Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática… para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, estos pseudoherederos de las gloras de antiguas civilizaciones que suelen rimar con “mantecas”, cuyo honor principal es dizquehaber inventado el 0. Para los mexicanos posthispánicos “ojos rasgados son ojos rasgados”, “chinito-japonés, come caca y no me des”, al menos esto último era antes del buenismo hipócrita actual. Y supongoo que, de manera similar, para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes, que ni Marco Polo podría unir definitivamente.

La chica asíática es estudiante de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado para crecer, debido gran parte a los propios nacionales, pues no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida.

La familia mexicana, clasemediera alta, le enseñó a su visitante a comer tortillas y tacos como lo manda Dios, no de esos burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos. Pero la nipona adolescente quiso conocer más, ver la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y así tener bases para comprometerse a cambiar el mundo.

La familia, como dije, es acomodada y habitante en la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F. (hoy CDMX, contradiciendo las leyes de la simplicidad), y supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, para no tener ellos que arriesgarse a ser robados, ni mancharse las manos o ni los pies al entrar en contacto con esa gente sucia y desarrapada, ” que da lástima, pero que debería bañarse, pues la pobreza no está peleada con la higiene”… se la llevaron pues a un crucero víal con semáforo, enclavado entre tiendas dignas del Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, ya  que allí seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva, a saber escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad, esperanza y compromiso para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos, suma elevada para una limosn callejera en México.

Así la chica extranjera llegó con la familia local al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió como por arte de magia, hada meada de cuento triste, a mendigar una decrépita  y apergaminada anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza al cumplir los 30, a más tardar).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón, ya que no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción de la chica, aunque la verdad es que no quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo.

“Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sor-pre-sa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado en la mano la vieja morena.

Lo de la “sorpresa” lo enfatizó para que se entendiera que había algo de verdadero valor en el sobre.

La vieja paupérrima presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con una cadena de 15 Dios la bendiga, a cada uno de los cuales la japonesa responde con un “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, o cualquier paraíso en el que ella crea… sonríe y casi llora de emoción.

La familia anfitriona, conmovida ante el cuadro de beneficencia heróica, llama a la japonesa. Fin de la función, fin de la buena acción, ahora “vamos a celebrarlo comiendo tacos en el restaurante Califa”, y todos hacen un feliz mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo, tras esta escena, de pedirle limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del obsequi a la calle. Total, esta mujer ni siquiera sabe leer.

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Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas por luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna entre los autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

Timidez

Trabajaba en la biblioteca pública, un impúdico trabajo de investigación para pasar una asignatura cruel de la universidad. A estas alturas no sé porqué pierdo tanto el tiempo aprendiendo cosas que no me interesan. Todo por un título profesional. Yo lo que quiero es ser músico, no me engaño, tengo mi talento, pero el miedo que me ha inculcado mi familia pesa más. “Primero obtén tu título para que tengas asegurado el futuro y ya después verás si cometes las locuras que se te ocurran”. Como si el título fuera el paracaídas para no estamparme de lleno contra el desempleo. Yo siento que nací para ser estrella. Puedo tocar muy bien la guitarra y escribir letras interesantes para mis canciones. Pero bueno, ¿y si no tengo suerte? Siempre me he sentido una estrella, en más de una ocasión me he sorprendido contestando preguntas en entrevistas imaginarias, como las que les hacen a mis ídolos en la televisión. Sí, estoy un poco pasado de peso y no soy guapo; pero lo primero se me puede quitar y lo segundo no importa, basta con mirar a Keith Richards para saber que tengo la razón. Cálculo diferencial e integral, maldita porquería. Cerré el libro un momento para distraerme, por quinceava vez esa tarde, con lo que había a mi alrededor. Entonces descubrí que a dos mesas de distancia de la mía estaba una muy guapa desconocida. No le fui indiferente. Nuestras miradas se cruzaron y no hubo señal de disgusto. Era una buena oportunidad para conocer a alguien, la podría impresionar con los últimos libros que leí, con las últimas canciones que escuché, con las últimas películas que vi o simplemente con la guitarra y una canción famosa. Tengo todo lo que se necesita para llamar la atención de alguien. Pero mejor más adelante, primero tenía que trabajar en los problemas de cálculo. Pasó el tiempo y no podía concentrarme en mi labor, de vez en cuando volteaba hacia la desconocida, quien me devolvía las miradas sin el menor asomo de incomodidad, a veces hasta me sonreía levemente. Yo sólo ponía cara sería y volvía a mi libro. Ella aparentemente estaba también realizando algún difícil trabajo de investigación. ¡Podía incluso ir con ella, presentarme y quizás ayudarnos mutuamente! Igual y ella era buena en cálculo y yo soy bueno para la historia, quizás su trabajo se trataba de una materia relacionada con la historia. Pero no, eso sería demasiado perfecto. Intenté concentrarme de nuevo en mi tarea. Más de una vez noté que me miraba, tenía que ir con ella, pero ¿y si llegaba su novio?, ¿tendría novio?, ¿por qué no la estaba ayudando ahora?, ¿qué tal si estando yo con ella llegase el novio? Vaya ridículo que haría yo. Traté de hacer mi trabajo, pero de nuevo no pude. Pasaron tres horas inútiles en las que no adelanté nada de mi tarea y que me pasé tratando de armarme de valor para ir hasta la desconocida. De repente ella se puso de pie y empezó a recoger sus cosas para irse. La oportunidad se me escapaba. Tomó su mochila y su bolsa, me miró de reojo y se fue. Intenté ponerme de pie, para ir hasta ella, pero no pude, simplemente no pude. El corazón se me subió a la garganta y empecé a temblar. Estos ataques de timidez, que pensé que ya había sobrepasado volvieron a atacarme con más violencia que antaño. Me resigné. Poco tiempo después me rendí, no podía tampoco finalizar mi tarea, me dispuse a partir, y me sorprendí al encontrar a la chica cerca de la fotocopiadora. Ella me miró y sonrió, yo la miré sin detenerme, enrojecí, perono pude sonreír y me seguí de largo, pensando en lo muy idiota que soy. De nada me sirven tantas palabras, de nada me sirve sentirme especial. Ahora estoy en casa, tratando de terminar mi tarea de cálculo diferencial, pero no me concentro y por eso me puse a escribir lo que me pasó hoy en la tarde en la biblioteca pública. Creo que mi talento es un desperdicio. Iba a escribir una canción diciendo lo idiota que soy, pero ni eso me sale. Creo que no soy ninguna estrella, ¿cómo puedo serlo si ni siquiera puedo hablarle a una chica guapa? Maldito cálculo diferencial e integral.

Dolores

Siempre hay personas demasiado jijas.

Recuerdo cuando Juan, carcajeándose a cada rato, me narró la historia de su tía Dolores. Ella, que actualmente tendría unos 65 años, fue la primera hija de un matrimonio que esperaba un varón. Nomás no la ahogaron en un balde de agua como a un gatito sobrante porque las leyes impiden hacer eso con los humanos, y en el pueblo donde ella nació todos hubieran sospechado de su desaparición. Su padre huyó antes de que Dolores cumpliera un año, con una gitana, tras notar que su esposa no podía darle el hijo que él quería. Juan no supo qué fue de su abuelo. No acababa de enfriarse el lecho del esposo fugitivo cuando la esposa abandonada volvió a descubrirse embarazada. Según las matemáticas, el chamaco que nació después bien pudo haber sido hijo del marido escapista, pero algunos le colgaban en secreto el santo al curita del pueblo, pues doña Rufina, la madre de Dolores, debido a la pena que le provocó el abandono del cónyuge no salía de la iglesia.

El caso es que fue niño y Dolores comenzó a ser educada, no para casarse, sino para ser la compañera de su madre hasta que ésta muriese. Pobre Dolores, desde pequeñita vestía ropas gruesas y oscuras, telas que apenas dejaban asomar su cabeza y sus manos. No era nada fea, como ahora podemos comprobar, pero esa increíble timidez extrema que mamá Rufina le inculcó tuvo nefastos resultados. Con decirte que ni siquiera le permitió a su hija asistir a la escuela.

Rufina enseñó a Dolores a leer y escribir, previendo los días en que su vista decayera. Le enseñó a hacer las cuentas básicas también, eso nunca está de más. La pobre Dolores no se atrevía a levantar la mirada del suelo cuando acompañaba a su madre al mercado, pues con tantito que la joven alzara los ojos su progenitora le propinaba tremendo varazo en la espalda. Lo curioso es que nadie escuchó a Dolores proferir ni una queja. Ella era la sirvienta de su hogar, casi casi una esclava, pues ayudaba a su madre a hacer los bordados que las mantenían, siempre después de hacer todas las labores domésticas.

Cuando Dolores cumplió los 18 años era una joven muy bella, y su lindura era famosa y casi legendaria; por eso varios pretendientes rondaban su casa como perros en celo. Sólo que las puertas permanecían bien cerradas para todos ellos. ¡Ah!, pero las cosas fueron bien distintas cuando el febril Romeo fue don Primitivo Chávez, el más poderoso ejidatario de la región, a quien podríamos llamar señor feudal, sin exagerar.

Rufina permitió que Primitivo le hiciera la corte a Dolores, quien taimada como ella sola no sabía ni dónde posar los ojos cuando su otoñal enamorado la visitaba. La boda fue una gran comilona y mucho baile. Pero a Primitivo lo que le urgía era ver lo que había debajo de las gruesas ropas de su, ya en ese momento, esposa (eso de ‘ver’ sabrás que es un mero eufemismo de mi parte).

Presa de la emoción febril, Primitivo se llevó a Dolores a su casa a la mitad de la celebración y una vez en la alcoba le pidió marcialmente que ‘se encuerara’. Dolores temblaba de terror, pues el solo hecho de pensar que alguien viera su desnudez la hacía sentirse digna del peor rincón de los infiernos. Primitivo, al notar que su mujer no lo obedecía, no tardó en encolerizarse y se propuso desnudarla a como diera lugar. Pero tan pronto le arrancó la primera prenda, Dolores empezó a dar unos chillidos como de puerco atorado. Eso en un principio aumentó la furia de Primitivo, quien intentó arrancarle más prendas a su bella mujer. Pero a mayor furia, mayor intensidad de los alaridos. El novio sentía que los gritos le taladraban los oídos y que pronto le empezarían a sangrar. “¡Ya cállate jija de la…!”, le ordenó a Dolores con toda la violencia de la que era capaz, la cargó y la subió a la carreta en la que habían llegado de la boda.

Mientras tanto la fiesta continuaba, el ánimo del baile se incrementaba y más de una joven estaba casi dispuesta a aminorar sus resistencias ante su enamorado en turno. De repente todo quedó en silencio, como si les hubieran vaciado a los festejantes un balde gigante de agua fría. Primitivo había llegado, cargando en sus brazos a la joven que ese mismo día había desposado. El furibundo ejidatario se acercó hasta donde se encontraba doña Rufina y le arrojó a Dolores a sus pies. “Ahí tiene a su pinche hija que no sirve para una chingada”. Rufina no dijo nada, esperaba que Primitivo, sólo no le pidiera de vuelta la cuantiosa suma que le había dado para poder matrimoniarse con su hija. Primitivo se dio la media vuelta y se fue de allí, su orgullo fue tan herido que nunca quiso rebajarse a pedir que le devolvieran ni un centavo.

“Serás pendeja”, le dijo Rufina a Dolores cuando la tomó de la mano para abandonar el recinto en el que hasta hacía pocos instantes se celebraba una fiesta. A partir de entonces nadie volvió a ver a Dolores. Se pasó el resto de su vida encerrada en la casa materna, cubierta hasta con guantes y velo.Dicen que cuando alguna persona llegaba a entrar en la casa y notaba la presencia de Dolores, ésta pegaba una carrera como de diablo en catedral, para esconderse.

Dolores cuidó de su madre y de su hermano, quien creció hasta convertirse en un apuesto mozo, luego se casó, tuvo un hijo y, como si el esposo fugado hubiera sido su verdadero padre, huyó con una gitana que visitó un día el pueblo.

Rufina no soportó ver el mismo drama por segunda vez y a la semana siguiente del escape de su hijo murió maldiciendo a las malas mujeres y a la ‘pendeja de su hija’. La cuñada de Dolores pensó que era injusto echar a perder lo que le quedaba de juventud por los malos tratos de un hombre y decidió dejar a su hijo, recién bautizado Juan, al cuidado de Dolores, y largarse a la ventura también.

Con el niño pequeño, Dolores decidió irse del pueblo para afincarse en la capital. Fue casi increíble que Dolores se encargara sola de la casa y del niño. No sólo alimentó y vistió a su sobrino, sino que lo educó y hasta le costeó los estudios de medicina. El pequeño Juan, en vez de enfocarse en el amor que le prodigaba su tía, creció resentido con sus padres que lo abandonaron, por eso no perdía nunca la oportunidad de maldecir a su tía Dolores, como si ella fuera la responsable de su mala suerte.

Juan nunca fue un buen estudiante, ya desde muy joven era famoso por sus juergas y por la cantidad de alcohol que ingería. Así que cuando se recibió de doctor nadie le auguraba un futuro prometedor. Su afición al juego lo obligó a buscar desesperadamente dinero para pagar deudas que no eran precisamente de honor. Desesperado, se tragó el orgullo y, fue con su tía para pedirle ayuda económica. El muy bruto no sabía que Dolores ya no tenía ni para que la enterraran en una fosa común. Juan, creyendo que su tía le negaba el dinero, le dio una bofetada y se fue a buscar ayuda a otro lado.

Donde quiera encontraremos gente capaz de cualquier cosa con tal de lograr un objetivo, y el destino suele juntar a individuos con características similares. Eso fue lo que sucedió esa noche en la facultad de medicina.

De visita en la facultad se encontraba el famoso anatomista alemán Franz Von Hayer conversando con el profesor Raymundo Fernández. El primero estaba ideando una exposición de anatomía que visitara las principales ciudades del mundo, el problema es que no tenía cadáveres que exhibir aún. Necesitaba especímenes recién fallecidos para empezar a hacer realidad su sueño, una especie de disecación y buena conservación de los cuerpos; precisamente por eso había ido a visitar a Fernández. “¿No conocerá usted a algún sepulturero dispuesto a proporcionarme cadáveres frescos para mi exposición? Le aseguro que será un éxito rotundo”. Mientras hacía la propuesta iba por allí pasando Juan y a Fernández se le ocurrió una idea. ¿Quién mejor que Juan para la tarea? Con su necesidad de dinero y su carencia de escrúpulos, Juan era capaz de desenterrar a cualquier muerto fresco a cambio de una buena suma.

Cuando se le propuso el negocio al disipado calavera, a éste nomás le brillaron los ojitos de codicia y alegría. Salió de la facultad rumbo a casa pensando en el cadáver más fresco que pudiese encontrar. Una vez en su habitación sacó lo que quedaba sin empeñar de su maletín de prácticas, llenó una jeringa con una sustancia eficaz para sus fines y ocultándola salió a buscar a su tía.

La disculpa fue breve, las lágrimas fáciles, de cocodrilo arrepentido, brotando de los ojos de Juan. Tras el abrazo con el que se sellaba el perdón vino la inyección letal. Según el asesino su tía no sufrió mucho.

Durante esa noche el joven se quedó mirando el cuerpo inerte que yacía ante él, cubierto de gruesos y oscuros ropajes. No hubo necesidad de ponerle ropa funeraria, pues ella después de su boda siempre estaba vestida para morir, aunque la vestimenta no era requisito para el fin perseguido. Sólo era cuestión de esperar a que la recatada mujer se enfriara para llevársela al profesor y cobrar lo prometido.

Entre los respetables médicos no fue difícil efectuar los trámites necesarios y barnizar de legalidad el asunto.

Por primera vez Dolores fue vista desnuda por un hombre, el famoso anatomista alemán Franz Von Hayer, quien como el gran profesionl que era procedió a extraer todos los líquidos del cadáver para empezar el proceso de conservación.

Yo soy el vigilante del museo de anatomía en donde se encuentra exhibido, sin recato alguno, el cuerpo desnudo de Dolores. Mucha gente viene aquí para analizar las disecciones de su brazo y pierna izquierdos, otros vienen a ver el interior de su abdomen, pero casi todos quedan asombrados por la belleza del rostro y la escultural silueta de esta mujer que ahora muestra su cuerpo desnudo sin poder siquiera ruborizarse.

Todo esto me lo contó el mismo Juan, un pobre borracho que deambula por las afueras del museo, dispuesto a relatar la historia del cuerpo de su tía a cualquiera que le invite un trago. En fin, yo sólo espero que cuando me muera me incineren y que ninguno de mis hijos salga tan jijo como el pinche Juan.