No creo (anticredo)

Me siento de otra generación, de una época lejana, perdida y olvidada; quizá de otro mundo, uno con menos inmundicias y menos prisa. Aunque igual soy un exiliado, expelido non grato, de este último lugar. Ahora sólo pido el olvido, divino.

No entiendo la conexión umbilical con el cable ni con los aparatos descableados, no le veo el sentido a informar y publicar cada intrascendental momento de mi insulsa existencia, creer que les hago un favor a los demás cuando les doy a conocer cada insignificante acontecimiento de mis días, como una pitera celebridad, mostrando hasta lo que me trago, revistiéndolo como de importancia. En realidad, a nadie le importa un carajo.

No me va el ir perdiendo la memoria, entregando lo poco que sé a un aparato enredado con miles de aparatos más. No me convencen las declaraciones de amor exclusivamente en pixeles ni en alta definición, la realidad virtual entre personas, ni los aberrantes avances para tocarnos a la distancia, me parece tan bajo, tan poco humano.

No creo en el sexo virtual, ni en leer libros usando una pantalla, ni en tener la oficina conmigo 25/7 (y además ver en este grillete una bendición). No creo en que alguien tenga acceso en tiempo real a mi ritmo cardiaco, ni en que “para proteger mi seguridad” haya cámaras grabando cada uno de mis pasos. No me interesa ser un personaje orwelliano. No creo en el estrés como el pan nuestro de cada día, ni en que estar sin Internet sea como estar muerto.

Hay cosas buenas en el presente, como las ha habido siempre. Pero ahora somos tan dependientes de nuestras propias creaciones. Adoramos al monstruo de Frankenstein que algún día, no muy lejano, nos hará arrodillarnos, humillándonos por los tornillos que hoy nos faltan.

A nadie sorprenda que una mañana desaparezca. Y que de mi sombra nadie pueda dar razón.

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Golpes que no valen la pena

En un oscuro callejón, de esos que hieden a basura y orines humanos o caninos, se encuentra King Kong al acecho. Está en el borde que da a la calle bulliciosa, acechando con impaciencia, atento por el momento que pase por allí el Valentino Cobarde, para arrastrarlo al corazón de las tinieblas y cobrarle con lujo de violencia que le haya robado el cariño de su Coqueta Julieta.

En el oscuro callejón, de esos que tienen charcos de agua sucia y feo grafiti territorial trazado por los que siempre buscan el dinero fácil, King Kong le hace pagar caro al Valentino Cobarde, con puñetazos de intensos intereses, los golpes metafóricos que rompieron en mil pedazos su frágil corazón de primate enamorado y también que el galán citadino haya corrompido la fidelidad de la Coqueta Julieta para inmolarla en el altar de su fama y virilidad.

Mientras tanto, a varias calles del callejón de la paliza, la liviana chica en disputa jura ardientemente su efímero amor eterno a un Maduro Adinerado, con el que escapa lejos esta misma noche. Lejos del oscuro callejón, lejos de Valentino y de King Kong, lejos de la ciudad, hacia un nuevo el continente, en compañia del canoso incontinente.

El tercero no fue el vencido.

A veces los golpes que da la vida no valen la pena.

Una chica linda

Una chica linda, siempre bien peinada, bien maquillada, quizá se tarde 3 horas en arreglarse, el mismo tiempo que para eso mismo empleaba la emperatriz Sissi.

Un chica linda con ropa a la moda, ni un día antes, mucho menos uno después, siempre al día, como la alegría de su programa de televisión.

Una chica linda que parece conocer todo lo que pasa en el mundo, aunque lo único que hace es leer bien las noticias o las frases ingeniosas que un equipo de escritores frustrados crea para su lucimiento.

Una chica linda, que no es rubia natural, la luminosidad de su cabeza contrasta con sus demás folículos capilares. ¡En verdad!

Una chica linda en apariencia, pero si no quieres romper el encanto no le preguntes  a la señora de la limpieza, quien te dirá que cuando la bella conductora menstrúa, deja sus toallas sanitarias sucias en el piso del baño y jamás le jala la cadena tras parir un amorfo bodoque marrón de tres kilogramos.

Una chica linda, de quien dicen que cuando se le ocurrió salir a la calle sin maquillaje, hizo llorar a los niños pequeños que encontraba a su paso y que una parvada de cuervos al verla se estampó intencionalmente contra los vidrios de un rascacielos.

Una chica linda, desde tu lado de la televisión, pero pregúntale a los que trabajan con ella cómo le huele la boca eternamente a ajo del carajo, y si les caes mejor a sus compañeros te confesarán que durante las transmisiones en vivo la chica linda gusta de experler ventosidades silenciosas por su ano, para ver las caras que ponen sus compañeros al percibir los malditos olores de la descomposición.

Una chica linda, que entrevista y es entrevistada, un celebridad, que es seguida en sus redes sociales por muchos solitarios, y recibe con demasiada frecuencia declaraciones de amor, tanto platónico como guarro.

Una chica linda, desde tu lado de la televisión.

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Silicon Valley

El aire huele a limpio, quizá no lo esté tanto, más bien será que estoy acostumbrado al aire contaminado que impera en la podredumbre de la cual partí.

Los asiáticos invaden Estados Unidos por aquí, solo que en vez de poseer tiendas de conveniencia lo hacen programando o conduciendo taxis.

Aceras en extinción. Nadie camina, los desarrolladores urbanos parecen creer que todos nacemos con automovil.

Veo en unos años a todo mundo ciego, con monitores en vez de ojos y cinturas de greuso planetario, temiendo la llegada de su tercer infarto.

Valle del Silicón, eres tan artificial como las curvas de una maniquí. Me agrada tu gente, aunque en ocasiones parece olvidarse que es humana.

En el cuarto del motel escucho fingidos gemidos de placer, que nada tienen que ver conmigo.

Aquí se generó la última abundancia económica. Una burbuja que explotó. Una mentira que nos sigue haciendo creer que todo es más eficiente, que estamos más comunicados y que somos más inteligentes. Todo falso, sigue siendo el clásico engaño de la era de las cavernas, solamente que más sofisticado.

Mismo drama, distinto escenario

Para el hombre de razón es la única salida digna y lógica de este mundo absurdo (dijo Camus a su camello campesino en una Camción).

Marzo 2001

La vida tiene sus propios planes

Puedes encontrar la pareja ideal y tener juntos un hogar, gozando de un techo y de la generosidad del sol. Puedes saber cómo ganarte la vida en este mundo donde reinan a sus anchas los pesares, pero no olvides que la vida tiene sus propios planes.

Puedes caminar sobre el lodo sin manchar tu traje blanco, puedes convencerte de que tus mentiras hagan creer a todos estar de tu lado. Puedes aprender a convertir todos tus sueños en realidades, pero a pesar de todo la vida tiene sus propios planes.

Puedes encontrar el equilibrio entre el sentimiento y la razón, y dominar todos los tonos de tu canción. Igual llegas muy lejos, pero al destino seguirá sin importarle, porque la vida tiene sus propios planes.

Creías que solo necesitabas la palanca apropiada, el dinero suficiente y un aceptable intelecto, tener un buen dispositivo digital salido ayer y seguir la moda, sin importar a dónde te lleve. Puedes pensar que triunfaste sobre todos los horrores y atrocidades, pero la vida siempre tendrá sus propios planes.

Para siempre

Solemos temer a las enfermedades mortales, olvidando que al nacer contraemos una, irreversible, incurable e irremediable, ocasionada por el inclemente paso del tiempo. Ese mismo tiempo que dizque es relativo, pero que a pesar de su falta de característica absoluta nos marca y nos mata con una decadencia que, por más que se intente retrasar, llega tarde o temprano. Ese pensamiento lo tuvo él presente a lo largo de su vida, por eso mismo postergó tanto sus revisiones médicas, hasta el día en que las molestias y dolores fueron insufribles. El doctor, acostumbrado a los postergadores temerosos y sin esperar lo mejor, le pidió hacerse revisiones generales y un par de análisis específicos.

Esperando una de esas curiosidades de la vida, producto de la mala enseñanza, de las películas y series de TV o de las fantasías esotéricas románticas, él, al mirar los resultados de sus análisis, nefastos y nada prometedores (excepto para la extinción), esperó la llamada de ella, aunque no le había comunicado a ndie su desdicha; pero el teléfono permaneció mudo. De parte de ella no hubo llamadas, ni visitas, ni mensajes, ni recados enviados por mediación de terceros, cuartos ni quinos que no son malos, vamos ni una barata postal de cortesía o un mensaje de mecánica red social.

Es cierto que hacía ya muchos años que ambos habían perdido contacto, ignorando de forma olímpicamente áurea lo que le sucedía al otro. Pero es que…

Ella y él se conocieron hacía ya demasiados años, en esos tiempos en que ya había computadoras y teléfonos móviles, pero aún no existía la teletransportación. En esa época en que el bien común era una cosa rarísima y no se había extinguido la hambruna en África. Fue hace mucho tiempo.

No sé si fue amor a primera vista, pero en ese primer encuentro, accidental, que ellos tuvieron, tan pronto se miraron fue como si se hubieran conocido desde hacía tres vidas y media.

Clic y química.

Las conversaciones sin sentido entre ellos tenían toda la lógica del mundo, hablaban el mismo lenguaje y compartían similares gustos, no tan idénticos como para hartarse mutuamente a los cinco minutos, pero sí lo suficientemente coincidentes como para sentirse bien una al lado del otro. Presentíana cuando a uno le pasaba algo, o cuando a una le invadía la melancolía, entonces era inmediata la llamada, la charla y la doma y aplacamiento de los feos sentimientos. Eran las mitades platónicas hechas realidad, cuajando como gelatina fina. “Somos almas gemelas”, solía decir ella. “juntos somos como eternos”, le respondía él.

Romance breve, compromiso casi inmediato, cohabitación y alegría.

Pero un día, pasados 11 meses después del año de conocerse, a ella le dejaron de hacer gracias las tonterías de él (que antes la mataban de risa), ella dejó de ser muy dulce para él y comezó a parecerle nauseabundamente posesiva y amarga. Poco después los besos el sabor del papel Bond, James Bond.

Hubo cada vez más silencios entre ellos, ya ni siquiera comentaban las películas, que con más frecuencian veían cada quien por su lado.

Decidieron cumplir el acuerdo que establecieron poco después de enamorarse: “cuando sientas que no me amas, sólo dímelo, y sin drama nos separamos para siempre”.

Ella dio el primer paso, le dijo que ya no lo amaba, y él, con el hercúleo trabajo que cuesta tratar de romper esa costumbre que no suele quebrarse por completo, cumplió su palabra dada y no rogó por una oportunidad.

La separación no ocurrió en un puente medieval con faroles tristes y un viejo saxofón sonando a la distancia; fue en la casa de ella, cuando le entregó a él las maletas listas para la salida. Él recogió los infelices velices, equipaje para un viaje que no se quiere realizar y que solo tiene un boleto de ida.

Se dieron el frío beso doloroso de compromiso, ese que se le da en la mejilla a quien se solía besar en la boca. Se dijeron adiós. Esa fue su última palabra.

Así pasaron los años, cada quien su vida, en lejanía mutua. Él pensaba constantemente en ella, comparándola morbosamente con las mujeres que conoció después y a quienes olvidaba al poco tiempo. A ella siempre la llevaba incrustada en la memoria, tatuaje con tinta de recuerdo. Solo que ¿para qué contactarla? El contrato verbal de alejamiento y silencio se mantuvo por ambas partes.

Así, en la libertad de una calle insensible, cuando al mirar él los resultados de los análisis médicos a los que por fin se había sometido, al sentir el impacto de la sentencia de muerte vía médica, notó que el mundo seguía su ritmo habitual y que a nadie parecía importarle que él pronto dejaría de ser parte del caos. Ella no le llamó.

Ella no le llamó las semanas siguientes ni los meses que a él le restaron de vida, aunque supo lo que él tenía por algún comunicativo amigo mutuo del lejano pasado.

Él, firme dentro del convenio tampoco hizo nada por buscarla. Sólo la recordó.

Ella no fue a su funeral, no visitó su tumba, ni fue a saludarlo durante el atribulado día del Juicio Final. Ella no volvió a hablarle jamás.

Hay gente que cumple su palabra para siempre.

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Estatua de ceniza

Satélite que girando sobre su propio eje, jejeje, en el lento vacío del espacio como derviche borracho, llega hasta el ardiente sol inclemente y se convierte en ceniza de miércoles. Sputnik estúpido y desechado, monje autoinmolado con menos causa que la del Dean, rebelandose contra todo para caer en la cruel sumisión del afecto unilateral, el suyo, dirigido a una divinidad celosa que jamás mira hacia al suelo, salvo para la foto sexy del calentario Pirelli.

Tu grandeza potencial queda reducida a la absoluta nada, por nada, y ni las gracias te dio tu falsa deidad. Dados cargados en el recuadro del margen, y tú ya estás demasiado afuera. Dicen que no se puede perder lo que nunca se ha tenido, sin embargo te sientes el perdedor de un juego que tomaste demasiado en serio. Arlequín maniqueo, prestidigitador sin manos, pulpo sin visión ni abrazos. Demasiados libros en tu mente, demasiada poesía y cinematografía, y muy poca dosis de realidad.

Los años acortaron tu futuro y encorvaron tu espalda, lo que no pudiste aprender ni siquiera podrás hoy digerirlo. Llevo mucho tiempo diciéndote lo mismo. Ahora no solo es tarde ya, es el ocaso y un declarado desperdicio de existencia, es oficial, con un historial de escasas sonrisas. La prisa ya da comezón y el séptimo año se multiplicó por seis. No busques el tiempo perdido ni por los caminos del cisne.

La energía no solo se transforma, también se puede desperdiciar. Hay mejores maneras de redactar un epitafio, mira si lo sé, pero es lo único que sale para esta noche. Se requiere el réquiem para aquel que no vivió realmente. Así de absurdo y nadie quiso escuchar la confesión, el fénix se quedó hecho cenizas en el cenicero del consultorio geriátrico. Por volar cerca de un sol que se autoproclamaba divino, que decidió ignorar las reglas e inventarse las suyas propias, muy contradictorias.

Para que las mentiras sean efectivas, se requiere de alguien que quiera creerlas, las creíste porque te las dijeron a tu medida. Efímera estatua de ceniza.

Abril 2008

sputnik

 

En vano (falso orgullo)

En el futuro incierto clavas con acero tus esperanzas, dejando varado en el olvido todo tu pasado. Todos los días las malas sorpresas caen sobre ti como en un diluvio. Al final del camino sentirás que no fuiste a ningún lado.

Más de una vez te quemaste con el fuego inmortal, sin lograr quitarte de los ojos la venda de la ignorancia. Cometiste más de siete veces siete el mismo error, con involuntaria constancia. Creíste reconocer al amor donde sólo había una mezcla de costumbre, instinto animal y figuras de nube.

Todo será de nuevo ceniza, todo regresará a la tierra. ¿De qué valió tu efímera gloria de seudoprofeta, si de la tumba ni tú podrás regresar?

En muchas ocasiones tus anhelos fueron sesgados, en otras las necesidades naturales fueron ignoradas y suplantadas por acciones que te sugirieron serpientes, que desde un árbol de oro te encantaron son sus miradas.

Alguien olvidó sus sueños en un rincón oscuro y tuvo que sobrevivir en el desierto de la multitud. Si alguna vez confiesas que ya no quieres nada, pondrías gravemente en riesgo tu salud.

Todo será polvo de nuevo, todo será como la arena. ¿De qué sirvió tu atesorada sabiduría, falso profeta, si de la tumba no podrás escapar?

Desearías haber renunciado hace mucho tiempo, pero la regla exige llegar al final. La espera te consume a cada momento y ya nadie te escucha ni te vuelven a hablar. Todos los límites son alcanzados tarde o temprano, y yo alcancé el mío contigo desde antier. Ahora, saber quién queda al último en pie es el asunto que debemos resolver.

Todo será nada de nuevo, todo regresa a la tierra. ¿De qué sirvieron tus riquezas, falso profeta, si de la tumba no podrás volver?

Julio 2000

vanitas

Una vez más, como los días de antes

Una vez más, como los días de antes son los días de ahora, todo igual.

Nadando en la turbia pecera de ese olvido, hijo natural del descuido.

De nuevo en el mismo sitio, para el que involuntariamente acostumbras comprar boleto.

Tu típica mala apuesta en el tradicional y hediondo mal juego.

Una vez más en una burbuja de silencio, mientras afuera suda la noche bulliciosa.

Estás así por haber cambiado lo más por lo menos, asfixiante cambalache que te dejó vacío.

Contemplando, frío, el polvo que dejó tras su carrera el sueño fugado.

Te sientes como los que simulan indolencia en la sala de espera del infierno.

Y no hay de otra, más que aceptar como siempre la derrota.

No queda más que contemplar el lento desfile gris de las horas.

No es posible conentrarte, es imposible abstraerte o sustraerte.

Fiera con jaqueca en la jaula de ese olvido, cosecuencia lógica del descuido.

El tiempo se llevó todo, incluso metió en su arcón a las musas,

Dejándote solo en estos momentos arduos de sobrellevar.

Es la prisión en la que convertiste tu libertad.

Una vez más, años después casi todo es igual.

Una vez más, como los años de antes, son los años de ahora, todo igual.

 

Agosto 2005

fagin