Palabras por encargo

No me salen ya las palabras por encargo. Aunque me las pidas tú, que siempre fuiste un recuerdo presente, y que hoy eres una realidad que regresó sin perder nada de su esplendor, ganando, en cambio, más fuerza y belleza con el tiempo.

No podría escribirte como lo hacía antaño. Esa cuerda se acabó en algún momento, y tampoco quiero abrir la represa de nuevo. Volverte a ver es como si no hubieran pasado los años, hasta olvidé si alguna vez estuve en un naufragio.

No temo volver a extraviarme, aunque mi brújula nunca ha servido ni he podido interpretar nunca mapa alguno, aprendí a dejar migajitas por mi camino, bien decía mi papá que “hombre prevenido…”.

No escucho cantos de sirenas, porque perdí el don de lenguas, aunque la lengua sea lo único que me sirve ahora. Creo que ya soy resistente a tu encantos, aunque prefiero no ponerme a prueba, por voluntan omitiré la permanencia involuntaria.

No creo en la reencarnación, optaré por dudar que nos conocimos en otra vida y que nos juntaremos de nuevo en el futuro. La paz que tú quieres aquí, la deseo yo en la eternidad también. Dejemos pues las cosas ser, sin presionarlas.

No puedo hacer lo que antes hacía, ya peino canas y debo aparentar que aprendí mis lecciones, que no creo en todo lo que dicen las novelas, los filósofos y las canciones. ¿Ya ves ahora por qué no me salen las palabras por encargo?

 

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Reconocimiento e inseguridad

El tiempo no perdona, eso lo sabemos todos, pero lo que pocos quieren saber o reconocer es que el tiempo también se ensaña y castiga severamente. Por eso es que vemos a gente de 35 años que aparenta 55 o seres de 37 que lucen de 69.

El otro día asistí a un concierto callejero. Casi no recuerdo la calidad musical de tal suceso (así de malo habrá sido, o igual no fue un género de mi agrado). De ese día sólo quedaron en mi memoria dos cosas, y quizás tres, pero la tercera es una experiencia que olvidaré selectivamente si no resulta como yo espero o la atesoraré privadamente si acontece lo que deseo.

Primero recuerdo el lento principio de una conversación de dos adolescentes, desconocidos entre sí, la iniciaron a tres metros de distancia una del otro. Ambos recubiertos de la poderosa soledad urbana. Ella fue la que dio el primer paso, preguntándole a él la hora. Sesenta minutos después sólo estaban separados por 50 centímetros de aire y ya habían intercambiado impresiones acerca de sus respectivos problemas.

En su segunda parte, el concierto fue interpretado por instrumentos de viento, que sonaban a flatulencias infernales. Yo estaba sentado en una de las sillas de la última fila (hasta atrás, siempre hasta atrás) con mi atención puesta más en los adolescentes que en la música. Cinco filas adelante descubrí a un individuo que volteaba en dirección a mí, como buscando ver más allá a otra persona. De entrada sólo me sorprendió su fealdad (por ser superior a la mía), pero nada más. Entonces yo saqué mi cuaderno y empecé a tratar de escribir algo que no tuviera que ver con la última ruptura de mi corazón.

Pero de nuevo me distrajo ese cuasimodo sin joroba que me miraba. De repente percibí algo familiar en el fulano. “A este tipo lo conozco”, me dije usando la palabra que por entonces tenía yo de moda para referirme a la gente que de alguna manera me molestaba. Podría tratarse del hermano de un amigo, del vendedor de alguna tienda en la que acostumbraba comprar cigarros, de alguien con quien me topaba a diario en mis rutas rutinarias, como me topo cada día con los árboles familiares y fachadas vecinas.

Trataba yo de recordar al tipo, pero sin éxito. Así dio inicio una lucha dentro de mí: el ego contra la curiosidad. Mi ego es tan grande que no me permite saludar a alguien (exceptuando a mis seres queridos) que no me salude primero (lo admito, esto no es más que un estúpido acto de inseguridad). ¿Quién carajos era este tipo?, él a la vez parecía reconocerme, pero procurando no dar señales de ello. Seguramente otro inseguro de mi calaña.

El anárquico archivo patas arriba que se guarda en mi mente desquiciada seguía tratando de encontrar la identidad del fulano, sin resultado. Paulatinamente empecé a sentir más incomodidad por causa de él. ¿Habrá sido alguien que en alguna ocasión ocupó mi lugar en el afecto de alguna mujer? No, quizás lo recordaría por eso. ¿Qué me molestaba tanto del tipo? Así mi búsqueda tuvo un elemento más preciso: el fulano me resultaba molesto.

Hmmm, él me molestaba tanto como una cadena gringa de supermercados. ¡Eso era! El tipo era alguien con quien yo había trabajado antes hacía tres años en una cadena gringa de supermercados. Cumplía con todas las características, sólo que nadie puede envejecer 18 años en tan sólo 36 meses. Bueno, quizás sí.

Me distraje un poco con el concierto, con los adolescentes y con el verdadero motivo que me tenía allí enraizado. Pero de nuevo el tipo me volteaba a ver. Estaba casi seguro que era el antiguo compañero del supermercado, aunque luciera como su propio padre.

Los adolescentes ya no me interesaban y mi timidez, tras diez años de haberme dejado en paz, regresaba a mí con nuevos bríos. No me atrevía acercarme a la bella morena menuda que me tenía atado a este lugar. ¡Qué cuerpo, qué sonrisa y qué mirada! De repente me armé de valor y me dirigí a la hermosa mujer, pero a pocos pasos de ella las mariposas de mi estómago revolotearon salvajemente y empecé a temblar. Cambié de rumbo y me dirigí hacia el tipo que me incomodaba.

Como a bocajarro, y con algo de coraje por no haber tenido el valor de dirigirme a la morenita, le disparé: “oye, ¿no trabajabas tu en un supermercado?” Él, un poco sobresaltado, me respondió: “no”, con una voz que reconocí inmediatamente. Sin duda era él, mi antiguo compañero de trabajo. Mi bien conocida mirada de desprecio se encendió automáticamente mientras pensaba “si negaron a Jesús, ¿qué le podía esperar a un tipo como yo?”, recordé que esta era la segunda vez que me habían negado en esa semana. ¿A la tercera cantaría un gallo, o de perdida un guajolote o un pavo irreal?

Tras la negativa del tipo sólo le respondí con un desairado “¡ah!”. Antes de alejarme alcancé a mirar una de sus manos, los dedos encogiéndose para formar un semi puño tal y como recuerdo que se encogían cada que le hablaba yo a la mujer que tanto le gustaba a él en el supermercado. Sin duda era el mismo tipo, pero ¿cómo puede alguien envejecer tanto en tan poco tiempo? Siempre me quedaré con la duda, a menos que me pase lo mismo a mí.

Quisiera terminar aquí pero hay un Cabo suelto (su Capitán le dio cátsup echada a perder en el desayuno y el estómago del cabo se aflojó sin piedad). Por puro orgullo fui y le hablé a la morenita guapa. No puedo decir qué pasó después, porque eso me lo guardo para mí. Pero cuando nos fuimos del concierto la morena y yo, los dos adolescentes seguían enfrascados en una charla que no parecía tener un final próximo.

Ciudad de México, Junio 2002

Se supone que debe ser bello

Cuando tu nombre es magia, tu presencia parece serlo todo.

Tu ausencia, como es lógico, significa la nada.

Invocar tu nombre es alterar el ritmo del corazón,

Estar contigo es perder la lógica, olvidar los malos momentos.

Lo único malo es que pareciera que en dicho enamoramiento yo dejo de ser,

Como si únicamente existiera en función de tu persona.

De ahí que cada separación sea siempre un suplicio,

Mayor cuanto más grande es la distancia.

Es bonito quererte, pero no es grato sufrir tanto,

Lo que más quisiera es amarte en la independencia.

Ojalá no necesitara altas dosis de ti a cada rato.

Que tu nombre fuera algo grato siempre,

Y no sólo cuando estás conmigo.

Eso quisiera, pero cuando manda el corazón,

Difícilmente hay razón, aunque ésta se incluya en su nombre.

Las frías noches de enero

Las frías noches de enero me hacen pensar,
Plasmar mis deseos en hojas blancas, recordando todo lo que no te dije cuando estabas frente a mí;
y es que cuando te veo, me enfoco tanto en el momento,
que permanezco mudo mientras a mi lado pasa como robado el tiempo.
En esas mismas hojas quisiera describir con justicia,
cada rincón y milímetro que hacen soberbia tu anatomía,
o poder recrear como un gran don de mi memoria
cada idea, cada palabra que me dijiste con tu linda boca.
Pero en las frías noches de enero me encuentro solo,
tan solo como el gélido viento del norte,
tratando de plasmar tus recuerdos en un papel
que ojalá guardaras muy cerca de tu cálido pecho.
Y sueño con historias de conquistas, sitiando tu corazón
que al final cae rendido, como ante el tuyo cayó el mío.
E imagino que la distancia se acaba por fin para ambos
y salimos juntos a encontrar tesoros y recuperar las materias que reprobamos.
No me importa que lo escrito en esas hojas no le guste a nadie,
en tanto tú las encuentres sinceras y agradables.
Aunque al final sienta que no puedo plasmar en ellas
ni la mitad de lo que siento que son verdades contigo.
Pero es todo lo que puedo hacer en las frías noches de enero,
mientras en cuerpo y alma espero por ti.
 
cold

Aurora

El dulce tono de tu voz, el imán que es para mí tu anatomía, capaz de alterar la circulación en mis avenidas, la nobleza asomada en las ventanas de tus ojos y el jardín de las delicias que siento en tus labios; por todo eso y más se encendió de nuevo mi corazón.

El tiempo a tu lado corre como negro fugado en un estado gringo del sur, me haces replantear mis opiniones arraigadas y ahora creo que no es tan malo ser humano.

Sueño contigo cuando estoy despierto, por eso creo que no sueño contigo cuando duermo. Eres la mejor realidad que ni la mayor de mis ilusiones pudo vislumbrar.

Eres una artista cuya mayor obra de arte es tu propia persona, artesana de buenos recuerdos, un encanto con buenos sentimientos, eres capaz de llenar de alegría la vida de quien te conoce.

Eres magia que respira.

Eres un amanecer constante con aura gentil, tu nombre te va muy bien. Eres impresionista, no porque uses lienzos y óleos, sino porque con gracia natural dejas una huella en las almas, durante tu paso por los días.

Eres la belleza que enciende mis deseos de explorarte minuciosamente para ir descubriendo los secretos que llenen de placer tu cuerpo.

Yo tuve la fortuna de volverte a encontrar, es algo que mientras yo respire agradeceré al destino.

Aurora eres un gran premio existencial.

Te lo dije

Quisiera haberte dicho lo mucho que significas para mí.

Haberte dicho que te amo, pero que supieras que te lo digo porque lo siento, y no porque es lo que se espera que uno diga.

Haberte dicho que contigo siempre me siento una mejor persona, o me esfuerzo en serlo.

Decirte que tu belleza me hechiza positivamente, y que aunque me digas que no eres tan bella, para mí eres la más hermosa.

Decirte que veía en ti una cómplice existencial, alguien que aporta mucho a la vida, con quien mejor me entiendo, nos entendemos.

Me hubiera gustado decirte que simbolizas el hogar al cual el corazón siente pertenecer, el faro firme que indica el camino que se percibe correcto.

Decirte que aunque te conozco, no dejas de ser un misterio, el acertijo que aún intriga y del que quiero saber más.

Decirte que contaba yo siempre contigo y de alguna manera en el fondo me pregunto qué viste en mí.

Hubiera querido decirte eso y mucho más, y de hecho te lo dije, pero al parecer no coincidieron del todo nuestras visiones.

Bueno, si lees esto… aquí no he dicho nada que no te haya dicho antes.

Hice lo correcto, pero estaba equivocado

Pensé poco,

hablé demasiado.

Sentí mucho,

pensé poco.

Abrí la jaula de mis ilusiones,

tan escasas hoy en día,

y volaron,

ahora nomás tengo una jaula vacía.

Soñé futuros,

castillos sin cimientos,

creí llegar por fin al hogar,

pero nada…

cuánto lo siento,

aunque me digas que lo sientes más.

Hice lo correcto,

pero estaba equivocado.

jaula vacía