disimulando sus sentimientos. Pero eso para mí no puede estar en un cajón, el amor no se puede ocultar, en eso se parece a la tos.

Antes pensaba que las películas eran realidades y que me adentraba en verdad en las vidas que veía. Pero alguien me habló de guionistas, camarógrafos y de directores. Ahora el cine sólo es una pantalla en donde se proyectan imágenes animadas; creo que hubiese sido mejor conservar el misterio.

Quise sumergirme hasta el fondo de tu alma, para conocer tus deseos más ocultos. Ofrecerte realidades en una bandeja de plata, esperando que mi boca fuera el único destino de tus besos. Pero en algún momento descubriste que soy otro más, y me convertí en uno de menos, creo que piensas que debí haber conservado el misterio.

Si no te he dicho recientemente que te quiero

Si no te he dicho recientemente que te quiero…

Es probable que sea porque lo doy por hecho, porque estoy muy feliz a tu lado, porque la felicidad hace olvidadizas a la personas, principalmente con respecto a lo más importante. Si hasta Dios es olvidado cuando la gente es feliz, ¿qué puede entonces esperar cualquier ser humano de los felices mortales?

Igual es porque no me gusta decir los que esperas escuchar, ni quiero que me des por hecho, ni me tomes por algo seguro y con lo que contarás hasta el fin de tus días o cuando llegue el Juicio Final (lo que ocurra primero).

Quizá se deba a que algo en ti me hizo sentir que no te gusta que te lo diga, aunque yo sienta de veras que te quiero mucho. Por eso guardo silencio en una ausencia aparente de monja que escribe. O quizá se deba a que temo, por decirlo, quedar en ridículo ante ti.

Es probable también que yo prefiera expresar lo mucho que te quiero con acciones y no con palabras, pues los actos suelen comunicar las cosas con mayor contundencia que los sonidos o los escritos, e incluso que las imágenes.

O pudiera ser que está cercano nuestro final, como dos que comparten algo. Todo lo que inicia se acaba en algún momento, si es que no evoluciona. Igual a nuestro amor le faltó obedecer algunas teorías de Darwin, y se quedó como un monito simpático haciendo piruetas en algún lugar del pasado. Es probable que juntos, tú y yo, ya no podemos seguir funcionando.

Quién sabe, sólo el tiempo lo dirá.

fool