Nada

Qué tal si todo es un timo.

Dios nos creó hace mucho tiempo, pero se aburrió de nosotros y nos dejó a la deriva.

No hay nada arriba, ni hay nada debajo. No hay rumbo, únicamente apariencias y frases de mago barato.

Somos azar y dados en un tablero efímero.

Cuando salen bien las cosas decimos que es nuestro esfuerzo o que es un milagro.

Si los resultados son malos, es un aprendizaje o la divinidad encauzándonos por el buen camino.

Qué tal si nada importa en el fondo, qué tal si de hecho no hay fondo.

Qué tal si esa vocecita de la duda tuviese razón.

La religión un simple intento de imponerle sentido a lo fortuito.

El sermón de la montaña mero opio para el pueblo, la justicia una simple quimera sin ojos y desequilibrada, decantada hacia quien está arriba, y el nirvana solamente el nombre de un bar.

El amor un concepto abstracto que todos quieren tener, pero que nadie entiende. El odio algo tan real como un eructo.

Qué tal si no hay nada más allá y te mueres con tu muerte.

Esto le daría sentido a la vida, dentro de su sinsentido natural, pues no habría nada más.

Nada.

Espera

Algo se escuchó detrás de la puerta. Sobresalto. Haber creído, por un relampagueante microsegundo suspirado, que pudiera ser la persona que con ansias esperaba. Nada. Ni un sonido más. La presencia imaginada, o real, súbitamente desaparecida. Quizá su espera era muy extraña, pues la mayoría de las personas se desvelan o miran con impaciencia la luz que se filtra por debajo de las puertas deseando que por allí se note la llegada de alguien. Pero esta persona que aquí espera la tiene más difícil, pues no sabe qué esperar, aunque sabe a quién. La vida suele ser una cadena de costumbres, y pocas cosas son tan difíciles de romper como los lazos de un hábito bien arraigado. Nos da miedo largarnos de un mal empleo, pues aparte de no querer enfrentar un desempleo en la angustiante situación económica, un mal trabajo suele ser una mala costumbre. Muchos temen cortar de tajo las cadenas que los atan a un cruel amante, sólo porque, a pesar del feo escenario, con ese amante tienen la seguridad de la rutina. Tener alguien al lado. Prefieren la soledad acompañada que la soledad a secas, ignorando que la primera es más árida que la segunda. Si es difícil romper con las costumbres negativas, lo es muchísimo más hacerlo con las positivas. Quien espera, en este caso, vivió muchos años intensos y felices con alguien que le brindaba ese sentimiento de que era su alma gemela. Sólo que un día, que comenzó como cualquier otro, la unión corporal se rompió para siempre. Morir en un accidente automovilístico no tiene advertencias, ni preparaciones; nadie se enfrenta a esa situación con la mentalidad adecuada; también suele carecer de despedidas. Pero… ¿acaso las almas gemelas no están unidas ‘para siempre’?, ‘para siempre’ a pesar de que les falte un elemento de tan corta vida como lo es el cuerpo. Efímero como un flash en la negrura de la eternidad. Por ello su espera es difícil, ¿cómo se espera cuando se tiene la certeza de la unión, pero se está en distintas dimensiones? Espera un alma, espera a su alma gemela. Quiere seguir creyendo, pero tras la decepción de un engañoso ruido no puede evitar pensar que quizá todo sea una ilusión.

Para siempre

Solemos temer a las enfermedades mortales, olvidando que al nacer contraemos una, irreversible, incurable e irremediable, ocasionada por el inclemente paso del tiempo. Ese mismo tiempo que dizque es relativo, pero que a pesar de su falta de característica absoluta nos marca y nos mata con una decadencia que, por más que se intente retrasar, llega tarde o temprano. Ese pensamiento lo tuvo él presente a lo largo de su vida, por eso mismo postergó tanto sus revisiones médicas, hasta el día en que las molestias y dolores fueron insufribles. El doctor, acostumbrado a los postergadores temerosos y sin esperar lo mejor, le pidió hacerse revisiones generales y un par de análisis específicos.

Esperando una de esas curiosidades de la vida, producto de la mala enseñanza, de las películas y series de TV o de las fantasías esotéricas románticas, él, al mirar los resultados de sus análisis, nefastos y nada prometedores (excepto para la extinción), esperó la llamada de ella, aunque no le había comunicado a ndie su desdicha; pero el teléfono permaneció mudo. De parte de ella no hubo llamadas, ni visitas, ni mensajes, ni recados enviados por mediación de terceros, cuartos ni quinos que no son malos, vamos ni una barata postal de cortesía o un mensaje de mecánica red social.

Es cierto que hacía ya muchos años que ambos habían perdido contacto, ignorando de forma olímpicamente áurea lo que le sucedía al otro. Pero es que…

Ella y él se conocieron hacía ya demasiados años, en esos tiempos en que ya había computadoras y teléfonos móviles, pero aún no existía la teletransportación. En esa época en que el bien común era una cosa rarísima y no se había extinguido la hambruna en África. Fue hace mucho tiempo.

No sé si fue amor a primera vista, pero en ese primer encuentro, accidental, que ellos tuvieron, tan pronto se miraron fue como si se hubieran conocido desde hacía tres vidas y media.

Clic y química.

Las conversaciones sin sentido entre ellos tenían toda la lógica del mundo, hablaban el mismo lenguaje y compartían similares gustos, no tan idénticos como para hartarse mutuamente a los cinco minutos, pero sí lo suficientemente coincidentes como para sentirse bien una al lado del otro. Presentíana cuando a uno le pasaba algo, o cuando a una le invadía la melancolía, entonces era inmediata la llamada, la charla y la doma y aplacamiento de los feos sentimientos. Eran las mitades platónicas hechas realidad, cuajando como gelatina fina. “Somos almas gemelas”, solía decir ella. “juntos somos como eternos”, le respondía él.

Romance breve, compromiso casi inmediato, cohabitación y alegría.

Pero un día, pasados 11 meses después del año de conocerse, a ella le dejaron de hacer gracias las tonterías de él (que antes la mataban de risa), ella dejó de ser muy dulce para él y comezó a parecerle nauseabundamente posesiva y amarga. Poco después los besos el sabor del papel Bond, James Bond.

Hubo cada vez más silencios entre ellos, ya ni siquiera comentaban las películas, que con más frecuencian veían cada quien por su lado.

Decidieron cumplir el acuerdo que establecieron poco después de enamorarse: “cuando sientas que no me amas, sólo dímelo, y sin drama nos separamos para siempre”.

Ella dio el primer paso, le dijo que ya no lo amaba, y él, con el hercúleo trabajo que cuesta tratar de romper esa costumbre que no suele quebrarse por completo, cumplió su palabra dada y no rogó por una oportunidad.

La separación no ocurrió en un puente medieval con faroles tristes y un viejo saxofón sonando a la distancia; fue en la casa de ella, cuando le entregó a él las maletas listas para la salida. Él recogió los infelices velices, equipaje para un viaje que no se quiere realizar y que solo tiene un boleto de ida.

Se dieron el frío beso doloroso de compromiso, ese que se le da en la mejilla a quien se solía besar en la boca. Se dijeron adiós. Esa fue su última palabra.

Así pasaron los años, cada quien su vida, en lejanía mutua. Él pensaba constantemente en ella, comparándola morbosamente con las mujeres que conoció después y a quienes olvidaba al poco tiempo. A ella siempre la llevaba incrustada en la memoria, tatuaje con tinta de recuerdo. Solo que ¿para qué contactarla? El contrato verbal de alejamiento y silencio se mantuvo por ambas partes.

Así, en la libertad de una calle insensible, cuando al mirar él los resultados de los análisis médicos a los que por fin se había sometido, al sentir el impacto de la sentencia de muerte vía médica, notó que el mundo seguía su ritmo habitual y que a nadie parecía importarle que él pronto dejaría de ser parte del caos. Ella no le llamó.

Ella no le llamó las semanas siguientes ni los meses que a él le restaron de vida, aunque supo lo que él tenía por algún comunicativo amigo mutuo del lejano pasado.

Él, firme dentro del convenio tampoco hizo nada por buscarla. Sólo la recordó.

Ella no fue a su funeral, no visitó su tumba, ni fue a saludarlo durante el atribulado día del Juicio Final. Ella no volvió a hablarle jamás.

Hay gente que cumple su palabra para siempre.

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas por luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna entre los autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

Esperanza de lunes (desempleo)

desempleo24082015

Cambian los rostros, pero la sensación que se percibe los lunes por la mañana en este parque es la misma: esperanza. Esperanza de que hoy será el día afortunado, de que hoy sea el día en que se empiece a cubrir lo que la necesidad exige.

Los lunes son los días en que hay más avisos de empleo en la sección de clasificados de los diarios. Por eso los lunes por la mañana vuelve a renacer la esperanza de muchos.

Unos cuantos tendrán buena suerte, otros, los más, terminarán preguntándose sobre su valor en este mundo. habrá quienes decidan utilizar la desesperación para quebrantar la ley, habrá también quien meditará el Sermón de la Montaña y se rendirá ciegamente a este consuelo. No dudo que haya por ahí quien al ver disminuir sus ilusiones,  descubrirá que el Sueño Americano (adoptado ilusamente por la mayor parte del mundo) está destinado sólo a unos cuantos, principalmente a los que nacieron con una cuchara de plata. Seguro habrá quienes se atormenten con el recuerdo de sus hijos hambrientos. Igual de este parque salga algún luchador social. De situaciones como esta surgen personas de la última clase mencionada, pues difícilmente verás una persona satisfecha ñichando por que se haga justicia.

Este es otro lunes de “esperanzas clasificadas”.

Al llegar el mediodía, algunos escaparán brevemente gracias a un sueño, así dejarán que pasen otrso siete días para ver si entonces descubren su Tierra Prometida.

Santa Clara de Asís no tien el poder suficiente para ayudarlos a todos, eso era de esperarse, pues al fin y al cabo es simplemente una santa.

Agosto 2000

Del engaño y el autoengaño

Todo lo que te enseñaron y creíste vivir, en este caso, es falso. No fue cierto lo de Pedro ni lo del Pollito, pues ni viene el lobo, ni se cae el cielo, porque el primero siempre estuvo allí, y el otro se cae sin aviso. El amor existe, pero es una lotería, no una fantasía al alcance de todos.

El enamoramiento es como la historia, tiene principio y un final. Los signos de los tiempos siempre son confusos, pero el que tenga ojos que vea, aunque no hay más ciego que aquel que se niega a ver. (Si no pregúntale al olvidado ciego de Buñuel).

Miss Q y el aprendiz de jedi quisieron verse jodidos jodiendo a otros, ¿para qué hicieron lo todo lo que pudieron para hacérnoslo creer? Caretas de mal teatro, o engaños flojos, pasados de listos, para distraer, qué disgusto descubrir una verdad tan asquerosa.

No se puede tener todo en la vida, aunque valga la pena intentarlo; ojalá que quienes lo intentan lo hicieran sin abusar de otros. Sembradío de cadáveres y pistas falsas, en la peor manera del peor narcotraficante o político intrigante, y se creen inteligentes por traicionar la buena fe (esto no requiere de inteligencia, sino de una barata dosis de vileza).

Un Réquiem suena en la lejanía, ni idea de por quién doblan las campanas estiradas, le preguntaría al honesto Ernesto, pero se fue, “adelantándose” como dicen los eufemistas racistas, una vez que descubrió lo que salía del cañón de su escopeta.

No fui ni el mejor, ni lo peor, pero esas hirientes comparaciones tuyas… siempre están de más.

A veces es mejor agarrar las maletas y largarse, pero cuando se hace eso, se debe hacer de verdad. Las puertas no deben dejarse entreabiertas cuando se toma una ‘decisión final’. Pésima costumbre esa de terminar una relación para retomarla a cada rato, porque así sólo se logran agrandar las ofensas y acabar muy mal en el verdadero final.

El cadáver dista mucho de ser exquisito y carcomido está, tal como lo retrató el viejo Baudelaire.

Que Job se quede con su paciencia y tú cosecha lo que mal sembraste.

Lo que se creía perdido

Mis dotes de domador se me acabaron cuando luché con un león, y sin embargo ahora me retas a domar tu corazón. Perdí mi vocación de mago cuando me enfrenté a una experta bruja. Ahora me pides que saque un conejo de mi chistera.Ya estaba cansado de todos esos trucos y hazañas, pero por ti, lo vuelvo a hacer hoy,y lo haré mañana.

Creí haberme quedado mudo cuando competí con la reina del verbo, a pesar de eso puedo expresarte de mil maneras lo mucho que te quiero.

Suponía que estaba cansado tras correr por todo el mundo en pos de una gacela, pero tú me pides que te siga de noche y de día antes de invitarme a cruzar tu puerta. En verdad yo creí que no volvería a hacer semejantes hazañas, pero por ti lo vuelvo a hacer hoy y también mañana.

Mis cartas de amor las creí muertas cuando se extinguió el correo. Las promesas que hice creí haberlas hecho con la permanencia del viento; pero tú me pides cartas, poemas y promesas en papel y susurradas a tu oído. Sabes que lo haré por lo mucho que quiero que estés conmigo.

Yo suponía que ya no tendría que hacer el ritual para conquistar un alma, pero por ti, lo hago con gusto hoy y lo vuelvo a hacer mañana.

Pensé que había perdido mi fe y mi confianza en toda la humanidad, pero contigo la luz brilla de nuevo y nada volvió a ser igual. Tengo esperanza en la gente y el mundo ya no es tan malo, al conocerme has traído contigo tu tesoro, el cual pienso bien administrarlo.

Yo creí que nunca volvería a amar a ninguna y a nada, pero por ti, lo hago hoy y con gusto lo vuelvo a hacer mañana.

Ring… ¿quién será cuando el teléfono suena?

¿Quién será cuando el teléfono suena?

El fin de la espera porque quien esperas te llama; el insulto intempestivo de quien con su corazón te odia; posiblemente el casero al que le debes dos rentas o algo que compraste y te notificarán la cuenta.

El aviso del trabajo para el que te entrevistaste; el ‘te quiero’ tardío de quien alguna vez amaste; puede tratarse de una oscura noticia o el que empieza a investigarte la policía.

Puede ser la voz de tu madre, por ti muy preocupada; el tipo que se equivoca y al que no le importas nada; pudiera ser alguien que obscenamente te persigue o las felicitaciones extemporáneas por los años que cumpliste.

Puede ser tu jefe para recordarte tus obligaciones; quizás te llama para empezar a tener ciertas relaciones; igual y es un desesperado solitario sin llano que sólo quiere hablar o la persona que quisieras que ya no te llame más.

Qué tal si es el anuncio que cambiará drásticamente tu suerte; o el anuncio del terror acerca de tu propia muerte; una voz que en su angustia te consuela o la compañía de teléfonos haciendo pruebas.

Ese familiar que quiere hacerte daño; o el amigo que te habla cada 365 días; pudiera ser la persona que está loca por ti y quien tú deseas que siga así.

¿Quién será cuando el teléfono suena?

Es horrible sentir celos y no ser nada

“Es horrible sentir celos y no ser nada”, dijo triste el fantoche cuando tras prometerle varias veces el ‘mañana seré tuya, áun no es el momento’, le expedían la visa para la ‘zona de la amistad’, esa del ‘te quiero como hermano’, cuando siempre había estado claro para todos que sus ambiciones iban en otra dirección, hacia otro país más ‘comprometido’ y ‘carnal’. Al menos eso creía el triste fantoche de fantasía animada.

Pero a pesar del tiempo pasado y de la pesada experiencia, él decidió seguir allí. Total, igual más adelante ella aprendería a amarlo, él la convencería con su constancia, presencia y apoyo. La gota que agujera la roca, la fe que mueve montañas, la Roma que no se construyó en un día. Su amor Roma era verdadero, al menos eso creía.

Mientras ella se seguía enamorando y desenamorando de otros. Rosario sucesivo e interminable de amantes dementes, fríos glaciares, galanes salvajes y machistas atávicos. Tipos eventuales, cuyo interés radicaba en pasar con ella sólo un buen rato. Ella al final se sentía abandonada, pero tenía el hombro del fantoche, siempre presente, para llorar. Tenía a esa gran compañía para sobrellevar el desprecio y, aunque no confesado, curarse el herido ego.

El fantoche no entendía, seguía con su visa, siempre rechazado para lo que él quería. ¿Cómo despreciaba ella el amor verdadero? ¿Era tan ciega y tonta? Era un absurdo, pero él allí seguía. Paciente como el inglés herido en la Seguna Guerra Mundial. En el fondo humillado y ofendido. Pero ‘el amor todo lo puede’, se decía como mantra que no se desgasta.

El fantoche sentía celos y se sentía nada. No era amante, amor, ni siquiera amigo, el fantoche estaba en el limbo sentimental, en el espacio de las moleculas amorfas del corazón. Para ella era sólo una muleta que se usa cuando se comienza a cojear, en esos espacios intermedios en los que ella cogía y recogía parejas eventuales y pasajeras que le hacían mal. Seductores, don juan y don nadie. Un patrón siempre igual. Sin fin.

El fantoche esperaba con paciencia, mordiéndose las uñas, desesperado, sintiendo celos hasta del portero que le abría a ella las puertas del edificio, y obvio que más celos aún del Romeo al que ella le abría las piernas tras el primer guiño.

Hay muchos fantoches así. Algunos más pacientes que otros. No faltan aquellos que hacen de este ‘sentir celos siendo nada’ una forma de vida, miserable, pero al cabo ese es el sinsentido que les da motivos para seguir vivos.

Esos fantoches convierten las quejas y lamentos en el aire que respiran. Mártires voluntarios que aspiran al Sagrado Cielo del Ridículo.

Los fantoches de esa calaña esperan y se muerden las uñas.

Pasa el tiempo. Algún fantoche despierta, recoge su estrujado corazón del fango y su dignidad del excusado de bar a medianoche. Los lleva a la tintorería y sigue caminando, con un aprendizaje bien tatuado, que sin embargo a veces se le borra. La naturaleza manda, el instinto rige y el llamado de la selva siempre está tocando a la puerta.

‘Es horrible sentir celos y no ser nada’, son las últimas palabras en el lecho de muerte de los buenos fantoches, que ni al final de sus días tienen suerte como en los tiempos del cólera.

Hay un ‘pero’ que vale: el peor caso de todos, es el de aquellos que logran tener una relación de pareja con su amada. Despiertan de la peor manera, dándose cuenta de que ella no es lo que esperaban. ïdolo caído del nicho ruinoso, ilusión rota. Y todo estalla, el fracaso Titánico se hunde así, de repente, con un choque estrepitoso. Glu, glu, glu. Y luego rencor del más odioso. Para culminar con celos de nuevo, esos celos rencorosos, cancerosos, acumulados desde el primer día en que ella jugó con él.

De todo esto sólo destaca una verdad: “es horrible sentir celos y no ser nada”.

“La mujer y el pelele”, de Ángel Zárraga, 1909